
“Quien ha comenzado, ya ha hecho la mitad: atrévete a saber, empieza” = “Dimidium facti, qui coepit, habet: sapere aude, incipe“.
(Horacio)
Una de las cosas más chocantes del ciclo político-ideológico que asoma a su fin tras el fallo del 28M ha sido la seducción que sobre muchos anarquistas ejerció la irrupción de formaciones como Podemos y la CUP (Candidatura de Unidad Popular). Deslumbrados por la fanfarria de las prácticas asamblearias y emancipadoras que anunciaban, algunos cayeron en la tentación de apoyarlos vehementemente e incluso respaldarles en las urnas en tantas cuantas ocasiones concurrieron. Abrazando estúpidas consignas, aplaudiendo arengas caudillistas y jaleando cultos a la personalidad. Incluso llegó a darse la paradoja de asistir a sus mítines portando enseñas rojinegras y hemos visto a un prestigioso intelectual de <
Sin embargo, más allá de esa curiosa abducción por el sedicente radicalpopulismo, propiciado por los gurús que se autoproclamaban corriente realista del 15M, la causa más obvia de tan disciplinado alineamiento (y alienamiento) hay que buscarla en el machacón discurso, casi prédica, de constituirse como la verdadera y genuina izquierda. La auténtica transformadora, hooligan en su arrogante combate con la derecha, la del ¡no pasarán¡, esa entente cavernaria que flambea sobre <
Maniqueísmo de garrafón con el que, en la tradición del más rancio nacionalsocialismo, se hacía compadecer al adversario político con el sañudo enemigo al que es obligado exterminar sin contemplaciones. En este binarismo reduccionista y energúmeno, pedestremente dialéctico y baldón simplicista, surfeó gente que se reclamaba en la intimidad contra toda forma de explotación y dominación (pública, privada o mediopensionista). Una impostura que remite a la costumbre de cosificar al anarquismo como otro <
En justa compensación al estrabismo axiológico imperante, durante la campaña electoral del 23 de julio aparecieron manifiestos de famosos (la cantera de los abajofirmantes de la era Zapatero, el de la reforma exprés del artículo 135 de la Constitución para solaz de los grandes usureros de la tierra) que convocaban a votar de su parte bajo la rúbrica de una estrofa del histórico himno de la CNT ¡A las barricadas¡ (Negras tormentas agitan los aires / nubes oscuras nos impiden ver) Ante semejante batiburrillo a nadie puede sorprender que el resultado de esta declinante etapa haya sido la anulación del espíritu crítico y la postergación de la sociedad civil, actitudes que han pasado a la modalidad ritual de <
Este tipo de extravíos sucede al confundir el mapa por el territorio, con el resultado de concitar una realidad paralela en ninguna parte. Tradicionalmente es algo que ocurrió en el periodo de entreguerras del siglo pasado. Aunque entonces el ilusionismo taumatúrgico traía causa de fenómenos traumáticos, porque se trataba de las réplicas que la revolución rusa y la fascista, coincidentes en la exaltación del Estado y la parasitación de la sociedad, provocaban en los espíritus más inquietos y temerarios de la época. Basta recordar el tráfico de dirigentes políticos que pasaron del comunismo al fascismo y viceversa, añadiendo también en dicho cómputo en menor cuantía a significados militantes ácratas. Aunque entre aquel espasmo de antaño y este rigodón de hoy no cabe color ni comparación que lo resista.
El único punto en común entre ambos es la capacidad para polarizar la existencia. Al imponerse la mainstream jerárquica, de arriba-abajo, solo queda espacio de decisión para una elite monopolista y autocrática. El régimen ahormado por los incondicionales (instalados y acomodados) de la casta gobernante acogiéndose al sagrado del poder. Porque eso es lo que significa etimológicamente el término jerarquía, <
Al inocular esta actitud caníbal en el ADN de la nueva política hemos pasado del bipartidismo rampante que, ganara la derecha o triunfara la izquierda, garantizaba que lo principal seguía igual, o una suerte de vivisección ideológica que construye su proyecto sobre la destrucción del contrario, previa su estigmatización en carne viva. Muchas de las soflamas que desde el bando de la izquierda progresista (el solo enunciado presupone que los otros son reaccionarios de libro) se lanzan para su propio encumbramiento, promueven e incentivan una sociedad a dos mentalidades, mediante la cretinización de la opinión pública por la opinión publicada. Blanco o negro, claro y oscuro, puros e impuros, buenos y malos, una mitología que para nada responde a la complejidad y biodiversidad de la vida social contante y sonante. Acabar con los matices, los grises, las tonalidades, conduce a la formación de pueriles actitudes totalitarias. Cuando durante la república de Weimar el partido comunista alemán tildó de <
La naturaleza de esta trepanación es de tal jaez que deja huella hasta en el lenguaje cotidiano, como ya anticipó Orwell en su libro 1984.inspirado en lo que el novelista observó en la guerra de España. Términos y conceptos, esgrimidos como dialéctica de los puños y las pistolas, pasan a ser uno y lo contrario según quien los emplee y para qué. Ese trágala se ha experimentado recientemente con la palabra <
La izquierda en sus dos principales exponentes, socialista y comunista, es intrínsicamente estatista y siempre lo ha sido. Ya consideren al Estado que gestiona como un factor de nivelación social (paternalismo) o como un elemento de dominación social (autoritarismo). Uno y otro justifican su acción política como un tropismo frente y contra a la derecha (ese infantil <
Ese descreimiento de la democracia por contagio izquierdista es el principal hándicap del anarquismo. Por eso, al referirse a la crisis del movimiento libertario, el fallecido Amadeo Bertolo, tras catalogar la anarquía como <
Ni giro copernicano ni ruptura epistemológica, sapere aude. La necesaria reubicación antiautoritaria exige una reflexión genealógica, epocal, no fósil, del <
Lúcido aviso a navegantes, porque al discriminar la polisemia del arkhé prevaliendo lo ordinal sobre lo cardinal y lo cardinal sobre lo nominal (axiomatismo axiológico) se ahorma un arquetipo (del latín archetypum, con el prefijo de raíz griega arkhé). Es decir, un imaginario social que justifica y legitima la construcción de la jerarquía (orden sagrado) como inconsciente colectivo simbolizado en el rol del Estado. El monopolio del uso legítimo de la violencia, sancta sanctorum del Estado, es el adversario declarado de la ética política que caracteriza la perspectiva libertaria. Digámoslo en términos de andar por casa: es la distancia que existe entre socorrer a alguien en un accidente de tráfico porque lo exige el código penal bajo riesgo de sanción, o hacerlo porque lo dicta nuestra conciencia, por imperativo moral. La acción directa y espontánea de uno fomenta la solidaridad, la empatía y la responsabilidad (no más deberes sin derechos ni más derechos sin deberes); la mediación representativa y coactiva del otro es el caldo de cultivo de la subordinación, el paternalismo y la indiferencia social. Estamos acostumbrados a ver como barcos de ONG dedicados al salvamento de inmigrantes en el mar se topan con la resistencia de los gobiernos a la hora de obtener permiso para acogerlos en sus puertos. Lo que, desde la antítesis anarquista, solapada por la hegemonía de la historia de eventos, jamás significa renunciar a un orden justo, un derecho positivado sobre una sociedad civil organizada, dado que el derecho no es sino <
(Nota. <
Fuente: https://kaosenlared.net/automoribundia-bipartidismo-viviseccion-y-arkhe/