
Texto del libro de Pablo San José «El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla», de Editorial Revolussia.
Ver también:
1ª parte: Precedentes y origen
3ª parte: El sistema neoliberal y la sociedad de consumo
Podríamos hablar de algunas vicisitudes en el proceso evolutivo de los estados de la Edad Moderna y del sistema económico capitalista durante los siglos XVII y XVIII. Pero, al ser de trascendencia menor para lo que tratamos de presentar en este estudio, prefiero pasar a la siguiente fase: el capitalismo tras la Revolución Industrial. Esto nos lleva a conectar con algunas cosas ya dichas en el capítulo anterior.
Las revoluciones agrícola e industrial aceleran el proceso de concentración económica. Ya nos hemos referido al expolio de tierras y expulsión de masa campesina del agro que sucedió en la última fase de lo que Marx llamaba «acumulación original». Si el sistema mercantilista ya venía permitiendo cierta acumulación de dinero mediante los beneficios de las transacciones y los intereses crediticios, esta apropiación a gran escala del medio de producción agrícola y forestal va a poner en manos de la clase emprendedora el capital necesario para crear, prácticamente de la nada, una sociedad industrial. Como decíamos arriba, el cambio de modelo es de gran calado. La economía capitalista ya no estará basada en la ganancia comercial sino en la capacidad de producir bienes de consumo y venderlos a precios competitivos. El sistema de fabricación, con ayuda de las nuevas máquinas, será de grandes proporciones, y precisará inéditos sistemas de venta masiva. Una vez más se va a recurrir al término «mercado» (10) para denominar a los grandes grupos humanos dotados, de una manera o de otra, del suficiente poder adquisitivo, imprescindibles para absorber y consumir los productos industriales. Para realizar esta transición entre modelos económicos, que durará medio siglo, o algo más, en los estados que van en vanguardia, habrá que poner a la sociedad patas arriba, especialmente a sus sectores más vulnerables. Ya hemos hablado de las duras condiciones del proletariado en la primera mitad del siglo XIX. También de cómo esa situación comenzó a cambiar lentamente hacia mediados de la centuria, una vez la transición había concluido.
Un cambio muy importante es que ya no es el estado, a diferencia de los siglos precedentes, quien gestiona la economía y acapara la parte principal de los recursos. El, cada vez más, mundializado flujo comercial había hecho crecer y enriquecerse a una clase de comerciantes: la burguesía. En tiempos de las desamortizaciones y actas de cercamiento, aunque sea el poder estatal quien regule el formato legal del expolio, serán esos agentes privados, previamente enriquecidos, quienes finalmente se hagan con la propiedad rural expropiada, la cual comprenden como una más de sus inversiones. Y de hecho, como podrá verse poco después, resulta ser una inversión más que rentable, lo cual fortalecerá aún más a esta clase empresarial frente al poder político afincado en la institución estatal, detentado por las élites nobiliarias tradicionales, y la constituirá en un contrapoder. Se da así el inhabitual caso que, por otra parte, tampoco es nuevo en la historia, de dos grupos enfrentados por la hegemonía en el corazón de un mismo sistema de poder altamente concentrado. Esta situación paradójica —dialéctica diría Marx— desemboca en un conflicto abierto entre los dos grupos, o clases, que se disputan el poder. 1789 es el pistoletazo de salida. Hemos resumido la historia de las revoluciones liberales posteriores, y explicado cómo el llamado «tercer estado», la burguesía, terminaría desalojando a la nobleza de las instituciones políticas, volviendo a unificar los dos poderes, tal como exige la lógica mecánica del modelo de concentración-expansión que venimos estudiando.
Entre las transformaciones principales que se inician en este periodo podemos hablar del trasvase poblacional desde el mundo rural a la ciudad. La Revolución Industrial dobla el brazo definitivamente a lo que venía siendo un abrumador predominio del medio rural sobre el urbano.
El llamado «éxodo rural» sucederá ininterrumpidamente hasta finales del siglo XX en los países más desarrollados y tenderá a despoblar el campo. Durante este momento del capitalismo las ciudades crecerán de forma incesante, impulsadas también por un aumento demográfico de carácter general cuyas causas no me voy a detener a examinar aquí. La implantación de industrias y el incremento poblacional obligarán a las ciudades a expandir sus límites físicos, derribando viejas y ya innecesarias murallas, y creando nuevos barrios. Cuando tales barrios se erijan para la nueva clase burguesa se seguirán criterios de orden, funcionalidad y elegancia. Son los llamados «ensanches», que aún podemos recorrer en casi todas las capitales. Como siempre fue característico de todo poder, estos espacios públicos y los edificios particulares que en ellos se radican, tratarán de demostrar la fortaleza de la nueva clase dirigente, mediante la grandiosidad y la ostentación del lujo. Así, el urbanismo y la arquitectura se convierten en escaparate de los nuevos movimientos artísticos, nuevamente adscritos a la élite, como no podía ser menos. La otra cara de la moneda del ensanche será el «suburbio», espacio que la ciudad concede para que se asiente la masa proletaria que ha afluido a ella para ser explotada en la industria. Estos barrios, que ocuparán sistemáticamente los peores lugares de la ciudad, los menos accesibles o más insalubres, se caracterizarán por la falta de planificación urbanística y por su abandono en cuanto a todo tipo de servicios básicos. La vivienda tendrá a menudo un carácter escaso, dando lugar al hacinamiento, e inhabitable —la infravivienda—.
El modelo de esta fase recibirá el nombre de «capitalismo industrial». Su principal característica, como decía, es la de poner el acento en el factor productivo. Pero también, y se iniciará entonces un debate político al respecto que llega a nuestros días, la de negar la intervención estatal en la economía. Acaso, se me ocurre, por desarrollarse en coincidencia temporal con la pugna entre la clase aristocrática parapetada en el poder político y la clase burguesa, dueña del poder económico. Los empresarios capitalistas, en estos tiempos en que son ajenos a las instituciones del estado, preferirán que sea la ley de la oferta y la demanda, y no el arbitraje gubernamental, quien regule la competencia, que así será bautizada como «libre». Lo mismo que el mercado. La marea ideológica del momento, moderna, utilitarista, liberal…, permitirá que se declare sin ambages ni escrúpulos de tipo moral o religioso, que el fin de la actividad económica no es otro que la obtención del máximo beneficio posible. Que, de hecho, es bueno y necesario que tal cosa sea así. En el desarrollo práctico de este modelo jugarán un papel principal las sociedades anónimas como estructura empresarial. También la banca y la bolsa de valores, como herramientas capaces de dotar al sistema de versatilidad, impersonalidad y dinamismo. Como puede apreciarse, asistimos al momento en que los principios del liberalismo son aplicados —también— al funcionamiento de la economía.
La siguiente etapa del modelo económico es la del «capitalismo financiero». Comienza en el último cuarto del siglo XIX y se extiende hasta la actualidad. Algunos autores prefieren definir una cuarta etapa, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, a la que llaman «capitalismo tecnológico». Trataré de definir los principales rasgos de todo ello en esta secuencia interpretativa del capitalismo que vengo intentando.
Tres son las características que definen el nuevo periodo: monopolios, centralidad de los bancos, y la economía de especulación, y exportación de capitales. Más tarde entrará en juego un nuevo factor: la revolución tecnológica.
La implantación masiva de la industria y el crecimiento de la economía productiva había provocado una enorme acumulación de capital en el Occidente industrializado. Recordemos que Lenin hablaba de este excedente económico como causa del soborno a la «aristocracia obrera». Gran parte de este dinero se colocará en el mercado bursátil y en inversiones de carácter financiero a través de la banca. Recordemos, asimismo, que un banco es una sociedad que se dedica a invertir el dinero de sus depositantes, tanto en créditos a terceros con interés, como en la participación en sociedades anónimas, también en búsqueda de beneficio (en forma de dividendos, o de especulación en bolsa, mediante el incremento del valor de las acciones). Paulatinamente, las instituciones bancarias, participadas por los grandes industriales, van a ir creciendo y van a ser dueñas de cada vez mayor porcentaje accionarial de la industria, hasta alcanzar un momento en el que el capital industrial y el bancario sean prácticamente indistinguibles. Toda la economía se irá haciendo dependiente del crédito bancario, sin el cual no es posible la inversión y la expansión de los negocios.
Esa «bancarización» de la economía irá ampliándose a cada vez mayores esferas, llegando a invadir, en las postrimerías del proceso, la vida de hasta el último súbdito. Pensemos en las actuales domiciliaciones de nóminas, recibos, pagos con tarjeta o con el móvil, cargo de impuestos u obtención de créditos hipotecarios. Las empresas, e incluso los estados, se acostumbran a vivir permanentemente dependientes de una financiación que, en caso de ser bruscamente interrumpida, les llevaría a la suspensión de pagos y a la quiebra. Ocurre lo mismo en sentido contrario, cuando el volumen de créditos impagados se vuelve insostenible. Recientemente hemos asistido a más de un rescate de bancos por parte de los estados y de instituciones supranacionales creadas en prevención de estas situaciones. Como puede observarse, esta dependencia del sistema económico con respecto al capital fiduciario (el crédito) genera un delicado juego de malabares en el que hay muchos factores que pueden desequilibrar el andamiaje y provocar impredecibles reacciones en cadena. El caso más sonado fue la llamada crisis de 1929.
Por si fuera poco, la irrupción del mercado de valores, la bolsa, va a suponer el desarrollo de una economía paralela, la financiera-especulativa; a la postre tan determinante como la real-productiva. El valor de las empresas, según este nuevo orden, no se mide en función de su cuenta de resultados, del balance de su explotación industrial, agrícola, pesquera, de transportes… Ni siquiera por sus bienes patrimoniales. Se estima en función de lo que los inversores están dispuestos a pagar en cada momento por sus acciones. Como los jugadores de fútbol actuales. Este precio puede fluctuar indefinidamente al alza o puede derrumbarse estrepitosamente, llegando incluso a arrastrar a la quiebra a la empresa concernida. Que tal cosa suceda tiene que ver con circunstancias objetivas y de contexto que afectan al negocio y a su balance contable, pero también con factores psicológicos de optimismo y esperanza, temor e incertidumbre. «Pánico bursátil» es el término que se suele utilizar en estos últimos casos. Así, mediante la posesión de acciones, bonos de inversión y papeles (hoy anotaciones en sistemas informáticos) semejantes, alguien puede ser poseedor de una incomparable fortuna sin relación alguna con el menor factor productivo o bien raíz. Recordemos al personaje interpretado por Richard Gere en «Pretty Woman», entre otras muchas películas de Hollywood que se inspiran en esta temática. Subir a esta torre, a medio camino entre lo imaginario y lo real, y contemplar allá abajo, allá lejos, la simplicidad del tipo de economía autárquica de la que hablábamos líneas arriba, da vértigo. De hecho, la altura de los rascacielos de Manhattan y el resto de centros financieros mundiales tiene mucho que ver con la intención de proyectar hacia la sociedad esta idea de sublime intangibilidad. Recurso, por otra parte, que ya se venía utilizando desde la época de los faraones.
La siguiente característica del capitalismo moderno es el monopolio. Éste no es otra cosa que una paulatina concentración de la propiedad en cada vez menos titulares. Consecuencia lógica, mecánica, del proceso global que venimos estudiando. Tal como ocurría con las sociedades de la antigüedad, la competencia entre diferentes entes que se reparten un mismo espacio da lugar a que aquellos que crezcan a un ritmo menor, o no lo hagan en absoluto, sean fagocitados por sus compañeros de viaje. La abundancia de beneficios a finales del siglo XIX y principios del XX provocó un crecimiento incesante del volumen de negocios, generando una feroz competencia por los mismos recursos: materias primas y mercados. También por el control del capital financiero. Así, algunas empresas se fusionan para poder optar juntas a mayores ventajas competitivas. O, simplemente, las más poderosas van adsorbiendo a sus competidoras más pequeñas. Este proceso, iniciado en el sector bancario y continuado en el resto, desemboca en un mercado mundial en el que el factor competencia queda reducido a la pugna entre grandes monopolios que acaparan los principales sectores económicos. Es la principal característica del monopolio: su posición dominante en una rama concreta de la economía. Obviamente, el control de la oferta que ello supone se traduce en la posibilidad de poder imponer precios —dentro de unos límites— (11) a los consumidores. Este proceso de concentración, que estaba alumbrando la existencia de poderosos cárteles y trusts (12), ya en sus inicios, alarmó al propio poder político y económico burgués. Era evidente la contradicción que generaba a los principios del libre mercado. Concretamente a la norma según la cual éste se autorregula mediante la competencia y la ley de la oferta y la demanda. Así, comienzan a implantarse algunas legislaciones estatales que regulan, e incluso prohíben, ciertas prácticas de tipo monopolista. El poder político está de regreso a la economía. Ahora, con el beneplácito de la clase burguesa que solo unas décadas atrás lo negaba taxativamente. A partir de este momento vamos a ver, cada vez más, a los gobiernos estatales actuando en diversos frentes, en defensa de los grandes poderes económicos radicados dentro de sus fronteras, a su vez enfrentados con las compañías y bancos de los estados vecinos en el reparto del pastel planetario. Así, asistiremos a la carrera por completar los respectivos imperios coloniales o al estallido de un conflicto bélico de proporciones nunca vistas: la Primera Guerra Mundial, la cual, como es sabido, fue causada principalmente por una colisión entre economías «nacionales» en expansión.
Las cortapisas legales que trataban de evitar, o minimizar, la formación de monopolios quizá lograron que el proceso de concentración económica no llegase a sus máximas consecuencias: el monopolio puro (cosa que sí llegó a darse en la URSS y sus estados satélites). Pero en modo alguno evitaron el predominio de los monopolios en la economía. Puede decirse, de hecho, que hoy los monopolios, por mucho que se evite el término, controlan cualquier rama de la misma. En forma de oligopolio o consorcio; caso, por ejemplo, de las empresas suministradoras de combustible y energía eléctrica. O de multinacionales que han absorbido prácticamente todo su sector: como grandes empresas de la alimentación, la farmacia o la ropa sobradamente conocidas. A pesar de existir un enorme número de mercantiles, la proporción del sector no monopolizado —los llamados «outsiders»— en el total del volumen de negocio es mínimo. Podría decirse que la verdadera libre competencia juega un papel irrisorio en la actual economía capitalista, la cual se encuentra dominada en todo por las empresas monopolistas. Éstas controlan la investigación tecnológica, la extracción y los flujos de materias primas y hasta la voluntad de los consumidores, obtenida mediante su abrumadora superioridad a la hora de publicitarse. En perfecto maridaje con el poder político —recordemos, por ejemplo, las llamadas puertas giratorias—, una y otra vez consiguen de éste posiciones favorables: contratas, legislaciones, política exterior, encubrimientos, zancadillas a la pequeña empresa… En tales condiciones resulta más que difícil la competencia, y las empresas de menor tamaño que desarrollan su negocio en el mismo sector que los grandes gigantes, paulatinamente se ven obligadas a cerrar, a ser absorbidas o a continuar su explotación siendo un mero apéndice de las multinacionales; trabajando para ellas según sus condiciones, perfectamente aisladas del mercado y los consumidores. Véase el ejemplo actual de las marcas blancas. En el momento actual asistimos a la última vuelta de tuerca para monopolizar la economía: el comercio por internet. El hábito artificialmente inducido a la población para que haga sus compras desde casa empleando las últimas novedades cibernéticas, inevitablemente, contribuye a la concentración de las ventas en cada vez menos «grandes gigantes» de la red, al tiempo que el pequeño comercio local —real y no virtual— paulatinamente se ve obligado a ir cerrando sus puertas. La gradual eliminación del dinero físico y su sustitución obligada por novedosas formas telemáticas de pago —además de constituirse en un formidable sistema de controlar la esfera íntima de las personas por parte de bancos y gobiernos— navega en el mismo sentido. La novela «La Caverna», de Saramago, con lenguaje literario, apunta la inquietante deriva distópica que se desprende de todo esto.
Como se ha nombrado ya más de una vez en este capítulo, a las grandes familias capitalistas que controlaban la economía entre fines del siglo XIX y principios del XX se les caía el dinero de las manos. La aplicación de mejoras técnicas a la industria y los transportes de la llamada «segunda revolución industrial» (la máquina de vapor a la navegación, mejoras en la fundición…) había permitido una expansión, tanto de la producción como de los mercados. A su vez, el consiguiente proceso de fusión de capital bancario e industrial y la progresiva concentración empresarial en pocos monopolios, había posibilitado una acumulación de capital en pocas manos sin precedentes. Después de gastar parte de esos ahorros en sobornar a líderes políticos y sindicales, en mejorar un poco las condiciones de los trabajadores para tenerlos más contentos o, al menos, no tan enfadados, y en construirse mansiones dignas de Luis XV e hipódromos y casinos, aún les seguía sobrando dinero. ¿Qué hacer con él? Pues lo que sabían: reinvertirlo. Hacer más grandes las fábricas o construir otras nuevas, poner más navíos a surcar los océanos, fundar nuevos bancos y compañías de seguros, ensanchar los almacenes… El problema que encontraron es que sus propios mercados, sometidos a fuerte competencia, venían estando saturados. Así que decidieron emplear el dinero en la implantación de fábricas y otros negocios en las propias colonias. El objetivo era vender in situ lo allí fabricado y, más tarde, aprovechando los menores costes productivos, exportarlo con beneficio a los países industrializados. A este fenómeno se le denomina «exportación de capitales» (13).
Así, se introduce un cambio de gran entidad en la relación económica entre los países occidentales y sus colonias, la cual ya no solo se va a fundamentar en el tráfico de materias primas a cambio de productos manufacturados, propio de las etapas anteriores. Esta estrategia, además de sortear el problema de la escasez de mercado en la metrópoli, añadía la ventaja de que los costes de producción podían abaratarse sensiblemente; por estar las nuevas industrias en el mismo lugar de obtención de las materias primas que precisaban, pero, especialmente, por el muy inferior coste de la mano de obra. A cambio, sobre todo cuando esta economía colonial se convirtió en exportadora hacia Occidente, se necesitaba solvencia y costes bajos en el transporte intercontinental. Cosa que cada vez se daba más, gracias a los avances de la ingeniería. En contrapartida, invertir en estos lugares suponía ciertos riesgos, especialmente si no se daba un control político efectivo de los mismos. Así, los capitalistas presionarán a sus respectivos gobiernos para garantizar sus negocios y el cobro de sus beneficios (y para asegurarse el acceso a las grandes cantidades de materias primas que reclamaban sus industrias), obligándoles a mayor inversión en la administración y control militar de los territorios donde se hacen las inversiones: esto es, una profundización del sistema colonial.
En tal contexto, se dará una auténtica carrera entre los diversos estados capitalistas por el control de territorios de ultramar en los que puedan expandirse sus empresas monopolísticas. Es la época del «imperialismo», «fase superior del capitalismo», según Lenin. El mundo queda repartido entre un selecto grupo de países capitalistas, que compiten entre sí por explotar colonias y semicolonias. En dicha competición algunos países, colonizadores históricos, llevaban ventaja y cerraban el paso a las nuevas potencias industriales —caso de Alemania— que precisaban esos espacios para seguir creciendo. Este hecho generó las lógicas tensiones que, trasladadas una vez más a las relaciones entre estados, desembocaron en el conflicto bélico, «la continuación de la política por otros medios», según cita del teórico del belicismo Carl von Clausewitz. Jean Touchard, en su «Historia de las ideas políticas», citando al economista británico coetáneo John A. Hobson, dice que «el imperialismo es el esfuerzo de los grandes amos de la industria para facilitar la salida de su excedente de riquezas, tratando de vender o de colocar en el extranjero las mercancías o los capitales que el mercado interior no puede absorber; por consiguiente, los principales responsables de las guerras son los financieros, siendo el mejor medio de luchar contra la guerra el modificar la distribución del poder adquisitivo y el ofrecer posibilidades de inversión en el interior de las fronteras; para conseguirlo hay que sustituir a los actuales oligarcas financieros por un gobierno nacional y democrático. Tal es la tesis mantenida en 1902 por Hobson en su libro Imperialism, a study.»
En la nueva situación, el estatus económico de la colonia o del estado semicolonial (como las nuevas repúblicas americanas o algunas monarquías asiáticas nominalmente independientes) mantiene la relación de subordinación con respecto a los países colonizadores. Siguen siendo productores y exportadores natos de materias primas y productos agropecuarios. Ahora se añade que también fabrican y exportan manufacturas. En tanto mercado, son lo que se conoce como «mercados cautivos»: solo pueden consumir aquello que les vende la metrópoli, la cual impide, valiéndose de diversas fórmulas, que pueda darse un desarrollo industrial autóctono. En algunos casos se imponen los llamados «monopolios estatales»; la prohibición expresa de producir o comerciar libremente con determinados productos «estancados»: tabaco, sal, pólvora, acuñación de moneda… (más tarde telégrafo, teléfono, radio, etc.).
Tal como ocurría en el periodo del capitalismo industrial en Occidente, la producción fabril realizada en las colonias a tan bajo coste, unida a la antigua exportación de productos primarios, la cual seguía en vigor, no podía dejar de producir unos réditos económicos formidables. Sin embargo este capital no se queda en la colonia y es reinvertido en ella, sino que se repatría a la metrópoli (o se sigue invirtiendo en el país colonizado, pero siempre bajo propiedad de los capitalistas occidentales). La situación de dependencia económica no solo se mantiene, sino que tiende a incrementarse. Más cuando la economía se va haciendo global, no dejando apenas espacio a sistemas no integrados plenamente en ella.
Tras la Segunda Guerra Mundial, las regiones que estaban comprendidas en los diversos imperios coloniales alcanzan su independencia formal. Ello dará lugar a la fundación de decenas de nuevos estados, diseñados todos ellos según el patrón occidental. Algunos analistas de la época venían haciendo cálculos, y no estaba tan claro que los beneficios obtenidos de las colonias superasen los costes en administración y ocupación. Gastos que se multiplicaban de año en año al desarrollarse élites locales, cada vez más occidentalizadas, influidas por las ideologías nacionalistas que campaban por todo el mundo, deseosas de sacudirse la dominación extranjera. Así, las potencias europeas desmantelarán sus gobiernos y su ocupación, otorgando la independencia política a sus colonias. Política, que no económica. Los antiguos amos, antes de irse, se aseguran de que los nuevos sillones presidenciales y ministeriales van a estar ocupados por personas afines, cuando no directamente a sueldo de las grandes compañías occidentales que van a seguir presentes en el país.
La historia de la gobernación de estos nuevos países (incluyendo los estados latinoamericanos que eran políticamente independientes desde hacía más de un siglo), el llamado tercer mundo o «mundo empobrecido», como es más cabal nombrarlo, está salpicada de golpes de estado, asesinatos, guerras y de intervención militar occidental (14). En todos los casos se pretende que el gobierno de cada estado esté detentado por el grupo más afín a los intereses económicos neocoloniales. A poder ser, en forma de dictadura militar o de parlamentarismo adulterado, sistemas que proporcionan mayor estabilidad. En algunos casos, como, por ejemplo, la guerra de los Grandes Lagos en África, un conflicto con décadas de desarrollo y millones de víctimas causadas, poner y quitar presidentes y ubicar facciones armadas sobre el terreno, responde únicamente al interés de diferentes actores occidentales que están en pugna entre sí por el control de un territorio especialmente bien dotado en cuanto a materias primas.
A este mecanismo de, podría decirse, control remoto del centro político de estos estados, se añaden otros métodos de dominio de carácter económico. Por ejemplo el sistema arancelario. Cualquier industria autóctona de los países del mundo empobrecido —imaginemos, por ejemplo, la fabricación de refrescos de nuez de cola—, tendrá que hacer frente a fuertes pagos fronterizos si desea exportar a los mercados de Occidente y competir con los productos de allí. El arancel hace que ello no sea rentable y que su producción solo pueda enfocarse al mercado interno. En él deberá competir —incluso a nivel publicitario— con los productos fabricados in situ por las compañías occidentales o importados sin que los respectivos gobiernos, en el caso improbable de estar libres de corrupción y desear actuar de ese modo, puedan aplicarles aranceles equivalentes a los que se utilizan en el mundo rico, por miedo a represalias comerciales en forma de embargos y restricción del crédito.
Porque esa es otra. Tras la independencia se le creó un nuevo formato a la exportación de capitales: el préstamo de dinero a los nuevos estados. Poner en pie las estructuras de una nación, por muy tercermundista que sea, valga la expresión, necesita financiación. Así, los nuevos países nacieron ya empeñados. Deudores de la banca occidental e incluso de los gobiernos de los países desarrollados, también metidos a prestamistas. Posteriormente, de instituciones internacionales fundadas por los países ricos para coordinar mejor el expolio: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, etc. Los intereses, desde el principio, fueron leoninos. Los nuevos gobiernos no tenían otra que aceptar: países descapitalizados en virtud de los mecanismos antes expuestos, pronto se encontraron en una situación de fuerte dependencia económica para hacer funcionar mínimamente sus instituciones y desarrollar algún tipo de infraestructura. La llamada «deuda externa» devino rápidamente un diabólico mecanismo según el cual cualquier tipo de ingreso que pudieran tener esos estados, estaba poco menos que embargado, no ya para devolver los préstamos, sino, simplemente, para amortizar los intereses de los créditos. No me parece exagerado utilizar el término «vampirismo» para valorar las relaciones económicas entre estos países y el mundo rico. Hemos explicado cómo las empresas monopolistas exprimen aquellas economías y crean un flujo sistemático de riqueza hacia Occidente. Si añadimos que también los gobiernos de los países ricos y las instituciones internacionales por ellos gestionadas tienen puesto en marcha un mecanismo de usura para recaudar aún más recursos, podemos decir, alto y claro, que la población expoliada del Sur es la que paga con su pobreza, tanto el lujo de las grandes fortunas, como el propio estado de bienestar del Norte.
Notas
10- «Mercado» procede del latín mercatus, que se refería a «comercio», el cual a su vez derivaba del verbo mercari, «comprar». La raíz de estas palabras y otras relacionadas es merx (genitivo mercis) que, según mi filólogo de cabecera, el profesor Biosca, significa «producto»; cosa que se compra y que se vende. Curiosamente, y es de creer que alguna relación tiene, Mercurio (su equivalente griego es Hermes) es el dios romano del comercio. Me resulta curiosa esta última relación fonética (o semántica, como se quiera), que se correspondería con un deseo de los romanos de sacralizar la actividad comercial. Como hacían con la mayoría de cosas importantes para su cultura que, como es sabido, era politeísta. Pero lo gracioso —o no— del asunto es que esa sacralidad ha pasado al capitalismo, el cual tiene al «mercado», mejor cuanto más abstractamente se defina, como una suerte de divinidad trascendental capaz de proveer a la humanidad de bienestar y riqueza; la «bendición» o «gracia» que hoy se anhela.
11- Como es natural, el límite máximo lo fija la capacidad adquisitiva de los consumidores. Pero lo habitual es que los precios fluctúen en bandas no tan altas dependiendo del nivel de necesidad del producto puesto a la venta (no es lo mismo un objeto de primera necesidad, que algo prescindible) y del grado monopolístico alcanzado por la empresa vendedora. En esta ecuación suele participar también el poder político cuando no está completamente sobornado: limitando precios, promoviendo competencia o subvencionando productos (el recibo de la luz, por ejemplo).
12- El cártel es una unión temporal de empresas con propietarios distintos pero que trabajan en el mismo sector. Pactando una alianza entre ellas persiguen poner en desventaja a la competencia, controlar los precios o ambas cosas. A menudo su estrategia se basa en regular la oferta, disminuyéndola en relación a la demanda para que el precio aumente. El ejemplo más característico es la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Por su parte el trust es la forma empresarial más cercana al monopolio. Se conforma cuando diferentes entidades que, entre todas, tienen más o menos copado un sector, se unifican en una sola gran empresa, desapareciendo así la competencia. El ejemplo histórico que siempre se pone es el de la estadounidense Standard Oil Trust, que en 1882 logró absorber a la mayoría de sus rivales. Existe también el holding, que viene a ser una unión bajo la misma propiedad de empresas que trabajan en sectores diferentes. A menudo la empresa matriz no posee completamente a las subordinadas, sino sólo parte de su accionariado. El sentido del holding no es tanto el control monopolísitico de un sector, como el contar con una buena base para la especulación financiera. En España fue famoso el holding Rumasa, y luego Nueva Rumasa, de la familia jerezana Ruíz Mateos.
13- La exportación de capitales, ya desde sus inicios y en una dinámica que llega a la actualidad, no se circunscribió a las colonias. El mundo colonial era inestable; siempre amenazado por revueltas y sediciones y por otros factores que podían detener o condicionar la producción. A día de hoy, invertir en el tercer mundo, a pesar de la gran oportunidad de negocio por la reducción de los costes, sigue siendo arriesgado. Un cambio radical de gobierno, por ejemplo, puede suponer la expiración de una concesión o del favor gubernamental, o un gravoso impago. Muchos capitalistas de los países económicamente más avanzados, prudentes ellos, prefirieron exportar sus capitales a otros países, también desarrollados, en los que, al ser los costes de producción inferiores a los de su país de origen, también era posible la obtención de beneficios. Menos cuantiosos pero más garantizados. Como los bonos del estado. A día de hoy este tipo de negocio —llamado «inversión extranjera»— supone mayor flujo económico que el realizado en países subdesarrollados. Por ejemplo, EEUU tradicionalmente ha invertido mucho en Europa, y así es fácil ver factorías de Coca Cola o de la Ford aquí y allá. O Mcdonals, por nombrar los principales iconos del capitalismo yanki. Similar política han seguido Japón, los países petroleros del golfo (resulta curioso ver a los jeques árabes comprando, entre otros, equipos de fútbol europeos) y, últimamente, algunas economías emergentes, Rusia por ejemplo.
14- Se podrían escribir muchos libros —y de hecho los hay— para describir las innumerables ocasiones en las que los países occidentales han interferido, con todo tipo de medios, en la gobernación de estos estados. EEUU, por ejemplo, no ha hecho otra cosa que actuar directa o indirectamente en lo que se da en llamar «su patio trastero», es decir América Latina, desde que el presidente James Monroe impulsara en 1823 la doctrina de su nombre que autofaculta a EEUU a intervenir militarmente en cualquier punto del continente. Algunos países, como Nicaragua, República Dominicana o Panamá han sido recurrentemente invadidos. Cuba también (y ahí está Guantánamo). De igual modo Haití o México. También han sufrido agresiones Honduras, Guatemala, Bolivia o la isla de Granada. Por otra parte está el apoyo, disimulado o indisimulado, a cambios de gobierno como el derrocamiento de Allende en Chile, la colaboración en el establecimiento y pervivencia de las dictaduras uruguaya y argentina, financiación de guerrillas anticomunistas como «la contra» en Nicaragua, participación militar en el conflicto colombiano (el llamado Plan Colombia), apoyo a grupos paramilitares en este mismo país o, por ejemplo, en El Salvador, o intentos más recientes de desestabilizar Venezuela.
En África la intervención occidental es mayor si cabe. Los países más empobrecidos, en la parte central del continente, viven en perpetua inestabilidad inducida exteriormente. Cualquier dirigente político díscolo con los intereses occidentales es rápidamente derrocado (como el costamarfileño Laurent Gbagbo en 2011), cuando no asesinado (como, por ejemplo, el congoleño Patrice Lumumba en 1961 o los presidentes de Ruanda y Burundi, Juvénal Habyarimana y Cyprien Ntaryamira, muertos en 1994 cuando un misil alcanzó el avión en que viajaban juntos). Feroces dictadores complacientes con Occidente como Kagame en Ruanda u Obiang en Guinea Ecuatorial ven pasar las décadas en el poder sin mayores problemas. En los últimos años hemos asistido al asalto militar a la Libia de Gadafi o a la invasión, liderada por Francia, de Mali.
En el continente asiático la injerencia de los países primermundistas en los nuevos estados independientes ha sido menor, salvo el caso de la Indochina ex-francesa, escenario de sangrientos conflictos entre los que destaca la guerra de Vietnam. Aunque no ha de olvidarse Próximo Oriente, tablero de ajedrez en el que se libra la batalla por el control de los hidrocarburos desde hace más de medio siglo. Allí la guerra y el atentado terrorista, tristemente, se han convertido en algo cotidiano.