
Javier Castañeda
Dicen los que saben del tema que la pulsión es una «energía física profunda que orienta el comportamiento hacia un fin y se descarga al conseguirlo». Después lo vinculan a distintas categorías o formas de manifestación, como la pulsión por saber, la de la vida, la de la muerte o la sexual, esta última siempre más asociada a Freud, gran estudioso del tema e introductor del concepto pulsión sexual y que, probablemente, si viviera en nuestros días, a buen seguro ya hubiera creado el término pulsión digital.
Parece que la raíz latina que tienen en común pulsión y pulsar, les haya unido en un futuro destino–porque si hay una acción que se repite hasta la saciedad en una sociedad plagada de botones y pantallas- es precisamente esa: la de pulsar. Nos pasamos el día accionando botones de todo tipo, como son los teclados de un ordenador, de una PDA o de un móvil. O lo que es lo mismo: dando instrucciones para sacar dinero de un cajero; para subir en ascensor; para obtener el producto deseado de una máquina expendedora; para ver la tele, para… ¿Se han parado a pensar cuántos botones pulsamos en un día?
No tengo nada en contra de los botones. Es más, me gustan. Creo que detrás cualquier botón va siempre adherida la tentación de pulsarlo. Aunque sólo sea por el mero placer de hacerlo, pero… ¿Se han fijado de cuántas veces pulsa la gente algo –aunque sea el mando a distancia de la puerta de su garaje mientras están en un bar- durante una conversación? Pero el problema no es de los botones en sí; qué sabrán ellos. No tienen ni voz ni voto. Es más, nadie les ha pedido venir a este mundo. El problema, como suele suceder, lo tenemos las personas que, con nuestros instintos y pulsiones, nos enroscamos con deleite y fruición en los más variados círculos viciosos. Y eso tiene un coste. A veces físico, real y computable. Y otras, mental o simplemente intangible.
Pondré un ejemplo: el correo electrónico. ¡Bendito invento! Podrían llenarse terabytes de información con los beneficios del fantástico correo-e, que a todos ha cambiado la vida. Pero cada vez más gente comenta que empieza a sentir una fatiga crónica –no lo tomen al pie d la letra, pues no soy galeno- cuando cada mañana abren el ordenador y se encuentran una interminable montaña de mensajes que demandan su presta atención.
Hasta aquí, suele ser fácil entender que con la llegada de Internet y su calado en la sociedad, las formas de trabajo han cambiado y que el correo –nos guste más o menos- es una herramienta asociada a nuevos procesos empresariales, y por tanto imprescindible. Pero la queja no suele quedar se ahí, en tener un cerro de correos por responder.
La cuestión de fondo que muchos plantean, o se plantean, es la ansiedad que la propia gestión del correo les genera, es decir, el hecho –o la pulsión digital- que inconscientemente les invita a oprimir una y otra vez el ratón, en busca de nuevas presas -con caracteres en negrita- en su bandeja de entrada. Y esto ya es otra cosa.
No en vano, un experto en Internet como Jesús Encinar, comenta el tema ligado al conductismo y a la secuencia estímulo-respuesta. En una entrada de su blog asocia este fenómeno con las tragaperras y con los refuerzos y castigos que influyen en nuestro comportamiento: «Un email tiene el potencial de ser una pequeña recompensa emocional creando en nuestro cerebro una reacción química de satisfacción.
Algo bueno y divertido puede salir del inbox, lo malo es que funciona de manera variable». Al menos no sólo expone el fenómeno, sino que -en otra de sus generosas entregas- ofrece algunos consejos para mejorar la productividad, entre las que incluye sugerencias de higiene y manejo del e-mail. Si pese a todo, la pulsión digital es tan persistente que no basta con recetas de eficacia o buenos propósitos, entonces hay que recurrir al Autocontrol: Palabra de Microsiervos.
Bromas aparte, parece que si elimináramos la pulsión nos quedaríamos sin el elemento energético para explicar tanto el funcionamiento mental de nuestra psique, como la vida misma. Como recuerda el psiquiatra Francisco Traver, «no existe mente sin cerebro, es verdad. Pero también es verdad que no existe mente sin género, sin cultura, sin familia, sin sociedad, sin etnia, sin historia y sin mito».
Aunque si realmente es cierto que «nuestra inteligencia y capacidad de aprendizaje es tan poderosa que no hay ningún animal que nos llegue a la suela de los zapatos». Entonces, ¿por qué no somos capaces de librarnos de todo ese elenco de inercias que nos enganchan a las máquinas? Bienvenidos al embrujo de la pulsión digital
«Bienvenidos al embrujo de la pulsión digital»
Hay quien ve las maquinas como una esclavitud y hay quien las ve como una liberacion.
Las maquinas producen abundancia en un mundo escaso, o escasez en un mundo abundante. Depende del punto de vista…
Si la vida se organiza jerarquicamente (de unos pocos atomos salen moleculas de aminoacidos, de las que salen largas cadenas capaces de autoreplicarse, y de estas salen organulos especializados que realizan funciones especificas y conforman una celula, y de estas salen tejidos completos tambien especializados que se reunen para formar individuos multicelulares, y de estos surgen estructuras que les permiten organizarse en sociedad y compartir penurias y comodidades, y de estas sociedades, que nacen, crecen, se reproducen y mueren, surge ciencia y tecnologia que establecen nuevos horizontes), yo humildemente pienso que todo el rato es lo mismo: La vida conquista las estrellas a base de tiempo…
De mucho tiempo. De un tiempo larguisimo, constante.
Pero lo mas acojonante es que la propia vida surgio de las propias estrellas, de forma que esto tiene toda la pinta de ser un bucle eterno de un tamaño tan grande, que nos cuesta verlo de lo enorme que es…
internete
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PD: Llamenlo pulsion si quieren…
¡El nombre es lo de menos!
… ¿O es lo de mas?
¡No nos quedemos absortos observando unos pocos niveles del lio!… ¡Miremos el lio completo y entenderemos!