
Acaso sea verdad que nunca se logre derrocar la dictadura liberal-constitucional y que jamás se constituya una sociedad libre, pero es innegable que: 1) podemos, y debemos, exponer argumentadamente que el liberalismo, en todas sus formas, es un régimen de tiranía, y que el modo de existencia bueno y deseable es la democracia, como gobierno de un sistema complejo de asambleas articuladas en red; porque ello es la verdad y porque es la expresión del bien en política; 2) al hacerlo así, y al librar las luchas pertinentes, nos estamos construyendo como individuos mejores, lo que no sucedería si nos dejamos encerrar en la corraliza mental de lo posible, desdeñando lo que es verdadero, aunque acaso sea imposible; 3) si lo posible no es el bien, ¿por que hemos de darle nuestro apoyo? Si lo supuestamente hacedero a bajo costo nos distrae de aquello que es lo apropiado, muy poco quedara de nosotros como seres humanos.
La única exigencia para actuar del modo preconizado es que las metas fijadas no sean de por si imposibles, bastando para admitirlas, si son
excelsas e imprescindibles para la realización de la esencia humana, que
tengan algún nivel, por muy reducido que sea, de facticidad.
En el caso de que ésta fuera cero, habría que encarar tales metas, reflexionarlas
y meditarlas para extraer de la inexorabilidad las apropiadas
conclusiones y emociones, como hacemos ante la caducidad y la muerte,
realidades insuperables e imposibles de abordar de manera práctica,
pensando en el logro de resultados tangibles, dado que la infinitud y la
inmortalidad no son hacederas y jamás lo serán. Así que tampoco en el
caso considerado sería legítimo en conciencia otorgar apoyo al mal político
solo porque exista, ni mucho menos sostener que con algunas fáciles
reformas dejaría de ser lo que es y lo que no puede dejar de ser. Aunque se
probara más allá de toda duda razonable que la democracia es imposible,
y que asimismo es irrealizable una revolución democratizadora, no por
ello dejaría el actual orden de ser una dictadura, y en nada cedería nuestra
obligación intelectual y moral de denunciarla como tal y de resistirla en
todo, haciendo de ello una de las grandes metas de nuestra vida, junto con
la preparación encaminada a hacernos sujetos aptos para la convivencia
entre iguales (esto es, para la democracia) por convicción interior.
Cuando se carece de metas, o éstas son deleznables y bajas, se produce
un desmoronamiento interior de los individuos y de las sociedades, pues
el ser humano no puede vivir sin esperanza, esto es, sin propósitos y fines.
Las metas compartidas resocializan, unen, regeneran y llevan a la acción.
En las presentes circunstancias debemos fijarnos fines exaltantes en el
extremo de lo posible, que exijan, en su formulación tanto como en su
realización, los más altos niveles de inteligencia, voluntad, imaginación,
colectivismo, generosidad, fuerza pasional y audacia, recordando lo que
en “Empresas políticas” advierte Saavedra Fajardo: “no siempre es feliz la
prudencia, ni siempre infausta la temeridad”. Luego, dado que el futuro
es inseguro, quienes deseen ser agentes y artífices, no meramente espectadores,
han de apurar hasta el límite toda posibilidad, por insignificante
que sea, de realizar una sociedad libre y civilizada, debiendo permanecer
activamente alerta y al acecho de los momentos de debilidad del sistema
de dictadura para caer sobre él espada en mano, alcanzando la victoria, si
son lo bastante competentes y si la fortuna les acompaña, o aceptando la
derrota, sabiendo que ésta es un mal menor en relación con la vida subhumana
de los neoesclavos a perpetuidad de la modernidad.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).