Recuerdo que en una de las primeras reuniones clandestinas celebradas en una Iglesia de L´Hospitalet, allá por la mitad de los años sesenta, un compañero anarquista comenzó a blasfemar airado ante la presencia de misarios y otros referentes de la santería. Recordó que le habían contado que durante las jornadas de julio de 1936, el capellán de entonces que bien podía ser el abuelo que hacía misa ahora, salió con una escopeta desde los alto del campanario para disparar contra la gente. Pero el caso es que la Iglesia era un lugar sin comparación para reunirse, que todavía era un “santuario», y que se habían dado casos de que él o los curas de tal lugar se habían opuesto a la entrada de la policía, por lo demás todos sabíamos que por entonces había tenido lugar una manifestación contra las torturas por parte de un amplio grupo de jóvenes seminaristas. No pasaron muchos años para en los círculos militantes aparecieran cristianos. Es más que algunos de ellos se reclamaban abiertamente del anarquismo, todo ello en un singular sincretismo no exento de ironías como cuando la boda de una pareja libertaria fueron bendecidos en su boda con citas de Bakunin, detalle que, como no podía ser menos, sorprendió a no pocos de los familiares presentes, aunque no tanto a los amigos que nos reíamos de las bodas tradicionales y que estábamos allí porque lo primero era su libertad. Y sí ellos habían escogido aquella opción, pues allá ellos que por demás, andaban alborozados.

No fueron muchos los casos de anarquistas de formación religiosa, aunque se citan no pocos entre los precedesores, comenzando por el propio Cristo. De hecho, entre los antiguos afiliados de antaño en no pocos de ellos encontramos unas raíces cristianas obviamente heréticas.

En la historia del movimiento desde el origen en la AIT, seguramente el más señalado fue el holandés principal figura de la primera socialdemocracia y del anarquismo holandés (La Haya, 1846-Amsterdam, 1919). Su padre era pastor protestante y él siguió, en un principio sus pasos. A los 24 años asistió a los acontecimientos de la Comuna de París que le causaron una honda conmoción espiritual. Siguió siendo durante varios años un amigo de los pobres desde una óptica cristiana, hasta que en 1879 rompió con su familia y con la Iglesia, lo que escandalizó a la «alta sociedad» de La Haya. Su fama de predicador favoreció su movimiento que contó, desde 1879, con un órgano de prensa propio, el Recht voor Allen, que fue posible gracias a su fortuna, fortuna que puso siempre al servicio de la causa que defendía. Al principio «apenas fue algo más que un reformador social, que creía firmemente en la hermandad de los hombres, y que odiaba toda forma de opresión; pero esto hizo de él un enérgico internacionalista y un denodado enemigo de la guerra y del militarismo en todas sus formas» (G.H. Cole).

Nunca fue un pensador notable (aunque influyó poderosamente tanto en anarquistas como Cornelissen como en marxistas como Gorter, Pannekoeck y Roland-Holst), pero la extraordinaria integridad de su carácter, su romanticismo y vehemencia, lo convirtieron en el más destacado representante de la socialdemocracia holandesa. En 1881 fue uno de los líderes que construyeron la Liga Socialdemócrata, conocida más tarde como Liga Socialista. Sus actividades antimilitaristas y anticolonialistas le llevaron en diversas ocasiones a la prisión, pero su verbo —ya famoso cuando era luterano— fue incontenible. Las simpatías que logró en su lucha más una apertura en la legislación electoral, llevó a Domela al parlamento durante tres años en los que volcó toda su indignación y sus planteamientos sin resultados visibles. La experiencia lo convirtió en un antiparlamentario convencido y ya en el Congreso Internacional Socialista de 1889 atacó abiertamente esta táctica. Dos años más tarde, en el Congreso de Zurich defendió, en violenta contradicción con Wilhem Liebknecht, la idea de convertir una guerra entre naciones en una guerra revolucionaria internacional por métodos como la huelga general. En los congresos de 1893 y 1896, se levantó en defensa de una Internacional Socialista sin exclusiones en cuyo cuadro de tendencias cupieran tanto los reformistas como los anarquistas. Finalmente, en el Congreso de Londres de 1896, Domela encabezó la salida de la delegación holandesa como protesta frente a la expulsión de los anarquistas a los que se había ido progresivamente acercando.

Domela estaba persuadido de que el parlamento estaba tan bloqueado par los intereses de las clases dominantes, que nada digno de interés se podría lograr de él. Comenzó a criticar a sus compañeros de subordinar al parlamento la iniciativa en la acción de las masas trabajadoras. Su grupo, la Unión Socialista, reunió en un primer instante a la disidencia de izquierda socialdemócrata, pero él fue evolucionando hacia el anarquismo. Influenciado por Freiheit de Joham Most, se dedicó a «preservar el movimiento obrero holandés de convertirse en un rebaño de masas obreras bien disciplinadas y organizadas siguiendo ciegamente el ramadán por todas partes». Sus distintos momentos en su evolución socialista quedarían grabados en sus obras. Así en 1892 escribe sobre Las diversas corrientes de la socialdemocracia alemana, defendiendo el pluralismo socialista desde una posición de izquierda; en 1894 publica El socialismo en peligro (editada en Francia en 1965 por Payot, París, con una presentación de J.Y. Bérau) denunciando el oportunismo parlamentario; en 1895, Socialismo libertario y socialismo autoritario, claramente inclinado hacia el primero y atribuyendo al segundo todos los defectos de la socialdemocracia, y finalmente, en 1900 publica La debâcle del marxismo, en donde censura el marxismo íntegramente. Su oposición a la socialdemocracia le llevó a una oposición al sindicalismo revolucionario: «El culto a los sindicatos, escribió, es tan nocivo como el culto al Estado.

Verdaderamente parece que el hombre no puede vivir sin divinidades: apenas ha abatido una, cuando ya surge otra. Si la divinidad de los socialdemócratas es el Estado, la de los socialistas libertarios parece ser el sindicato». Anteponía a toda organización, la espontaneidad revolucionaria de las masas. No obstante, la radicalización de sus posiciones conllevó una pérdida continuada de su influencia entre los trabajadores y sus posiciones fueron convirtiéndose cada vez más minoritarias. Domela mantuvo sobre todo su indiscutible prestigio internacional, figurando como uno de los animadores de la Asociación Internacional Antimilitarista, y en una de las voces más rotundas que denunciaron la Gran Guerra.

Su hijo del mismo nombre fue también un conocido libertario, destacado en el terreno de la pintura.

Fuente: https://kaosenlared.net/cristianos-pero-anarquistas/

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