
Ahora bien, el criterio de lo justo, de lo que cada cual ha de recibir según sus méritos, en una sociedad libre tiene unos límites, que son los que permiten la continuidad de dicha sociedad en tanto que libre e impiden la reconstitución de un régimen de tiranías.
Lo que cada cual reciba en justicia no puede llegar a dañar los fundamentos político-económicos de la libertad, pues en ese caso la justicia sería la vía hacia la dictadura y, por ende, hacia su negación. La “recompensa del mérito”, como realización de la justicia, tiene un espacio finito determinado por el principio axial de que nadie llegue a ser un tirano de otros, dado que el cuerpo social está legitimado para resistir a los tiranos en potencia tanto como a los tiranos de hecho.
Si las recompensas son de tipo material, en una sociedad libre
es lícito que existan pero solo hasta un límite, establecido en aquel punto
en que comienzan a poner en peligro la libertad y la soberanía por todos
ejercida. Nadie puede acumular bienes físicos hasta el punto de valerse de
su derecho sobre las cosas para dar ordenes, o para aleccionar, a un solo ser
humano. En todos los casos, el alcanzar mando sobre otros sólo es legítimo
tras haber sido encargado para ello por el cuerpo social organizado en
una red omnipresente de juntas soberanas conforme a reglas previamente
estipuladas, con unos límites precisos y para un tiempo restringido. Asimismo,
nadie puede valerse de sus propiedades o recursos materiales para
negar la libertad de conciencia e imponer a los otros sus propias convicciones,
por muy excelentes que estas sean. Pero no hay duda de que otros
usos alternativos de los bienes particulares, compatibles con la libertad,
son legítimos, por más que a algunos nos desagrade en si y por si la abundancia
material tanto como toda forma de propiedad privada, incluso la
legítima. La renuncia militante a la riqueza así como el colectivismo integral
que lo comparte todo (o lo mas fundamental al menos) y excluye la
propiedad privada, han de ser escogidos por cada individuo y no pueden
ser impuestos a nadie.
De manera similar, la renuncia a las recompensas tangibles no puede
formar parte de la legislación positiva de una sociedad libre. Ha de quedar
a la iniciativa autodeterminada de aquellos de sus miembros que, con la
palabra y sobre todo con los hechos, se abstengan de obrar por recompensa
y escojan obrar por devoción al bien público, por realizar la verdad, por
la excelencia que en si mismo contiene el hacer magnánimo o por otras
razones elevadas y generosas. A su lado es jurídicamente legítimo el actuar
de quienes deseen recibir del cuerpo social y de los otros exactamente lo
mismo que den, en cumplimiento escrupuloso de las reglas de la justicia
conmutativa. Ambas partes pueden convivir en una sociedad democrática,
con las inevitables controversias y contradicciones, si, pero éstas no tienen
por qué hacerse antagónicas, siempre que las dos facciones persistan
igualmente en su intención de vivir en libertad. En el terreno de los bienes
inmateriales, el escoger la gloria o la fama como estipendio intangible por
los propios actos es también legítimo en el terreno de la justicia (aunque
repudiable en el de la ética), pero no lo será desear el poder de disponer y
decidir para si, pues éste pertenece a la totalidad del cuerpo social y no a
ninguna de sus partes ni a ninguno de sus integrantes individuales.
(…)
En última instancia, lo expuesto viene a decir que la fuerza no es la vía
para progresar hacia una sociedad superior, aunque acaso sea imprescindible para asentar la libertad y la justicia, ambas en sus formas primarias y
más iniciales, lo que permite comprender la naturaleza indispensable y, al
mismo tiempo, la radical insuficiencia de una revolución política. Una vez
realizada ésta se ha de seguir avanzando, pues un orden meramente justo
es no solo insuficiente sino también inestable, dado que fácilmente regresa
a sistemas de tiranía. Pero ese progreso necesita definir los propósitos y
metas que persigue, siempre con respeto hacia el criterio de las mayorías:
1) un sistema de vida con preponderancia de los bienes espirituales, de
aquellos que nos hacen humanos, comenzando por la verdad, pero sin olvidar
la parte corporal, que se realiza en el esfuerzo y la fatiga;
2) un modo
desinteresado de actuar que impulse a hacer el bien “sin esperar nada a
cambio”, no solo en la forma de incentivos materiales sino tampoco de
otro tipo; según la exhortación de Cervantes a “[obrar] sin que nos mueva
esperanza de gloria o temor de pena”;
3) una dedicación de cada sujeto al
bien público, combinando éste con el servicio privado a los más cercanos,
según la advertencia de Holderlin, “no hemos sido creados para lo individual,
para lo limitado”; con servicio de unos a otros por “afecto y amor a
los hombres y a las cosas”, en frase de Martínez Marina;
4) un esfuerzo
perpetuo por el autoperfeccionamiento, a través de la lucha contra el mal interior, para lograr una existencia espiritual rica, vigorosa y compleja;
5)
un afrontar y encarar, con el entendimiento y el afecto, las tragedias irremediables
de la condición humana, aquellas que no admiten solución política,
ni jurídica, ni económica, porque carecen de toda solución, como
son la soledad ontológica, la finitud, la muerte y la nada eterna, destino
inexorable del ser humano;
6) un modo de concebir la existencia como
siempre imperfecta y siempre perfectible, haciendo del esfuerzo perpetuo
por mejorarse y elevarse, como sociedad y como individuos, la razón de
vivir;
7) una economía mínima que, siendo un componente secundario
y dependiente de la vida social, sea regida democráticamente y quede al
servicio de los fines inmateriales fijados en las juntas populares soberanas.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).