Mientras desayunaba en Amman (Jordania), hablaba con Yammil sobre como llegar a Palestina. Él es de un pueblo de la franja de Gaza, aunque no puede retornar, empeñado en su trabajo como recepcionista del hostel Al-Monzer me explica como coger un taxi en la plaza de Abdali para llegar hasta la frontera jordana-israelí. -“Es importante que vayas”, me dice una y otra vez.

El desayuno, que incluye pan con mantequilla y café árabe es mi primer desayuno en Oriente Medio, sabe extraño, diferente, con sabor a romero y curiosidad. Comparto mesa con Yammil un japonés y una chica refugiada irakí.

Seguí los consejos de Yammil, encontré el taxi, recordé que me advirtió; -“no pagues más de dos dinares jordanos por el trayecto de 30 kilómetros a la frontera”, pero el taxista me sacó dos dinárares de más.

Cruzar la frontera jordana para entrar en Palestina no resulta fácil, un fusil israelí te encañona constantemente, no solo te recuerdan que no eres nada, sino que te someten a la dinámica del miedo. Los nervios están propensos a perderse por algún espacio lunático. Después de varios trámites burocráticos una funcionaria del ejercito israelí te termina de «acribillar» con preguntas insulantes, (dinero que llevas encima, alojamiento que has reservado, tarjeta de crédito etc), las respuestas que ofreces son el criterio de selección para poder pasar unos días en sus tranquilos y apacibles territorios bíblicos “recuperados”.

Yammil me había prevenido, pero también me insistió para que entrara a ver como vive su pueblo, su gente, para que tuviera noticias de la realidad de unas vidas que no pueden decir nada en su propio país. Los palestinos son ciudadanos de tercera en Jordania, pero en Palestina son esclavos a merced de las imposiciones de una autoridad que dice llamarse democrática.

Los controles militares, las casas harapientas y semi-construidas, el muro de la “vergüenza” que construyen a toda máquina, y que pretende “aislar” la sospecha, son el triste paisaje que encuentro camino de una de las ciudades más antiguas del mundo, Jerusalén.

El taxi, después de repartir al resto de viajeros por sus diferentes destinos, termina su ruta en la Puerta de Damasco, una de los principales accesos a la ciudad vieja de Jerusalén. Pones un pié en la Puerta de Damasco y automáticamente te transportas a otra época. El zoco de la ciudad te absorbe y te mezcla con el bullicio de gentes de tres caras diferentes, judíos, cristianos y musulmanes, tres culturas que conviven en “aparente” paz dentro de la ciudad vieja, tres culturas que comparten sus calles estrechas, el zoco, y los muros que encierran tres miradas diferentes para interpretar el “paraíso”.

Los palestinos que viven dentro de estos muros son todos comerciantes, viejos comerciantes, amables, expertos regateadores, pero se advierte en sus ojos la preocupación por “los suyos”. En Palestina, te dicen, ya no hay nada que hacer, “nos echarán por la fuerza si es necesario”.

Descubrir la Ciudad Santa es bastante sencillo, en cualquier momento, jóvenes judíos «santos», de catorce a diecisiete años, armados con tecnología militar norteamericana, puede dejarte seco de un disparo cuando menos te lo esperes. Dirán que fue por motivos de protección, tal y como está escrito en las santas leyes, como también pone que la tierra de David es para los judíos, una tierra donde la mayor parte de la población es árabe, de lengua árabe, de familia árabe y de nacionalidad Palestina.

El extranjero no pasa desapercibido, las miradas se cruzan entre calles milenarias. La ciudad cosmopolita está lejos, muy lejos, y para tranquilidad de las fuerzas de seguridad y del orden mundial, ni siquiera se encuentra en occidente.

M.L.P