
Carlos Castillo Peraza me regaló un ejemplar de «León el Africano», una novela de Amin Maalouf. Es la historia de un árabe nacido en la alta Edad Media en Granada, España, cuyos «dedos levantaron mil velos, sus labios sonrojaron mil vírgenes y sus ojos vieron agonizar ciudades y caer imperios». Hasan —el protagonista de la novela— viaja de Granada a Fez en Marruecos donde conoce la angustia, a El Cairo donde encuentra la pasión y, finalmente, a Roma donde atesora la sabiduría.
«León el Africano» es un hombre del mundo global conocido hasta entonces, habla árabe, turco, castellano, berebere, hebreo y latín. Soy «hijo del camino, la caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía. No soy sino de Dios y de la tierra y a ellos retornaré un día no lejano.»
Joan Manuel Serrat, que como Maalouf nació en el Mediterráneo, dice que ese mar «a fuerza de desventuras» edificó una «alma profunda y oscura…» Pues esas desdichas y espíritu mediterráneos son retratados magistralmente por la pluma de Maalouf. Conflictos, tensiones, pertenencias, costumbres, colores, olores y sabores desde Cádiz hasta Líbano, la tierra de Maalouf; pasando por Atenas, cuna de la democracia, o Libia, en pleno siglo XXI gobernada por el terrorista Muammar el Gaddafi; las páginas vibran en «Las escalas de Levante», «La roca de Tanios» o la excepcional «Las cruzadas vistas por los árabes». Con razón Castillo Peraza bromeaba que en 1994 —cuando él conoció a Amin Maalouf— «la campaña presidencial de Diego Fernández me estorbaba para leer todo Amin Maalouf». Carlos Castillo ya no conoció la última obra de Maalouf, «El viaje de Baldassare», otro periplo por el Mediterráneo en busca de un libro que conjura el Apocalipsis que el mundo sufriría en el fatídico año de 1666.
¿Pero a qué viene el recuerdo de este periodista libanés exiliado en Francia? Pues al aniversario de la muerte de Castillo Peraza, y la oportunidad y coincidencia que tiene un libro de Maalouf que no es de ficción, donde podemos encontrar algunas claves para explicar el horrendo crimen-suicidio que se cometió recientemente en Estados Unidos. El libro tiene el categórico título de «Identidades Asesinas».
«Identidades Asesinas» (Alianza Editorial, Madrid, 1999) es la denuncia apasionada de Maalouf a la locura que incita a los hombres a matarse entre sí en nombre de una etnia, lengua, religión o «color de piel», como dijera, con eufemismo, nuestro fundamentalista subcomandante Marcos.
Maalouf cuenta que desde 1976 cuando dejó, por la guerra, el Líbano para instalarse en París, le preguntan reiteradamente que si se siente «más francés» o «más libanés». Responde sin mentir, que «las dos cosas». Explica con paciencia que en árabe conoció a Dumas, Dickens y los Viajes de Gulliver y fue en su pueblo natal donde aprendió los valores de sus antepasados y escuchó las historias en las que después se inspiró para escribir sus novelas. «¿Cómo voy a cortar los lazos que me unen al Líbano?», se pregunta. Pero al mismo tiempo, dice que beber el agua y vino franceses, acariciar sus piedras, pisar su tierra y escribir en francés sus historias, «¿cómo podría considerarme un extranjero en Francia?», vuelve a interrogarse. No tengo una identidad compartida, dice Maalouf, sino una única identidad que abreva y se nutre bebiendo en la fuente de otras.
Cuando termina Maalouf de exponer su teoría generosa sobre la identidad, afirma que siempre llega una persona a cuestionarlo en voz baja, «poniéndome la mano en el hombro», y siempre es la misma pregunta: «Es verdad lo que dices, pero en el fondo ¿qué es lo que más te sientes? ¿libanés o francés?». Con lo que se supone que en «el fondo», en «lo más hondo de mí mismo» hay sólo una pertenencia, única, relevante e indivisible que es la que verdaderamente importa. Con ello se pone de manifiesto que la «esencia» del hombre, la «verdad profunda» de las personas está determinada, fatalmente, para siempre desde el nacimiento y no se modificará jamás. Como si lo demás, su trayectoria, las convicciones que va adquiriendo, los valores que se le inculcan en la educación, sus preferencias, su sensibilidad personal, sus aficiones de toda la vida, no contaran para nada en la historia personal de la humanidad.
Hoy el mundo, metido en este proceso de globalización económica, produce muchos bienes y servicios universales, pero pocos «leones africanos» capaces de aceptar la identidad personal, como un proceso enriquecedor en la trayectoria vital del hombre. ¿Por qué entonces empeñarse en negar la interdependencia que unos tenemos con otros? ¿Por qué aceptar esa demagogia política y cultural que nos orilla a reclamar siempre y en todo momento nuestros distingos y quemar banderas extrañas? Son cada vez más numerosas, y ahora hemos visto en Nueva York y Washington, más mortíferas, las afirmaciones de la furiosa identidad frente al diferente. En muchos lugares piden que se rescate de lo «más íntimo» esa propiedad o cualidad que distingue, que suele ser, como hemos dicho, una raza, un territorio, una nación o una religión y la enarbolen con orgullo frente a los demás. El radicalismo en esa posición de exhibir la diferencia y aferrarse a la cuna original y a la costumbre autóctona, es lo que conduce a la «Identidad Asesina», que lo mismo mantuvo en el poder a Hitler, que estrella un avión en un edificio, coloca una bomba en España, llama a una batalla reivindicativa en nombre de la sangre o la tierra o grita una consigna separatista con ánimo electorero, como lo hizo Víctor Cervera Pacheco en sus postreros días en el gobierno de Yucatán. El origen es el mismo, la madriguera ideológica invocada desde donde salen todas esas perversidades es la misma —aunque las consecuencias y catástrofes de los hechos sean, naturalmente, distintas en Yucatán que en Medio Oriente—. Ese nacimiento de la «identidad asesina», no es otro que el del autoritarismo que niega a la libertad como un valor de la convivencia social.
La «identidad asesina» mutila la convivencia social porque, en palabras de José Ortega y Gasset, el hombre es, también, «sus circunstancias». Y la teoría fanática que sólo busca marginarse y reciclarse en el «nosotros», sin considerar el «ellos» aniquila la «circunstancia» mundial que nos tocó vivir: la de mutua dependencia. Esa circunstancia que exige la apertura atenta a los valores del extraño, sea extranjero o nacional, vista turbante, hable tzotzil o adore a otro Dios.
Pero habrá que estar atentos, porque si nadie tiene el monopolio de la razón, tampoco nadie tiene el monopolio del fanatismo. Ni cristianos, ni musulmanes, ni budistas; aquí no valen distinciones. El odio al otro es el odio a uno mismo. «Todos estamos obligados a vivir —dice Maalouf— en un mundo que se parece muy poco al terruño del que venimos» La concepción tribal del hombre debe ser sustituida por la «mundialización», dice Maalouf. Cuando aparecen realidades nuevas, debemos reconsiderar nuestras actitudes, nuestros hábitos y, ayudados por la herramienta de la libertad, elegir el rumbo social de nuestra vida colectiva. A veces, cuando esas realidades se presentan con gran rapidez, alerta Maalouf, nuestra mentalidad queda rezagada en prejuicios, alimentando complejos, en lugar de actitudes abiertas y «cabezas altas». Maalouf remata: «si el hombre se siente obligado a elegir entre negarse a sí mismo y negar a los otros, estaremos formando legiones de locos sanguinarios, legiones de seres extraviados».
¡Qué razón tiene Maalouf! Hoy el hombre necesita tejer lazos de unión, disipar malentendidos, hacer entrar en razón a unos, moderar a otros, allanar, reconciliar. Se necesitan hombres con vocación de enlaces, puentes, mediadores entre las diversas comunidades y las diversas culturas. Traductores que aproximen al distinto. El mundo necesita a alguien, o mejor dicho a muchos como «León el Africano» quien, en sus aventuras por el Mediterráneo y aun prisionero, buscó unir al Occidente con el Islam.
Amin Maalouf lo tiene claro: globalizar el humanismo, la justicia y la libertad, es la fórmula que nos puede liberar de catástrofes como la de Estados Unidos. Por cierto, Castillo Peraza también pensaba lo mismo. (G.M.C. Madrid, España, septiembre de 2001).
http://www.larevista.com.mx/ed622/opi2.htm
Ver también: Amin Maalouf; ¿Habrá religión en el futuro?