Vidriosos, sin intención, se cruzaron los ojos de ambos. No se podía asegurar con certeza cuál fue el momento en que sus vidas fluyeron como dos afluentes por distinto camino para acabar convergiendo aquí, en este mar de quietud. Mientras para él la quietud era la forzosa interiorización de la duda, para ella era la verdad aprendida a golpes de capataz.
Él, arrodillado, no podía apenas distinguir entre el suelo y el camino que marcaba el fúsil con el que ella, con seguridad de plomo, en posición perfectamente nivelada, apuntaba.
Treinta grados, sólo treinta grados, marcaban el matiz que diferenciaba el color del atardecer del del suelo: pronto convergerían químicamente presente y futuro.

Adrián Vaillo

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