
Nunca más Hiroshima, fuerza contra las armas nucleares
«Crié a mi hijo con leche envenenada de mi pecho»
La Contra
IMA SANCHÍS
84 años. Nací y vivo en Nagasaki. Me casé a los 19 años y soy viuda desde hace tres. Tengo 2 hijos y 5 nietos. El número de países con armas nucleares aumenta, hay que tomar medidas. Nosotros tenemos experiencias terribles de la guerra y debemos levantar la voz. Soy budista.
Lo recuerdo bien, era un día soleado de agosto de 1945. Desde que salió el sol, la alarma sonó varias veces. Yo salía y entraba con mi hijo recién nacido del refugio. Ya no tenía pañales limpios, y en uno de esos intervalos me fui al lavadero, en el patio de mi casa.
Temo lo peor.
De repente, una luz blanca fortísima lo invadió todo, oí un gemido extraño y un viento repentino me lanzó al otro lado del patio. Me levanté corriendo porque mi hijo estaba en casa. Cuando entré, el suelo estaba lleno de cristales, platos, tazas, sillas rotas. No había dónde pisar.
¿Y su hijo?
Mi mamá estaba protegiéndolo con su cuerpo, los dos estaban bien. Vivíamos en una zona rural rodeada de montañas (quizá por eso la bomba atómica nos afectó menos), a
cuatro kilómetros del epicentro; allí vivían mis tías, tíos y sobrinas. Cinco
miembros de mi familia murieron en el acto. Enseguida llegó aquel barco lleno de
heridos.
¿Quiénes eran?
Estudiantes de la facultad de Medicina de Nagasaki. El espectáculo era insoportable:
jóvenes sin cara a los que les colgaban las tripas.
¿Pudieron hacer algo por ellos?
Nuestros maridos estaban en el frente, sólo quedábamos mujeres. Los jóvenes nos
suplicaban que les diéramos agua, pero el responsable nos dijo que no lo hiciéramos.
A escondidas, les humedecíamos los labios.
¿Y?
El encargado tenía razón, en cuanto les dábamos agua morían, pero tranquilos,
cerraban los ojos y nos daban las gracias: «Gracias, mamá». Era un infierno, morían
abrasados, por eso en la plaza de la Paz, en Nagasaki, junto a la estatua que
conmemora aquel genocidio hay una fuente.
Entiendo.
Cada vez que cierro los ojos, veo la cara desfigurada de aquellos jóvenes. Yo estaba
embarazada de mi segundo hijo, que, años después, murió de leucemia. Fue muy
difícil, porque mi nuera me culpó de su muerte.
Eso es ignorancia.
Yo no entendía qué pasaba, el médico me explicó que había criado a mi hijo con la
leche envenenada que salía de mis pechos. Pero ninguno de los supervivientes fuimos
informados de lo que significaba la radiactividad y de cómo actuaba a largo plazo.
¿Acabó entendiéndolo su nuera?
Abandonó a su esposo enfermo y se marchó. Yo no le conté a nadie lo que había
descubierto, que el efecto de la bomba podía afectar a la segunda generación.
¿Por qué?
Ser hibakusha, ser superviviente, era como una maldición, te estigmatizaba. Nadie
quería casarse con las jóvenes descendientes de hibakushas, así que nadie lo
confesaba. Hasta este año, el Gobierno no ha reconocido los derechos de 250.000
afectados por la bomba, y sólo ha reconocido a un 8%.
¿Cómo fue su vida después de la bomba?
Tras la explosión, en los primeros días murieron 73.000 personas en Nagasaki y
150.000 en Hiroshima. Durante los 7 años siguientes vivimos en la pobreza más
absoluta; entre las diez familias vecinas teníamos que compartir una col. Luego los
norteamericanos nos mandaron comida y material, pero nadie quería la comida del
verdugo.
¿Y no se volvió a hablar de la bomba?
Los civiles no supimos que lo sucedido había sido la bomba atómica hasta al cabo de
un año y medio; sólo los militares lo sabían.
¿Cuándo empezaron a asociarse los hibakushas?
Trece años después nos formamos por primera vez como asociación de víctimas para
pedirle al Gobierno ayuda para los tratamientos médicos, porque quien no tenía
dinero para pagarlos, simplemente, moría.
¿Qué secuelas ha tenido usted?
Cuando cayó la bomba yo tenía 21 años, a los 25 me sacaron el útero, poco después
tuve problemas de tiroides y el tratamiento me dejó calva. Pero cuando decidí hablar
no lo hice por mí, sino por toda esa gente que no sabía que las enfermedades
causadas por la explosión atómica alcanzan a la segunda generación; y tuve que pedir
permiso a mi familia.
¿Con qué dinero ha vivido toda su vida?
Después de la guerra, mi esposo pudo volver a emplearse en la fábrica de coches,
pero hemos sido muy pobres; la sal la conseguíamos del mar y acudíamos a otros
pueblos para cambiarla por verduras y arroz.
¿Cómo se convirtió en vicepresidenta de la asociación de hibakushas?
Fui una de las fundadoras – ahora somos 50.000 miembros- y al morir el director me
convertí en su sucesora, pero aún hoy en Japón una mujer no tiene poder ni
influencia.
De otros genocidios se han hecho películas y se ha escrito mucho, ¿por qué no hay
nada sobre el de Hiroshima?
Hasta hace muy poco, el Estado japonés no quería que se hablara de ese negro pasado,
y el temor a las personas radiactivas sigue vigente en Japón.
¿No hay documentos?
Las fotos, documentos, diarios personales, cualquier vestigio de lo que había pasado
se lo llevaron los norteamericanos. EE. UU. instaló dos centros de investigación
médica, en Hiroshima y en Nagasaki, y sin decirnos lo que nos pasaba ni ofrecernos
ninguna cura, estudiaron y experimentaron los efectos de la radiación atómica en
nosotros.