La doctrina de “protesta y sobrevive” tuvo, como efímero retoño, al
“movimiento antiglobalización”, tan rápidamente decaído como muy
ruidosamente activo unos pocos años. Su parte teorética, de muy poco
nivel, fue urdida por ciertos intelectuales orgánicos de algunos grandes
grupos multimedios, como se ha expuesto ya, cuyos empresarios han amasado colosales fortunas gracias a la acción estatal en su favor, lo que puede explicar la estatolatría de aquél.

Su público, simple masa de maniobra en la calle, fue esa juventud dócil, ignorante y sin creatividad, aferrada a la idea de “lo divertido”, lo fácil y lo no comprometido, floja e incapaz de vivir colectivamente, de organizarse y persistir en las metas propuestas, que desatiende la noción de revolución democrática y no tiene más propósito, en ciertas épocas, que perfeccionar por la lucha reivindicativa lo existente, para mejor disfrute y goce de ello.

Sus instrumentos favoritos son las
nuevas tecnologías, en especial “la Red”, según la tecnofilia que se expone
e impone en los aparatos educativos. Su meta es extinguir la pobreza
material (la espiritual a nadie preocupa) del Tercer Mundo, cuyas gentes
son concebidas según la dogmática zoologista de la socialdemocracia 317,
con el propósito de universalizar la sociedad de consumo con Estado de
Bienestar, idea sobremanera perversa. Las incoherencias del movimiento
son muchas, hasta el punto de ser todo él un caos de irreflexión. Se dice
pacifista pero al demandar una reviviscencia de la acción estatal se sitúa al
lado de quienes propugnan el robustecimiento de los aparatos militares.
Choca con la policía en la calle pero solo para demandar, implícitamente,
más policía, hasta la instauración definitiva del Estado judicial-policial necesario,
según parece, para “regular” el mercado.

(…) Exige que cada Estado,
bloques de Estados y organismos internacionales formados por Estados
controlen el desarrollo del capital financiero y de las grandes empresas
ampliando sus prerrogativas, recursos e instrumentos, cerrando los ojos a
lo obvio: que a más Estado, en cualquiera de sus formas, ha de corresponder
necesariamente más mercado y más capitalismo, con empresas cada
vez mayores. Vitupera la sociedad de consumo pero se la quiere imponer
a los países pobres, semicoloniales. Demanda que los entes estatales
implementen medidas a favor de la agricultura y el medioambiente, sin
tomar en consideración que la penosa situación de una y otro depende, en primer lugar, de la acción estatal en los últimos 250 años, lo que equivale
a convertir la principal causa del mal en el remedio. En fin, preconiza un
mundo “solidario” a la vez que casi cada uno de sus integrantes piensa,
siente y vive conforme al poco honorable ideario del interés particular,
considerado e impuesto a rajatabla.


317. El «movimiento antiglobalización», igual que todos los radicalismos de última generación,
tiene como significación indudable la renovación del sistema de ideas, los cuadros y la presencia
social de los partidos socialdemócratas, que son los mantenedores entre bastidores, y los
principales beneficiarios, de aquellos. Los lazos, múltiples y no siempre confesables, que vinculan
al activismo callejero demandante de más Estado con la izquierda institucional y parlamentaria,
hacen de aquél una corriente social cautiva y teledirigida, con fases de adormecimiento y revitalización
según los intereses, principalmente electorales, del PSOE (en nuestro caso). Por ello, el radicalismo
independiente, si es que existe, ha de ocuparse en primer lugar de cortar toda vinculación
con la socialdemocracia, en lo teorético, político y orgánico.


Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).