JOSÉ MARÍA TORTOSA

De entrada, hay multitud de sitios en los que es difícil colarse sin decir quién eres. Pienso, por ejemplo, en Facebook, donde alguien te tiene que invitar y tú tienes que aceptar y donde, si quieres introducir algún comentario, tienes que reconocer unas letras y números deformados e introducirlos manualmente. De este modo se evita la invasión de textos producidos por máquinas y enviados por máquinas. Los usuarios de Facebook que he visto no sólo ponen, por lo general, sus dos apellidos, sino que, además, proporcionan fotos aunque ahí la cosa puede ser algo más complicada: desde quienes aparecen vestidos de pirata a los que cuelgan fotos propias pero de cuando vaya usted a saber, es decir, que salen muy favorecidos por esa pátina de belleza que da la juventud. Es cierto que he encontrado un caso curioso: la foto de un gato con el que parece ser su nombre y que reacciona a los mensajes; probablemente se trate de alguien que ha sido presentado por sí mismo y, por tanto, tiene un seudónimo. Es el único caso que he visto de anonimato. La regla es la contraria, incluso con ciertas dosis de exhibición, con más fotos, detalles de la vida privada, notificaciones de todo tipo (desde «he conseguido trabajo» a «eso de Rosa Aguilar no me ha gustado nada»).

Los blogs son otra cosa. De los que sigo con asiduidad, todos tienen nombre y apellidos y, en más de un caso, foto. Según el portal en que estén situados, pueden incluso añadir el correo electrónico del autor por si quieres comunicarte con él fuera de la página. Pero ahí sí que abundan los blogs bajo seudónimo («estudiante», «lo que yo te diga», «vaya usted a saber», «la verdad ante todo», «veritatis» o «fulanito», pero sin más detalles) y es obvio que permiten licencias «poéticas» que los blogs de autor no se permiten. Si los de autor tienden a contar cosas más o menos serias, los anónimos muestran mayor presencia de insultos, descalificaciones, deformaciones, medias verdades y todo eso que se puede llamar mala fe.

Los blogs (de) políticos caen en la misma división: los hay con nombres y apellidos (y algunos muy, pero que muy conocidos) y los hay anónimos. Como se puede suponer, los contenidos de los segundos practican eso en que se está convirtiendo una parte de la política: en la crispación por la crispación, en la proyección de la propia bilis en el contrario («se cree el ladrón que todos son de su condición»), en la machaconería de la mofa y la injuria y todo eso que, en aras de la propia salud mental, es preferible evitar antes que entrar en dicho juego degradante. Sigo algunos blogs de militantes, pero ninguno de cargo público. Estos últimos son tan previsibles…

Si los comentarios a los «muros» del Facebook (y supongo que también del Tuenti, pero reconozco que ahí no he entrado) son normalmente con nombres y apellidos ya que quienes los hacen han tenido que haber sido admitidos como «amigos» por el que escribe en su «muro», los comentarios a los blogs pueden ser, de nuevo, con nombres y apellidos o esconderse bajo seudónimos muy variados. Algunos blogs permiten cualquier tipo de comentario, otros sólo piden ese reconocimiento de textos para evitar que las máquinas siembren de «spam» el blog y otros tienen un moderador que puede ser el autor del blog o no. Por lo que veo, las políticas de moderación son muy variadas: desde los que aceptan todo lo que llega hasta los que, explícitamente, niegan el paso a los que se esconden bajo el seudónimo para destilar insidias. Pero, en general, no parece que haya grandes argumentos contra esa particular libertad de expresión ante la que el lector tiene que ir aprendiendo. No se trata de censurar, que de nada sirve, sino de practicar la pedagogía de la recepción: como Machado, «a distinguir me paro las voces de los ecos».

Total, que internet es un excelente medio de comunicación que, como todos los instrumentos, puede ser utilizado con muchos propósitos: nobles, indiferentes e innobles. En manos del lector o del usuario queda el tomar lo que valga la pena y dejar el resto, citando al Rick de Casablanca, con aquel «si pensara en ti te despreciaría».

José María Tortosa es investigador del Instituto de Desarrollo Social y Paz de la UA.

Diario Información