
Reproducimos algunos párrafos en relación al tema propuesto, tomados de su libro “Sobre la Libertad”, escrito en 1859.
Hemos reconocido ya la necesidad (para el bienestar intelectual de la especie humana, del cual depende cualquier otra clase de bienestar) de la libertad de opinión y de la libertad de expresar las opiniones. Y esto por cuatro motivos diferentes que vamos a resumir brevemente:
Primero, aunque una opinión sea reducida al silencio, puede muy bien ser verdadera; negarlo equivaldría a afirmar nuestra propia infalibilidad.
En segundo lugar, aun cuando la opinión reducida al silencio fuera un error, puede contener, lo que sucede la mayor parte de las veces, una porción de verdad; y puesto que la opinión general o dominante sobre cualquier asunto raramente o nunca es toda la verdad, no hay otra oportunidad de conocerla por completo más que por medio de la colisión de opiniones adversas.
En tercer lugar, incluso en el caso en que la opinión recibida de otras
generaciones contuviera la verdad y toda la verdad, si no puede ser discutida vigorosa y lealmente, se la profesará como una especie de prejuicio, sin
comprender o sentir sus fundamentos racionales.
Y no sólo esto, sino que, en cuarto lugar, el sentido mismo de la doctrina
estará en peligro de perderse, o de debilitarse, o de ser privado de su efecto
vital sobre el carácter y la conducta; ya que el dogma llegará a ser una simple
fórmula, ineficaz para el bien, que llenará de obstáculos el terreno e impedirá
el nacimiento de toda convicción verdadera, fundada en la razón o en la
experiencia personal.
¿Cuales han de ser los límites de la libertad de pensamiento y discusión?
Qué pasada. Vaya forma más precisa e implacable de decir algo…