
Me encontraba en mis comienzos. Todavía no tenía vehículo propio y me movía en tren o en autobús. Fabricaba marionetas. Unos patitos de madera y lana gruesa que me enseñó a hacer una argentina que regresaba a su país. Las colgaba de unos palos que disponía en forma de T y movía continuamente una de ellas por el suelo procurando picar en el pie a los niños que se paraban a mirar por si su sonrisa posterior sirviera para que “picaran” sus papás. Andaba bajo mínimos y cuando salía a vender no pisaba un restaurante ni un motel. Me alimentaba de bocadillos de embutido, atún o paté, que compraba en los colmados, y de frutos secos y legumbres cocidas que comía directamente del bote. Y dormía en el interior de edificios en construcción. Pero me hallaba en ese instante de la vida en el que lo das todo por bueno si sientes que algo dentro de ti te arrastra en esa dirección. Y a mí me atraía sobremanera aquel mundo tan cargado de magia y libertad que se refugiaba en torno a las celebraciones. Había intentado otros trabajos pero me mataban la rutina y la subordinación. Nunca había conseguido aguantar más de dos meses en un tajo y tampoco había despertado en mí, hasta la fecha, ninguna vocación. Nada en que ocupar felizmente mi tiempo. En mi recién terminado período de estudiante me había matriculado cada curso en una facultad diferente por pensar que lo último que deseaba saber en aquel momento era precisamente lo que acabaría siendo de mayor. Y consideraba la existencia como un camino de aprendizaje que habría de llevarme aquí y allá, según dictase algún instinto interior. Así era yo en mi primera juventud. Inconsciente, inconstante y rebelde a más no poder.
Por aquel entonces, algunos de los primeros hippies que se dejaban caer por Alicante camino de Ibiza o a su regreso se buscaban la vida vendiendo sobre un trapo lo que traían de sus viajes o la artesanía que fabricaban y aquella nueva manera de ganarse el sustento me sedujo de tal modo que probé y resultó perfecta para mí. Comencé a sacarme unas pesetas trenzando pulseras y engarzando pendientes en un paseo de la Explanada convertido sin permiso de nadie en una suerte de zoco con una cierta ideología de trasfondo. Pero a aquella nueva tribu de viajeros y artesanos que nos dábamos cita cada tarde sobre sus inconfundibles teselas se fue uniendo una caterva de mercachifes y buscavidas que pervirtieron el espíritu y convirtieron el espacio en una continua disputa por conseguir el mejor sitio o acaparar un mayor número de metros. Hasta tal punto se enrareció el ambiente que el Ayuntamiento, que contemplaba el suceso como un nuevo atractivo turístico que se abría paso en aquella época en todo el litoral, tuvo que intervenir derivando el asunto en el mercadillo cutre e impersonal que aún existe a día de hoy y que conocemos paradójicamente como “de los hippies”. Pero yo no me quedé a aquella batalla. Como no aspiraba a establecerme en ningún paseo de por vida busqué alternativas, me desplacé a los pueblos cercanos, descubrí el mundo de las fiestas y gradualmente me aventuré por él. La música en la calle, las luces de colores y el ambiente bullicioso acabaron por cautivarme aunque todavía no podía ni imaginarme lo que a la vuelta de la esquina aquel universo me iba a dar.
Un día me enteré rebuscando entre mis libros de ferias que en las estribaciones de las Alpujarras había un pueblo perdido que celebraba sus fiestas por San Nicolás, fecha cercana a la Navidad en que en ningún lugar más próximo había nada. Así que cargué mi mochila y un carrito de la compra de marionetas e ilusiones y cogí un autobús que me llevara hasta allí. Gasté en el viaje todo mi capital pensando en que al menos algo vendería pero fueron pasando los días y mis patitos a nadie llamaban la atención. Acabaron los festejos y no había vendido ni uno solo lo que me condujo a un estado de deterioro que solo conoce quien ha pasado cuatro jornadas enteras sin comer. Porque una persona puede soportar adversidades y penurias pero cuando siente el estómago vacío y no ve manera de llenarlo su cerebro se colapsa y su cuerpo entero entra en estado de shock. Así que encontrándome en tan extrema situación no tuve más remedio que cargar a mi espalda la pesada mochila llena de mercancía, coger el carrito también lleno de marionetas donde asimismo llevaba los palos en forma de T que me servían para exponerla y sucio y hambriento comencé a caminar los veinticinco kilómetros que me separaban de la capital. No recuerdo exactamente lo que pensé durante el trayecto pero sí perfectamente que lloré. Que gemí amargamente de dolor por aquella carretera interminable y desértica. Y que maldije mil veces mi suerte, presa de la desesperación.
Llegué a Almería sobre las tres o las cuatro de la madrugada. A su extrarradio. Y, de pronto, en el silencio de la noche, distinguí en la lejanía los ecos de lo que parecía ser el sonido de un baile. Al avanzar poco a poco en mi camino la música se escuchaba más nítidamente por lo que pronto mis dudas se disiparon. Un barrio debía estar en fiestas y en algún lugar cercano había montada una verbena. Aceleré mis pasos en aquella dirección hasta que di con el lugar. En un solar despejado y engalanado para la ocasión se encontraba el sarao. Monté junto a la barra de bebidas los palos todo lo rápido que pude, colgué de ellos los patitos, comencé a mover uno por el suelo como solía y, al contrario que en Alhama, inmediatamente se formó un corro de gente delante mío y empecé a vender. Uno tras otro. Parecía que aquellos simpáticos animalitos de lana y madera fuesen la cosa más bonita que estos paisanos hubiesen visto en su vida. Y no paré hasta que la orquesta terminó de tocar, se apagaron las luces y no quedaron en el recinto más que los encargados de recogerlo todo. ¡Qué cosas tiene la vida! Instantes antes era un ser profundamente desesperado y de repente… Pero no acabó ahí la cosa porque, tras desmontar mi chiringuito, continué caminando hacia el centro ya despuntando el día, desayuné en alguna parte, cogí una habitación en un hostal, me duché, dormí a pierna suelta durante unas horas, desperté aún a tiempo de volver a montar en la Puerta de Purchena donde suelen pasear los almerienses los domingos por la mañana… y, sorprendentemente, continué vendiendo como la noche anterior hasta que acabé todo mi material.
Pero, ¿por qué cuento esta historia?, -os preguntareis- Aquel pueblo de la sierra almeriense bien podía haberse perdido en mi memoria como la mayoría de los más de quinientos que posteriormente me recibieron durante mi periplo de ambulante pero, sin embargo hete aquí que no ha sido así y hasta se ha colado en esta suerte de memorando literario de aquella época que estoy componiendo capítulo a capítulo. Y la respuesta es sencilla: porque allí recibí una de esas inestimables enseñanzas que ocasionalmente la vida te brinda si estás atento y que te acompañan hasta cuando ya el paso del tiempo te ha puesto definitivamente en tu lugar. Que a un episodio de excepcional consternación y desesperanza suele sobrevenir otro de contrapuesto cariz.
