RIGUROSA INVESTIGACIÓN SOBRE LA GUERRA DE IRAK

ELMUNDOLIBRO

MADRID.-

Quien no se sienta del todo a gusto con las formas con que Michael Moore trata en ‘Fahrenheit 9/11’ la guerra emprendida por George W. Bush contra Irak, puede acudir a uno de los popes del periodismo del siglo XX en busca de datos, fuentes y credibilidad. Planeta publica en su colección Bronce el último libro de Bob Woodward, ‘Plan de ataque’, donde el descubridor del ‘caso Watergate’ confirma lo que empieza a ser un secreto a voces: Bush tenía entre sus planes de gobierno atacar Irak incluso antes de los atentados del 11-S.

De hecho, le pidió a su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, el 21 de noviembre de ese año, tan sólo 72 días después de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y en plena guerra sobre suelo afgano, que confeccionara un plan de ataque contra Irak. Ya lo habían dicho antes el ex secretario del Tesoro, Paul O’Neill, y el ex responsable antiterrorista Richard A. Clarke en sus propios libros: el ataque a Sadam Husein estaba en la agenda del Gobierno republicano al menos desde que tomó posesión.

Para hacer semejante afirmación, Woodward lleva a cabo un exhaustivo trabajo de investigación, que se prolongó durante un año e incluyó entrevistas con «más de 75 personas clave directamente implicadas en los hechos»: miembros del gabinete de guerra, personal de la Casa Blanca y funcionarios de los Departamentos de Estado y de Defensa, así como de la CIA. Además, entrevistó al propio George W. Bush durante tres horas y media a lo largo de dos días de diciembre de 2003. El resultado, según ‘The New York Times’, es «el libro más combativo de Woodward en mucho tiempo».

Así, el periodista desvela con gran profusión de detalles las conversaciones, los debates y los conflictos entre los diferentes miembros del Gobierno de Bush en el proceso de planear la guerra contra Irak. Una visión casi íntima de cómo la Casa Blanca decide y prepara el ataque. El general Tommy Franks llama al subsecretario de Defensa Douglas Feith «el tío más estúpido sobre la faz de la tierra», Colin Powell le dice a Bush que si invade Irak deberá seguir la misma norma que en las tiendas -«si lo rompes, lo pagas»-, George Tenet aseguró al presidente que los informes de la CIA sobre la existencia de armas de destrucción masiva eran tan contundentes como un mate de baloncesto…

Lucha entre Powell y Cheney

Apasionante resulta el relato de la lucha entre el secretario de Estado, Colin Powell, y el vicepresidente Dick Cheney. Una batalla interna en la que ambos han terminado, dice Woodward, sin dirigirse la palabra. Powell estaba en contra de la guerra, al menos en la forma en que Bush estaba determinado a emprenderla, mientras que Cheney era su mayor impulsor.

Otra revelación más sobre la preparación del plan de ataque que hará sonreír a Craig Unger, autor de ‘Los Bush y los Saud’ y al propio Michael Moore: Rumsfeld contó al embajador saudí en EEUU, el príncipe Bandar, el 11 de enero de 2003, su intención de invadir Irak, dos días antes de que Bush se lo anunciara a Colin Powell.
Por lo que respecta a Bush, ‘The New York Times’ considera que el látigo de Woodward se modera cuando habla del presidente de EEUU. Aunque el retrato resultante en ‘Plan de ataque’ no sea tan suave como el que el periodista de ‘The Washington Post’ dibujó en su anterior libro, ‘Bush en guerra’ (2002).

Aznar

Para los lectores españoles, el libro de Bob Woodward puede tener un interés añadido, si se molesta en rastrear las apariciones del ex presidente español José María Aznar a lo largo de sus casi 500 páginas. Aunque lo cierto es que puede terminar decepcionado: no hay nada especialmente revelador ni humorístico en las conversaciones que cruzan Bush y el político popular. Excepto, quizá, la ya conocida oferta de apoyo del español: «Cada vez que se siente a pensar, recuerde que estamos con usted. Siempre tendrá un bigote a su lado».

Quizá resulte más sorprendente leer que George W. Bush le pidió a Aznar que llamara al rey Juan Carlos cuando EEUU batallaba en la ONU por una resolución que diera apariencia de legalidad al ataque contra Irak. O que Bush le reconociera en abril a su aliado español que estaban perdiendo «la guerra de la propaganda». Pero poco más.