
De 1936 a 1939, en España, hubo lo que algunos historiadores denominaron, muy literariamente, “la última guerra romántica”. Para los que la padecieron, simplemente, fue “la guerra”.
Puntualizaciones y reconocimientos del autor. – Parece ser que el tema de la guerra civil española es un asunto que, a pesar de los más de setenta años transcurridos desde que finalizó, a pesar de los treinta y cinco que se han cumplido de la muerte del dictador que la originó, a pesar de los treinta y tres que llevamos de democracia contando desde las primeras elecciones libres, es un tema que todavía no hemos digerido y al que no hemos puesto aún fecha de caducidad. Un tema que está claro que aún levanta ampollas, pues lejos de estar asumido y olvidado, o por lo menos serenamente archivado en el estante de la Historia, existe una gran cantidad de personas, gente que no solamente no vivió la guerra sino casi tampoco la postguerra, que lo consideran como propio y vigente.
Es quizás solamente por esta razón por la que estos álbumes, dentro del reducido y cada vez más minoritario ámbito de la gente que se interesa por los tebeos más allá del manga y los superhéroes, han suscitado cierta expectación.
Naturalmente, cada cuál ha venido a buscar en estas páginas aquello que esperaba y deseaba encontrar según sus gustos personales, sus aficiones y su ideología, y ha llegado a ellas habiéndose ya formado, a priori, una idea concreta de lo que iba a encontrar en esta historieta sin pensar, ni por un momento, que el autor también tiene sus gustos y criterios, y que lo más probable es que no sean coincidentes.
Está claro que esta historieta 1936-1939 Malos tiempos no es el cómic que algunos esperaban. El historiador o el recopilador de datos confiaba en encontrar una lección de historia llena de nombres y fechas; el documentalista, una meticulosa recreación de ambientes, tipos y lugares; el analista, un trabajo pormenorizado de detalles, testimonios y documentos, y el lector tradicional, episodios de acción y heroísmo con un toque de aventura, al clásico estilo de los tebeos de toda la vida.
Y así, en lo ideológico, el tibio quiere encontrar una historia light del estilo de “todos somos buenos”; el rojo recalcitrante sólo quiere escuchar lo buenos que somos los de este lado; el azul pertinaz, lo malos que son todos los de enfrente, y el fascista declarado, lo que quiere es que no se hable del asunto. Sobre todo no quiere que hablen de ello los que hasta ahora no habían tenido la ocasión de abrir la boca.
E incluso hay quienes, en aras de una sospechosa pretensión de neutralidad, quieren que el autor trate con la misma dignidad a los que desencadenaron la guerra que a los que la sufrieron, igualando así al asesino con la víctima, al que abusa con el que se defiende, al culpable con el inocente.

Y por fin llego a lo que quería decir, y lo digo con énfasis: Yo, servidor de ustedes, el autor de estos sencillos y humildes dibujos, Carlos Giménez Giménez, no soy neutral. Repito: no soy neutral. Y esto es tan cierto como el sol que nos alumbra, que decía mi madre. Yo no soy neutral, no lo he sido en mi vida. Ni uno solo de mis trabajos, ni uno solo de mis álbumes, desde que fui mayor de edad y decidí mirarme al espejo sin avergonzarme, puede etiquetarse de neutral. No soporto el fariseísmo de los de ‘Dios es bueno, pero el demonio tampoco es malo’. Hace tiempo opté por el compromiso y decidí echar a andar por el sendero de los hombres libres que no dejan que les crezcan pelos en la lengua. Y por ahí camino desde entonces, opinando y apechugando con mis opiniones y con todo lo que éstas arrastren consigo.
Cuando decidí dedicarme a esta profesión de hacer tebeos, decidí también que mis historietas no serían para todos los públicos. Me niego a que mis trabajos sean como esa comida insípida que dan en los aviones –cocina internacional, la llaman-, que, pensada en principio para que la pueda comer todo el mundo, termina no satisfaciendo a nadie. Pretendo guisar mis historias con abundantes especies, sabiendo de antemano, y pretendiéndolo además, que el destino de mis platos es tanto gustar a unos como producir ardor de estomago a otros.

Los neutrales ante la guerra civil española me dan pampurrias. Prefiero tenérmelas con un fascista declarado antes que con un supuesto neutral, de la misma manera que prefiero un perverso a un idiota. Me gusta saber siempre con quién me estoy jugando los cuartos. Bajo el paraguas de la neutralidad casi siempre se encuentra refugiado un fascistilla vergonzante.
En estos álbumes sobre la guerra de España –un conflicto entre fascistas y demócratas, por decirlo rápidamente- créanme, he hecho tremendos esfuerzos por ser objetivo. ¡Objetivo! Que nadie me pida ser neutral ante el fascismo.
Para terminar, quiero pasar sin dilación al capítulo de los reconocimientos para dar gracias a todos aquellos de los que soy deudor. Estas historias yo no las habría podido escribir ni dibujar –no tengo suficiente talento ni conocimiento para ello- de no haber sido por toda la gente que me ha ayudado y por todas aquellas obras, escritas o gráficas, en las que me he apoyado.
En primer lugar, y con un agradecimiento especial, debo citar a mi buen amigo Timoteo. Sin él no hubieran existido estos álbumes, ya que es él quien me ha contado, con mucha paciencia y detalle, prácticamente todas las historias que contienen estos cuatro libros. Timoteo padeció la guerra siendo niño, y lo que él recuerda, lo que él vivió, lo que el vio y sintió es lo que yo he procurado contar en estos relatos. Y en él, en el Timoteo niño, se basa el personaje del pequeño Marcelino, conductor principal de esta narración.
Me aportaron historias y anécdotas, o detalles con los que enriquecer las que ya tenía, mis buenos amigos Charo Gómez, Carmen Tarancón (q.e.p.d.), Ana Salado y Adolfo Usero. Y, curiosidades de la vida, Charo y Timoteo me certificaron que, tal y como yo lo relato, durante sendos bombardeos, cada uno de ellos, por separado y en tiempo y lugar diferente, vio con sus propios ojos de niño correr a un hombre sin cabeza.
Del mismo modo que Adolfo y Ana me contaron, también por separado, prácticamente la misma historia ocurrida a diferentes personas y en diferentes sitios.

De Ana Salado tengo que decir, además, que ella ha sido la que en todo momento ha supervisado y corregido mis textos, no solamente en cuanto al estilo, sino también en cuanto a ciertos matices y sutilezas que a este demasiado apasionado autor se le escapaban. Por ello, por su paciencia, su constancia y su permanente predisposición, y por haber soportado mis constantes e intempestivas molestias estoicamente, quiero, a modo de indemnización, rogarle que acepte un plus de gratitud.
Y, como ocurre últimamente en casi todos mis trabajos, debo mencionar al que ya debería figurar en los créditos como colaborador especial de mis guiones, mi viejo amigo y colega José María Beá, que, en este caso, me regaló la impagable historia del gato Sito, con que se cierra el segundo álbum.
Y no quiero dejar de apuntar aquí los nombres de amigos muy queridos que, con tremenda generosidad y cariño, me mandaron libros o me dieron ánimos y, frecuentemente y en abundancia, las dos cosas. Amigos como José Luis Collantes, María Casas, Ernesto Santolalla, Alfredo Gallera, Pacho Fernández Larrondo y Antonio Martín. Subrayando a los dos últimos. Pacho por audaz, porque, arriesgando su archivo fotográfico, me dejo zambullirme en él, saquearlo y arramblar con cientos, quizás miles de fotografías. Antonio, por constante, ya que no ha cesado, en todo este tiempo, de mandarme fotos, libros, periódicos y demás documentos.
Y en este amplio abrazo de cariño y gratitud, quiero incluir también a Felipe Jiménez de la Rosa, que puso en mis manos un lote de fotografías del Madrid de la época, calles, tiendas… que no sabe usted lo bien que me ha venido. Y a Jesús Flores, que me solucionó de un plumazo todos los problemas de documentación de uniformes militares de los dos bandos que yo tenía.
De entre todos los libros de que me he servido, que han sido muchos, quiero destacar uno que para mí ha resultado imprescindible: La batalla de Madrid, de Jorge M. Reverte. Esta excelente obra, exigente y documentada, ha sido el indispensable libro de consulta en el que me he apoyado a la hora de escribir muchos de los textos sobre la situación de Madrid, sobre la guerra de cada día y los bombardeos constantes que figuran en el tercer álbum.

Seguro que se me olvidan algunos nombres. Qué le vamos a hacer. A todos ellos, a los nombrados y a los omitidos por olvido, mi cariño, mi amistad, y mi eterna gratitud.
Y si algún heroico y sufrido lector ha sido capaz de leer hasta el final esta larga y tediosa lista de nombres y títulos, a él también le doy las gracias al mismo tiempo que prometo tenerle presente en mis oraciones.
Carlos Giménez, 2008/2011.
«Malos tiempos 1936-1939» se ha publicado en cuatro entregas por la editorial Glenat y en un tomo unitario («Todo 36-39 malos tiempos»), con las planchas reorganizadas, por DeBolsillo Random House Mondadori.
Más información:
http://www.guiadelcomic.es/carlos-gimenez/36-39-malos-tiempos.htm
http://www.edicionesglenat.es/noticia.aspx?pId=233
http://www.telecinco.es/informativos/cultura/noticia/1458249/1458249
Carlos Giménez: «prefiero vermelas con un fascista declarado antes que con un supuesto neutral»
Qué gran dibujante…