
ÁNGELES CÁCERES
Es lo que tienen los lugares públicos en regímenes democráticos: que todo el mundo en principio tiene derecho a utilizarlos, siempre que no se agreda a los de enfrente o al lado, es decir, a quienes por una razón u otra han decidido utilizar y ocupar esos mismos lugares coincidiendo en coordenadas de espacio y tiempo.
Es lo que ocurrió el sábado pasado en la Plaza del Ayuntamiento, que dicho sea de paso cuando la observas despacio, mirando y remirando, no te cabe en el caletre dónde está invertido el jugoso presupuesto (y correspondiente partida económica) del tan publicitado cambio de imagen. Total, para unos pocos agujericos en el suelo con su chapa encima cuando no sale el chorrete, y otros pocos arbolillos canijos que en cuanto lleguen las Hogueras se asarán más deprisa que San Lorenzo en el martirio, no era menester echar tantas alforjas. Digo yo, vamos.
Bueno, pues el sábado pasado coincidieron frente al Ayuntamiento, a eso de media tarde, una boda civil y una concentración de apoyo al juez Garzón y en defensa de la Memoria Histórica, reivindicando el derecho de los españoles a saber dónde están los huesos de sus familiares asesinados por el franquismo. No para enarbolar ningún fémur en plan quijada bíblica con la que agredir a ningún hermano, sino para darles sepultura digna y poder llorarlos en paz. Si no es mucho molestar.
Lo cual que conforme iba acudiendo el personal y buscaba sitio en las mesas de los bares que flanquean el recinto de la plaza, para hacer tiempo cada uno a su respectivo evento echándose al cuerpo una cerveza, un café o una horchata, el contraste de ropajes resultaba de lo más chocante; por un lado, los vestidos de gala de encaje, tisú rosa fosforito con pedrería, algún lamé plateado y tres o cuatro terciopelos de las invitadas al casorio, amén de los varoniles arreos más discretos, pero igualmente de tiros largos y blanca flor en el ojal, y por otra la parca indumentaria habitual de los de la concentración, o sea: las blusas, y los jerseys y los tejanos y las chupas más o menos proletarias de los carcamales resentidos del aquelarre a los que aludió en Madrid doña Espe. Sí, la misma, ésa que siendo ministra de Cultura dijo que aún no había tenido el gusto de conocer a la señora Sara Mago: ésa.
Si ustedes rastrean en cualquier diccionario elemental, por ejemplo el Espasa, podrán leer: aquelarre: orgía, bacanal, brujería, nigromancia, magia. Y si se van al Larousse de sinónimos, además encontrarán: desenfreno, batahola y baraúnda.
Lo cual que por allí no afloraba nada de eso. Había un gran escenario forrado de negro, para la presentación de la bellea de una foguera según dijeron, que oportunamente sirvió de linde entre la plaza propiamente dicha y los novios e invitados a la boda, que se iban concentrando frente a la puerta principal de la Casa Consistorial, flanqueada por sendos maceteros profusamente floridos (¿será per floretes?), al tiempo que en la plaza se concentraban los defensores de Garzón y la Memoria Histórica. Que por cierto no llevaron ni un mal megáfono, lo cual dificultó lo suyo el poder entender lo que desde el improvisado podio se pronunció, en son de arenga o verso, por mucho que se desgañitaran los oradores.
Claro que tampoco hacía falta oírlos: con ver las fotos en blanco y negro del caudillo sujetas con papel cel-lo al estrado, bastaba para sentir que toda la negritud del escenario se metía piel adentro hasta oscurecer el alma. Máxime sabiendo que en Valencia estaba convocado con el consentimiento de los poderes públicos un acto homenaje a Hitler, amiguito del alma de Franco como las fotos de la época confirman. Lo que no fue óbice ni cortapisa para que algún temible carcamal resentido, cuando los de la boda salieron ya casados echando confettis al aire, soltara un estentóreo: ¡Vivan los novios!. Y es que estos carcamales (y los jóvenes que se les unen), celebran unos aquelarres la mar de curiosos: sólo buscan justicia. Y si cae a mano una boda, pues alegría, que es lo suyo.
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