
El movimiento articulado en torno al secesionismo lingüístico en el País Valenciano, el llamado blaverismo, es, sin lugar a dudas, una de las expresiones sociopolíticas más singulares de la España reciente. Sus orígenes los encontramos en un regionalismo valenciano, el de las décadas de los cincuenta y sesenta, fuertemente instrumentalizado por la dictadura franquista y capitalizado por la burguesía.
Regionalismo y burguesía que en la década de los sesenta empezaron a dar las primeras muestras vigorosas de anticatalanismo, sobre todo a raíz de la publicación de Nosaltres els valencians (Joan Fuster, 1962), obra que sienta las bases teóricas del nacionalismo valenciano que se desarrollará a partir de entonces y que irá calando, en mayor o menor media, en gran parte de la oposición antifranquista.
El eje central del blaverismo es la contraposición de un supuesto valencianismo de carácter regionalista frente al «catalanismo», que es como denominan al valencianismo estrictamente nacionalista. Otro de sus rasgos característicos es la confusión, intencional o no, de la identidad de los valencianos como pueblo con las señas de identidad propias de la ciudad de Valencia. Esto explica que apenas haya tenido trascendencia fuera del área de influencia de la capital, con la posible excepción de las comarcas del sur de la provincia de Alicante. Allí fue impulsado por Vicente Ramos, personaje vinculado a la Caja de Ahorros de Alicante y Murcia que promovía la artificial región Sureste; una región integrada por las provincias de Murcia, Almería y Alicante con la que aspiraba a distanciar al máximo Alicante de Valencia, tanto cultural como económicamente. Un valencianista de lo más insólito que, por cierto, resultó elegido diputado por Unión Valenciana-Coalición Popular en las elecciones generales de 1982 y que fue uno de los miembros más destacados de la secesionista Academia de Cultura Valenciana hasta su muerte en 2011.

No es posible hablar de blaverismo sin referirse a la fuerza de choque del movimiento y primera organización genuinamente blavera, el Grup d’Accio Valencianista (GAV), fundado en 1977 y que sostuvo una intensa actividad violenta desde 1978, generalmente en colaboración con grupos fascistas. De hecho, la línea divisoria entre el blaverismo y la ultraderecha clásica ha sido siempre, sobre todo a efectos prácticos, extremadamente difusa. Por otra parte, se ha especulado mucho sobre el papel de UCD en la consolidación del movimiento blavero, y lo cierto es que destacados militantes anticatalanistas han reconocido que UCD financió al GAV y se vanaglorian de haber sido un instrumento de éstos. Además, Rafael Orellano, primer presidente del GAV, fue concejal electo de UCD en el Ayuntamiento de Valencia en 1979.
Las elecciones de 1977 fueron ganadas ampliamente por la izquierda en el País Valenciano en claro contraste con la tendencia mayoritaria en el resto de España. En ellas los partidos genuinamente nacionalistas obtuvieron unos resultados bastante discretos, sin obtener ningún representante, pero lo cierto es que más allá del apoyo electoral explícito, la cuestión nacional había calado en un espectro social considerable, especialmente entre el electorado de izquierdas. Tras la derrota electoral es cuando UCD empieza seriamente a replantear su estrategia en tierras valencianas y a tender puentes hacia una maniobra anticatalanista ya iniciada por los sectores más nítidamente franquistas. Tampoco hay que olvidar lo que podía suponer para el establishment madrileño tener abiertos y fuera de control sendos procesos autonómicos en Cataluña y en el País Valenciano, máxime cuando en el caso valenciano empezaba a tomar fuerza una conciencia tendente a estrechar vínculos con sus vecinos del norte. Es significativo que en las elecciones de marzo de 1979, con el proceso de crispación anticatalanista ya plenamente consolidado, la ventaja de los partidos de izquierda en la ciudad de Valencia se redujera del 12,93% al 0,44% respecto a junio de 1977, es decir, en un espacio de tiempo de apenas veinte meses. Este desgaste también es perceptible en localidades de los alrededores de la capital, especialmente en las zonas sur y oeste, mientras que en el resto del País Valenciano el apoyo a la izquierda se mantuvo e incluso aumentó, como en el caso de la provincia de Castellón.
La expansión y consolidación del blaverismo en la segunda mitad de la década de 1970 no se entiende sin la amplia cobertura institucional, económica y mediática que recibió. Hoy resulta difícil concebir la absoluta impunidad con que llevaban a cabo amenazas constantes, boicots contra autoridades democráticas y todo tipo acciones violentas. Es muy dudoso que haya habido en la moderna democracia española algún fenómeno de estas características que no haya derivado en contundentes consecuencias judiciales. Tampoco hay que dejar de lado la actitud de partidos como UCD o Alianza Popular, por no mencionar otros como Fuerza Nueva o Unión Regional Valencianista, que se mostraron reacios a condenar dichas acciones cuando no fueron directamente cómplices de ellas.
Normalmente se observa una tendencia a desdramatizar, cuando no a obviar, los acontecimientos ocurridos en Valencia en aquellos años. Pero si atendemos únicamente a los atentados con bomba dirigidos contra el nacionalismo y la izquierda nos encontramos con una cifra que ronda la docena; y esto en un lapso temporal de unos tres años (1978-1981). La conclusión inevitable es que sólo una inmensa fortuna fue la responsable de que estos atentados no dejaran víctimas mortales. Es habitual oír que estas acciones fueron de poca entidad, que los artefactos eran bombas caseras. La prueba más evidente de que no fue así es el segundo atentado contra Joan Fuster (1981), que fue de una potencia y sofisticación muy notables y del que salvó la vida de puro milagro. También la bomba que explotó una semana después en el rectorado de la Universidad de Valencia fue bastante potente, como también lo fue la que estalló en el XIX Aplec del País Valencià (1978) dejando los servicios de la plaza de toros de Valencia completamente destrozados y que sin duda hubiera provocado daños fatales a cualquiera que pasara allí. Y esto por poner algunos ejemplos. Formalmente no se puede acusar a nadie de estos atentados, dado que las investigaciones, suponiendo que las hubiera, no prosperaron en ningún caso. No obstante, la entidad de los objetivos hace que las sospechas apunten automáticamente en la dirección de sus adversarios políticos. En todo caso, se observa una capacidad logística y operativa que hace difícil creer que éstos los cometieran incontrolados blaveros y/o fascistas de manera autónoma.
Mención especial merecen los hechos que rodearon la muerte del filólogo Manuel Sanchis Guarner. El lunes 4 de diciembre de 1979 sufre un intento de atentado con bomba; el artefacto era un paquete con medio kilo de pólvora prensada con metralla y envuelto en dos papeles de una marca de turrones que fue entregado a su esposa. El paquete levantó las sospechas del filólogo quien llamó a la Policía que procedió, según algunas versiones, a detonarlo de manera controlada. Días después aparecía publicada en el diario Las Provincias una carta del entonces presidente del GAV, Pascual Martín Villalba, en la que sugería, ante las sospechas sobre su posible implicación, que el incidente podía haber sido autoprovocado por el propio Sanchis Guarner. El 9 de junio de 1980 da comienzo el juicio contra Martín Villalba por presuntos delitos de injurias y calumnias; la acusación ganó este juicio, pero en un nuevo hecho insólito el Tribunal Supremo dictó finalmente sentencia, el 23 de noviembre de 1981, a favor de la defensa. Tres semanas después un infarto acababa con la vida de un Sanchis Guarner profundamente afectado por la sentencia.
Otra de las fórmulas habituales del activismo blavero fue el sabotaje de actos institucionales y el acoso a intelectuales y representantes electos de los partidos de izquierda. Algunos de estos episodios no pasaron de ser alborotos sin demasiada trascendencia, sin embargo hubo otros extraordinariamente graves. En no pocas ocasiones grupos de exaltados trataron de asaltar edificios oficiales armados con palos y cuchillos, también se consumaron numerosas agresiones físicas. En este sentido destacan los acontecimientos ocurridos el 9 de octubre de 1979, cuando estuvo a punto de producirse una verdadera tragedia ante la pasividad de los agentes de la Policía Nacional. Un episodio particularmente revelador es el que tuvo lugar el 14 de julio de 1980 en la sede de la Diputación Provincial de Valencia; entonces la Policía detuvo a cuatro personas aparentemente involucradas en una agresión al presidente de la Diputación que fueron puestas en libertad sin ni siquiera prestar declaración. Ésta fue la única ocasión en que hubo detenciones relacionadas con este tipo de hechos. En definitiva, la connivencia entre los violentos y las instituciones del Estado parece clara en este punto. Si a esto le sumamos que muchos alborotadores quedaron claramente identificados en un reportaje de la revista Valencia Semanal de finales de 1979, la conclusión es todavía más evidente.
Un último aspecto del blaverismo que cabe apuntar es el de su dimensión cultural. Desde mediados de los setenta fue conformando, fundamentalmente en Valencia, un denso tejido asociativo. En diciembre de 1976 se funda Promoción de la Cultura Valenciana S.A. (PROCUVASA), entidad de la que eran fundadores y accionistas figuras destacadas del empresariado valenciano. La dirección de la sede de PROCUVASA, en el número 9 de la calle Cronista Carreres de Valencia, pronto se convertiría en un punto de referencia para el blaverismo. Allí se instalaron el Consell Valencià -una réplica fantasma del Consell oficial-, la revista blavera Murta, el GAV, y, además, en los bajos de esta dirección se ubicaba la sede provincial de UCD. Por su parte, la Federación Coordinadora de Entidades Culturales del Reino de Valencia (FCECRV), fundada en 1978, sería el paraguas que daría cobijo a organizaciones como GAV, el carlista Círculo Aparisi Guijarro, Academia de Cultura Valenciana, Lo Rat Penat y otros grupúsculos del blaverismo más radical.
En un plano más anecdótico, hay un episodio absolutamente delirante que da buena cuenta la enfermiza obsesión del blaverismo por desvincular la lengua catalana de su variante valenciana. A principios de los años ochenta circulaba por los ambientes secesionistas un tal profesor Bernard Weis del Departamento de Filología Románica de la Universidad de Múnich. Este señor enviaba ponencias a conferencias, escribía artículos e incluso concedía entrevistas, siempre sustentando las tesis del secesionismo. Pues bien, en abril 1985 se reveló que en la Universidad de Múnich no conocían a nadie con ese nombre, en pocas palabras, que la existencia de la supuesta eminencia era pura fantasía. Por si esto fuera poco, el profesor Weis asistió, según Las Provincias, al I Congrés de Llengua Valenciana celebrado en Elche entre los días 17 y 19 de mayo del mismo año. Después nunca más se volvió a saber de él.
A partir de la década de 1980 el blaverismo, aunque persistió en sus actividades violentas, se canalizó políticamente a través de Unión Valenciana, partido fundado en 1982 entre otros por Miguel Ramón Izquierdo, último alcalde de Valencia durante la dictadura. Este partido se presentó en las elecciones de 1982 en coalición con Alianza Popular, y sería quien acabaría entregando al Partido Popular la alcaldía de Valencia (1991) y la Generalitat Valenciana (1995). En la actualidad, aunque formalmente no está disuelto, el partido ha terminado virtualmente fagocitado por un PP que acabó por integrar a muchos de sus dirigentes y asumiendo su discurso en una versión más ambivalente. El discurso secesionista también ha recibido el apoyo entusiasta de voceros del establishment madrileño como Federico Jiménez Losantos o César Vidal; asimismo, la Monarquía se ha empeñado en legitimarlo en contra de la opinión de la práctica totalidad de la comunidad científica especializada, así el Rey concedió a la secesionista Academia de Cultura Valenciana el título de Real en 1991.
En conclusión, es difícil ver en el blaverismo otra cosa que un instrumento de los sectores tradicionalmente hegemónicos de la burguesía valenciana que, estrechamente vinculados a Madrid, aspiraban y aspiran a preservar su hegemonía a cualquier precio.
Extractado y adaptado por el autor de su trabajo más extenso sobre el mismo tema: http://www.tercerainformacion.es/IMG/pdf/163811.pdf
Fuente: http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article58393
Anticatalanismo en València. Una aproximación histórica
Hecho en falta en el artículo, muy acertado por cierto, la electoralista y oportunista bajada de pantalones ante el blaverismo de una gran parte del PSPV-PSOE con el pajarito Joan Lerma a la cabeza, que debilitó al nacionalismo cultural y contribuyó a la condena social de este en gran parte del País Valencià. Con el tiempo fue ministro en Madrid, como Asunción, Ciscar, etc… pero igual no tiene nada que ver ¿no?
Anticatalanismo en València. Una aproximación histórica
Tranquilos todos. En 2015 Compromís y su gran ascenso forma «tripartit» para acabar con esta historia. El blaverismo ha perdido muchísima fuerza y ahora preguntas por la calle si el valenciano y el catalán son la misma lengua y la mayoría, con una risita, te dice: «¡pues claro que lo son!».
Visca el País Valencià i els Països Catalans! Serem Suïssa 2 mentre Espanya s’enfonsa cada vegada més.