Estoy en contra de la escolarización obligatoria. Por supuesto que no estoy en contra de la educación, ni siquiera de la escolarización, sino en contra de que esa escolarización sea obligatoria; al menos en este país y en este momento. Sobre todo cuando los niños hayan cumplido trece años, es decir, cuando ya tienen sobrada capacidad de elegir y discrepar. En mi opinión, se les podrá amarrar a galeras pero jamás se les podrá educar, ni siquiera instruir, por la fuerza.

No dudo de que en su momento esa obligatoriedad haya nacido del propósito laudable de nivelar el desequilibrio entre estamentos sociales distanciados. Pero hoy por hoy no está cumpliendo esa función sino la contraria. Si la sociedad ha cambiado, decisiones sociales que tuvieron determinado sentido en su momento pudieran estar arrastrando otro muy diferente.

Nuestra sociedad es de lo más exagerado en desniveles económicos. Más que nunca se hace necesario tener en cuenta ese desnivel. El afán académico de homogeneizar se ha vuelto perjudicial para todos. No se me entienda que esté abogando por aflojar la determinación de que todos los niños tengan idénticas posibilidades de acceder a un aula. Pero las circunstancias concretas de cada caso debieran determinar el cómo y cuándo hacer uso de esas posibilidades.

Reconozcamos la necesidad y urgencia de prepararse para la vida, no la obligatoriedad de asistir a clase cuando lo que allí te imparten no está resolviendo lo que te urge y necesitas. Demasiados niños hay que pierden años y más años sin aprovechamiento, sintiéndose cada vez más desvalorizados y estigmatizados y viendo cómo se consume su deseo de sentirse útiles.

Dedicado cuarenta años a la educación, excuso advertir que no es que ahora me seduzca la idea de ver a los muchachos descuidados en la calle, pero esta obviedad tampoco debiera cegarnos sobre el hecho de que aún hay cosas peores que el que se encuentren arrojados en la calzada.

Mal que nos pese, cuando un chaval vive desde los siete años en la calle, a los diez ya tiene claro con qué medios ha logrado sobrevivir, a los trece va encontrando la manera de seguir consiguiéndolo, y cuando llega a los dieciocho, para bien y para mal, ya es un veterano que domina el terreno en que se mueve. Cuando al contrario un chaval vive recogido pero sin conseguir ningún resultado, tomando la sopa boba que le dan para ir reprimiendo su propio instinto de buscavidas y marcándole las pautas para ahorrarle acometividad e iniciativa, seguramente lograrán convencerle y a los dieciocho años con cara de hospiciano agradecido quedará en la calle para que se lo coman las alimañas.

Todos sabemos lo necesario y deseable que es prepararse para la vida y lo útil que para conseguirlo puede resultar la escolarización. Pero en un momento de tanta competitividad, tanto especialista y tanta tecnificación, ¿qué le ocurre a ese amplio grupo social que fracasa año tras año y molesta en el aula día tras día, y al que en vez de cualificarlo se le retiene, entretiene y margina, impidiendo su propia búsqueda de salidas?

De hecho, la ‘educación’ obligatoria, la obligatoriedad de asistir a clase, está facilitando que el que los que consiguen terminar estudios copen todos los puestos, no sólo de titulado sino también de mero aprendiz, mientras que el que hubiera podido ser un clásico aprendiz de toda la vida se queda sin título y sin aprendizaje, copando todos los puestos de parado cuando no el cupo oficial de delincuentes y legionarios y guardas jurados y sin juramentar.

Ya no nos vale la beata monserga de la ‘igualdad de oportunidades’. No es lo mismo el que sea obligatorio para los gobiernos dar igualdad de oportunidades, que en eso todos estamos de acuerdo, que el que la obligación amenace a cada familia en concreto, haciendo caso omiso de circunstancias a veces atroces. Infinidad de niños, cuando acuden por primera vez a la escuela, lo hacen fatalmente desfavorecidos ya. Niños desfavorecidos que nacen de padres desfavorecidos, carentes de los mínimos de bienestar. Ahí es donde urge la igualdad de oportunidades.

Se me dirá que no sólo el niño y la familia tienen necesidades, que también el Estado tiene el derecho de exigir que la gente se prepare para ser socialmente útil. Y eso es muy cierto. Tan cierto, que debiera obligarnos a revisar la indiferencia del sistema frente a las bolsas de fracaso.

Hay muchachos que de momento no quieren estudiar porque se sienten más seguros en un sencillo aprendizaje laboral, y hay papás que prefieren a sus hijos buenos aprendices mejor que malos estudiantes. La diversidad permite aspirar a ser el mejor en lo que uno elige, es decir, fomenta las oportunidades. La falta de pluralismo favorece la competitividad del acaparador.

Por otra parte, la obligatoriedad, al suplantar el instinto de conservación de los niños y el buen criterio de las familias, dando por supuesto que no saben lo que les conviene, les induce a posturas oposicionistas, desgastando el esfuerzo que debían aplicar sólo a buscar salidas.

Y además culpabiliza al niño, convenciéndole de que hay vagancia y vicio en donde debiera haber diversidad de oportunidades y libertad de elección. Y desautoriza a la familia, cuando en el legítimo derecho de velar por los intereses de la prole desobedecen la obligatoriedad; y aún encima, les exigen labores policíacas de vigilancia y castigo respecto al absentismo. También desautoriza a los educadores, como si tampoco supieran lo que más conviene a sus alumnos, sometiéndoles a similares labores policíacas y penitenciarias.

Al derivar su responsabilidad en otra autoridad superior, les deja sin autoridad. El pedagogo pasa a ser un mero gestor, un guardián de la norma. No es él quien protagoniza la norma, sino quien la exige simplemente. La obligatoriedad sumerge a la pedagogía en el derecho penal… Desde que la educación es un imperativo legal, el verdadero referente, tanto del niño como del educador, es quien exige el cumplimiento del mandato. Se sacrifica la relación maestro – alumno en aras de la relación súbdito – administración… Ahora los profesores y los alumnos y sus familias deben toda su fidelidad al ente administrativo que piensa por todos e instaura la obligación. Él es el cliente que paga si está satisfecho; porque lo que se evalúa por encima de todo es el sometimiento.

… Los padres, al menos, se jugaban algo de su futuro en el éxito o fracaso de sus hijos. El agente administrativo no se juega nada. En casos especiales, incluso puede beneficiarse del fracaso del alumno, porque la educación, cuanto más especial, más agentes de intervención reclama. Sólo eso explica la circunstancia bochornosa de que cientos de menores fracasen año tras año, sin que la administración parezca afectada.

… Excuso deciros que, a ojos del alumnado, los profesores así devaluados, convertidos en meros guardianes del cumplimiento de la ley y de la disciplina, caen en el mayor descrédito. ¿Podrá extrañaros que los discípulos se apliquen en cuerpo y alma a ponerles a prueba?

Hace unos días me llamó el jefe de estudios de un Instituto para comunicarme que un chaval mío será expulsado durante tres días. Me consta que el chaval les había estado molestando, poniendo a prueba. Le dije que el correctivo me parecía justificado, pero añadí que también significaría algo el hecho de que los partes académicos de sólo una semana, contra mi chico u otros chicos, se acumulasen sobre la mesa de su despacho como una enorme torre de papel. Apenas disponían de otro procedimiento para conseguir la disciplina… eran, dijo, las disfunciones del sistema.

El día en que los profesores remitan a la Administración una torre de ‘partes’ contra las disfunciones del sistema, tan voluminosa como la que amontonan contra los alumnos, podremos empezar a pensar que son neutrales; pero mientras se apliquen a incriminar a los alumnos como chivo expiatorio para encubrir el fracaso colectivo, seguirá quedando claro que el que paga manda y que de la relación maestro – discípulo apenas queda ya nada. Educar era otra cosa. Y los alumnos, que no son tontos, perciben lo que hay.

… Castigan emitiendo partes burocráticos impersonales –“En relación con la(s) falta(s) por mal comportamiento de su hijo/a…”-, implicándonos en el fracaso –“después de haber escuchado a Vd. y al alumno”- ,… como quien implantase un nuevo chip al robot: ¿qué efectos mágicos esperan de semejante sanción? Salvo que sólo pretendan dejar claro que quien manda, manda.

Por otra parte, la intervención del profesor que hace de juez y parte, ¿siempre es la adecuada? Porque no se trata de incidentes personales en los que el niño no es protagonista único. ¿Y que pasa con el exceso de alumnos, falta de profesores sustitutos, falta de espacios adecuados? ¿Se sentirán cómodos los profesores con semejante complicidad? ¿Al expulsar al alumno no le gratifican? ¿No le brindan la oportunidad de tomarle gusto a la holgazanería y a la calle? ¿No inducen a otros niños a imitarle? Demasiadas preguntas sin respuesta alguna.

… Tanto empeño en obligarles a que asistan a clase, aunque no les interese, para que cuando lo hacen les echen de allí con cajas destempladas, porque no les interesa.

Libros de Enrique Martínez Reguera en editorial Popular: http://www.editorialpopular.com/Shop/PO_lista.asp?idSections=28

One thought on “Contra la escolarización obligatoria”
  1. Contra la escolarización obligatoria
    Gracias.
    Gracias.
    Gracias.
    Lo que queda por decir:
    La mentira de las bondades del sistema obligatorio, nos salpica a menores de edad responsables, profesionales responsables y padres responsables.
    Beneficia a los padres irresponsables, servicios sociales, al control de natalidad, las listas del paro, avance y desarrollo de mafias escolares, ahorro de centros de acogida, reformatorios etc,..etc….etc

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