Jueves 6 de Julio CHARLA-DEBATE SOBRE LA ESPECULACION
(a cargo de Miguel Amoros)

-a las 20h. comienzo de la charla y posterior debate

-a las 22h. cenador vegano (precios + que populares)

C/San Carlos nº120 Ateneo Libertario L’escletxa
Barri del Pla

-alacant

A continuación dos interesantes textos de Miguel
Amoros

Charla contra la especulación en la Mistelera , Denia

Ir por el campo, hoy, es como pasar
por un viejo barrio en demolición”

Guido Cerronetti, El Silencio del Cuerpo


Antes que nada quiero hacer un inciso respecto a la
expresión “urbanismo sostenible”, que los políticos de
la “izquierda” han sustraído del lenguaje ecologista
para calificar así un crecimiento urbano menos
destructivo a corto plazo y más rentable a largo. El
término se aplicaba al funcionamiento de un sistema en
circuito cerrado, generando su propia energía y
eliminando sus propios residuos, hechos incompatibles
con la expansión inherente al capitalismo, basada en
la especialización de las actividades y la
deslocalización productiva. Los proyectos alternativos
de esa “izquierda” pintada de verde, ni pretenden
limitar el frenesí de la economía, ni cuestionan el
sistema capitalista y su sagrada idea de progreso.
Además, resulta más que evidente el hecho de que no
existe un modelo capitalista que se sostenga. Hablar
de sostenibilidad bajo estas condiciones es una
estupidez, o peor, un engaño, ya que no existe un
capitalismo “limpio”, capaz de comerse sus marrones.

Hay un construir que es muchísimo más vandálico que un
destruir. Esa es la impresión inevitable que
cualquiera puede sacar, por ejemplo, de un paseo por
la costa mediterránea, especialmente la valenciana.
Por doquier contemplaremos grúas, edificios y
autovías, tras los que adivinamos la obra de
innumerables alcaldes, banqueros y constructores,
invadiendo el territorio, destrozando el paisaje,
malbaratando recursos, acumulando basuras,
contaminando el ambiente, poniendo en peligro la
seguridad y la salud de los habitantes, arruinando los
lugares uno tras otro en una loca carrera por la
urbanización total. Desde leugo, las fuerzas
constructivas son fuerzas destructivas. La oposición
campo-ciudad ha sido superada con la abolición
completa de uno de los términos: las hortalizas se han
cambiado por ladrillos. Decir que el hormigón y el
asfalto son el rasgo característico de la nueva
civilización es poco: son lisa y llanamente la nueva
civilización. Eso, yendo a la raíz de la cuestión,
significa que la vida de todos se halla en manos de
tecnócratas y promotores, oscilando entre automóviles
e inmobiliarias. ¿Cómo hemos ido a parar aquí?

Indudablemente, la expansión urbana descontrolada
arranca de la fase desarrollista ligada al proceso
industrializador tutelado por el franquismo. Esa fase
termina con fenómenos aparentemente contradictorios
como el derrumbe industrial, el “boom” de las segundas
residencias y los pelotazos financieros, lo que revela
la recaída de la crisis económica sobre los
trabajadores sin afectar apenas a las clases medias y
menos aún a la burguesía. Eso explica en parte que las
luchas de resistencia a la crisis de los años ochenta
fueran contenidas y canalizadas sin alterar la
estabilidad del sistema, y que el movimiento obrero,
con la dirección secuestrada por una burocracia
sindical y política institucionalizada, compuesta por
enemigos de clase, se disolviera sin pena ni gloria.
Los nuevos dirigentes políticos, en cuyas manos recaía
la regulación del crecimiento urbano, se dieron cuenta
de las grandes posibilidades económicas de la
urbanización, y lejos de impedir su progreso, se
dedicaron a fomentarlo con toda la mejor voluntad. La
financiación espuria de los partidos o las fortunas
personales de los intermediarios fueron sólo el
principio. Políticos y empresarios eran conscientes de
que la ciudad era una máquina de acumulación de
capital y poder, y que la función del urbanismo no era
otra que la de engrasarla. La fórmula consistía en una
colaboración más profunda entre los ayuntamientos y
los empresarios, aplicada por primera vez en las
remodelaciones de los años cincuenta de ciudades como
Pittsburgh, Filadelfia o Boston. Una elite compuesta
por una coalición de políticos tecnocráticos,
promotores y constructores se adueñó de las ciudades,
tomando el relevo de la elite anterior, y, gracias a
una sabia combinación de dinero público y privado, las
convirtió en herramientas para ganar dinero a
espuertas. La ciudad, a los ojos de los ediles
democráticos y las Cámaras de Comercio, no era sino un
inmenso mercado de suelo edificable. El modelo
valenciano que desde 1994 conforma una Ley Reguladora
de la Actividad Urbanística es particularmente
ilustrativo de la simbiosis entre política y empresa.
Este sistema supera en audacia al modelo mixto
barcelonés, pues mediante la figura del “agente
urbanizador”, es decir, del promotor, el ayuntamiento,
previo trámite, cede el proceso urbanizador a la
iniciativa privada. Y de esta manera, o sea, colocando
por ley al urbanismo en manos de los empresarios, se
suprimen olímpicamente las ingerencias empresariales
en las políticas urbanísticas locales. Lo público
puede se gestionado por lo privado, o lo que es lo
mismo, no queda nada que sea realmente público.

El paso de una economía nacional estructurada a través
de un sistema bancario cerrado a una economía
globalizada encontró un marco ideal: una nueva clase
dirigente muy receptiva a las directrices del mercado
mundial y una casi nula conflictividad social. Se
iniciaron entonces mediante leyes apropiadas, los
procesos que acompañaban a la mundialización:
colonización tecnológica de cualquier tipo de
actividades, precarización del mercado laboral,
planificación urbana expansiva, especulación
inmobiliaria, deslocalización de industrias,
industrialización de la agricultura, construcción de
grandes infraestructuras de transporte, motorización
general de la población, constitución de un mercado
internacional del agua y de la energía, etc. Las
ciudades en poder de los nuevos dirigentes se
terciarizan y se convierten en centros de ocio y
consumo, suministradoras de servicios. Las grandes
tratan de situarse en las redes de poder
internacionales y las pequeñas intentan convertirse en
sus satélites. Por su parte, los servicios generan
multitud de trabajos malpagados y efímeros, con lo que
la joven población trabajadora es obligada a vivir en
zonas alejadas, donde los alquileres o los precios de
los pisos son más asequibles. El centro se vacía y
museifica, llenándose de áreas comerciales, oficinas y
hoteles. La ciudad se orienta hacia el turismo y los
negocios (Valencia tuvo cerca del millón de visitantes
en 2001), mientras que la periferia se rellena y se
expande, vertical y horizontalmente. A pesar de la
apertura de nuevas líneas públicas de transporte, el
vehículo privado es la principal conexión. La
urbanización avanza como una mancha de aceite
consumiendo territorio. Todos los estilos de vida
ligados a una ocupación no capitalista del territorio
desaparecen o están a punto de desaparecer.

Asistimos a una reordenación del territorio a través
de corredores o ejes que unen las áreas
metropolitanas, donde se concentra la actividad
financiera internacional y se ubican los tecnopolos.
Nuevas regiones son definidas en base al potencial
económico de sus metrópolis y la abundancia de
infraestructuras y servicios, como por ejemplo, la
Eurorregión del Arco Mediterráneo, que abarca Aragón,
el País Valencià, Cataluña, las Baleares y el sur de
Francia. Las nuevas batallas políticas tienen como
trasfondo los vuelos transoceánicos, las ampliaciones
de puertos o el TAV, más que las diferencias aducidas
entre “modelos de gestión”. Se trata pues, de una
zonificación de nuevo tipo, de una división del
trabajo a nivel mundial, facilitada por las
telecomunicaciones y las grandes autopistas. Dentro
del mercado global, potentes áreas económicas intentan
constituirse y adquirir una posición privilegiada,
bien sea como mercado de servicios financieros, o bien
como cantera de mano de obra dócil y numerosa. Unas
-las que acaban de llegar- siguen basando su poder en
el producto industrial, mientras que las pujantes lo
hacen en los procesos (transacciones financieras,
promoción publicitaria, venta por teléfono, asesoría,
márketing, elaboración de proyectos, diseño, etc.). La
urbanización total del territorio, o lo que es lo
mismo, su destrucción planificada, es la consecuencia
más directa de la nueva etapa capitalista. El modo de
vida urbano, sin raíces, consumista y depredador, es
ya el único posible.

Desde los años sesenta, momento en que aparecieron el
negocio turístico y la demanda de segundas residencias
anulando el comercio y las industrias locales, el
desplazamiento de la población a la costa ha
experimentado una fuerte aceleración. En 2001 el 60%
de la población vivía en el litoral, que suponía sólo
el 30% del territorio del Estado. Este fenómeno de
relocalización poblacional lleva el nombre de
“litoralización”. Como consecuencia, los municipios
costeros se han colmatado, creándose un continuum
urbano a lo largo de la costa que ahora crece hacia el
interior, arrasando los espacios naturales de la
segunda línea como antes hiciera con los de la
primera. En los últimos diez años, el suelo urbanizado
ha crecido un 60% en el País Valencià (un 77% en la
provincia de Alicante), aunque no en todas partes por
igual: la mitad del crecimiento corresponde a 30 de
los 542 municipios valencianos (los costeros). La
sobreexplotación de la franja marítima ha agotado el
espacio y ha producido por todas partes un paisaje
banal y monocorde, al que los proyectos de “calidad”
no hacen sino añadir una sobrecarga de vulgaridad en
forma de campos de golf, puertos deportivos y
complejos residenciales de “lujo” estándar. Además, la
costa mediterránea y las islas no sólo son un lugar de
ocio veraniego, sino que se han convertido en la
segunda residencia de muchos europeos, generándose una
fuerte demanda de casas para extranjeros y doblándose
las inversiones de fuera en el sector inmobiliario (de
3000 a 6040 millones de euros entre 1999 y 2002). El
fenómeno, sin embargo, no basta para explicar por si
sólo la enorme actividad constructora de los últimos
diez años. El precio del metro cuadrado se duplicó
entre 1997 y 2001. Resulta que comprar vivienda se ha
vuelto una forma de inversión más rentable que la
Bolsa y una salida segura al dinero negro, con lo que
muchas casas se compran no para habitar, sino para
especular y “lavar”. Los bancos hacen su agosto: el
mercado español de renta fija es el segundo de Europa
en cédulas hipotecarias y bonos de titulación, activos
que los bancos utilizan para financiar la compra de
pisos. Además esos activos representan el 56% de todas
las emisiones lanzadas en España. La vivienda es
espacio privado y el espacio, una forma de capital.
Entre 1971 y 2001 el número de pisos en España ha
doblado, llegando a los 21 millones. Cada año se
construyen más de medio millón, y en el 2003 fueron
más de 650.000, lo que equivale a la construcción de
Alemania y Francia para el mismo año. No obstante,
aparte de los especuladores, solamente los compran las
familias con capacidad de endeudamiento, es decir, las
clases medias. La oferta de vivienda protegida es
prácticamente nula y el precio ha crecido 35 veces más
que el salario neto entre 1995 y 2003. Así pues, el
58% de las personas entre 25 y 30 años, y el 25% de
las personas entre 30 y 34 años, todavía no se han
emancipado y viven en casa de sus padres, mientras que
en España hay tres millones de viviendas vacías
(solamente en la isla de Mallorca hay 90.000; en el
País Valencià el 20% de las viviendas están
desocupadas).

La urbanización galopante representa el otro lado de
la desaparición del mundo rural, integrado en la
naturaleza y viviendo de la comercialización de sus
excedentes. La masa forestal de los bosques -que ya no
se trabajan- se ha compactado, multiplicando el
peligro de incendios, los acuíferos se han salinizado
o agotado por sobreexplotación, los pantanos han
secado los ríos, los hábitats litorales y las montañas
han sido destruidas por carreteras y urbanizaciones, y
con ellas los caminos, las acequias, las balsas, los
marjales y las fuentes. El paisaje está salpicado de
grúas y líneas eléctricas. Ya no quedan actividades
tradicionales ligadas a formas de vida no urbana, pero
en cambio, abundan los vertederos y los automóviles.
Hoy la agricultura es un subsector de la industria
agroalimentaria, no dependiendo para nada de los usos
del suelo ni de la gente del lugar; la producción
agrícola sólo depende de la maquinaria y de los
abonos, siendo, como cualquier producción industrial,
gran consumidora de agua y energía y gran engendradora
de residuos contaminantes. La actividad agraria se
concentra en lugares concretos, para la explotación a
gran escala, abandonándose la mayoría del territorio
rural al turismo y a la segunda residencia. Un
ejemplo; en los últimos 13 años la superficie dedicada
a hortalizas ha disminuido el 60% en el País Valencià,
pero no por ello los pueblos rurales han perdido
población, sino que sus habitantes son más numerosos;
sólo que ahora se dedican a la construcción y al
equipamiento. El precio de la naranja lleva años
estabilizado, sucumbiendo los labradores a las
tentadoras ofertas de los compradores de terrenos,
vueltos de la noche a la mañana urbanizables por los
promotores y los concejales. A veces, como ocurre en
la ciudad de Alicante, el alcalde es también un
promotor. Las coronas agrícolas de las ciudades hace
tiempo que sucumbieron y a cada paso conspiran las
hormigoneras, creándose esa clase de riqueza que
engrasa la cuenta de unos centenares de miserables y
degrada la vida de cuantos se ven forzados a
disfrutarla.

Si recordamos que el litoral valenciano ha sido
siempre deficitario en agua, concluiremos que el agua
es un serio obstáculo para el crecimiento urbano
costero. Los intereses turísticos e inmobiliarios
necesitan agua con que regar los campos de golf y las
zonas ajardinadas de las urbanizaciones, agua para
llenar las piscinas y las cisternas, agua corriente
para los miles de pisos que se construyen. No hay
especulación urbanística sin agua, por eso el Plan
Hidrológico Nacional, sea el de los trasvases o el de
las desaladoras, es vital para el desarrollo ilimitado
de la construcción. La solución más acorde con los
tiempos es la de la constitución de un mercado del
agua. El agua es un bien escaso y por eso tiene todo
lo necesario para ser una mercancía. La alternativa al
mercado del agua no puede ser una “nueva cultura del
agua” porque el aprovechamiento racional del agua es
incompatible con la urbanización ilimitada del
territorio. Se nos dirá que la nueva cultura del agua
ha de ir acompañada de una “nueva política del suelo”
o de una “cultura pública del suelo”, o incluso de la
“regulación del sector de la construcción” (como
propone con cierta timidez la Assemblea d’Okupes de
Barcelona), etc. La retórica de la nueva cultura vale
para todo: lo mismo se aplicará a la energía como al
transporte, igual a las basuras que al ocio. Eso no es
más que un eslógan para reivindicar una mayor
presencia de las plataformas ciudadanas o las
asociaciones de vecinos en la administración y un
mayor control estatal y autonómico de los procesos
urbanizadores. Pura cháchara ciudadanista empleada
para enmascarar las verdaderas soluciones. El fallo de
toda esa política consiste en no reconocer que la
urbanización destructiva es la forma lógica con que el
capital modela el planeta. La sociedad urbanizada es
la sociedad capitalista moderna y no puede haber otra.
Si se quiere liberar el territorio, sus habitantes
habrán de librarlo del capitalismo. Cualquier política
que respete al capital, que admita el mercado, se
encamina hacia la gestión más o menos pausada de la
destrucción territorial, no a ponerle fin.

La resistencia a la degradación urbanizadora ha de
levantar miras y apuntar lejos. No solo ha de elaborar
estrategias que paralicen el mercado, sino que ha de
alumbrar modos de vida opuestos al modelo urbano. Se
ha de fomentar la descentralización, el
autoabastecimiento, la autonomía y, por encima de
todo, el ágora, la asamblea. Medidas como por ejemplo,
las ocupaciones, los huertos urbanos, los mercadillos
de trueque, la vuelta al campo, etc., están bien para
empezar, en tanto que expulsan al capital de espacios
usurpados y actividades colonizadas; mejores son la
municipalización, es decir, la propiedad pública del
territorio gestionado en asamblea o la supresión del
transporte privado, aunque a nadie escapan las enormes
dificultades que tendrá su implantación. Sin embargo,
las soluciones “verdes”, “sostenibles” o neoculturales
son mucho menos realistas. Por ese camino seguro que
no se va a conseguir nada; a lo sumo, un sindicalismo
del hábitat practicado por una burocracia
ambientalista institucionalizada encargada de
administrar el territorio fijando las tasas de
degradación permisibles. La libertad no puede
fructificar ni en el territorio urbano
“sostenibilizado” ni en el paisaje protegido, porque
ambos únicamente ofrecen espacio esclavo. Un
paliativo, y, al cabo de cierto tiempo, de vuelta al
principio. Por otra parte, hablar de equilibrio
territorial, o de territorio liberado, no tiene
sentido sino bajo la perspectiva de la
desurbanización. Quien ha de hablar primero ha de ser
la piqueta. El territorio no recuperará su equilibrio
ni la humanidad su sensatez hasta que el último
capitalista sea enterrado en las ruinas de la última
aglomeración urbana. La reapropiación del espacio para
un modo de vida libre y comunitario ha de nacer
inmersos en una gran operación de desmantelamiento, o
no nacerá.

Miguel Amorós
Reelaboración de la conferencia-coloquio del 7 de
abril de 2004 en el centro social La Mistelera de
Dènia (Alacant).
Miguel Amorós: «La urbe totalitaria»
La Haine Lunes,17 de abril de 2006
Por fin en internet este increíble artículo de Miquel
Amorós, que pudimos leer en el último Ekintza Zuzena
(nota de Tortuga)
Miguel Amorós

Los dirigentes democráticos han conseguido por medios
técnicos lo que los regímenes totalitarios lograron
por medios políticos y policiales: la masificación por
el aislamiento total, la movilidad incesante y el
control absoluto. La urbe contemporánea es suavemente
totalitaria porque es la realización de la utopía
nazi-estalinista sin gulags ni ruido de cristales
rotos.

“Nos debemos persuadir de que está en la naturaleza de
lo verdadero salir cuando su tiempo llega, y
manifestarse sólo cuando llega; así, no se manifiesta
demasiado pronto ni encuentra un público inmaduro que
le reciba.” (Hegel, La Fenomenología del Espíritu)
Durante los años noventa se dieron plenamente una
serie de cambios sociales lentamente gestados en
periodos anteriores, cambios que pusieron de relieve
el advenimiento de una nueva época bastante más
inquietante que la precedente. El paso de una economía
basada en la producción a otra asentada en los
servicios, el imperio de las finanzas sobre los
Estados, la desregularización de los mercados
(incluido el del trabajo), la invasión de las nuevas
tecnologías con la subsiguiente artificialización del
entorno vital, el auge de los medios de comunicación
unilateral, la mercantilización y privatización
completas del vivir, el ascenso de formas de control
social totalitarias… son realidades acontecidas bajo
la presión de necesidades nuevas, las que impone el
mundo donde reinan condiciones económicas
globalizadoras. Dichas condiciones pueden reducirse a
tres: la eficacia técnica, la movilidad acelerada y el
perpetuo presente. Lo sorprendente del nuevo orden
creado no es la rapidez de los cambios y la
destrucción de todo lo que se resiste, incluidos modos
de sentir, de pensar o de actuar, sino la ausencia de
oposición significativa. Diríase que son los cambios
constantes quienes han borrado la memoria a la
población obrera e invalidado la experiencia, las
referencias, el criterio y las demás bases de la
objetividad y verdad, impidiendo que los trabajadores
sacasen las conclusiones implícitas en sus derrotas.
Además los cambios han pulverizado a la misma clase
obrera, disolviendo cualquier relación y
convirtiéndola en masa anómica. Lo cierto es que la
adaptación a las exigencias de la globalización
requiere acabar con los mismísimos fundamentos de la
conciencia histórica, con el propio pensamiento de
clase. Para que las masas sean ejecutoras
involuntarias de las leyes del mercado mundial han de
estar atomizadas, en continuo movimiento y sumergidas
en un inacabable presente repleto de novedades
dispuestas ad hoc para ser consumidas en el acto.

Tantos cambios tenían que afectar a las ciudades, que,
gracias a una pérdida imparable de identidad, llevan
camino de convertirse en una versión de una misma y
única urbe, o mejor, en partes de una sola megalópolis
tentacular, un nodo de la red financiera mundial.
Según el dinamismo que presente, aquél puede ser
reorganizado funcionalmente (como en Cataluña),
vaciado (como en Aragón), o colmatado (como en el País
Vasco). En el espacio se juega el mayor envite del
poder, y el nuevo urbanismo, forjado bajo el dominio
de necesidades que ya son universales, es la técnica
idónea para instrumentalizar el espacio, acabando así
tanto con los conflictos presentes como con la memoria
de los combates antiguos. Se está creando un nuevo
modo de vida uniforme, dependiente de artilugios,
vigilado, frenético, dentro de un clima existencial
amorfo, que los dirigentes dicen que es el del futuro.
La nueva economía obliga a nuevas costumbres, a nuevas
maneras de habitar y vivir, incompatibles con la
existencia de ciudades como las de antes y con
habitantes como los de antes. Esa nueva concepción de
la vida basada en el consumo, el movimiento y la
soledad, es decir, en la ausencia total de relaciones
humanas, exige una artificialización higiénica del
espacio a realizar mediante una reestructuración sobre
parámetros técnicos. Lo técnico va siempre por delante
del ideal, a no ser que sea el ideal. Los dirigentes
de cualquier ciudad hablan todos esa lengua de la
innovación tecnoeconómica que no cesa: “una ciudad no
puede parar”, tiene que “reinventarse”, “renovarse”,
“refundarse”, “rejuvenecerse”, etc., para lo que habrá
de “subirse al tren de la modernidad”, “impulsar el
papel de las nuevas tecnologías”, “desarrollar parques
empresariales”, “mejorar la oferta cultural y lúdica”,
“construir nuevos hoteles”, tener una parada del AVE,
levantar “nuevos edificios emblemáticos”, imponer una
movilidad “sostenible” y demás cantinela. Los PGOU
recalificaron terrenos industriales y dieron carta
blanca a la construcción de colmenas en altura.
Después las modificaciones y los planes parciales han
favorecido operaciones especulativas como los
proyectos Forum 2004, Copa América, la Expo 2008, el
IV Centenario del Quijote o las Olimpiadas 2012. Los
pelotazos inmobiliarios que “mueven” la economía y
financian los planes desarrollistas significan una
transferencia enorme de dinero público hacia las
constructoras. Por eso la adjudicación discrecional de
obras públicas es un arma política, pues también sirve
para financiar a los partidos y enriquecer a sus
dirigentes e intermediarios (el 10% de los costes
consiste en sobornos). Los proyectos especulativos
“privados” son al menos tanto o más importantes. El
80% de los ingresos de los ayuntamientos están
relacionados con el mercado inmobiliario, el principal
mercado de capitales del país. Así, pese a que la
población envejece y disminuye, el último año se
construyeron y vendieron 650.000 nuevas casas,
operaciones muchas de ellas relacionadas con el
blanqueo de dinero. El espectáculo de la urbanización
a todo gas va siempre acompañado de la especulación y
la corrupción sin trabas.

La llamada “crisis fiscal del Estado” permitió que en
la explotación de las “potencialidades” urbanas
llevasen la iniciativa los constructores, los
políticos locales y los arquitectos (hacer
arquitectura es meterse de lleno en la política de
transformación totalitaria de las ciudades). Esa
unificación por la base de la clase dominante ha
tenido consecuencias más graves que la corrupción y el
fraude. Los dirigentes se han dado cuenta de que tras
la urbanización depredadora nacía una nueva sociedad
más desequilibrada que comportaba un modo de vida
emocionalmente desestabilizado y un nuevo tipo de
hombre, frágil, narcisista y desarraigado. La
arquitectura y el urbanismo eran las herramientas de
fabricación del cocooning de aquel nuevo tipo,
liberado del trabajo de relacionarse con sus vecinos,
un ciudadano dócil, automovilista y controlable. Como
se trata de un proceso que todavía anda por su primer
estadio y no de una situación acabada, todos los
medios han de ser puestos tras ese único objetivo. La
nueva sociedad no podía desarrollarse, ni en las
ciudades franquistas semicompactas con centros
históricos sin museificar y con barrios populares
todavía en pie, ni en los pueblos rurales con su
agricultura de subsistencia. Sobrevivían lazos de
sociabilidad que aún permitían los fines comunes y la
acción colectiva, reproduciéndose un medio social
extraño a los valores dominantes. Unas estructuras
espaciales al servicio de la circulación económica
eran indispensables para eliminar aquellos lazos,
borrar la memoria del pasado y condensar los nuevos
valores de la dominación. Estas son las conurbaciones,
áreas nacidas de la fusión desordenada de varios
núcleos de población formando aglomerados dependientes
y jerarquizados de dimensiones notables, a los que los
técnicos llaman “sistemas urbanos”. Unos habitantes
separados entre sí, emocionalmente desestabilizados,
necesitaban una especie de inmenso autoservicio
urbano, un frenesí edificado donde todo es movimiento
y consumo; en fin, una urbe fagocitaria descoyuntada
orgánicamente y separada de su entorno, tan
indiferente al abastecimiento del agua y la energía
que consume como al destino de sus basuras y
desperdicios. Los residuos pueden ser fuente de
beneficios, como lo es la escasez del agua y el
transporte de energía (ya existe un mercado de la
contaminación que opera con las emisiones de CO2),
pero sobre todo son fuente de inspiración; lo dice
Frank Gehry, un arquitecto del poder que empezó
construyendo shopping malls. Los ecologistas y los
ciudadanistas aportaron su lenguaje; por eso los
políticos, con la mejor de las intenciones, califican
de “verde” y “sostenible” todo lo que tenga hierba, no
provoque atascos y dé hacia el sol (si fueran grandes
los llamarían “ecomonumentos”). Los arquitectos
elaboraron planes de “rehabilitación” de los centros
degradados basados en la descatalogación del mayor
número posible de edificios y en la peatonalización de
las calles, con vistas a su adaptación al turismo.

Nuevas autopistas, nuevas ampliaciones portuarias y
nuevas pistas de aterrizaje han de situar a la urbe en
el mapa de la “nueva economía”, por lo que todo el
mundo dirigente trabaja a marchas forzadas. Cada año
se construyen en el país veinticuatro catedrales del
relax consumidor, los centros comerciales, visitados
anualmente por más de 23 millones de paisanos. A veces
ocurre que el ciudadano anda un poco rezagado por
culpa de recuerdos del pasado, no tan lejano, y tiene
dificultades en ver el confort y la belleza de las
nuevas “máquinas del vivir” (o “ecopisos”) y de sus
emblemas monumentales. Pero son precisamente esas
formas nuevas, construidas con nuevos materiales en
cuya fabricación puede que no haya “intervenido mano
de obra infantil”, empleando nuevas técnicas que “no
perjudicarán al medio ambiente”, y, eso sí fundadas en
la privatización absoluta, el desplazamiento constante
y la videovigilancia, las que traducen las nuevas
relaciones sociales. El nuevo hábitat ciudadano es una
especie de molde, o mejor, un aparato ortopédico que
sirve para enderezar al nuevo hombre. De forma que,
viviendo en tal medio, el hombre artificial del
presente sea el hombre sin raíces del futuro.

El paradigma del nuevo estilo de vida enlos granjas
de engorde que llaman ciudades es el de los altos
ejecutivos que las vedettes del espectáculo exhiben en
las pantallas. Nada que ver con el viejo estilo
burgués, orientado a la opulencia y el disfrute
exclusivo de minorías. El nuevo estilo no es para
gozar sino para mostrarse. La ciudad es ahora
espectáculo. Eso tiene traducción urbana,
especialmente en los monumentos. Los edificios
monumentales típicamente burgueses se integran en un
entorno clasista, definiendo el sector dominante de la
ciudad. Tanto si son viviendas, como grandes almacenes
o estaciones de ferrocarril, la arquitectura burguesa
trata de ordenar jerárquicamente el entramado urbano
donde se ubican. El arquitecto burgués más bien
“aburguesa” el espacio, no lo anula. Sin embargo no
ocurrió así con la arquitectura franquista de los
sesenta, apoyada en una industria de la construcción
incipiente y en una imponente especulación. Los
edificios franquistas, concebidos no como partes de un
conjunto sino como hecho singular (y singular
negocio), dislocan el espacio urbano, son como objetos
extraños incrustados en barrios ajenos, rompiendo la
trama, hasta el punto que los desorganizan y
desertifican. Son monumentos a la amnesia, no al
recuerdo; a través de ellos la ciudad expulsa su
autenticidad y su historia, y se vuelve transparente y
vulgar. La nueva arquitectura, provista de medios
mucho más poderosos, magnifica esos efectos de
superficialidad y anomia urbicida. Unos cuantos
edificios “de marca” y ya tenemos la identidad de la
ciudad reducida a un logo y más fragmentada que con el
caos automovilista. Fragmentada y llena de turistas.
Heredera de la arquitectura fascista, la nueva
arquitectura ensalza el poder en sí, que hoy es el de
la técnica. Tener estilo particular, lo que se dice
tener, no tiene. Busca disociar geométricamente el
espacio, mecanizar el hábitat, estandarizar la
construcción, imponer el ángulo recto, el cubo de
aire. El modelo son los aeropuertos, por lo que las
nuevas ciudades habrían de ordenarse en función de
aquellos. Serán en el futuro una prolongación del
complejo aeroportuario, cuyo principal ariete es el
AVE. El realismo desencarnado del llamado “estilo
internacional” ha venido a ser el más apropiado, pero
quizás resulte demasiado verídico en estos momentos
del proceso y los dirigentes, pecando de verbalismo
arquitectónico, hayan preferido una arquitectura “de
autor” para los eventos espectaculares que han marcado
los inicios de ambiciosas remodelaciones urbanísticas:
el Guggenheim de Bilbao, la torre Agbar de Barcelona,
la estación de Las Delicias de Zaragoza, el Kursaal de
Donosti, l’Auditori de Valencia… , de los cuales lo
mejor que puede decirse es que cuando ardan resultarán
imponentes. Los políticos y los hombres de negocios
que impulsan los cambios aspiran a que las ciudades se
les parezcan, o que se asemejen a sus ambiciones, por
eso todavía se necesitan edificios extravagantes y
sobre todo gigantescos, susceptibles por sus
dimensiones de traducir la enormidad del poder y la
emoción mercantil que conmueve a los promotores.

Esta voluntad en hallar una expresión mayúscula del
nuevo orden establecido, no deja de lado los aspectos
más espectaculares que mejor pueden redundar en su
beneficio, como por ejemplo el diseño. Estamos en el
periodo romántico del nuevo orden y éste necesita
símbolos arquitectónicos, no para que vivan dentro sus
dirigentes sino para que representen los ideales de la
nueva sociedad globalizada. A través de la
verticalidad y del diseño los dirigentes persiguen no
sólo la explotación máxima del suelo edificable o la
neutralización de la calle, sino la exaltación de
aquellos ideales perfilados por la técnica y las
finanzas.

Las características principales que definen el nuevo
orden urbano son la destrucción del campo, los
cinturones de asfalto, la zonificación extrema, la
suburbanización creciente, la multiplicación de
espacios neutros, la verticalización, el deterioro de
los individuos y la tecnovigilancia. La arquitectura
del bulldozer típica del orden nuevo nace de la
separación entre el lugar y la función, entre la
vivienda y el trabajo, entre el abastecimiento y el
ocio. Derrumbados los restos de la antigua unidad
orgánica, la ciudad pierde sus contornos y el
ciudadano está obligado a recorrer grandes distancias
para realizar cualquier actividad, dependiendo
totalmente del coche y del teléfono móvil. La
circulación es una función separada, autónoma, la más
influyente en la determinación de la nueva morfología
de las ciudades. Las ciudades, habitadas por gente en
movimiento, se consagran al uso generalizado del
automóvil. El coche, antiguo símbolo de standing, es
ahora la prótesis principal que comunica al individuo
con la ciudad. Nótese que la supuesta libertad de
movimientos que debía de proporcionar al usuario, es
en realidad libertad de circular por el territorio de
la mercancía, libertad para cumplir las leyes
dinámicas del mercado. Por decirlo de otro modo, el
automovilista no puede circular en sentido contrario.
El lugar en el escalafón social se descubre en la
correspondiente jerarquización del territorio
producida por la expansión ilimitada de la urbe: los
trabajadores habitan los distritos exteriores y las
primeras o segundas coronas; los pobres precarios o
indocumentados viven en los ghettos; los dirigentes
viven en el centro o en las zonas residenciales de
lujo; la clase media, entre unos y otros. El espacio
urbano abierto va rellenándose con zonas verdes
neutrales y vacíos soleados, mientras la calle
desaparece en tanto que espacio público. El espacio
público en su conjunto se neutraliza al perder su
función de lugar de encuentro y relación (lugar de
libertad), y se transforma en un fondo muerto que
acompaña a la aglomeración y aísla sus partes (lugar
de desconexión). El espacio sólo sirve para contener
una muchedumbre en movimiento dirigido, no para ir
contra corriente o pararse.

Los procesos de dispersión y atomización provocados
por la instalación de la lógica de las máquinas en la
vida cotidiana quedan reflejados en el tratamiento que
la arquitectura moderna inflige a los individuos.
Estos son contemplados como una suma de constantes
sicobiológicas, una especie de entes con virtudes
mecánicas. La casa deja de ser el producto artesanal
con que sueñan los compradores de adosados y pasa a
ser un producto industrial con formas diseñadas
expresamente para embutir a los inquilinos, a los que
previamente se les han simplificado las necesidades:
trabajar, circular, consumir, divertirse, dormir. Ha
de ser completamente cerrada (tendencia a suprimir
balcones, empequeñecer ventanas y blindar puertas) y
equipada con artefactos, para satisfacer tanto la
obsesión de seguridad del habitante atemorizado como
la necesidad de autonomía que exige su intimidad
enfermiza y absorbente. Los aspectos comunitarios de
las viviendas han de ser mínimos de forma que nadie
conozca a nadie y pueda vivir en la mayor privacidad;
las funciones antaño sociales de los vecinos han de
intentar convertirse en funciones técnicas a resolver
individualmente o mediante el recurso a profesionales.
La casa es una celda porque la sociedad se ha vuelto
prisión. Las heridas que la sociedad de masas inflige
al individuo son verdaderos indicadores de la mentira
dominante. La falta de integración del individuo con
el medio es realmente traumática: la pérdida de
referentes comunes, el anonimato y el miedo conducen a
la desestructuración social de las conductas, la
insolidaridad, la neurosis securitaria y los
comportamientos disfuncionales extremos, todo lo cual
abre las puertas a patologías como la obesidad, la
bulimia, la anorexia, las adicciones, el consumo
compulsivo, la hipocondría, el estrés, las
depresiones, los modernos síndromes… Toda la
neurosis del hombre moderno podría resumirse sacando
la media entre los síntomas del hombre encerrado y los
del hombre promiscuo, fan de una estrella del rock o
hincha de un equipo de fútbol. Si a ello añadimos el
deseo de ser eternamente menores de edad engendrado
por el pánico a la vejez y una creciente agresividad
hacia lo distinto, tenemos lo que W. Reich calificó de
peste emocional, la base psicológica de masas del
fascismo. Por otra parte, el cuerpo humano sufre
constantes agresiones en un medio urbano insalubre
donde la contaminación, el ruido y las ondas de
telefonía se asocian con la alimentación industrial y
el consumo de ansiolíticos para causar alergias,
cardiopatías, inmunodeficiencias, diabetes o cáncer,
típicas enfermedades modernas que denuncian el estado
de decadencia física de una población con hábitos de
vida patógenos que ni las dietas televisivas, ni los
ajardinamientos, ni la recogida selectiva de basuras
pueden cambiar. La ciudad nos vuelve a todos a la vez,
enfermos, neuróticos y fascistas.

Los dirigentes democráticos han conseguido por medios
técnicos lo que los regímenes totalitarios lograron
por medios políticos y policiales: la masificación por
el aislamiento total, la movilidad incesante y el
control absoluto. La urbe contemporánea es suavemente
totalitaria porque es la realización de la utopía
nazi-estalinista sin gulags ni ruido de cristales
rotos. Asistimos al fin de las modalidades de control
social propias de la época burguesa clásica. La
familia, la fábrica, y la cárcel eran los medios
disciplinarios susceptibles de integrar o reintegrar a
los individuos en la sociedad de clases; el Estado del
“bienestar” añadiría la escuela, el sindicato y la
asistencia social. En la fase superior de la
dominación en la que nos encontramos el sistema
disciplinario es caro y tenido por ineficaz, dado que
la finalidad ya no es la inserción o la rehabilitación
de la peligrosidad social, sino su neutralización y
contención. Por vez primera, se parte del principio de
la inasimilabilidad de sectores enteros de la
población, los excluidos o autoexcluidos del mercado,
fácilmente identificables como jóvenes,
independentistas, inmigrantes, precarios, mendigos,
toxicómanos, minorías religiosas…, sectores cuyo
potencial riesgo social hay que detectar, aislar y
gestionar. Ya no solamente se persigue la infracción
de la ley, sino la presupuesta voluntad de infringir.
De esta forma el tratamiento de la exclusión social o
de la protesta que genera deja las consideraciones
políticas al margen y se vuelve directamente punitivo.
En último extremo, todo el mundo es un infractor en
potencia. La cuestión social se convierte así en
cuestión criminal, conversión a la que contribuyen una
serie de leyes, reformas o decretos que inculcan o
suspenden derechos y que introducen un estado de
excepción a la carta. Por ejemplo, la creación de la
figura jurídica del “sospechoso” cubrirá legalmente
las listas negras, la prisión sin juicio y la
expulsión arbitraria. Se termina la separación de
poderes, es decir, la independencia formal entre el
gobierno, el parlamento y la judicatura. Entonces se
instaura una guerra civil de baja intensidad que
permite la represión encubierta de la población mal
integrada, o sea, “sospechosa”. Los efectos sobre la
ciudad son importantes puesto que la vigilancia
propiamente carcelaria se extiende por todas sus
calles. Primero son los bancos, centros comerciales,
centros de ocio, edificios administrativos,
estaciones, aeropuertos, etc., quienes ponen en marcha
complejos sistemas de seguridad e identificación e
instalan cámaras de videovigilancia; después, para
impedir robos y sabotajes de empleados, se vigilan los
lugares de trabajo; finalmente, es todo el espacio
urbano el que se somete a la neurosis securitaria. Los
vecinos, estimulados por los consistorios, contribuyen
delatando conductas que consideran incívicas. La
ciudad se acomoda a la cárcel con cualquier pretexto:
los terroristas, los asesinos en serie, los pedófilos,
los delincuentes juveniles, los extranjeros
indocumentados…, incluso los fumadores. Todo es poco
para calmar la histeria ciudadana que los medios de
comunicación han fomentado. Si la familia o el
sindicato entran en crisis como herramienta
disciplinaria, otros instrumentos de contención y
guarda experimentan un auge sin precedentes: el
sistema de enseñanza, el complejo carcelario y el
ghetto. La escolarización extensiva y prolongada es la
mejor manera de localizar y domesticar a la población
juvenil. La proliferación de modalidades de encierro y
de libertad “vigilada” hace lo propio con la población
trasgresora. Por fin, el elevado precio de la vivienda
y el mobbing alejan a la población indeseable de los
escenarios centrales donde rige la tolerancia cero,
para concentrarla en suburbios acotados abandonados a
sí mismos. De todo lo precedente no resultará
aventurado deducir que el orden en las nuevas
metrópolis donde nadie se puede esconder, es un orden
totalitario, fascista.

La lucha por la liberación del espacio es una lucha
frontal contra su privatización y mercantilización,
lucha que transcurre en condiciones, ya lo hemos
dicho, fascistas. Dichas condiciones dejan en
situación muy difícil a los partidarios de la
expropiación y de la gestión colectiva del espacio, y
en cambio favorecen a los que prefieren decorar,
paliar y administrar su degradación. Sin embargo la
reconstrucción de una comunidad libre en un marco de
relaciones fraternales e igualitarias depende
absolutamente de la existencia de circuitos ajenos al
capital y la mercancía, es decir, de un territorio que
se ha de sustraer al mercado donde pueda asentarse y
protegerse la población segregada. Las anteriores
luchas contra el capital han contado siempre con zonas
exteriores y opacas. Ahora no. Por lo tanto, hay que
crearlas, pero no contentarse con eso.