Manolo Nogueras

Mi amigo Iñigo y yo nos solíamos cruzar a la vuelta del trabajo,
bromeábamos sobre su reciente paternidad y, según el calendario, fijábamos una cena con los colegas. Echábamos unas risas rápidas a cuenta de nuestros hermanos o de algunos pintorescos y queridos conocidos comunes, repasábamos los últimos viajes, nos avisábamos de los proyectos. Ayer, lo detuvieron. Acusado de colgar la ikurriña gigante que apareció en los Sanfermines de este año, la policía se lo ha llevado y hoy, quizás, el juez le busque un destino. Así se juegan las cartas, con esa pétrea dureza, en algunos sitios. Lo que en otras partes no pasaría de una sanción administrativa, ahí se convierte en este despropósito. Podría acabar en la cárcel (de entrada, ya ha dormido en comisaría) por colgar una bandera. Una bandera. Colores, telas, telas de colores, finalmente.

Inocentes o afiladas, propias, ajenas, en última instancia irrelevantes.
Aunque ahora no quiero debatir sobre las mismas, ni sobre patrias, ni
sobre identidades. No. Quiero reflexionar sobre los silencios, sobre las
ausencias que suavemente nos han ido deslizando hasta llegar a este estado
de las cosas. Sobre la estúpida prudencia, sobre la ceguera, el sectarismo
propio y ajeno, sobre el dulce abrazo de la pereza, sobre el ahogo de la
cobardía y su satelital nube de explicaciones. Podría no decir hoy nada,
como no dije nada cuando el otro día se llevaron a 18, el domingo a otro
chaval defendido por una multitud pacífica, o el lunes arrancó el juicio a
40 jóvenes por formar parte de una organización política, con peticiones
de 6 años de cárcel. No 6 días, ni 6 meses, sino 6 años. Todo eso ahora
que ya no está, ahora que se ha ido la violencia. Podría decir que no eran
de los míos, que ahí las cosas son distintas (ya sabes, el terrorismo…),
que eso de la cuestión nacional no me va mucho. Podría, sencillamente,
callar en la certeza casi absoluta de que en determinadas cartografías
nadie jamás me iba a pedir cuentas. Asuntos del norte, ya se sabe.
Pero
hoy no. Hoy me voy a lamentar o, mejor aún, me voy a indignar. Y lo voy a
decir. Por higiene mental, porque ya vale, por sentido común y porque
alguna vez tendremos que saber parar todo esto. Y aunque en estas lineas
haya mucha amistad, que nadie se engañe: a mí Iñigo no me preocupa. Sé que
estará bien y que la próxima vez que hable con él -donde quiera que el
juez decida, lo veré- minimizará todo, lo colocará en el estante de
nuestras anécdotas carcelarias y nos reiremos. Lo sé porque lo conozco de
hace tiempo, de un tiempo en el que, como decía Bao Ninh en su inolvidable
libro El dolor de la guerra, “éramos jóvenes, puros y sinceros”. Sí me
preocupa, en cambio, haber tardado todas estas horas en escribir mi rabia.

Me preocupan quienes callan. Me preocupan y me asustan quienes piensan que
nunca les va a pasar nada parecido, que nunca les va a tocar. Me preocupa
su ingenuidad. Me preocupa también, ya egoístamente, que un puñetero día
me olvide de dónde está mi sitio y con el mi palabra. Y voy a llevar ésta
a la breve conversación que hoy hubiera tenido con mi amigo y que ningún
ministro del Interior con ganas de hacerse propaganda me va a robar.
Así
que hoy, Iñigo, quiero que sepas que Ueli Steck ha vuelto a atacar en
solitario la cara sur del Anapurna (es un titán, el Ueli éste). En unas
semanas atravesaré el Jbel Saghro, buscando una nueva ruta con un equipo
de gente muy bueno. Hay vías, dicen, muy complicadas, así que te tendré al
día. Vivo tranquilo, amigo, aquí en el sur. Los días son más largos y
luminosos y el tiempo se disuelve de un modo diferente. Estoy convencido
de que cualquier mañana de estas, en uno de mis retornos fugaces de
visita, nos volveremos a cruzar en los castaños del parque. Recuerdo cada
día de dónde vengo, quiénes fuimos, lo que hicimos, lo que somos. Es lo
que tenemos.