
MARTA CASTILLO
El director de la sección española de Amnistía Internacional, Esteban Beltrán, denunció hace apenas una semana el racismo silenciado que anida en nuestro país. Beltrán aseguró que España «es uno de los únicos cinco países de la Unión Europea» que no dejan constancia oficial de los incidentes xenófobos ocurridos en el ámbito de las escuelas, los lugares de ocio y las comisarías. La noticia me hizo recordar algunos comentarios cazados al vuelo en distintos contextos durante estos días estivales.
Una señora se queja de que en el piso de arriba vive una familia numerosa de argelinos; un joven cuenta que la empleada de hogar de su tío le robó, presuntamente, una suma importante de dinero, pero él no pudo denunciarlo porque se trataba de dinero negro; un padre de familia asevera que los inmigrantes que limpian los cristales de los coches en los semáforos ganan más de cincuenta euros al día y le parece muy injusto que no paguen impuestos. Como si a los argelinos les encantara tener que amontonarse en espacios reducidos, como si el que acumula dinero negro en casa fuera menos ladrón que el que lo hurta, como si trabajar limpiando cristales en los semáforos fuera el chollo del siglo.
Probablemente estas personas no se sentirán ofendidas al leer en el periódico que los seis gigantes bancarios de Estados Unidos, máximos responsables del colapso financiero que ha desencadenado la actual crisis económica, ya han reservado 52.000 millones de euros, un 20% más que en el primer semestre de 2008, para pagar a sus ejecutivos y empleados. Es decir, que la codicia se seguirá recompensando con primas desorbitadas y los gestores de la crisis no tendrán que pagar por sus errores. Para eso ya estamos los trabajadores. Tampoco creo que les duela demasiado saber que cada día millones de personas se ven obligadas a beber agua de pozos contaminados con arsénico en Bangladesh. Pozos que fueron construidos por la cooperación internacional.
Sospecho que tampoco se alarmaron el pasado martes 21 de julio al ver la foto de portada de este diario, una imagen del momento en que varios agentes del Cuerpo Nacional de Policía cargaban contra decenas de pasajeros en la Estación Marítima. Los pasajeros del ferry con destino a Orán no habían podido zarpar en el buque que diariamente une Alicante con la ciudad argelina a causa de una avería y llevaban varios días retenidos en el muelle soportando altas temperaturas en unas condiciones de precariedad extrema. Todos sabemos que si el destino de los pasajeros hubiera sido una ciudad ubicada en el norte de Europa nada de esto hubiera sucedido, porque tanto las autoridades locales como la naviera hubieran desplegado todos los medios a su alcance para evitar que esas familias tuvieran que esperar durante interminables horas en semejantes condiciones. Pero, sobre todo, los efectivos del Cuerpo Nacional de Policía nunca hubieran arremetido con sus porras contra los pasajeros.
A todos aquellos que creen que la inmigración es la causa de todos nuestros males, les recomiendo una excelente película que deja claro que, en todo caso, nuestros hábitos de consumo son la causa de todos sus males. En «La pesadilla de Darwin» se puede ver cómo la introducción por parte de un funcionario europeo de una nueva especie depredadora en el lago Victoria, el segundo lago de agua dulce más grande del planeta, ha destruido un valioso ecosistema y una forma ancestral de subsistencia de muchos habitantes de esa zona de África. Andrés Rábago resumía con su habitual genialidad este drama en una de sus viñetas protagonizada por un inmigrante subsahariano: «Yo llegué a Europa siguiéndoles la pista a las riquezas de mi país». Bastaría con que las empresas de los países ricos dejaran de saquear recursos ajenos para aliviar el problema de la inmigración. Eso encarecería el coste de ciertos productos, pero evitaría que mucha gente tuviera que abandonar su hogar y sus raíces para, en el mejor de los casos, sobrevivir limpiando cristales bajo un sol implacable mientras alguien le acusa de ser un privilegiado por no pagar impuestos.
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