El primer uso normalizado del vocablo (revolución) tuvo lugar para referirse a la “Revolución Gloriosa” de 1688 en Inglaterra, que inicio el ciclo de las funestas mutaciones liberales, aunque aquella ha suscitado escaso interés debido, posiblemente, a lo imperfecto de su realización, al estar exenta de teatralización y grandilocuencia.

La revolución francesa es la revolución por excelencia en el sentido político y, más aun, politicista del vocablo, como gran acaecimiento absolutamente emancipador, dotado de un potencial ilimitado, algo así como un acto taumatúrgico a colosal escala que en un abrir y cerrar de ojos histórico, trasladó a “la nación francesa” desde las tinieblas de un medioevo tardío, desde las
innumerables veces execrado “feudalismo”, hasta la luminosidad de la modernidad,
con derechos del ciudadano, libertades, igualdad, democracia,
racionalidad política, justicia imparcial y todos los demás atributos de un
régimen de gobierno magnifico y perfecto.

El examen escéptico-ateórico de tal revolución, modelo para todas las
revoluciones, liberales o supuestamente antiliberales (proletarias), acaecidas
desde entonces, arroja unos logros menos místicos y más mundanales.
Sus componentes son:

1) expansión cuantitativa y, sobre todo,
cualitativa, de la maquinaria estatal, que logra cotas de poder sobre el pueblo
imposibles de alcanzar anteriormente;

2) desintegración de la masa
popular, en lo político, cultural, convivencial, axiológico y económico;

3)
implantación ya definitiva de la propiedad privada absoluta, como dominio
pleno y total sobre las personas a través de la posesión ilimitada de las
cosas;

4) inicio de una política reduplicada de guerra, saqueo y conquistas
en el exterior;

5) establecimiento de las condiciones para el desarrollo de
la revolución industrial y el confinamiento de la población en las ciudades;

6) expansión acelerada del trabajo asalariado, como régimen de trabajo
sin libertad;

7) aniquilación minuciosa de la libertad de conciencia;

8) homogenización dentro del Estado-nación, en el que quedan incluidos a viva fuerza pueblos diversos;

9) represión enérgica de los disidentes,
hasta llegar al exterminio en masa, si hace falta;

10) alteración radical de
la escala de valores, hasta que el bien moral parezca mal, y el mal moral
bien;

11) erradicación de la esencia concreta humana, en especial su
componente espiritual;

12) realizada la revolución, no son posibles otras
revoluciones posteriores, de ahí que sea una revolución contrarrevolucionaria
en el sentido más preciso de la expresión, lo que ha quedado certificado
por los acontecimientos acaecidos desde entonces.

Lo expuesto
puede sintetizarse en el aserto de que los integrantes de la masa popular,
con las revoluciones liberales, pasaron de seres humanos oprimidos
a seres en trance de convertirse en subhumanos sobreoprimidos. Sobre
todo, la meta de la gran mutación francesa fue la militarización, pues si
los regímenes prerrevolucionarios nunca habían conseguido poner sobre
las armas a mas de 225.000 hombres, la Francia hipermilitarizada del año
II llego a movilizar un millón de soldados, y Napoleón (que es el producto
más genuino de la revolución) en 1812-1814 alcanzo los 2 millones,
número que habría hecho exultar a Voltaire y al resto de los “filósofos”
dieciochescos, de haberlo conocido. Todas las revoluciones perniciosas
han sido belicistas y agresivas, no de manera defensiva, lo que es legítimo,
sino de un modo ofensivo y conquistador.

Distanciado de quienes alzapriman e idolizan la revolución francesa
está A. de Tocqueville, que en “El Antiguo Régimen y la revolución” y en
“Inéditos sobre la revolución”, presenta una imagen, si no totalmente crítica,
sí mucho más realista. En la primera de esas obras arguye que los acontecimientos
que se iniciaron en 1789 fueron, en esencia, un procedimiento
hábil para fortalecer y expandir el Estado; como él dice; para “aumentar el poder y los derechos de la autoridad publica”. En “Inéditos sobre la revolución”,
Tocqueville expone que la revolución francesa realiza la igualdad
pero no la libertad, aserto que es cierto respecto a la segunda pero no en
relación con la primera, pues si no hay libertad es porque unos pocos dominan
a la gran mayoría y la diferenciación entre dominadores y dominados
es la más obvia expresión de desigualdad. Aquél considera que el
régimen resultante de la revolución propende al despotismo, en buena
medida por haber suprimido lo que denomina “instancias intermedias”,
esto es, los órganos de gobierno municipales y de los antiguos reinos y
territorios, que limitaban y moderaban el poder estatal central. Por ello,
algo amoscado, advierte Tocqueville que “revolución” no es “más que una
palabra sonora”. Para ser más exactos, una palabra que en este caso nombra
un acontecimiento pernicioso, pavoroso, intolerable.

El politólogo B.
de Jouvenel sostiene posiciones coincidentes. En “El poder. Historia natural
de su crecimiento”, obra de merito, advierte que con la revolución francesa
el crecimiento de la potestad estatal efectiva “continúa” y que, por
ejemplo, bajo el régimen revolucionario se introduce “el reclutamiento
deseado por la monarquía, que ésta no había tenido la fuerza necesaria
para realizar”, observación que lo dice casi todo sobre la verdadera naturaleza
de la revolución francesa.

La explicación habitual en los medios modernizantes de la revolución
francesa, un magno acontecimiento positivo que libero a la humanidad
del “feudalismo”, emancipo al campesinado, rompió las cadenas que atenazaban
a las fuerzas productivas, dio el poder a la burguesía y creo las
condiciones materiales imprescindibles para acceder al estado próximo,
necesario y superior de existencia de la humanidad, el socialismo (o el comunismo
libertario, según las escuelas), no tiene en cuenta ni los hechos
más obvios; por lo que ante ella hay que recodar la recomendación de
Sexto Empírico, “se sensato y aprende a dudar”. La calificación de “revolución
burguesa” carece de sentido por partida doble, pues la burguesía
fue la consecuencia, no la causa de aquélla y, sobre todo, porque tal interpretación
niega nada menos que la función del Estado, al que convierte
en ente sin mismidad propia, en un dócil instrumento de esa burguesía
imaginaria, pues para 1789 ésta era una fuerza económica y política bastante débil.

La gran fabulación de la izquierda teorética sobre que aquella
alteración era la precondición de la emancipación total, en el socialismo,
ha demostrado ser subjetivista y errada a la luz de los acontecimientos:
cuando han transcurrido ya bastante más de dos siglos desde 1789 nada
indica que ese evento pretendidamente salutífero y redentor en grado
superlativo vaya a acontecer alguna vez, más bien al contrario. Lo cierto
es que en el plano de lo fenoménico la revolución francesa fue realizada
para hacer imposible toda revolución posterior de tipo popular, porque al
fortalecer cinéticamente al Estado con tal intensidad y diversidad, las masas
trabajadoras a él sometidas quedaban en una situación superlativa de
impotencia, dependencia y sumisión, algo nunca conocido en Occidente
desde la caída de Roma.


Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).