Pero Salvochea es mucho más que todo eso. Fue un ácrata que pensaba que la utopía era posible y que sabía que los enemigos de cualquier avance social, los de entonces y los que vinieran después de su muerte, no dejarían de atacarle y llamarle iluso.

Con sordina y gracias a las iniciativas de la Asociación de Amigos de Fermín Salvochea, por un lado, y del Sindicato de Oficios Varios de la CNT de Cádiz, de otro, se está recordando estos días la personalidad, obra e ideas de Fermín Salvochea aprovechando que se cumplen cien años de su muerte. Aunque para ser justos hay que reseñar que quienes comenzaron fueron en abril las jornadas organizadas por el IES Francisco Pacheco de Sanlúcar de Barrameda.

Después, el sábado pasado, aparecieron las pancartas que desplegaron los hinchas de la Columna Salvochea que más que un recuerdo eran toda una declaración de principios.
Salvochea es un personaje incómodo, hasta inclasificable. Tanto más cuanto el desconocimiento existente sobre él haría sonrojar a una sociedad que tuviera, en su conjunto, un nivel cultural, social y político, superior al que tiene hoy día la española en general y gaditana en particular. No es una valoración, sino una constatación cuya responsabilidad no puede ser compartida al mismo nivel por el ciudadano, los universitarios o la clase política local. Todos seguimos tirando de los mismos trabajos, en especial de la obra de Fernando Puelles, y de las mismas fuentes mientras que siguen esperando no ya una investigación profunda sobre su vida y obra, sino siquiera que se edite en español el trabajo colectivo que, hace justo veinte años, editó la Universidad de Vincennes con el título de Un anarchiste entre la légende et l’histoire. Fermin Salvochea.

Su vida pública transcurrió en unos años especialmente agitados de la historia contemporánea española. Los que van desde la caída de Isabel II hasta el comienzo del siglo XX, en vísperas del nacimiento del sindicalismo moderno con la creación de la CNT. Las décadas durante las que fracasó la configuración moderna del Estado español con la caída de la I República y se consolidó una monarquía reaccionaria que no resolvió los numerosos problemas existentes. Como la propia configuración territorial del Estado y la consideración de la cuestión social como algo más que un problema de orden público. En ambos casos tuvo un protagonismo especial Salvochea. En el primero como destacado participante de los sucesos cantonales del verano de 1873. En el segundo como referente del asociacionismo obrero en su lucha por su propia existencia e introductor de la convocatoria del 1º de mayo y la reivindicación de las ocho horas.

Hoy, la mayoría de los temas centrales de su pensamiento y acción siguen estando vigentes. Cuestiones como el internacionalismo, la religión, el antimilitarismo, las reivindicaciones laborales, las relaciones personales ¿quién puede dudar de su vigencia en unos momentos en los que la desigualdad, la represión y la expoliación avanzan en sentido geométrico a la vez que apenas se mantiene la capacidad defensiva de los explotados? Salvochea se negó a escribir sus memorias. Más aún, desanimó a quien se lo propuso porque estaba convencido de que la sociedad capitalista no podía permitir siquiera el recuerdo de la existencia de miles de salvocheas Su discípulo Pedro Vallina que lo intentó, perdió todo el material que había recopilado en 1939, tras la victoria de los golpistas de julio de 1936. Después vino el silencio de los cementerios durante la dictadura, al que sucedió el olvido y la discreción durante las décadas de democracia.

Salvochea transitó del republicanismo federal, al anarquismo. De político a militante obrero que, desengañado, terminó afirmando que nada se podía esperar de la política. Uno más de los muchos que tras pasar por las filas del Internacionalismo obrero terminaron en las del anarquismo. Una militancia que apenas se nombra. Como tampoco se dice que su irreligiosidad fue radical, no sólo librepensadora. Mi religión es practicar el bien escribió. Que frente a las patrias de campanario, al patrioterismo tan al uso, nos recuerda, con su internacionalismo, que el mundo es la patria de los hombres. Que su antimilitarismo no es sólo la oposición a la contribución obligatoria de sangre, sino a la existencia de cualquier tipo de ejército. En definitiva que es el hombre, en toda su complejidad, quien protagonizará el cambio social. Por eso pudo escribir que si se mirasen al microscopio las joyas que lucía la burguesía se verían que, en ellas, estaban los glóbulos rojos que faltaban de la sangre de los trabajadores.

Para Salvochea el capitalismo no es muy diferente de una sociedad caníbal. Sólo es más refinada e hipócrita: el capitalista devora al trabajador como el caníbal a su semejante. Como seguidor e introductor de los planteamientos de Pedro Kropotkin, se consideró anarcocomunista. Es decir que, frente al colectivismo de Bakunin defendió la socialización tanto de los medios de producción como de los productos. También consideró que la acción debía trascender al individuo. Así, su vida fue una apología de la ejemplaridad del hecho. La ética del revolucionario era tan o más importante que la definición del modelo de sociedad que pretende crear.

Actividades que le hicieron peligroso: Salvochea era un elemento sincrético que preocupó a las autoridades hasta el punto de considerar necesario hacerle callar. Padeció cinco procesos y una nueva condena a doce años de prisión. Nada, sin embargo, pudo romper la figura de quien, todavía vivo, había comenzado a ser un mito. Si 5.000 gaditanos acudieron a recibirle en abril de 1899 tras ser amnistiado, más de 50.000 asistieron a su entierro. Comenzó entonces la lucha por apropiarse de su figura. Los republicanos fueron los primeros interesados en hacer de Salvochea un ídolo. El escritor Vicente Blasco Ibáñez estuvo entre los que más hicieron por forjar la imagen de Salvochea «apóstol», de «un santo laico». Una visión que servía a los planes del republicanismo de desplazar al anarquismo del mundo obrero. Frente a este retrato apareció el ácrata. Vallina lo mostró como un «héroe moderno» que luchaba por la causa del pueblo, denunciaba la perversidad de la propiedad, el simulacro de la justicia burguesa, las virtudes del comunismo igualitario y la necesidad de la igualdad económica para establecer la fraternidad entre los hombres. Fue un Quijote de carne y hueso.

Después también llegó la banalización de su figura que no ha parado hasta hoy dejando en segundo lugar, considerándolos fracasados y obsoletos, los ideales que defendió. Hay quien hace hincapié en su federalismo. Otros en su labor en la alcaldía. A algunos lo que les interesa es destacar su figura de hombre bueno, en abstracto, que nunca descargó sus responsabilidades en otros y acompañaba a su madre a la puerta de la iglesia. Hasta hay quienes aspiran a convertirlo en un santón milagrero que, en Cádiz no podía ser de otra manera, da vivienda y trabajo.
Pero Salvochea es mucho más que todo eso. Fue un ácrata que pensaba que la utopía era posible y que sabía que los enemigos de cualquier avance social, los de entonces y los que vinieran después de su muerte, no dejarían de atacarle y llamarle iluso. El revolucionario Salvochea, su influencia moral, le hace merecer de algo más que dar nombre a una calle o a una biblioteca. Al menos que en su ciudad se le conozca más de lo que lo es hoy. No quiero perder la esperanza de que estos actos no sean flor de un día sino semillas germinadoras de un extenso vergel.

José Luis Gutierrez Molina es Historiador

CNT-Cadiz


Fermín Salvochea, 100 años de su muerte

La vigencia del pensamiento y del testimonio vital (principal herencia) de Fermín Salvochea

FERMÍN SALVOCHEA Y ÁLVAREZ (1 de marzo de 1842 en Cádiz – 27 de septiembre de 1907 en Cádiz)

La figura de Fermín Salvochea, que fue Alcalde de Cádiz durante la efímera I Republica Española, mantiene 100 años después de su muerte una vigencia necesaria. Así podemos valorar sus aportaciones a la conformación de la actual Idea de que “otro mundo (mejor) es posible”, tanto por su pensamiento como, y sobre todo, por su testimonio de vida.

Más que añorar el pasado conviene extraer las claves que permitan afrontar los desafíos del presente y del futuro que con este hagamos. Podemos de la vida y muerte de Fermín Salvochea extraer algunas notas que le caracterizaron.
En primer lugar podemos resaltar su radicalidad. En el sentido positivo de “Ir a la raíz de los asuntos”. Su capacidad de analizar la sociedad de su tiempo y de comprender cuales eran los fundamentos de tanta miseria y esclavitud de las clases más humildes. En segundo lugar a su ser radical le unió su honestidad y coherencia de vida e ideas hasta su muerte. En tercer lugar vivió el anarquismo como una visión del provenir. Su actividad política fue intensa teniendo como momentos importantes el asumir la alcaldía de Cádiz a los 31 años de edad, el 22 de marzo de 1873, una vez proclamada la I República y pocos días después de regresar del exilio. Le faltó tiempo para desde la Alcaldía de esa Ciudad entre otras medidas, implantar la jornada laboral de 8 horas, hito histórico sin precedentes, eliminar arbitrios que encarecían el pan y establecer la enseñanza laica. Fermín cree en una estructura política cercana a los ciudadanos y que estos libre y soberanamente decidan su futuro, un futuro nunca impuesto. De ahí su empeño en el acceso de todos a la Educación.

Entendemos que la figura de Fermín tiene una rabiosa actualidad y sobre todo una proyección indudable en el futuro.

Su compromiso con los más pobres y desvalidos, sin tapujos y con la férrea voluntad de defender los logros alcanzados. Su convicción en el movimiento cantonal federado como visión de un nuevo estado que superara el caos republicano y el asalto definitivo al antiguo régimen. La superación del estado monárquico era y es una necesidad ya que no tiene sentido la monarquía en este Siglo XXI cuando se inicia el tercer milenio de nuestra era. Su vivencia de la política como arte de actuar no de medrar ayudan a comprender mejor como los intereses personales (aunque alguno pretenda disfrazarlo de partidarios) han envenenado la acción política y de que no tiene sentido profesionalizar la política. Es preciso evitar que la antigua Teo-cracia se transforme en una nueva Polito-cracia. La racionalidad de la política partidaria tiende a extender el control (su poder) sobre todo el espacio cívico, tanto social como individual, llegando en su extremo a las formas políticas más aberrantes: los totalitarismos y fascismos. No tiene sentido en una sociedad democrática que el político de turno diga “Esto es lo que hay y si no os gusta os presentáis vosotros a las próximas elecciones y que os voten por mayoría”, legitimando con ello “dictaduras cuatrienales”.

La figura de Fermín nos permite otear la superación de la Democracia Burguesa Partidaria, ya que es deber del político democrático el explicar hasta donde sea necesario las razones y fundamentos de sus decisiones políticas para que sean comprendidas por la ciudadanía. Es igualmente deber del político de no hacer de la política su medio de vida porque de esta forma se aferrará a ella eternizándose en los cargos. También es deber del partido político el controlar a sus miembros que asumen responsabilidades públicas.

El desafío democrático de los partidos políticos consiste en regular parlamentariamente estos deberes. ¿Es posible que hagan lo que muchos de ellos consideran un suicidio político? La responsabilidad de los políticos democráticos es el dejar de serlo cuanto antes, permitiendo a la ciudadanía, a la sociedad civil no tutelada, hacerse protagonista de la vida política (que no partidaria).

Antonio Damian Ruiz

Ateneo Libertario Al Margen