
Alguien me dijo en una ocasión que conmigo no se puede discutir. Hasta donde me alcanza la memoria, yo también he proferido esa acusación en un par o tres de ocasiones. Los motivos que propician estas consideraciones son diversas: que el otro nos lleva la contraria por deporte, que se enroca en sus opiniones como un burro con orejeras, que pierde los estribos a la mínima, que nos trata con displicencia o bravuconería, y un largo etcétera.
Sea como fuere, cuando participamos en un debate de formato adversarial, en el que se contrastan dos opiniones divergentes, quienes han visto demasiado Sálvame Deluxe se limitan a lanzar frases lapidarias e incuestionables con la profundidad de un aforismo de Mr. Wonderful, y quienes se creen más cultos e ilustrados aspiran a convencer más que vencer y hasta a aprender de la experiencia, enriquecer la propia opinión y ampliar horizontes.
La mala noticia es que se equivocan. Todos ellos. Debatir no sirve para absolutamente nada. Al menos para nada de lo que creemos en realidad.
Tu opinión no importa
La entradilla «yo opino que…» debería ser considerada anatema en cualquier debate. El problema de las opiniones no solo reside en que todos creen tener una, sino en que, precisamente por eso, todas deben recibir una pequeña dosis de respeto y atención. Pero las opiniones en realidad no tienen demasiado valor porque solo son reflejo del nicho social del que formas parte.
Otras opiniones en sintonía con tus opiniones políticas o tus creencias religiosas no solo serán las que más incidan en ti porque te sueles rodear de gente que se parece a ti, sino que únicamente describen una insignificante parte de la realidad: imagina los miles de millones de personas que nunca conocerás y de las que nunca sabrás nada que viven en decenas de países que nunca pisarás.
El otro problema de las opiniones es que nunca han servido para incrementar el número de conocimientos de la humanidad. La razón es que encajamos las opiniones con mejor disposición si se presentan con una buena dosis de retórica o si quien las emite está considerado como inteligente o importante por algún motivo (las opiniones del papa, por ejemplo, resultan más trascendentales para sus seguidores). Y solo asimilamos parcialmente las opiniones, justamente la parte que comprendemos, con la que empatizamos, que se ajusta a una serie de prejuicios sobre la realidad; el resto es sonido que no sabemos interpretar correctamente.
De hecho, la humanidad no empezó a agigantar exponencialmente su corpus de conocimientos empíricos sobre el mundo hasta que no se produjo la revolución científica, allá por el siglo XVII. Esto es: tu opinión ya no importa, solo importa que demuestres (mediante un experimento u otra forma) por qué sabes lo que sabes.
La revolución científica no solo fue una revolución que atañía a las teorías científicas, sino también a las ideas políticas, sociales e incluso estéticas. Todas estas ideas, en mayor o menor medida, pueden ser sometidas a los mismos patrones de demolición, sustitución y avance que las teorías científicas.
La revolución científica postuló, nada más y nada menos, que ya no se tuviera en cuenta lo que decía la gente, a fin de que los errores colectivos y los errores privados dejasen de emponzoñar el conocimiento, sino que se creara un sistema autónomo, una suerte de máquina de la verdad: toda proposición debía ser presentada con las pruebas que la avalasen (la concatenación de datos que la sostienen) y sometida a escrutinio general a fin de hallar fallas. Si no se encontraba ningún error, la propuesta era temporalmente aceptada. Si alguien hallaba alguna inconsistencia, se sustituía la propuesta por otra mejor.
Leído de corrillo este sistema parece muy simple, y en realidad lo es, pero no se le había ocurrido a nadie en miles de años de historia. Esa es la razón de que, durante siglos, se estudiaran las ideas del médico de la antigua Grecia Hipócrates: bastaba con que él lo hubiera afirmado para que se aceptara cono cierto. La revolución científica, sin embargo, partió de la premisa de que no nos podíamos fiar ya de ningún conocimiento anterior y que debíamos empezar desde cero. No importaba que dichos conocimientos procedieran de mentes preclaras como las de Sócrates o Platón.
De repente, quince siglos de conocimientos fueron parcial o totalmente refutados por ingentes cantidades de información de mejor calidad a propósito de animales, plantas, geología, geografía, cosmología, medicina y cultura humana en general. Como abunda en ello Kathryn Schulz en su libro En defensa del error: «En nuestra época, globalmente íntima y cartografiada en Google, es casi imposible comprender el grado de trastorno intelectual y emocional que toda aquella nueva información tuvo que ocasionar». No era para menos. Por primera vez en la historia se perseguía conocimiento excluyendo lo máximo posible al yo. Porque la ciencia es, sobre todo, una herramienta que tiende a dejar al margen a la humanidad. Porque la ciencia es el intento de alcanzar el máximo de objetividad posible: la ausencia de la mente, de prejuicios, sentimientos e interpretaciones, es decir, de opiniones. Y si la objetividad es lo que tiene lugar independientemente de nuestra mente, el debate basado en opiniones personales es cualquier cosa menos objetivo.
Porque en un debate de cualquier índole, sobre todo si se produce de forma sobrevenida (en un café, un viaje en coche, en una cena de empresa), no hay tiempo ni medios para verificar datos o hacer demostraciones. La gente habla en intervenciones cortas y rápidas y dice lo que piensa, sin que sepamos exactamente de dónde procede ese conocimiento (generalmente se lo ha inventado, se lo ha dicho otra persona o lo ha leído en algún artículo, mayormente de opinión). Como apunta el psicólogo Gary Marcus en Este libro le hará más inteligente: «Cuando dos personas discrepan, la causa hay que buscarla muy a menudo en que sus convicciones previas les llevan a recordar (o a centrarse en) fragmentos de información diferentes».
Si el debate se limitara a presentar los datos de que disponemos, el debate se reduciría e incluso se diluiría. Esto es lo que sabemos y no sabemos más (de momento). El resto son conjeturas, un blablablá. Que además presentamos maniqueamente, como explica el filósofo Julian Baggini en ¿Se creen que somos tontos?: Preferimos «eso es cierto» o «eso es falso» a «la parte factual de esa información es verdadera, pero sus supuestas ventajas no son reales».
Otra cuestión es que la mayor parte de la gente ignora dónde se encuentra este conocimiento y sus fuentes pueden ser tan dispares como una entrevista en «La Contra» de La Vanguardia o un blog Illuminati. Sin contar que la mayoría de la gente ni siquiera comprende los elementales basamentos de la lógica y de la filosofía de la ciencia, como denuncia el matemático John Allen Paulos en Un matemático lee el periódico: «Qué diferencia hay entre la proposición empírica y la apriorística, entre la inducción científica y la inducción matemática. ¿Es válida cierta consecuencia en ambos sentidos o es falsa su inversa?».
En resumidas cuentas, cuando se vierte una opinión en un debate, no estás recibiendo nada cualitativamente relevante porque lleva marchamo de «opinión». La opinión únicamente es información de la que ignoramos su procedencia, y la recibimos en cantidades ingentes, que a su vez es producida por otras opiniones. Hasta el punto de que nuestras creencias no son realmente las que limita nuestra mente, sino la red de testigos y sus opiniones en la que estamos atrapados.
Con todo, el problema de la opinión es solo la punta del iceberg de cualquier debate.
Improvisación emocional: el motor del debate
A uno le gusta pensar que, al debatir, está realizando un intercambio ponderado de conocimientos mientras, de fondo, suena una música de violines. «Adelante, caballero, dígame qué opina». «Hum, interesante punto, pero déjeme que le matice lo siguiente». Si hacemos zapping durante cinco minutos descubriremos que esta forma de debate es una idealización. Con todo, aun logrando debatir como caballeros decimonónicos, siempre con la mejor predisposición y humor, recibiendo las réplicas como buenos fajadores y disparando las nuestras con respeto y humildad, estaremos lejos de solucionar uno de los mayores lastres de cualquier debate: la improvisación.
Los debates, a diferencia de los ensayos escritos, tienen lugar en tiempo real. Cada segundo que transcurre pronunciamos alguna palabra. Si bien podemos guardar silencio unos segundos para reflexionar acerca de nuestra siguiente intervención, o incluso podemos tomar alguna nota al vuelo mientras nuestro interlocutor desarrolla su argumento, lo cierto es que el tiempo apremia cuando intercambiamos opiniones con los demás. Y no solo tenemos poco tiempo para acceder a todos los conocimientos que atesoramos sobre el tema tratado (confiando en que nuestra memoria no nos juegue malas pasadas), sino que debemos sintetizarlo, liofilizarlo y presentarlo casi con la extensión de uno de esos textos virales de Facebook y, a ser posible, con la determinación retórica de una galleta de la fortuna.
Hay asuntos que requieren la lectura de libros de trescientas o cuatrocientas páginas. Incluso esos libros, que han sido redactados durante meses o años, que se corrigen y pulen línea a línea, suelen hacer llamadas a una extensa bibliografía compuesta por otros libros o artículos que, a su vez, también han sido redactados del mismo modo. Ahora estamos delante de nuestro polemista ideal, caballero hasta la médula, y tenemos unos minutos para recordar y ordenar todo el conocimiento que obtuvimos de la lectura de esos libros (en el mejor de los casos, porque la mayoría de la gente ni siquiera lee libros de los temas que aborda).
Es decir, en un debate ideal, los concurrentes deben haber leído mucho sobre el tema, haber consultado fuentes fiables, recordar lo leído, ordenarlo de forma coherente y ajustada a la réplica del otro y, por si fuera poco, hemos de confiar en que el otro entienda lo que estamos diciendo o sea capaz de intuir todo lo que nos hemos dejado en el tintero. En un debate ideal, recibimos una porciúncula de conocimiento bajo la promesa de que la incorporaremos a nuestra reflexión y que leeremos mucho y bien sobre ese tema para contrastarlo, algo que nunca o casi nunca sucede en realidad. Además, si de lo que se trata con un debate no es tanto convencer al otro como facilitarle material para que lo someta análisis, ahorraríamos tiempo omitiendo el debate y ofreciendo sencillamente una bibliografía apropiada a nuestro interlocutor.
En realidad el cerebro humano no funciona así. Cuando hablamos con alguien no exponemos pormenorizadamente una ristra de argumentos como si se tratara de una tesis doctoral, sino que improvisamos en función de lo que nos llegue a la mente, y mucho más importante: en función de las réplicas y gestualidad del interlocutor (cuando ha puesto esos ojos en blanco he decido ser más categórico porque me ha ofendido su displicencia). Nuestro cerebro, sobre todo en un entorno social, no es una máquina analítica sino una órgano que tiende a la fabulación: nos gustan las historias, tanto explicarlas como recibirlas, y faltamos a la verdad en aras de que las historias tengan sentido (tanto para nosotros como para los demás). Un debate es un intercambio de emociones en un caldo de cultivo social, no un análisis racional.
Diversos experimentos ponen en evidencia esta tendencia, pero uno de los más curiosos fue el realizado por los psicólogos Richard Nisbett y Timothy Wilson en 1977. Tras abrir una tienda en unos grandes almacenes de Michigan, solicitaron a la gente que comparara cuatro clases distintas de medias. Todas las medias, en realidad, eran completamente idénticas, pero los compradores mostraron preferencia por unas y no por otras, e incluso razonaron extensamente las razones de la misma, aseverando que ese color era un poco más atractivo o que el tejido era un poco menos rasposo. Es decir, que tendemos a explicar nuestras razones aunque sea a costa de inventarlas sobre la marcha. Hasta el punto de que, tras el experimento, se reveló a todos los consumidores que las medias eran exactamente iguales… y muchos se negaron tajantemente a creerlo, aferrándose a sus creencias originarias.
Esa es la razón de que, en casi cualquier tema abordado, raramente admitamos «no lo sé» y vertamos nuestra opinión con soltura, totalmente improvisada o recogida de oídas (incluso para temas profundamente técnicos de ámbitos como la economía o la física cuántica). Y, si nos pillan en algún renuncio, básicamente nos dediquemos a agarrarnos al clavo ardiendo.
A esto se suma que todos, en mayor o menor medida, estamos lastrados por el llamado efecto lago Wobegon, como explica Kathryn Schulz en su libro En defensa del error:
Muchísimos vamos por la vida dando por supuesto que en lo esencial tenemos razón, siempre y acerca de todo: de nuestras convicciones políticas e intelectuales, de nuestras creencias religiosas y morales, de nuestra valoración de los demás, de nuestros recuerdos, de nuestra manera de entender lo que pasa. Si nos paramos a pensarlo, cualquiera diría que nuestra situación habitual es la de dar por sentado de manera inconsciente que estamos muy cerca de la omnisciencia.
¿Cómo es posible que la gente cambie de opinión tras un debate?
Llegados a este punto, podemos aducir que tras un debate puede que nos hayan convencido de algo, que nos hayan mostrado una veta de conocimiento que nos había pasado inadvertida, que nos hayamos sentido enriquecidos de algún modo. En general, un debate no sirve para cambiar la opinión de las partes, pero vale la pena explorar por qué sucede en cierto porcentaje de casos.
En primer lugar, que experimentemos todas esas sensaciones no significan que sean ciertas. Uno puede cambiar de opinión tras un debate (aunque sea un fenómeno más raro que avistar al Yeti), pero ignoramos si ese cambio de opinión obedece a que hemos recibido la información completa y correcta, o que sencillamente nos la hemos tragado porque parecía convincente, tal vez añadiendo mayor número de errores a nuestros conocimientos.
Por si esto fuera poco, los cambios de opinión no suelen ser fruto de los debates, sino de algo gradual o, por el contrario, de un salto cuántico fugaz. Los cambios de opinión se producen muy rápidamente o muy lentamente para proteger nuestra autoestima: solo a estas dos velocidades el cambio de polaridad tiene lugar de forma casi imperceptible. El cambio gradual de una creencia (ahora dejo de creer en Dios, por ejemplo) atenúa la experiencia hasta que casi desaparece. El cambio repentino hace lo mismo condensando la experiencia: al advertir tanto para nosotros como para los demás que estábamos equivocados es casi como si también alumbráramos una nueva verdad. El primer tipo de cambio de creencia puede prolongarse durante años, el segundo, apenas unos segundos. Pero difícilmente, tras diversos tiras y aflojas, un polemista irá admitiendo sus errores y asumiendo que quizá no sabe qué opinar, que se ha quedado huérfano de conocimiento. En el mundo real, sin embargo, tenemos toda la razón del mundo sobre algo hasta que, justo un instante después, tenemos toda la razón del mundo sobre otro asunto.
Esta lógica, sin embargo, incluye un matiz. Los cambios de opinión derivados del propio debate, los fidedignos, los verdaderamente lacayunos, pueden tener lugar si el contexto es emocionalmente confortable. O dicho en román paladino: si el debate tiene lugar con alguien a quien amamos particularmente. Los argumentos proferidos por alguien del que estamos enamorados, por ejemplo, siempre suenan mejor que el de los otros, hasta el punto de que no nos dolerán prendas en admitir nuestros deslices frente a él.
Con todo, esta es solo la visión simplista del contexto. El contexto puede ser diverso y cambiante en apenas segundos, e incluso interactúa de formas arcanas con nuestros estados de ánimo (los contextos interiores o biológicos). Schulz resume mejor que yo estas oleadas neuroquímicas dependientes del contexto:
… son sensibles de una manera imprevisible a pequeñas fluctuaciones, fácilmente perturbados, a menudo aparentemente arbitrarios. En un sistema semejante es difícil explicar por qué la humildad y el humor a veces prevalecen sobre la soberbia y la susceptibilidad, y es aún más difícil prever de antemano el resultado. Como consecuencia, nuestra capacidad para admitir nuestras confusiones tendrá siempre algo de misterioso y en ella influirá, como en todo, nuestro talante momentáneo.
Dicho de otro modo: hay momentos en los que, sin saber muy bien la razón, deseamos machacar al interlocutor que nos ha tocado las narices porque parece que cuestiona nuestras creencias. Otros momentos, sin que haya cambiado nada realmente, podemos abordar la cuestión con un tono entre cortés y circunspecto o meramente salomónico, como si la verdad fuera un concepto inaprensible.
Esto no solo ocurre en nosotros, sino también en nuestros interlocutores. Y nunca podemos saber fehacientemente si nuestro interlocutor está siendo víctima de sesgos tanto cognitivos como contextuales y, por tanto, el grado de ruido que añade a nuestro sincero y elevado propósito de confrontar nuestras ideas con otras para enriquecerlas o hasta cambiarlas.
En consecuencia, otorgarle la razón a alguien poco tiene que ver con el contenido de lo dicho en sentido estricto. Es decir, que dar o no la razón a alguien tiene también algo de caprichoso y fortuito. El misántropo contumaz de Schopenhauer fue más tajante a la hora de describir esta sensación en Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente: «A veces hablo con los hombres como el niño con sus muñecos; aun sabiendo que los muñecos no pueden comprender, mediante un grato autoengaño metódico se logra el gozo de la comunicación».
El cerebro chapucero
Si bien hay personas más arrogantes y obstinadas que otras a la hora de discutir cualquier tema, más cerradas de mente o sencillamente más disonantes cognitivas, cuñadismo style, todos albergamos todos esos elementos y se manifiestan con más o menos brío en función del contexto o sencillamente del día que hemos tenido. Además, esta idea de que hay buenos y malos discutidores también se asemeja bastante a un argumento circular: afirmar que gente tozuda no puede admitir que está equivocada es casi lo mismo que afirmar que la gente que no puede admitir su error no puede admitir que está equivocada. Es decir, que asumimos que el otro está equivocado (tozudamente) aunque quizá esté en lo cierto y su tozudez en realidad sea razonable. Al fin y al cabo, tildar a alguien de que no sabe discutir es otra forma de advertir que está equivocado. Algo que, en todo caso, deberá dirimirse en el propio debate.
Bien, en realidad no hace falta dirimirlo. En gran parte de los asuntos que se debaten, al carecerse de experimentos y pruebas que avalen cada una de las afirmaciones, en realidad cada uno cuenta la suya sin que nadie sepa a ciencia cierta si hay engaño o manipulación (ni siquiera el propio manipulador, que puede operar inconscientemente). Quienes aducen que debaten con los demás para aprender sencillamente son víctimas de lo que se denomina «realismo ingenuo»: la idea de que el mundo es tal y como lo experimentan, y que pueden transmitir su experiencia a otra persona para que también la experimente igual que ellos. Bajo este paraguas, un debate reflejará pasivamente la verdad del mundo, ni más ni menos. Lo que yo opino es verdad o, en cualquier caso, es verdad lo que tú opinas, vamos a discutirlo y así hallaremos quién capta mejor la realidad. O como dijo el filósofo Ward E. Jones: «Lo que sucede es que no tiene sentido verme a mí mismo creyendo que P es verdad y al mismo tiempo convencido de que lo hago por razones que no tienen nada que ver con que P sea verdad».
Por si fuera poco, nuestro cerebro tiende a interpretar a quien está equivocado como nuestro enemigo, lo que en general carga aún más las tintas. Esta percepción puede ser manifiesta o sencillamente estar oculta tras capas y capas de corrección política («yo no soy racista, pero…»). Si alguien afirma algo chocante no es infrecuente que el otro responda con algo parecido a: «¿Estás flipando?». Y quienes defienden creencias diametralmente opuestas a las nuestras pueden ser tildados alegremente de «rojos», «cavernarios», «lunáticos liberales», «meapilas de la derecha» y un largo y creativo etcétera.
Cuando la gente de mi entorno suele afirmar cosas del tipo «¿Qué clase de idiota puede seguir votando al PP?» a menudo pasan por alto que viven en una burbuja ideológica, y que sus homólogos políticos diametralmente opuestos probablemente están afirmando algo parecido a «¿Qué clase de idiota vota al PSOE?». Y eso sucede con toda clase de temas. Siempre hay asuntos en los que, hasta el mayor defensor del debate como forma de enriquecimiento personal, parte de la premisa de que el otro es sencillamente idiota. Y si pensamos que el otro es idiota es porque pensamos que nosotros no lo somos.
Es la razón de que en Estados Unidos haya condados donde los demócratas siempre ganan, y otros donde siempre ganan los republicanos. Como abunda en ello Schulz:
Tanto si pasamos mucho tiempo con esas personas porque estamos de acuerdo con ellas o si estamos de acuerdo con ellas porque pasamos mucho tiempo juntos, la cuestión fundamental sigue siendo la misma. No es solo que participemos de una creencia; es que participamos de una comunidad de creyentes.
En el caso de que nos veamos obligados a permanecer tiempo con personas que opinan radicalmente distinto a nosotros, entonces echamos mano de los buenos modales y tampoco abordamos los temas en los que diferimos. Y si lo hacemos, el tacto propicia que tampoco abordemos los puntos verdaderamente críticos. Ello no solo torna el debate en un teatro (en el caso de que no queramos hacer daño a la otra persona), sino también en una manera de enemistarse, distanciarse y reafirmar nuestras propias creencias (en el caso de que tengamos ganas de sangre, poniéndonos petulantes, paternalistas o desdeñosos).
Lo más perturbador, sin embargo, es que si procedemos así con los demás, hemos de admitir que también los demás lo hacen con nosotros, lo que reduce ostensiblemente la probabilidad de que nos alerten a propósito de posibles fallos de nuestras opiniones. Dicho de otro modo: parece que en formato profundamente adversarial solo caben dos opciones, a saber: que saquemos las uñas y el otro se ponga a la defensiva (reforzando sus ideas), o que nos callemos educadamente y otro sencillamente no sepa que está equivocado (reforzando sus ideas).
El deporte nacional: debatir asuntos abstractos
El debate puede ser útil si es conciso y tiene como objeto de glosa un tema muy sencillo, fácil de demostrar, «mira, no, oye, dijiste que no te dejaste el gas encendido y aquí tienes la prueba de que no es así». Sin embargo, el debate se convierte en un lastre intelectual peligroso cuando se centra en temas complejos, abstractos, para los cuales no solo no hay evidencia, sino que la solución ni siquiera es binaria, sí o no, a favor o en contra.
Son los llamados temas peliagudos, que generalmente emanan de la subjetividad o en los que los acuerdos al respecto solo son convenciones o fronteras arbitrarias porque nada es blanco o negro. Es el caso de, por ejemplo, el aborto, el uso del burkini, la tauromaquia y otros tantos. Eso no quiere decir que no haya nada que aportar a tales temas. Todos esos asuntos pueden analizarse de forma más completa si se aportan datos de buena calidad, como los científicos. Por ejemplo, si debatimos sobre el aborto, el debate será mucho más completo si se tiene en cuenta lo que ya sabemos sobre embriología, genética, el sistema nervioso o la consciencia. Pero, si bien debatir a ciegas es mucho más infructuoso que hacerlo teniendo en cuenta tres o cuatro puntos indiscutibles, la solución a esos debates no existe, solo podemos dar vueltas y más vueltas a su alrededor, incluso cambiando de postura a cada poco en función de las nuevas opiniones que recibamos.
Y, entonces, queda a la vista la verdadera función del debate, que en absoluto es presentar todo lo que hemos aprendido en nuestra vida acerca de un tema para contrastarlo con todo lo que han aprendido los demás para, finalmente, todos salir de allí sabiendo más que antes.
Blablablá, el motor social
Debatir sirve para lo mismo que charlar de cualquier otro tema. Un debate, por el hecho de definirse como debate, discusión, polémica, no dista en absoluto de las funciones que tiene cualquier conversación.
Puede ser un pasatiempo o una manera de aproximarse al otro, trabar alianzas o forjar odios. Discutir es como un baile de salón. El debate considerado como un baile con otra persona, pues, sirve para divertirse, acercarse, conocerse, ahora lo llevo yo, ahora tú, aquí soy un poco Tartufo, allí tú me sueltas un moco, aquí yo te demuestro que tengo una espina clavada por aquello que me dijste, media vuelta, bienvenido a mi baile o fuera de aquí.
Debatir es algo así como un engrasante social. Una forma de juego que recuerda a los mordiscos de mentira que se propinan los perros.
Debatir es hablar y, como especie social que somos, necesitamos hablar para intimar. Si la mayor parte del tiempo chismorreamos sobre terceras personas a fin de evaluar la reputación relativa de los diferentes miembros del grupo, la otra gran parte del tiempo la dedicamos a confrontar ideas para hacer justamente lo mismo.
Debatir, las más de las veces, no sirve para hallar la verdad, ni para convencer a nadie de nada. Obviamente, siempre debemos preferir el intercambio ponderado de argumentos al intercambio vehemente de denuestos. Pero eso no quita que probablemente le estamos otorgando un exceso de importancia a la capacidad esclarecedora del debate en sí mismo, por muy ponderado que sea. Como describió Philip Roth en Pastoral americana:
En cualquier caso, sigue siendo cierto que de lo que se trata en la vida no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, malentenderlo una vez y otra y muchas más, y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo. Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos.
El cerebro es un accidente evolutivo y, si bien tiene unas capacidades asombrosas, su diseño no es propicio para alcanzar la objetividad. Un cerebro está tan sesgado que, por defecto, ningún individuo puede negar que sea racista, machista o clasista: lo más que puede hacer es afirmar que intenta serlo lo menos posible.
De igual modo, un cerebro no está diseñado para debatir en el sentido tradicional del término, lo cual tampoco es impedimento para mejorar algunos hábitos mentales sin necesidad de ser un gran científico: prestar atención a las contrapruebas, evitar creer que lo que pensamos es la última palabra y, sobre todo, que el árbol no nos eclipse el bosque o que olvidemos por demasiado tiempo que nuestras creencias más firmes están determinadas por accidentes del destino, desde nuestro lugar de nacimiento hasta nuestro ADN.
Porque al considerar que no podemos discutir con alguien, que discutimos para encontrar la verdad, que el otro no está siendo ponderado y lógico como nosotros, que somos humildes y solo buscamos el enriquecimiento mutuo… es probable que estemos poniendo de manifiesto justo lo contrario: que nos creemos más listos, que no somos víctimas de toda la maraña de sesgos cognitivos que entorpecen el cerebro humano, que, sumergidos hasta las trancas en el lago Wobegon, estamos por encima de la media.
Por eso, si estamos en el fragor del debate, intentemos tomarnos unos segundos, respirar hondo y recordar que solo estamos ejecutando un baile social antes que escudriñando quién tiene razón.
Sergio Parra
Asúmelo ya: Debatir no sirve para nada de lo que siempre has creído
El método científico actual, aunque en teoría parece infalible para encontrar verdades, en la práctica no lo es, porque es un método aplicado por personas con intereses subjetivos. Es aconsejable tomar las afirmaciones científicas con precaución, porque pueden estar contaminadas por intereses ajenos a la propia investigación. No obstante, en la categoría de verdades, las afirmaciones científicas tienen una calidad superior a otras.
No es posible conocer la VERDAD sobre nada. La VERDAD no existe, sólo existen muchísimas verdades sobre un mismo hecho, tantas como testigos de la realidad. Cada testigo, como tal, lo único que puede apercibir se ve contaminado por su filtro personal, que depende de sus propias limitaciones mentales y de la información previa almacenada. Lo más que se puede uno aproximar a una verdad sería reuniendo cuantas más perspectivas posibles de otros acerca de un mismo hecho. Es decir, sobre un acontecimiento tratar de ponerse en el lugar de cada persona que este «opinando» sobre este acontecimiento. Ponerse en el lugar de los otros ayuda a entender sus verdades-perspectivas y a hacerse una idea de conjunto que se acerque más a la realidad del hecho. La realidad de cada uno es un hecho siempre subjetivo, de forma irresoluble. No se puede dejar de ser subjetivo. Lo más que se puede es tratar de entender las subjetividades de los demás.
Las verdades subjetivas que cada cada uno se pueda formar, se pueden encontrar básicamente por tres vías: por la vía mental, por la vía emocional y por la intuición (inconsciente).
-La vía mental siempre dependerá de lo entrenada que esté la mente de cada uno y de la calidad de la percepción y información obtenida acerca de la realidad que se esté analizando. Así que no es una vía muy fiable.
-La vía emocional siempre está condicionada por el estado de ánimo de cada momento y de la relación afectiva que se establezca con la realidad que se esté analizando. Esto hace que sea una vía poco recomendable.
-La vía intuitiva o subconsciente, por el contrario, parece que de forma sorprendente suele realizar análisis bastante acertados. Quizá porque es una vía bastante independiente de los procesos mentales conscientes y porque es la que se suele emplear como instinto de supervivencia en fases previas a las de la mente humana.
El ser humano, como ser social y dotado de lenguaje hablado, utiliza el debate como herramienta de cohesión social. Sin embargo, este parloteo social, más que un intercambio abierto de información que ayude al mutuo entendimiento, suele ser una pantalla que puede esconder lo que realmente se piensa o se siente. La sinceridad diáfana puede ser una virtud con efectos poco socializadores.
Asúmelo ya: Debatir no sirve para nada de lo que siempre has creído
«No es posible conocer la VERDAD sobre nada. La VERDAD no existe, sólo existen muchísimas verdades sobre un mismo hecho, tantas como testigos de la realidad.»
No es cierto. Lo objetivo sí se puede discutir y hay una verdad y una falsedad. Si dos personas caminan un Kilómetro, la verdad para ambas es que han caminado un Kilómetro, aunque para una sea una caminata larga y para la otra un paseito. El color rosa tiene una longitud de onda determinada. A algunos les parece un color feo y a otros bonito, pero es rosa independientemente de que te guste o no. Si es feo o bonito o si el camino es largo o corto entra dentro de lo subjetivo, y por tanto no tiene sentido discutirlo.
Una discusión sí que puede desarrollarse de forma productiva con argumentos racionales siempre y cuando se hable de cosas objetivas.
También hay que distinguir las prioridades diferentes de las personas que debaten (lo que les parece más importante) y entre lo que se dice y el cómo se dice (retórica). Los fachas suelen utilizar más la retórica que los argumentos.
Por cierto, el artículo me ha parecido una sarta de estupideces de alguien (posiblemente un yanqui) que se cree muy ingenioso. Además el mensaje que transmite es una mierda. Todo lo contrario. Tenemos que hablar mucho y de todas las cosas importantes con otras personas y dejar de ver la tele. Un saludo.
Asúmelo ya: Debatir no sirve para nada de lo que siempre has creído
Respecto a la capacidad del sujeto para comprender la VERDAD como concepto absoluto, recomiendo leer la parábola de «Los tres ciegos y el elefante». Por ejemplo en este enlace:
https://es.wikipedia.org/wiki/Los_ciegos_y_el_elefante
Hay que tener en cuenta que normalmente se debate acerca de realidades complejas, cuya aprehensión queda indefectiblemente entreverada por la capacidad preceptiva y vivencias previas de cada uno. No obstante, si se desea llegar a un punto de entendimiento útil en un debate acerca de visiones diferentes de una misma realidad, estas dos reglas podrían ser consideradas básicas:
1ª.- Ser respetuoso con la postura y opinión del otro.
2ª.- Tratar de entender el por qué de su opinión. Ponerse verdaderamente en su lugar.
Por el contrario, suele dificultar bastante el mutuo entendimiento y el alcance de un punto útil de encuentro por medio del debate:
1ª.- Pensar que la postura personal es una verdad objetiva, y por tanto indiscutible (incluso en el el ámbito científico, y especialmente en este).
2ª.- Esgrimir esta creencia de verdad absoluta para desacreditar al otro, e incluso para faltarle al respeto.
Puede gustar o no un artículo en que otra persona ha dedicado horas de su vida para expresarse, pero seguramente habrá formas más útiles de comunicar los motivos del desagrado respecto a este artículo más allá de decir que «es una mierda».
El absolutismo de pensamiento es una postura que no depende de las creencias políticas, sino del grado de ceguera con que cada uno pueda estar limitado para ver al elefante entero. Este tipo de posturas obtusas pueden llevar incluso, a hacer beber cicuta a quienes afirman que sólo saben que no saben nada.
Asúmelo ya: Debatir no sirve para nada de lo que siempre has creído
NO. Hay cosas que son verdad y cosas que son mentira y existe lo racional y lo irracional. Este relativismo que parece tan tolerante, moderno y chipiriguay es en verdad de lo más reaccionario. Si lo aceptamos estamos perdidos.
-Si todo es relativo ¿Sobre qué bases vamos a debatir? Tendrá que haber una serie verdades absolutas compartidas y unos procesos lógicos en común para que podamos comunicarnos. ¿No?
-Si todo puede ser verdad y todas las opiniones son igual de respetables ¿Quien tiene razón? ¿El que más grita?¿En un mundo en que todos los altavoces son propiedad de cuatro multimillonarios asesinos hijos de puta? No, gracias.
Asúmelo ya: Debatir no sirve para nada de lo que siempre has creído
Ejemplos.
-Pagas una barra de pan de un euro con 20 euros y el panadero te devuelve 3. Te dice que 20 menos 1 es 3 y que su opinión es tan válida como la tuya. O te dice que él opina que le has dado 4 euros y que esa es su verdad, tan válida como la tuya. Una persona tan tolerante y tan abierta como tú ¿Que hace? ¿Un ni tu ni yo?
– En un debate te aparece un testigo de jehova y se pone a citar pasajes bíblicos. ¿Los aceptas como argumentos?¿Te tragas todos los que te quiera soltar porque «todas las opiniones se merecen el mismo respeto»?
-Un facha que apoyaba la invasión de irak (verídico) me dijo en tiempos de Aznar que allí no había petroleo. Un yanqui me dijo (verídico) que fue Isabel de inglaterra quien pagó el viaje a Colón y que por eso allí se habla inglés. En ambos casos me tacharon de autoritario y antidemocrático por pretender tener más razón que ellos.
Pues eso.
Asúmelo ya: Debatir no sirve para nada de lo que siempre has creído
Por cierto, esta mañana salí a dar un paseo de 1 km de distancia con mi perra. Me fijé en unas flores de baladre de un tono rosa con una longitud de onda especialmente bonita a la luz de la mañana. Se lo comenté a la perra, que me miró con extrañeza, seguramente porque con sus ojos, ella es incapaz de percibir los colores. Así que es posible que ella piense que el color rosa no existe, que es algo que me he inventado yo para tomarle el pelo. De todas maneras, como a las dos nos gusta, mañana haremos el mismo paseo, volverá a ser de 1 km de distancia, aunque en realidad no será el mismo paseo, ya que mañana será otro día y nuestros pasos nunca volverán a ser los mismos.
Asúmelo ya: Debatir no sirve para nada de lo que siempre has creído
Los animales no son personas, por más que Soros y compañía te lo quieran hacer creer. No te hagas ilusiones. Equiparándonos a los animales no pretenden dignificarlos, sino degradar y animalizar a las personas. Un saludo.
Asúmelo ya: Debatir no sirve para nada de lo que siempre has creído
¿Es necesario debatir sobre cuestiones objetivas, como las operaciones matemáticas? Yo creo que no, se trata de cuestiones objetivas simples que no permiten más de una perspectiva.
¿Sirve de algo debatir sobre sus creencias religiosas con otras personas? Yo creo que no. Las creencias religiosas se basan en la fe y por tanto carecen de motivos o razones que se puedan prestar al debate.
¿Debatir es rebatir con datos algo sobre lo que se puede demostrar lo contrario? Yo creo que no. Esto es mostrar información acertada a quien no la tiene.
Normalmente debatir, se debate acerca de realidades complejas que permiten diversas perspectivas válidas por parte de quienes debaten, con el fin de encontrar un punto común de entendimiento útil.
Otra cosa es discutir: querer demostrar al adversario que se tiene la razón y el otro no.
Por ejemplo, una realidad compleja que admitiría el debate podría versar acerca de la cualidad animal del ser humano, así como acerca del estatus de persona no humana del resto de animales no humanos.
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¿El estatus de «persona no humana» sería solo para los perritos y los gatitos o se haría extensivo a las ratas, las cucarachas, los piojos, los mosquitos y las garrapatas?
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«¿Debatir es rebatir con datos algo sobre lo que se puede demostrar lo contrario? Yo creo que no. Esto es mostrar información acertada a quien no la tiene.»
Desgraciadamente hemos llegado a un punto en que ABSOLUTAMENTE NADA de lo que mayoritariamente «opina» la gente se sostiene desde el punto de vista lógico, ni en relación a los datos objetivos. El problema de este rollito hiperdemocrático, tolerante, new age que nos han colado es que la gente piensa que si repite las chorradas descabelladas del «pensamiento» dominante, tiene derecho al «respeto de sus opiniones». Una cosa es que todo el mundo deba tener derecho a expresar sus opiniones (que ya NO, gracias al naziprogresismo feminista, LGTB y ecologeta, que ha apoyado la discriminación «positiva», la censura y la represión) y otra cosa es que todas las opiniones sean igual de respetables.
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Me parece que el artículo trata sobre cuál puede ser la utilidad de debatir.
¿Se trata de que cada uno diga su opinión, respetada o no por el otro, y a ver quien tiene la razón y es portador de la verdad? (Si es que existen verdades absolutas, respecto a realidades complejas…). Vencedores y vencidos.
¿O se trata de poner en común puntos de vista diferentes para tratar de llegar a un entendimiento que permita la convivencia?
Me decanto por esta segunda opción, la veo más útil para vivir en sociedad.
Claro, que es posible que en algunas personas pueda darse el caso de que estén absolutamente seguras de que sus ideas son las únicas verdaderas y válidas. Entonces, ¿para qué van a necesitar debatir sobre nada? Llegados a este punto de sabiduría preclara, lo útil no sería debatir, de lo que se trataría sería de adoctrinar a los demás, y si no se dejan, pues incluso de imponerles las ideas correctas y extirparles las incorrectas. Y si los demás no acatan, entonces siempre quedará faltar al respecto y otras formas creativas de expresarse agresivamente e imponerse… ¿no? si se tiene la razón, se tiene la razón… No hay nada mejor que saberse poseedor de la verdad. Te da derecho a casi todo.
Sólo hay un inconveniente a saberse en posesión de la verdad absoluta sobre algo: ya no se puede aprender nada nuevo sobre ese algo. Decíamos hace unos días que las verdades más cercanas a la realidad eran las alcanzadas mediante el método científico. Qué curioso resulta entonces que las afirmaciones científicas nunca se expresen en forma de verdades absolutas, sino en forma de hipótesis y conclusiones abiertas a su modificación, conforme otros investigadores aportan nuevos datos y puntos de vista que mejoran la percepción de lo que se está analizando.
En cuanto a los derechos de otros animales que no son humanos, hay una gran cantidad de personas que pueden tener opiniones diferentes al respecto, seguramente porque se trata de una realidad compleja de la que algunos seres humanos se han hecho conscientes y han comenzado a debatir hace relativamente pocas décadas. Imagínate, algo así como cuando se comenzó a debatir acerca de los derechos de los esclavos, después de que durante siglos nadie se planteara ni que fuesen personas en las mismas condiciones que los no esclavos… Pero claro, sobre este tena de los derechos de los animales no humanos, seguramente las opiniones de otros podrían no parecerte tan válidas y respetables como la tuya. ¿Sería esto un buen motivo para tratar de desacreditar a quienes ostentan opiniones diferentes, para tacharles de comidos del coco, o lo que se te ocurra? Por internet es muy fácil… Te podrías despachar bien a gusto, pero ¿estarías debatiendo, o más bien discutiendo? ¿Y sirve de algo discutir, más que para tirarse los trastos a la cabeza? Qué pereza… qué gasto de energía que no va a ninguna parte ¿no?
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En parte tienes razón, pero date cuenta de que son precisamente esta serie de nuevas tendencias «políticamente correctas» de hegemonía reciente (feminismo represivo, LGTB, Animalismo, capitalismo verde) , las que nos están imponiendo la censura y la represión a todos. LIVG, leyes lgtb y animalista de la Cifuentes, leyes del odio de Gallardón, prohibiciones ecologetas… Yo no le digo a nadie lo que debe pensar o decir, pero me niego a que cuatro sectarios fanáticos financiados y apoyados por el sistema y todos los medios de comunicación me impongan sus discursos descabellados. Todas estas «luchas» emanan del partido demócrata yanqui y sus multimillonarios progres. Son chorradas. Un poco de raciocinio y sentido crítico, por favor.
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¿Esa comparación de los animales con los esclavos sabes de donde ha salido? ¿Es fruto espontáneo de tu realidad y tu cultura y de la historia del lugar donde vives? NO. Tu y yo sabemos de dónde viene. Y como esto casi todo lo demás que «espontaneamente» ha empezado a «pensar» todo el mundo en la última década. Los perritos y los gatitos se alimentan de adorables pollitos, cerditos y terneritos. Las «colonias felinas» están acabando con los pájaros, los reptiles y los pequeños mamíferos de las ciudades y llenando los parques y jardines de cacas y pises. La esterilización forzosa, el chip y el «sacrificio 0», con sus campos de reclusión de por vida , son dignos de Menguele. ¿Eso es lo que vais a hacer con las «personas no humanas»? ¿Como paso previo a hacerselo a las «personas humanas»? ¿Y cómo os han comunicado los animales sus reivindicaciones? ¿Con ladridos y maullidos o sólo con rebuznos?
Sois una panda de urbanitas despistados que adoran a sus perros y sus gatos y os están usando para joder a la gente de los pueblos y meter la porra y la pistola en sus fiestas y sus costumbres. Despabilad. Cuando ya no seais útiles os empezarán a joder a vosotros. Tiempo al tiempo.
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Pedro, Guindin, ¿Os estais convenciendo el uno al otro? ¿Cual es la aportación que estáis haciendo a la humanidad con esta agresiva tira de comentarios bajo el artículo sobre el Debate?
Por favor, pensad en lo que va a leer la persona que lea todo esto desde la cabecera, dentro de un tiempo.
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Hombre, como ilustración práctica del artículo está genial. ¿No? Un saludo.
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Pedro, aquí apunto algunos ejemplos de frases que has ido empleando y que pienso que dificultan una comunicación eficaz y hacen que este intento de debate entre en riesgo de convertirse en discusión:
«Los fachas suelen utilizar más la retórica que los argumentos»
> Ejemplo de querer tener más razón insultando al oponente. El insulto no facilita que el otro escuche el mensaje que tratas de transmitir, sino todo lo contrario, le pone a la defensiva y hace que en principio resulte menos receptivo a tus sucesivos mensajes.
«el artículo me ha parecido una sarta de estupideces de alguien (posiblemente un yanqui) que se cree muy ingenioso. Además el mensaje que transmite es una mierda»
«El problema de este rollito hiperdemocrático, tolerante, new age que nos han colado es que la gente piensa que si repite las chorradas descabelladas del «pensamiento» dominante, tiene derecho al «respeto de sus opiniones»»
«me niego a que cuatro sectarios fanáticos financiados y apoyados por el sistema y todos los medios de comunicación me impongan sus discursos descabellados (…). Son chorradas.»
> Tres ejemplos de querer tener más razón echando por tierra las opiniones de otro, o ridiculizándolas, sin más argumento que el de decir que no son válidas «porque lo digo yo». Si crees que la opinión de otra persona es «una mierda», o una «estupidez», o «una chorrada», quizá sería más eficaz transmitir tu mensaje de una forma constructiva, respetuosa y con contra-argumentos convenientemente elaborados. Una forma de comunicación menos agresiva ayudaría a los demás a comprender mejor tu postura. Afirmaciones del tipo «es una mierda», « es una estupidez», o «es una chorrada» no me parecen argumentos con contenido, sino tan solo negativas a mantener un diálogo.
Realmente, como ha apuntado «6», pienso que el tono de esta conversación no sería el mejor para demostrar en qué consiste un debate útil. Más bien sería un ejemplo de cómo tratar de reventar un debate y llevarlo al ámbito del enfrentamiento. Emplear energías en discusiones vacías, no sirve de nada.
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Bueno. Ha sido interesante. Gracias. De todas formas me reafirmo en lo dicho.
-Hay cosas que son verdad y cosas que no.
-Un debate puede ser productivo si se utilizan argumentos racionales y no se dicen falsedades.
De tus críticas me gustaría decirte que:
-Desmontar un argumento llevándolo al absurdo es totalmente válido en un debate, de hecho es la única forma que existe de hacerlo.
-La vehemencia y la utilización de palabras malsonantes para dar énfasis depende de los gustos de cada uno. A mi me gusta utilizarlas, pero reconozco que en general no son bien recibidas y producen agresividad.
-Me parece que aunque haya utilizado exabruptos, he razonado absolutamente todo lo que he afirmado.
Y ya que has analizado algunos de mis defectos permiteme analizar algunos de los tuyos.
-Manipular el significado de las palabras. Ejemplo. Decir «personas no humanas» cuando la clase «persona» se refiere exclusivamente a seres humanos.
-No definir claramente el nuevo significado. Repito ¿Qué seres estarían incluidos en esa nueva categoría de «personas no humanas»?¿Sólo los perros y los gatos?¿También las moscas y las cucarachas? Si no estableces con claridad esos criterios no puedes utilizar esa expresión para comunicarte.
-Deducciones y asociaciones falsas. Ejemplo. La esclavitud se consideraba algo natural y ahora ya no, por lo tanto… Por lo tanto NADA.
-Premisas falsas. Los esclavos SIEMPRE fueron considerados personas, exactamente igual que los no esclavos. Se podía caer en la esclavitud por deudas, por guerras, por nacer esclavo o porque te vendiesen tus propios padres. Se podía dejar de ser esclavo comprando tu libertad o siendo manumitido. Lo que cambió fue la idea de «persona» tanto para los esclavos como para los no esclavos, llegandose a considerar inmoral (y poco rentable económicamente -todo hay que decirlo-) el que una persona fuese propietaria de otra persona.
Un saludo. Pedro.
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Amigo Pedro (porque a estas alturas, el efecto de «cohesión social» que ha producido nuestro debate ya me hace considerarte como un amigo invisible), gracias a ti por mantener tu atención constante y tomarte el interés de darme tus réplicas. Para mi también ha sido interesante conversar contigo, pareces una persona con la que se puede pasar horas hablando. Sí que me hubiera gustado que el tono de nuestras réplicas hubiese sido algo más templado y calmo, para poder así recibir mejor tus palabras y opiniones. Si alguna vez volvemos a encontrarnos en otro debate, espero que lo consigamos, los dos saldremos ganando.
Disculpa que no me haya extendido más en definir el concepto de «persona no humana», o que no haya dedicado más líneas en seguir extendiendo nuestra conversación hacia el ejemplo que puse respecto a los animales y sus derechos. Fue así porque este no era el tema central del que estábamos hablando, o sea, acerca de la utilidad o no de debatir, sino un ejemplo que propuse a colación de este tema central. No obstante, el tema de los derechos de los animales y el concepto de «persona no humana» también me parece un tema interesante en el que zambullirse, así que si encuentras algún otro foro en el que se desarrolle este tema y en el que quieras que sigamos conversando sobre ello, me parecerá bien. Únicamente, me permito dejarte una pincelada sobre este asunto en este enlace, que quizá te parecerá interesante:
https://es.wikipedia.org/wiki/Sandra_(orangutana)
Creo que los dos estamos de acuerdo en que el debate es una herramienta y no un fin, y en que su utilidad consiste en acercar posturas diferentes acerca de una misma realidad compleja, sobre la cual, cada uno puede aportar su perspectiva, con el fin de llegar a alguna conclusión conjunta. Secundariamente, si el debate se produce de forma respetuosa y constructiva, el efecto de cohesión social que produce ayuda a acercar emocionalmente a las personas que conversan. Ambas cosas ayudan a la convivencia pacífica entre seres sociales, como son los humanos.
¡Ha sido un placer!
Un saludo.
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Hasta la próxima. Un saludo.