No es posible un crecimiento económico infinito en un planeta finito. Si
queremos futuro para las generaciones venideras hay que actuar ya: reconstruir el capital natural devastado y preservar el que aún queda, y convertir en compromiso personal la tendencia voluntaria hacia una forma de vida más simple y sobria

ÁLEX ROVIRA CELMA

Quizá ya va siendo hora de plantearnos una cuestión importante como
individuos y como especie: la naturaleza no es inagotable, tiene su límite, y al ritmo actual, más temprano que tarde llegaremos a él. Por muchas innovaciones y eficiencia tecnológica que nos depare el futuro, deberemos asumir la finitud de los recursos de nuestro planeta.

En un planeta donde las tres cuartas partes de los recursos energéticos son de origen fósil y son consumidos continuamente por un 20% de la población a la que pertenecemos, donde las reservas decrecen día a día y crean polución y sus derivadas, como el efecto invernadero, se impone no sólo la inversión en soluciones alternativas sino, por encima de todo, tomar medidas para corregir la situación actual, lo que pasa, necesariamente, por un replanteamiento
global de los estilos de vida. No está de más recordar que hoy el 20% de la
humanidad consume el 80% de los recursos naturales del planeta. O dicho de
otra manera: en este instante, cerca del 80% de los seres humanos que habitan
este planeta vive sin automóvil, sin nevera y sin teléfono, el 95% no ha
tomado nunca un avión y casi un tercio no tiene acceso a la electricidad.
Cambio climático, calentamiento global, deforestación, escasez de recursos
hídricos, aumento promedio de la temperatura, aumento del nivel del mar son
conceptos que cada vez oiremos con mayor frecuencia. Poco importa si se trata,
como alguien argumenta, de una cuestión cíclica y natural. Es más, las
evidencias científicas muestran con contundencia que no lo es. No lo dudemos:
el cambio climático ha venido para quedarse.

¿Cuánto tiempo nos queda para frenar este Titanic antes de que se estampe
contra el iceberg de la cruda realidad? Algunos expertos afirman que no más de cincuenta años; otros aseguran que menos de veinte, pero todos coinciden en
que debemos actuar ya, soltar el pie del acelerador y pisar el freno. Según
distintas fuentes solventes, al ritmo de consumo actual (que no para de
crecer) nos quedan apenas cuarenta años de reservas petrolíferas y setenta de reservas de gas. Hoy, por ejemplo, Europa mira atemorizada cada invierno a
Rusia para que ésta no cierre la espita del gas que le da el calor y que hace
arder los fogones de millones de cocinas del continente.

¿Cuáles son entonces las soluciones al agotamiento de los recursos naturales
y
a la contaminación? Quizá la única solución pasa por asumir que el modelo
social y económico global debe cambiar. Y este cambio llegará bien por
convicción, bien por compulsión. Si no se asume la finitud del planeta, la
ecuación no cuadrará por ningún lado. Palabras como sobriedad, mesura, freno
o
incluso el proscrito término “decrecimiento” sonarán cada vez con mayor
frecuencia, sea por elección voluntaria, sea por consecuencia inevitable.
Lo peor es que ante las situaciones de crisis, el ser humano más bien pierde
el equilibrio y el instinto gana la partida. Si no hacemos del pensamiento, la
planificación y el respeto absolutos al medio la baza para planificar el
futuro de la gran casa en que vivimos, la crisis social se puede manifestar.

¿Y por qué un discurso catastrofista? Se preguntarán, perplejos, algunos.
¡Debemos ser optimistas!, exclamarán otros, y argumentarán que el progreso
tecnológico nos procurará, como otras veces ha hecho, tal eficiencia que
produciremos más y mejor sin consumir tanto como hoy. Pero esta observación
es
válida sólo en lo individual y no en lo colectivo debido a lo que se conoce
como el “efecto rebote” mediante el cual la eficacia y eficiencia que nace
del
progreso tecnológico se convierten casi de manera sistemática en un aumento
del consumo global.

Entonces, ¿cuáles son las soluciones? Por norma general, las grandes
soluciones, los grandes cambios, tienden a nacer de planteamientos simples que
se aplican de manera individual pero de forma masiva. Sin duda, uno de los
retos es reconstruir el capital natural destruido y preservar el que aún queda como si fuera lo más sagrado que nos queda… porque lo es. El otro reto, el
principal, pasa por un compromiso mío, tuyo, de nuestro vecino, de todos.
Quizá se trata de algo tan simple como acceder a una simplicidad, sobriedad y
frugalidad voluntaria. Ya lo dijo Marcel Proust hace muchos años: “Aunque
nada
cambie, si yo cambio, todo cambia”. Este aforismo, más allá de ser una
reflexión bellísima sobre las actitudes que pueden transformar la vida, es
hoy
más necesario que nunca para hacer de este mundo un lugar más habitable y
cederlo en las mínimas condiciones de higiene y salubridad a nuestros hijos.
La calidad de vida del futuro tomará matices que irán sin duda vinculados a
lo
que seamos capaces de mantener en la naturaleza.

Lecturas para reflexionar

El filósofo contemporáneo Hans Honas apela en su obra El principio de
responsabilidad: ensayo de una ética para la civilización tecnológica, a la
obligación moral de las generaciones actuales de hacer posible la vida y
supervivencia de las futuras. También entre las múltiples lecturas que
ofrecen
posibles soluciones a los escenarios ecológicos y económicos de futuro
destaca
el libro Objetivo decrecimiento, que recoge un conjunto de artículos de los
colaboradores de la revista Silence. Una lectura muy recomendable y alejada de
falsas promesas o planteamientos utópicos.


Álex Rovira Celma es profesor de Esade, conferenciante y escritor.

2 thoughts on “Cuando la Tierra diga “basta””
  1. Cuando la Tierra diga “basta”
    La energia esta por todas partes. No se crea ni se destruye: Solo se transforma.

    La materia está por todas partes. No se crea ni se destruye: Solo se transforma.

    No consumimos. TRANSFORMAMOS.

    Hay transformaciones reversibles y transformaciones irreversibles.

    No esta bien transformar lo que no es necesario. No esta bien transformar petroleo en energia y CO2, o agua en hidrogeno y oxigeno. La primera por irreversible y la segunda porque el agua es «sagrada».

    Es cierto: Cada dia somos mas, pero el limite del que habla el articulo solo afecta a nuestro modo de transformar actual. Si aprendemos a transformar de otras maneras, mas ciclicas y razonables, mas reversibles, no hay limites que valgan.

    El planeta tiene recursos para miles de humanidades «consumistas» (o mejor dicho «transformadoras») si escogemos bien el tipo de transformaciones fisicas y quimicas que son ciclicas, en lugar de lineales.

    Hay que empezar a pensar en circulos, en lugar de pensar en lineas.

    ¡REVERSIBILIDAD!

    internete
    1234567

    PD: Hay que cambiar el lenguaje, porque
    es el lenguaje el que determina la realidad, y no al revés.

    Y si usamos el lenguaje tradicional, nuestro pensamiento y nuestra realidad será tradicional.

    Inventemos palabras nuevas, o usemos las que ya existen, pero con acepciones y significados nuevos.

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