Transcribo dos textos de los últimos años de Bertrand Russell en los que expone las razones profundas de su oposición a la guerra y de su defensa del pensamiento crítico: 1) Extracto de ‘Mi apartamiento de Pitágoras’, capítulo 17 de “La evolución de mi pensamiento filosófico”.- Alianza, 1976 ; 2) Fragmentos de “¿Puede la religión curar nuestros males?” y “Religión y moral”, capítulos de “¿Por qué no soy cristiano?”. – EDHASA, 1977 (Crates).

1) Mi apartamiento de Pitágoras.

La evolución de mi pensamiento filosófico, desde los primeros años de la presente centuria (siglo veinte) podría describirse más o menos como un apartamiento gradual de Pitágoras. Los pitagóricos profesaban una forma de misticismo peculiar ligado a las matemáticas. Esta forma de misticismo ejerció gran influjo sobre Platón, más de lo que en general se reconoce. En algún tiempo yo una perspectiva similar y hallé en la naturaleza de la lógica matemática, como la suponía entonces, algo profundamente satisfactorio en aspectos emocionales importantes.

De muchacho, mi interés por las matemáticas era más simple y ordinario: tenía más afinidad con Tales que con Pitágoras. Quedaba encantado cuando descubría en el mundo real cosas que obedecían las leyes matemáticas. Amaba la palanca y la polea, el hecho de que los cuerpos describiesen parábolas en su caída. Aunque no sabía jugar al billar, hallaba agrado en la teoría matemática del comportamiento de las bolas.

… En aquel tiempo yo tenía la esperanza de que toda la ciencia podría hacerse matemática, incluso la psicología… Pero mi interés por las aplicaciones de las matemáticas fue reemplazo gradualmente por un interés en los principios sobre los que la matemática se basa. Este cambio se produjo por mi deseo de refutar el escepticismo matemático. Muchísimos de los argumentos que se me había dicho aceptara eran palmariamente falaces, y leí todos los libros que pude encontrar y que parecían ofrecer fundamento más firme para las creencias matemáticas. Esta investigación me condujo cada vez más lejos de la matemática aplicada y a más abstractas regiones, y finalmente a la lógica matemática. Llegué a pensar en las matemáticas no primariamente como un instrumento para comprender y manipular el mundo sensible, sino como un abstracto edificio subsistente en un cielo platónico, y que sólo toca al mundo de la sensación en una forma impura y degradada. Mi perspectiva general, en los primeros años de este siglo, era profundamente ascética. Me desagradaba el mundo real y busqué refugio en un mundo independiente del tiempo, sin cambio, sin podredumbre, sin el fuego fatuo del progreso.

… Mi actitud con respecto a las matemáticas en aquella época quedó expresada en un artículo titulado ‘El estudio de las matemáticas’, impreso en 1907… Algunas citas de este ensayo darán idea de lo que sentía entonces:

La matemática, correctamente considerada, posee no solamente verdad, sino suprema belleza –una belleza fría y austera, como la de la escultura, sin halagos para ninguno de los puntos más débiles de nuestra naturaleza, sin las brillantes galas de la pintura o de la música, pero sublimemente pura y capaz de una austera perfección, tal como sólo la mayor de las artes puede ofrecer-. El verdadero espíritu de deleite, la exaltación, la sensación de ser más que hombre, que es la piedra de toque de la más alta excelencia, se halla en las matemáticas tan seguramente como en la poesía.

… La vida real es, para muchos hombres, un bien de segundo orden, un compromiso perpetuo entre lo ideal y lo posible; pero el mundo de la pura razón no conoce compromiso ni limitaciones prácticas, ni barrera para la actividad creadora que da cuerpo en edificios magníficos a la apasionada aspiración a lo perfecto, de la que nace toda obra grande. Alejadas de las humanas pasiones, alejadas incluso de los lastimosos hechos de la naturaleza, las generaciones han creado gradualmente un cosmos ordenado, donde el pensamiento puro puede habitar como en su mansión natural, y en la que al menos uno de nuestros más nobles impulsos puede escapar del triste exilio que es el mundo real.

La contemplación de lo que no es humano; el descubrimiento de que nuestras mentes son capaces de habérselas con material no creado por ellas, sobre todo la comprobación de que la belleza pertenece al mundo exterior como el interior, son los medios de sobreponerse al sentimiento terrible de impotencia, de debilidad, de exilio entre poderes hostiles que tan fácilmente resulta del reconocimiento de la casi omnipotencia de fuerzas extrañas. Reconciliarnos con la exhibición de su pavorosa belleza, con el reino del Hado –que es simplemente la personificación literaria de esas fuerzas- es misión de la tragedia. Pero las matemáticas nos alejan todavía más de lo humano, en la región de la necesidad absoluta, a la cual no solamente el mundo real, sino todo mundo posible, ha de conformarse; y aun aquí edifica una morada que eternamente existe, en la que nuestros ideales se satisfacen plenamente y nuestras mejores esperanzas no son frustradas.

… En un mundo tan lleno de maldad y sufrimiento, el retiro a un claustro de contemplación, al goce de delicias que, no obstante nobles, siempre han de ser sólo para los elegidos, no puede menos de parecer una negativa un tanto egoísta a compartir el peso impuesto sobre lo demás por accidentes en que la justicia no juega ningún papel. ¿Tiene alguno de nosotros el derecho, preguntamos, de apartarse de los males presentes, de dejar sin ayuda a nuestros congéneres, mientras lleva una vida que, si ardua y austera, es, sin embargo, evidentemente buena en su propia naturaleza?

Todo esto ha llegado a parecerme bastante insensato, en parte por razones técnicas, y en parte por un cambio en mi concepto general del mundo. Las matemáticas han dejado de parecerme no humanas en su tema. He llegado a creer, aunque muy de mala gana, que consisten en tautologías. Me temo que para una mente con bastante poder intelectual, el conjunto de las matemáticas aparecería como trivial; tan trivial como la afirmación de que un animal cuadrúpedo es un animal. Pienso que la independencia de las matemáticas con respecto al tiempo ya no tiene aquella sublimidad que antes me pareció que tenía, sino que consiste solamente en el hecho de que el matemático puro no se refiere al tiempo. Ya no hallo ninguna satisfacción mística en la contemplación de la verdad matemática… La solución de las contradicciones… sólo podría ser resuelta con la adopción de teorías que podrían ser ciertas, pero que no eran bellas.. La esplendida certeza que siempre había esperado hallar en las matemáticas, se perdió en un desconcertante laberinto.

Todo esto me hubiese entristecido, a no ser porque mi talante ascético había comenzado a desvanecerse. Tan fuertemente me había dominado que la «Vita Nuova», de Dante, me parecía completamente natural, psicológicamente, y su extraño simbolismo me atraía como emocionalmente satisfactorio. Pero este estado de ánimo comenzó a disiparse, y la primera guerra mundial lo suprimió finalmente.

Uno de los efectos de aquella guerra fue hacer imposible para mí vivir en un mundo de abstracción. Solía ver a los jóvenes que embarcaban en los trenes militares para ser asesinados en el Somme por la estupidez de los generales. Sentía una dolorosa compasión por aquellos muchachos, y me sentía unido al mundo real en un extraño matrimonio de dolor. Todos los ampulosos pensamientos que había tenido acerca del abstracto mundo de las ideas me parecían desmedrados y más bien triviales a la vista del inmenso sufrimiento que me rodeaba.

… En este cambio de talante algo se perdió, aunque también algo se ganó. Lo que perdí fue la esperanza de hallar la perfección, lo definitivo, la certeza. Lo que gané fue una nueva sumisión a nuevas verdades que me repugnaban. Mi abandono de anteriores creencias no fue nunca completo, sin embargo: todavía creo que la verdad depende de cierta relación con los hechos, y que los hechos, en general, son no humanos; todavía creo que el hombre no tiene importancia cósmica, y que un Ser, si lo hubiera, que pudiese revistar el universo imparcialmente, sin la preocupación del aquí y del ahora, difícilmente mencionaría al hombre, excepto quizá en una nota a pie de página al final del volumen; pero ya no tengo el deseo de arrojar los elementos humanos fuera de las regiones a que pertenecen… Solía pensar acerca de los sentidos y del pensamiento basado en los sentidos como en una prisión de la que podemos librarnos con el pensamiento emancipado de los sentidos… Ahora pienso de los sentidos y de los pensamientos sobre ellos construidos como ventanas, no como barrotes de una cárcel…

2) Religión y moral.

Es habitual, entre los apologistas cristianos, considerar el comunismo como muy distinto del cristianismo y contrastar sus males con los supuestos bienes disfrutados por las naciones cristianas. Para mí esto es un profundo error. Los males del comunismo son los mismos que existían en el cristianismo durante las edades de la fe. La G.P.U. se diferencia de la Inquisición sólo cuantitativamente, sus crueldades son de la misma clase…

Si la Iglesia no es ahora tan mala como el gobierno soviético, se debe a la influencia de los que atacaron a la Iglesia: desde el Concilio de Trento hasta el día de hoy, todas las mejoras de la Iglesia se deben a sus enemigos. Hay muchos que se oponen al gobierno soviético porque les disgusta la doctrina económica comunista, pero esto es lo que el Kremlin tiene en común con los primeros cristianos, los franciscanos y la mayoría de los heréticos cristianos medievales: Sir Thomas More, un mártir ortodoxo, habla del cristianismo como de algo comunista, y dice que éste era el único aspecto de la religión cristiana que la hacía recomendable a los utópicos. No es la doctrina soviética en sí misma la que puede considerarse justamente como un peligro. Es el modo en que se mantiene esta doctrina. Se mantiene como una verdad sagrada e inviolable, y el dudar de ella es un pecado merecedor del más severo castigo. El comunista, como el cristiano, cree que su doctrina es esencial para la salvación, y esta creencia es la que hace la salvación posible para él. Las semejanzas entre el comunismo y el cristianismo son las que los han hecho incompatibles entre sí. Cuando dos hombres de ciencia están en desacuerdo, no invocan el brazo secular; esperan que la prueba ulterior decida quién tiene razón, ya que, como hombres de ciencia, saben que ninguno es infalible. Pero cuando dos teólogos difieren, como no hay criterio al que ninguno de ellos pueda apelar, sólo hay un mutuo odio y una apelación a la fuerza encubierta o abierta.

El cristianismo, lo reconoceré, hace menos daño del que solía hacer; pero ello se debe a que se cree con menos fervor en él. Quizás, con el tiempo, el mismo cambio le sobrevendrá al comunismo y, si es así, perderá mucho de lo que hoy le hace pernicioso. Pero si en el Occidente prevalece el criterio de que el cristianismo es esencial a la virtud y a la estabilidad social, el cristianismo adquirirá de nuevo los vicios que tenía en la Edad Media; y, al parecerse más al comunismo, se hará cada vez más difícil reconciliarse con él. Éste no es el camino que va a salvar al mundo del desastre.

… Que el mundo está en mal estado es innegable, pero no existe la menor razón histórica para suponer que el cristianismo ofrezca una salida. Nuestros males empezaron, con la inexorabilidad de la tragedia griega, desde la Primera Guerra Mundial, de la cual son productos los nazis y los comunistas. La Primera Guerra Mundial fue completamente cristiana en origen. Los tres emperadores eran devotos, e igualmente lo eran los tres ministros más belicosos del gobierno inglés. La oposición a la guerra vino, en Alemania y en Rusia, de los socialistas, que eran anticristianos; en Francia, de Jaurés, cuyo asesino fue aplaudido por los cristianos sinceros; en Inglaterra, de John Morley, un ateo famoso.

… El renacimiento del fanatismo en Occidente no debemos considerarlo como una solución feliz. Tal renacimiento, si se produce, sólo significará que los aspectos odiosos del régimen comunista se harán universales.

Lo que el mundo necesita es racionalidad, tolerancia y la comprensión de la interdependencia de las partes de la familia humana. Esta interdependencia ha quedado enormemente aumentada por los modernos inventos, y los argumentos puramente mundanos en favor de una actitud de benevolencia hacia el prójimo son mucho más fuertes de lo que eran antes. Tales consideraciones son las que debemos mirar, y no volver a los mitos oscurantistas. La inteligencia, hay que decirlo, ha causado nuestros males; pero la falta de inteligencia no los curará. Sólo una inteligencia mayor y más prudente puede hacer feliz al mundo.

Hay mucha gente que dice que sin creer en Dios un hombre no puede ser feliz ni virtuoso. En cuanto a la virtud sólo puedo hablar por observación, no por experiencia personal. Y en cuanto a la felicidad, ni la experiencia ni la observación me han llevado a pensar que los creyentes son, en general, más o menos dichosos que los incrédulos. Se acostumbra a encontrar ‘nobles’ razones para la desdicha porque es más fácil ser orgulloso si se puede atribuir la desdicha de uno a falta de fe que si hay que atribuirla al hígado. En cuanto a la moralidad, una gran parte depende del modo en que se entiende el término. Por mi parte, creo que las virtudes más importantes son la inteligencia y la bondad. La inteligencia está obstaculizada por todos los credos, cualesquiera que sean; y la bondad está inhibida por la creencia en el pecado y el castigo (esta creencia es la única que el Gobierno soviético ha tomado del cristianismo ortodoxo).

Hay varias maneras prácticas de que la moralidad tradicional estorbe todo lo que es socialmente deseable. Una de estas cosas deseables es la prevención de la enfermedad venérea. Más importante aún es la limitación de la población. Los adelantos en medicina han hecho esta materia más importante de lo que había sido antes. Si las naciones y las razas que son aún tan prolíficas como eran los ingleses hace un centenar de años no cambian sus costumbres a este respecto, a la humanidad sólo le queda la guerra y la miseria. Esto lo saben todos los eruditos inteligentes, pero no lo reconocen los dogmatizadores teológicos.

Creo que la decadencia de la creencia dogmática sólo puede hacer bien. Reconozco inmediatamente que los nuevos sistemas de dogma, como los de los nazis y los comunistas, son peores aún que los antiguos, pero no habrían arraigado de tal modo en la mente humana si los hábitos dogmáticos ortodoxos no hubieran sido inculcados en la niñez. El lenguaje de Stalin recuerda el seminario teológico donde recibió su aprendizaje. Lo que el mundo necesita no es dogma, sino una actitud de investigación científica, combinada con la creencia de que la tortura de millones no es deseable, ya la inflija Stalin o una Deidad imaginada a semejanza del creyente.