(El presente texto pertenece al último capítulo de Dulce Leviatán. Críticos, víctimas y antagonistas del Estado del Bienestar, libro que se encuentra el proceso de edición. Puede ser leído de manera complementaria a la entrevista realizada al mismo autor)


 

Perspectiva teórica

1. El “Sistema”, en cierto sentido, como una realidad acabada y separada, se diría que “externa”, objetiva, responsable de todos nuestros males, no existe. Tal expresión designa meramente una abstracción, un demonio a medida de todos nuestros descontentos, una “fuente del mal” que nos exculpa y casi nos tranquiliza: el monstruo habita fuera y nosotros somos solo sus víctimas. Lo expresé en otra parte con unas palabras que no estoy seguro de poder mejorar hoy:

El “sostén” del Demofascismo, su factor esencial de regeneración, su nutriente y su aliento, no se restringe a esos círculos sociales que en ocasiones se señalan con términos ambiguos y aún así simplistas, como “los poderosos”, “los de arriba”, “las élites”, “los ricos”,… Es también reductor estimar, con un lenguaje más elaborado, que el Demofascismo expresa y salvaguarda los intereses de la “clase dominante”, del “Capital nacional y multinacional”, de las “burguesías transcontinentales”, de la “Oligarquía mundial”,… El “sostén” del Fascismo Democrático somos todos, todos los occidentales, sin duda “los más feos de los hombres”. Máquinas de producir y de consumir, de trabajar o de desear trabajar, de obedecer y de votar, policías terminales de nosotros mismos, meros apéndices carnales del engranaje económico y político…, todos los días reproducimos, desde el empleo embrutecedor o desde su ansia, desde el hogar consuntivo y desde el mercado homicida, desde las venenosas escuelas y desde las universidades prostibularias, desde nuestra cotidianidad esclava, en fin, el orden del Capitalismo tardío que, a su vez, garantiza nuestra tan sucia auto-conservación (2013, p. 19-20).

Somos el Sistema y ya no cabe ocultar nuestra responsabilidad en la regeneración del horror. A esa regeneración se consagra nuestra vida toda, mientras coincida con la “vida estándar”, vida con “instrucciones de uso”, que diría Georges Perec, con prescripción de su “modo de empleo” (33). Hannah Arendt argumentó que Eichmann, jerarca nazi involucrado en el diseño y en la praxis de Auschwitz, era un tipo “normal”, “corriente”, “educado”, clínicamente “sano”, con una vida muy común; y Primo Levi apuntó que, en los campos de exterminio a los que sobrevivió, no encontró monstruos, no halló sádicos o pervertidos, sino “funcionarios” vulgares y diligentes, empleados más o menos cumplidores, como nosotros, gentes del montón con una vida promedio, trabajadores del holocausto que tenían “nuestro mismo rostro”. Nos lo ha recordado Carrión Castro, más arriba… Los diseñadores y los operarios de Auschwitz fueron capaces de implicarse de ese modo en el horror porque también eran el Sistema, y vivían la vida habitual, la vida prescrita, como quería su subjetividad común, normalizada. No eran muy distintos de nosotros y, sobre todo, no eran peores que nosotros. Reitero la conclusión de Levi: “tenían nuestro mismo rostro”…

2. Con esa evidencia, remarcada desde la sociología empírica por los estudios de Goldhagen(34), Browning (35) y otros, se desplaza la cartografía de la la lucha hacia ámbitos “interiores”, a la vez personales y cotidianos, existenciales, máximamente concretos. Y en tales dominios el mal se deja nombrar “contradicción”. Es la “contradicción” la que nos re-funcionaliza para el sostenimiento de la iniquidad social a pesar de nuestras ideas, a pesar de nuestros principios, a pesar de nuestras palabras. La contradicción nos convierte en cómplices de lo nefasto-instituido, nos solidariza con la explotación y con la opresión. “Luchar” significa entonces “aspirar a poder luchar”, porque la contradicción nos paraliza, nos inmoviliza, nos ata y nos desarma; “aspirar a poder luchar” quiere decir sencillamente arrancarse las contradicciones como si fueran garrapatas, una tras otra, hasta donde sea posible y un poco más allá. En El enigma de la docilidad, reclutamos a Marcel Gauchet para sustentar este diagnóstico:

Incapaz de amar o de odiar el sistema político imperante, inepta para afirmar o negar una fórmula de la que deserta sin acritud —o que acepta sin convicción—, la ciudadanía de las sociedades democráticas se hunde hoy en una apatía difícil de explicar. Marcel Gauchet busca esa explicación en un terreno equidistante entre lo social y lo psicológico. Consumido en inextinguibles conflictos interiores, corroído por innumerables dilemas íntimos, atravesado por flagrantes contradicciones, el hombre de las democracias —sugiere Gauchet— ya no puede cuestionar nada sin cuestionarse, no puede combatir nada sin combatirse, no puede negar sin negarse. “Lo que combato, yo también lo soy (o lo seré, o lo he sido)”. De mil maneras diversas el hombre contemporáneo se ha involucrado en la reproducción del Sistema; y obstaculizar o torpedear esa reproducción equivale a obstaculizar o torpedear su propia subsistencia. Gauchet menciona el atascamiento, la inmovilización, que se sigue de esos imposibles arbitrajes internos, de esas perplejidades desorientadoras, de esos torturantes dilemas de cada sujeto consigo mismo. Entre estas contradicciones paralizantes encontramos, por ejemplo, la de aquellos críticos del Estado y del autoritarismo que se ganan la vida como funcionarios o insertos en un aparato o en una institución de estructura autoritaria; la de los enemigos del Mercado y del Consumo que se aficionan a los “mercados alternativos” y a un consumo de élites, de privilegiados (artículos ‘bio’, o ‘eco’, o ‘artesanales’, o de ‘comercio justo’, o…); la de los padres de familia ‘antifamiliaristas’; la de los defensores de la libertad de las mujeres enfermos de celos cuando sus mujeres quieren hacer uso de esa libertad ‘con otros’; la de los antirracistas que no terminan de ‘fiarse’ de los gitanos; etc., etc., etc. La lista es interminable, y ninguno de nosotros deja de aparecer entre los afectados…

Solo se puede luchar de verdad desde una cierta coherencia, desde una relativa pureza; si se consigue que nos instalemos en la inconsecuencia y en la culpabilidad, se nos habrá desarmado como luchadores, se nos habrá desacreditado ante los demás y ante nosotros mismos, se habrá dejado caer sobre nuestra praxis el anatema de la impostura, de la doblez, de la falsía. Por otro lado, “asumidas” dos o tres contradicciones, se pueden asumir todas; cerrados los ojos a dos o tres pequeñas miserias íntimas, se pueden cerrar a la miseria total que nos constituye. La docilidad del hombre contemporáneo se alimenta, sin duda, de este juego paralizador de las contradicciones personales, de este astillamiento del ser a golpes de complicidad y culpabilidad. El individuo que se sabe culpable, cómplice, apoyo y resorte de la iniquidad o de la opresión, dócil por no poder rebelarse contra nada sin rebelarse contra sí mismo, no encuentra para sus conflictos interiores otra salida que la seudo-solución del “cinismo” (percibir la incoherencia y seguir adelante) o la huida hacia ninguna parte de la “negativa a pensar”, del vitalismo ciego, amargo, del sensualismo desesperado… (2007, p. 21-3).
3. Una figura extrema se hace cargo de esa voluntad de erradicar las propias contradicciones: la figura del “fugitivo”, el hombre que huye de todos los lugares de complicidad con lo dado, evitando cualquier connivencia con lo establecido, hasta la menor aquiescencia, “desertor existencial” al que cantara Deleuze: “A los que dicen que huir no es valerosos, responde: ¿Quién no es fuga? El valor radica en aceptar el huir antes que vivir quieta e hipócritamente en falsos refugios. Es posible que yo huya, pero a lo largo de toda mi huida busco un arma”(1972, p. 287). Pero caben posiciones de subjetividad menos arriesgadas, en las que titila esa voluntad de “autoconstrucción ética para la lucha”, en las que se manifiesta el deseo de constituirse como “sujeto”, al precio de extirpar incoherencias, transacciones humillantes con la realidad, deslealtades consentidas con uno mismo.
En Desesperar caractericé así el perfil del “fugitivo”, del “espíritu de la fuga”, proto-sujeto enfrentado hasta la raíz con sus contradicciones, y que no las “asume”, no las “tolera”, no las esconde bajo el eufemismo de “paradojas”:

Me autodefiní como “fugitivo”, ser atormentado que huía de las ideologías, de la familia, de la propiedad, del trabajo, de la patria. Fugitivo de mí mismo, espíritu de la Fuga. Y lo peor de todo es que de nuevo veía ahí (en el nomadismo, la quiebra, la ruptura, en la escapada) la forma de cambiar el mundo, de contribuir por lo menos a su transformación. Consideraba, en cualquier caso, que una estrategia de la huida incansable evitaría de por sí el apresamiento insidioso en lugares políticos de complicidad, permitiría mantener limpias las manos, emprender el camino de vuelta a la inocencia. Huir de la posición de explotador tanto como de la de explotado; no oprimir ni ser oprimido; ni trabajar ni hacer trabajar; renunciar a todo lo que da el Estado y a todo lo que aburguesa; y no seguir hábitos, no fosilizarse, no permanecer en ninguna tierra lo mismo que en ninguna idea. “Es posible que yo huya; pero a lo largo de toda mi huida busco un arma”, solía repetir. Fiel a la Fuga, y aborreciendo la instalación, escaparía —pensaba— a todos los mecanismos de control social, viviría a salvo de todas las máquinas normalizadoras e integradoras de este mundo. “Inocente”, sería también de algún modo “libre” (2003, p. 134-5).

4. Como he argumentado más arriba, la pretensión de auto-construcción puede nombrarse “voluntad de combatir la vida predestinada”, y ello arrostra una doble vertiente, a la que aludí en un artículo reciente. Casi como mónada de este capítulo, trascribo aquí la mencionada composición:

CREAR, LUCHAR, VIVIR

El combate contra la Predestinación

“¿Qué hay detrás de sus rostros; qué enigma de la banalidad,

de la insignificancia, de la docilidad?”

Isaac Babel, Diario de 1920

I)
Doble rostro

Cuando Karl Jaspers escribe “La vida es la ocasión para un experimento. Pero el hombre moderno está obsesionado con liberarse de la libertad”, define su lugar en una tradición crítica que cabe rotular así: “El combate contra la Predestinación”.

Porque tan antigua como la Predestinación misma es el combate contra la Predestinación —he aquí dos fuerzas que atraviesan toda la historia cultural de Occidente.

Desde el principio, la “predestinación” mostró una doble naturaleza, si no un rostro partido, como en el sugerente cuadro de Matisse. De un lado, se da la predestinación allí donde la vida es mecánica, “dictada”, previsible, casi una “pseudo-vida” que nos sería otorgada con insalvables “instrucciones de uso”: una existencia “vegetal”, “mineral”, “maquínica”, por recordar la calificación de Emil Cioran. De otro, ese título señalaría un devenir vital estrictamente “obediente”, “sumiso”, “dócil”, “conformista”, adherido a todos los poderes, a todas las dominaciones, a todo Lo Establecido, “enigmático” a su manera.
Y la guerrilla contra la Predestinación también se desdobla, al acecho de ambas facetas, tan refractaria a una como a otra. En muchos alzados se da la mixtura (aversión a lo maquinal y enojo ante lo sumiso), a veces con el predominio ostensible de una variable, a veces guardando cierta proporción, bajo el diálogo y el apretón de manos de las dos índoles. En no pocos insurrectos, sin embargo, asoma la perspectiva unilateral…

II)
Desde el principio

Pululaba la “vida predestinada” en Grecia, donde se gestó la mentira democrática; y concurrió, insolente, Diógenes el Perro, maestro de la escuela quínica, denigrando la cosificación y la esterilización del existir. Se le ve cruzar el ágora con un candil en la mano, en pleno día. ¿Qué busca? ¿Para qué un candil bajo el sol? “Busco un hombre”, responde, rodeado de simulacros de lo humano, de hombres aparentes… Buscaba a un hombre autónomo, hombre-hombre, y no al ejemplar de un rebaño; buscaba una vida “no predestinada”.
Diógenes, tal todos los cínicos antiguos, combate la Predestinación, y la combate plenamente: como vidamecánica y como obedienciainstintiva. En él se da el equilibrio, la armonía, que más tarde se perderá…

Contra los homúnculos en que su mirada apenas se detiene y sobre los que resbala decepcionada su lamparilla, contra las biografíaspre-escritas, esgrime dos figuras: la del Creador, la del sujeto que concibe su vida como Obra, que se enfrenta al futuro como el escultor a la roca o el escritor a la página en blanco, “artista” en el vivir; y la del Luchador, la del individuo capaz de negar, capaz de odiar de verdad aquello que merece ser odiado, proclive a “responder”, a “cuestionar”, a “contestar”. El Artista abolía la vida dictada y el Luchador suprime la docilidad.

Diógenes atenta contra las dos vertientes de la Predestinación: su existencia, deliberadamente miserable, de espaldas a la producción y al consumo, enemiga de la propiedad y de las instituciones, negadora de toda Autoridad, lo consagra como Luchador; y su beligerancia ante cualquier convención, ante la suma de los prejuicios, ante toda costumbre y todo hábito, lo distingue como Creador. El filósofoperro, “autor” por “explorador”, se lanza a la vida en el olvido de la moraldelosestablos, entendiendo sus días precisamente como “la ocasión para un experimento”.

III)
Los insurrectos

Como islas e islotes en una mar de Predestinación, la historia de nuestra cultura presenta una serie “muy definida” de nombres propios, de impugnadores, en quienes hallamos las dos instancias de la contestación, pero en grado desigual, a menudo descompensado: unos se rebelaban más contra el vivir automático que contra la posición aquiescente; y otros se ensañaban con la sumisión política, con la subordinación social, concediendo menos importancia a la ausencia de arte en la forja de los días. La lista, nunca demasiado larga, refiere una suerte de “familia intelectual”: Esquilo, Camus, Baudelaire, Stirner, Verlaine, Rilke, Jaspers, Dostoievski, Artaud, Sillitoe, Wilde, Genet, Strindberg, Nietzsche, Gide, Diógenes, Poe, Rimbaud, Villon, Blake, Cioran,…, por recordar, en un perfecto desorden, a algunos de sus integrantes.

IV)
Perspectiva unilateral

Andando el tiempo, se dio un peligro en la “insurgencia contra la Predestinación” y acabó infeccionándose un sector de los sublevados. Sobrevino la “perspectiva unilateral”, que contemplaba solo un aspecto del problema y se olvidaba prácticamente del otro.
De una parte, encontramos a aquellos que atendían exclusivamente al momento de la “vida anodina”, gris, apenas viva, y exaltaban la imaginación existencial, la “invención” del futuro, el lema de la Vida cono Obra, al tiempo que admitían o toleraban (al menos implícitamente) la obediencia, el conformismo, la integración… Supo de esta “reducción”, verbi gratia, el dandismo decimonónico, con Oscar Wilde al frente, resolviéndose en una vida llena de piruetas, que se proclamaba “artística”, verdadera apoteosis de la emotividad, meros fuegos fatuos del devenir personal; un existir abierto a la fantasía, al capricho, a la locura, pero siempre arraigado en una aceptación de fondo del orden social general, siempre en el marco del “privilegio”, siempre “aristocrático”. Escritores acaso “mitificados”, como Borges o Vargas Llosa, redundaron en este acatamiento de Lo Dado mientras cantaban a la creatividad, a la idiosincrasia espiritual y a la reinvención del vivir…

De otra parte, y como modalidad simétrica de la reducción, de la unilateralidad, hallamos el punto de vista de cuantos solo abogaban por la rebeldía política, por la contestación social, sustentando privilegiadamente el estereotipo del Luchador. Caen aquí quienes, por enfatizar desmedidamente la batalla político-ideológica, la cuestión social, concedieron muy poca atención al aspecto de la existencia “auto-generada”, consciente de sí, “estética”. En su embriaguez y en su maniqueísmo, llegaron a concebir nuevos “manuales” para el empleo correcto de los días, nuevas “reglas” para el Buen Vivir Solidario, una especie de “catecismo” para la existencia comprometida. Denegada la predestinación estándar, se fraguaba una predestinación segunda, a menudo sectaria, “iluminada”, fanática. No pocos marxistas y demasiados comunistas se erigieron en soberbios exponentes de esta lucha incompleta contra la Predestinación, que obviaba una de sus vertientes. El Dandismo “instalaba” aún cuando apelara a la idea de vivir como se compone, de crear la propia vida. El Marxismo burocrático aherrojaba en un existir también “de molde”, no-libre, tal un reclusorio, a pesar de su franca hostilidad a la opresión política y a la dominación social.

V)
Arte combatiente, luchador artista

La “re-unificación”, el regreso a la completud de la crítica cínica, a la actitud equilibrada de Diógenes, se da, de un modo absolutamente logrado, en Nietzsche: el “creador” de Nietzsche es, al mismo tiempo, y por necesidad, un “rebelde”. Y no solo un “rebelde” en lo político y en los social; aparece, desde el principio, como un “rebelde” en la esfera que lo engloba todo, que subyace a todo —un rebelde ante la moral, un “inmoralista”:

“¡Ved los buenos y los justos!

¿A quién es al que más odian?

Al que rompe sus tablas de valores, al quebrantador,

al infractor —pero Ese es el creador.

¡Ved los creyentes de todas las creencias!

¿A quién es al que más odian?

Al que rompe sus tablas de valores, al quebrantador,

al infractor —pero Ese es el creador.

Compañeros para su camino busca el creador,

y no cadáveres, ni tampoco rebaños de creyentes.

Compañeros en la creación busca el creador,

que escriban nuevos valores en tablas nuevas.

Compañeros busca el creador, que sepan afilar sus hoces.

Aniquiladores se les llamará,

y despreciadores del bien y del mal.

Pero son los cosechadores y los que celebran fiestas.

Compañeros en la creación busca Zaratustra,

compañeros en la recolección y en las fiestas busca Zaratustra:

¡qué tiene él que ver con rebaños y pastores y cadáveres!”

La “fusión” es magnífica. Se refunda en Nietzsche una concepción insuperable del “arte conspirativo”, que recuperarán las vanguardias históricas (surrealismo, dadaísmo, expresionismo,…) y se prefigura, con una lucidez demoníaca, el arquetipo del “luchador artista”, retomado enseguida por la tradición libertaria no-dogmática—es decir: más próxima al espíritu de Antonin Artaud que al de Anselmo Lorenzo, valga el ejemplo.

El combate contra la Predestinación pasa hoy por el hermanamiento de esos dos planos: ámbito del arte como complot y dominio de la lucha artística. “Diseñar” la propia vida, “crearla”, “inventarla”…, pero a fin de corroer la “sombría organización de lo existente”, el orden socio-político imperante; “insubordinarse”, “levantarse”, “oponerse”, pero de un modo imaginativo, soberano, propio, “bello”. Cuando se funden las dos propuestas, la del arte en rebeldía y la del luchador artista, tocamos los cielos de la anti-predestinación.
Recuerdo un texto de Heidegger: “Construir, habitar, pensar”. En él se apuntaba que el construir era ya, en sí mismo, un habitar, y que ambos constituían la condición del pensar. Bajo su influencia, he elegido este título para mi colaboración: “Crear, Luchar, Vivir”. La creatividad que lucha y la lucha creativa se erigen en la exigencia primordial del vivir. Porque solo hay vida “viva”, verdad de la vida, allí donde desfallece la Predestinación (2013, p. 57-62).

5. Y, en fin, para concluir este esbozo de la perspectiva teórica de la autoconstrucción, me voy a permitir “recrear” una famosa anécdota de Diógenes de Sinope, transcrita por Diógenes Laercio en Vidas de los filósofos cínicos, llevándola deliberadamente al terreno de la crítica del Estado del Bienestar. Con esta composición colaboré con el proyecto de Libres y Salvajes, colectivo de Zaragoza:

Diógenes tomaba el sol en el ágora, rascándose la barriga —señal de bienestar. A su alrededor, se repetía el trajín de todos los días, jaleo de gentes “instaladas” que compran o venden, que salen de sus casas o van a sus casas, que hablan de negocios o de política, que distribuyen su tiempo entre las innúmeras tareas marcadas para la jornada —pues, ya por aquel entonces, “el tiempo era oro”. Diógenes los ve pasar, como abejas atareadas, como hormigas en desfile; y se rasca la barriga, mientras disfruta del sol. Es un mendigo; y come de lo que le dan, poco o mucho, a cambio de nada, a cambio de ser él mismo, de sus palabras afiladas y de sus escenificaciones ofensivas. Mientras los demás trafican y mienten, él se rasca la barriga.
Quiere la leyenda que aparezca entonces Alejandro Magno. Yo le llamo Alejandro-el Estado… Y Alejandro reconoce a Diógenes, el filósofo desvergonzado, con la tripa al sol. Se acerca y le declara su admiración: “Diógenes, yo te admiro. Ya sé que somos enemigos; ya sé que eres un veneno o una plaga para el Imperio; ya sé que, si todos fueran como tú, mi poder no se sostendría ni un día; ya sé que me desprecias; ya sé que te burlas de mí. Pero te admiro… Te admiro por tu honestidad y tu integridad; te admiro por tu coherencia. Te admiro porque haces lo que ya nadie hace: pensar la vida y vivir el pensamiento. Te admiro porque eres el único, en todo el Estado, que no está en venta. Y porque te puedes declarar sencillamente “libre” en un mundo de ciudadanos/esclavos y esclavos/no-ciudadanos. Por eso, porque te admiro, deseo concederte el don que tú quieras. Pide cualquier cosa y te será otorgada. Pide lo que quieras y lo haré tuyo. Pídeme a mí, el Estado, cualquier clase de Bienestar, todos los bienestares que te apetezcan, y te los concederé. Si quieres el Bienestar del Estado, seré para ti un Estado del Bienestar. Pide cualquier cosa y tu palabra será ley”.

Decía Mishima que “la altura de un hombre se mide por la de sus enemigos”, y Alejandro debía considerarse “muy alto” al elegir a Diógenes como adversario. Pero Diógenes no estaba dispuesto a reconocerle “tanta altura”…

– ¿De verdad me darás lo que te pida? —pregunta el quínico insolente, peligroso, con lengua vituperiosa y astucia de zorro? ¿Se cumplirá sin más mi deseo?

Alejandro se ruboriza. Procura, sin conseguirlo, disimular el temor que le embarga. Padece casi un acceso de pánico —con un quínico nunca se sabe, con Diógenes jamás está dicha la última palabra… Pero, cautivo de su propia iniciativa, rodeado de curiosos, no tiene más remedio que seguir adelante, aún con terror, con dudas…

– Pídeme lo que quieres y te será concedido, excepto si lo que pides atenta contra mi propia auto-conservación, por supuesto.

Diógenes, que ha percibido la angustia en las palabras de Alejandro, “su temor y su temblor”, como diría Kierkegaard, sonríe tal una hiena y prosigue con su escenificación.

– Te lo pregunto por última vez: ¿Me concederás lo que te pida, sea lo que fuere, si eso que deseo no atenta contra tu propia auto-conservación?

– Así es, Diógenes. En prueba de mi reconocimiento de tu dignidad, reconocimiento de tu talla humana, aún siendo el enemigo más temible que cabe concebir sobre la faz del Imperio, te concederé lo que desees.

Y Diógenes deja de rascarse la tripa, se incorpora un poco, las manos sobre las piedras del suelo y los ojos entornados por la claridad cegadora de la mañana:

– Esto es lo que quiero, “Alex”. Que te apartes un poco porque me tapas el sol.

Y Alejandro-el Estado se retira, humillado, con todos sus bienestares a cuestas, en medio de las sonrisas sarcásticas de la muchedumbre y bajo el gesto triunfal de Diógenes, que se tumba de nuevo, con la panza al sol.

Esta anécdota, incluida también en el libro La Secta del Perro, de C. García Gual, se ha interpretado muchas veces en clave exclusivamente política: el quínico da la espalda a la autoridad, al poder, desiste en lo posible de padecerlo y siempre de ejercerlo. Por eso, “se va al margen”. Diógenes no quiere nada, absolutamente nada, del Estado, de la Administración, de las Instituciones. Le basta con mantener alejada a la Autoridad, con que no se cruce en su camino… Pero la anécdota admite también una interpretación económica, lectura que me interesa subrayar aquí: como casi nadie hoy día, Diógenes da la espalda asimismo al Mercado. Da la espalda al dinero, al valor de cambio, a la propiedad, al salario,… Por eso no le pide a Alejandro una fortuna, una posición, una casa, unas tierras, unos esclavos, un negocio… Le basta con su “tinaja” para dormir por las noches y con lo que la gente le dé por sus diatribas y sus provocaciones, que se suscitan de forma espontánea, sin público establecido, sin “circo” o “teatro”, en cualquier lugar y a cualquier hora, ante muchos o ante pocos (36).

6. Al lado de los gestos y de las palabras de Diógenes y de los demás quínicos de la Antigüedad, del pensamiento vivido de los anarquistas de la primera hora, de Nietzsche, el “viejo martillo”, de los críticos contemporáneos de la Biopolítica, como Foucault, enlazados con no pocos representantes de la llamada Teoría Francesa, Deleuze en primera línea, y de la rotulada Escuela de Grenoble, donde se ubica a Maffesoli, a Girardin, etc., siempre a la estela de Baudrillard, y con pensadores alemanes vinculados, unos, a la Escuela de Frankfürt, tal Sloterdijk, y otros explícitamente desvinculados, como Bergfleth, hallamos un sinnúmero de individualidades, muchas de las cuales han ido apareciendo por las páginas de este libro, empeñadas en desbrozar las vías teoréticas de acceso a una tentativa de deconstrucción personal, de desmotaje íntimo, de des-codificación sistemática, que constituye de por sí el primer acto de la autoconstrucción ético-estética del sujeto para la lucha. Pero debemos ahora regresar a la tierra, tocar suelo y revisar las manifestaciones empíricas de tal empresa…

Manifestaciones de la autoconstrucción

Se dan aún signos de que la autoconstrucción ética del sujeto para la lucha tiende a abrirse camino entre los escombros de los “tardo-sujetos” y de los “pseudo-sujetos”. Cabría vislumbrar un nuevo horizonte ético-político, en el que los “semi-sujetos” o “proto-sujetos” se debaten por constituirse a sí mismos, por auto-determinarse, en el apagamiento definitivo de hasta la menor “luz” exterior (37) y en el ahuyentar de toda aquella saga enfermiza de “guías”, “predicadores”, “educadores” y “cooperantes” (38).

Sin postular la Emancipación Absoluta como meta, sin encerrarse en una Causa totalizadora, sin reconocerse como Sujetos de la Historia, de espaldas al cinismo de la Ilustración (con su eugenesia latente de un Hombre Nuevo pedagógicamente elaborado y su tanotofilia patente de un exterminio de los “hombres viejos” a-racionales), reacios a la institucionalización y a los andamiajes del Estado, miríadas de sujetos en auto-conformación sugieren que, más allá de la Utopía, incluso contra una Utopía que ha perdido su inocencia, bajo el aliento quizá de la Heterotopía, subsiste aún un orden de los conflictos y de las luchas radicalmente desesperado, que ni augura un Nuevo Amanecer ni se complace en la transacción con el Presente. Se distinguen hoy “pre-sujetos”, individuales y colectivos, que concibe la existencia como obra y niegan por dignidad la sombría organización de lo real.
Y cabe hablar de “autoconstrucción ética del sujeto para la lucha”, por ejemplo, entre los colectivos “viviendistas” que no demandan ya únicamente la legalización de sus asentamientos ‘piratas’, sobre suelo invadido, sino que reclaman además un estatuto especial de autogobierno, una suerte de autonomía local de índole asambleísta, afincada en la democracia directa y desafecta a la “representación” (39). Este “viviendismo”, con voluntad de autogestión, muy alejado de la simple reivindicación de un techo bajo los parámetros de la propiedad privada, del mercado y de los marcos constitucionales, abierto a una experiencia indefinida de índole política, hostil a la lógica del Capital, intensamente ‘comunitario’, se halla en las antípodas de las luchas occidentales por la “vivienda digna”, los “alquileres sociales”, el fin de las hipotecas abusivas o la ocupación (para intereses privados y con perspectivas de apropiación) de los inmuebles abandonados. Así como estas luchas “reformistas”, liberal-progresistas, se instalan en la órbita de la “conflictividad conservadora”, remitiendo como mucho al paradigma del “ilegalismo últil”, de la “transgresión reproductiva” (gestión política de la desobediencia) (40), aquellos empeños viviendistas radicales se erigen en exponentes de un proceso de auto-conformación del sujeto de la contestación, necesariamente ético —en la acepción de Foucault.
“Vivir la vida como obra” (estética) y oponerse al orden vigente de la desigualdad y de la opresión (ética) son también componentes esenciales de la reivindicación indígena anti-liberal, orientada a la preservación de sistemas igualitarios en lo socio-económico y de “democracia sustantiva” en lo político, con disposiciones de la cotidianidad atravesadas por la ayuda mutua y la cooperación, educaciones comunitarias no-escolares y una aspiración de armonía eco-social nombrada como “vivir en el bien”, “buen vivir” o “vida buena” (41). Este enfrentamiento indígena contra los poderes centralizadores y homologadores del Estado (de cualquier tipo de Estado) y contra el etnocidio larvado en el despliegue “global” de la propiedad privada y el libre mercado, renovado sin cesar por Latinoamérica y también en otros continentes (42), combatido de hecho por proyectos políticos aparentemente “transformadores”, izquierdistas, nominalmente anti-imperialistas (el “bolivarismo” inaugurado por Chávez, el indigenismo institucional de Evo Morales, el reformismo progresista brasileño desde Lula, etc.) (43), puede estimarse asimismo como testimonio de la autoconstrucción ética de un sujeto para la lucha —reelaboración contemporánea del indigenismo insumiso anticapitalista. “Proto-sujeto” enfrentado a los “tardo-sujetos” de los partidos políticos, los sindicatos y las formaciones gubernamentales (44), nada tiene que ver con los nacionalismos occidentales, con la revuelta “conservadora” de las regiones y de las comunidades frente a las instancias centrales, con las vindicaciones “federalistas”, con el independentismo liberal, burgués, hacedor de Estado. En tanto pseudo-sujetos adheridos al Sistema, los autonomismos y secesionismos del Norte devienen simples “momentos traviesos” de la organización, estructuralmente semejantes a ese otro indigenismo, claudicante pero hegemónico, el indigenismo de integración —que acepta al fin los marcos del Estado de Derecho, la sociedad de clases, el régimen demo-liberal y la axiomática del mercado y del salario (45).

Autoconstrucción ética de un sujeto colectivo para la denegación es también lo que percibimos en algunos desarrollos locales, no predominantes, de la filosofía de la guerrilla en Colombia. Cuando, desde algunos miembros del ELN, se desliza la idea de la Guerrilla como “espacio inmunológico”, concepción de vida y refugio existencial para cuantos no puedan ‘respirar’ bajo la presión del Capital y de ‘su’ Estado, viciados los aires por la corrupción y la injusticia sistemáticas, con plena conciencia de que no cabe ya aspirar a la “toma del poder”, de que las armas deberán ir callando para que hable por sí mismo el estilo de vida y la experiencia local de autogobierno, de que no hay en el horizonte ninguna Gran Revolución prometéica, afín a las categorías desvencijadas de la racionalidad política clásica, idea por tanto de una suerte de “Guerrilla Posmoderna”, en trance de re-invención por sí misma, cuando este discurso empieza a tomar cuerpo, desde adentro y casi con pies de paloma, no cabe ya duda de que un proto-sujeto está en ciernes. Como tardo-sujeto, como pseudo-sujeto, la Guerrilla clásica se ve deconstruida, astillada al menos, por este proto-sujeto que esgrime su cuota de derecho a la realidad (46).

No es absolutamente distinto el caso de los colectivos occidentales que huyeron de las ciudades, como expresión máxima del sistema que negaban, para forjar experimentos de organización y de vida alternativa en el medio rural. En estas experiencias, a menudo de inspiración libertaria (pensemos en Matavenero, en Lakabe, por ejemplo), pugna por manifestarse un sujeto no-cínico en auto-construcción, que es asimismo un sujeto en lucha (47). En la medida en que una nueva austeridad, un respeto franco por el medio ambiente, un amor a la autonomía personal y colectiva, cancelados los grilletes del empleo y del consumo superfluo, infunden estos proyectos, podría hablarse, en propiedad, de la floración de un “quinismo del siglo XXI”, un neoquinismo sublevado, como el de ayer, contra la producción y contra la obediencia. “No producir, no consumir, no comprar ni vender, no obedecer ni mandar”: estas consignas, solo alcanzables de un modo relativo, fragmentario, que casi se tientan en los procesos de autogestión libertaria en el campo, pueden también perseguirse en las ciudades, aunque las dificultades son crecientes y el coste en sacrificio personal considerablemente mayor. Y bulle también el anhelo de autoconstrucción ético-estética en esos grupos de “buscavidas”, en esos colectivos, satanizados a veces como “hordas”, que conquistan una esforzada libertad viviendo casi literalmente de los desperdicios de los demás o instaurando un bello pequeño “desorden (alimenticio) en la propiedad” (48). Protosujeto quínico, labra su dignidad en el reverso de la figura cínica por excelencia: la del anarco-funcionario (profesores, médicos, empleados, etc., remunerados todos los meses por el Estado contra el que proclaman, nadie va a creerles, “luchar”) (49).

En el ámbito de la enseñanza, se están articulando proyectos educativos insubordinados que rompen estructuralmente con los moldes de la Escuela (la Escuela: “tardo-sujeto” por antonomasia devenido “pseudo-sujeto” en la variante integrada, reformista, de las Escuelas Libres) (50), autoconfigurándose en la abolición del “encierro”, de la dicotomía Profesor-Alumno, de la policía curricular y de la evaluación jerarquizadora (51).

Eventualmente, se producen cristalizaciones de la mencionada autoconstrucción que sorprenden por su abigarramiento y solidez, como el experimento de soberanía popular que vivió Oaxaca en 2006, de la mano de la APPO y otras organizaciones (52), en el rechazo de los poderes de derecho y de la ley positiva federal y estatal, tentando lo indefinido-histórico, enfrentándose verdaderamente al futuro como el escultor a la roca, instaurando un verdadero “estado de excepción”, con un radicalismo y una peligrosidad implícitas que nada tienen que ver con la pequeña “transgresión tolerada” del 15-M español, simple ilegalismo útil (53). En Oaxaca destelló un “protosujeto” que, de algún modo, se fue incubando en determinados aspectos laterales de la Otra Campaña zapatista, subproducto saludable de un proceso en su conjunto romo, neutralizado (54).

Podríamos alargar la lista de las autoconstrucciones colectivas del sujeto, que se diversifican y desglosan en cada constelación cultural, pero no es necesario. Para los fines de este estudio, se requería señalar su plasmación empírica, mostrar la heterogeniedad de sus manifestaciones históricas, siempre como negación, como antítesis, de aquel orden de la conflictividad conservadora y de la desobediencia inducida que se nos presenta hoy, tácitamente, como ámbito exclusivo de la contestación real, pretendiendo monopolizar, aún como simulacro, el descontento y la desaprobación inmediatas (pensemos, por ejemplo, en las “mareas” pro Estado del Bienestar) (55). Valga, pues, con la precedente selección de ejemplos… Y con la tesis que arrojan intempestivamente: en el contexto de una planificación institucional de la movilización contra la propia institución (gestión política de la disconformidad y de la protesta), la práctica de la disensión franca, de la resistencia íntegra, se torna infrecuente, arriesgada, extraordinariamente ardua. Porque arraigar en la negación, conjurando la adición a la producción y a la obediencia, y manteniendo a raya las seducciones del mercado, de la cotidianidad acariciadora y de la vida estándar, maltrata y casi lacera a sus escasos actores. En este sentido, esgrimir que la lucha continúa, no constituyendo una falsedad, casi equivale a postular que la lucha ha devenido rareza.

Y, en fin, más allá o más acá de lo colectivo, ¿quién no conoce o ha conocido individuos que componen su biografía como los capítulos de una novela, concibiéndola como “obra”, como creación estética consciente, persuadidos, con Jaspers, de que «la vida es la ocasión para un experimento» (1963, p. 14) y llevando esa «vida decidida», que diría Heidegger, con alegría y con dolor, a los puertos indefectiblemente éticos de la lucha que no cesa y de la contestación sin tacha? No son muchos, desde luego, porque la denegación trasparente de lo dado, en el horizonte cínico de las falsas luchas y de las oposiciones integradas, se ha vuelto difícil y en absoluto hace la vida más amable, más transitables los días, muelle el existir. Pero, como recordaba Brecht, «son los imprescindibles». No es la esperanza la que se refugia en ellos (Goethe: «Tengo en cadenas a dos de los mayores enemigos del hombre: la Esperanza y el Temor») (1980, p. 162), sino la posibilidad misma del sujeto crítico.

 
Notas

(33) (33) Aludimos al título de la novela de Georges Perec: La vida instrucciones de uso(“La Vie mode d’emploi”, 1978).

(34) Véase, de D. H. Goldhagen, Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el holocausto (1998).

(35) Remito a Ordinary Men: Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland, de Ch. Browning, publicada en 1992.

(36) Libres y salvajes es una publicación y un colectivo zaragozano que transita temas de crítica de la sociedad industrial, revisión del progreso tecnológico y denegación de los mitos civilizatorios.

(37) “¡Basta! ¡Basta! ¡Ya está bien de usar el Poder para someter a los hombres! ¡Cuídate mucho de ir trazando a los demás el camino que deben seguir! ¡Apaga esas claridades! ¡No estorbes mis pasos! Mi andar es errático y tortuoso” (Chieh Yü, sabio taoísta, citado por E. Lizcano, 2003, p. 16).

(38) Como lo quería F. Nietzsche en Así habló Zaratustra (1985, p. 45).

(39) Este es el caso de una importante fracción del movimiento viviendista de Popayán (Colombia), que retoma experiencias previas de auto-organización en Brasil, Guatemala (CONAPAMG) y otros países.

(40) Así lo señalé en “Al diablo con el Trabajo, la Vivienda y el Futuro”, en Cadáver…, (2013, p. 421-422).

(41) Para una aproximación al concepto de “vida buena” en el entorno indígena mesoamericano cabe destacar las investigaciones de A. Paoli (2001), C. Cordero (2001), M. Molina Cruz (2003), E. Marroquín (1999) y J. W. Whitecotton (1977), entre otros, autores que han dejado su huella en nuestro ensayo La bala y la escuela. Holocausto indígena (2009).

(42) Para América Latina, véase especialmente La sociedad contra el Estado (P. Clastres, 2013), La paz blanca (R. Jaulin, 1973) y Pueblos originarios en América (A. Cruz, 2010). Para el continente africano, propongo La muerte en los Sara (también de R. Jaulin, 1985) y Africa Rebelde (S. Mbah y E. Igariwey, 2000).

(48) Hemos acreditado este extremo para la ciudad de Madrid, particularmente, donde subsisten pequeños grupos de “libertos” o “supervivientes”, aferrados a un sentimiento de libertad personal que se paga en austeridad, reciclajes varios de los desperdicios urbanos, prácticas circunstanciales de expropiación, etc. Fuera del estricto entorno urbano, se percibe un inconfundible aliento quínico en las propuestas y practicas de T. Kazynski y J. Zerzan (2001), entre otros.

(49) Para una crítica radical de la figura del “liberado sindical ácrata”, anarcofuncionario en sentido estricto, véase, de Fernando Ventura Calderón, CGT ¿anarcosindicalista?, obra editada por Las Siete Entidades en 1993.

(50) La crítica radical de toda forma de Escuela fue el objeto de nuestras dos obras anti-pedagógicas: El educador mercenario (2009) y El irresponsable (2000, reeditado en 2008 por Brulot).

(51) El colectivo Olea, en Castellón, por ejemplo, ensayando una libre educación de los niños, en grupo y en el medio rural, con el apoyo de padres y amigos y al margen de toda regulación oficial-institucional. Se están dando experiencias semejantes, desde hace unas décadas, en casi todas las comunidades del Estado.

(52) Para más información, véase el blog de la APPO: http://asambleapopulardelospueblosdeoaxaca.blogspot.com.es/

(53) Véase 15 M, obedecer bajo la forma de la rebelión. Tesis sobre la indignación y su tiempo, del colectivo Cul de Sac (2012)

(54) Véase “Los viejos rokeros nunca muerden. Discrepando del Marcos y del EZLN”, en Cadáver…, (p. 395-396).

(55) En relación con este asunto, retómese la crítica de Iván Illich al Estado del Bienestar, que aflora en obras como La convivencialidad (2012) y La sociedad desescolarizada (2012).

Tomado de: http://www.columnanegra.org/2014/autoconstruccion-etico-estetica-del-sujeto-para-la-lucha-complementario-entrevista-pgo/