Cuando te pregunten por la poética de tus novelas piensa si te podría incriminar. Medirán los textos con respecto a tus intenciones, buscarán efectos. Y tus intenciones, y tus efectos, no están fuera del conflicto.

Cuando te pregunten por la escala de tus mapas y si es un espejo o un sistema operativo lo que quieres pasear de un punto a otro del mundo, di que entre la ficción y la realidad la relación no es la misma que entre el mapa y el territorio; la ficción es mapa de la tierra que no existe, el espejo que refleja lo que no vimos, la historia que nunca sucedió incluso cuando cuenta hechos en algún momento acontecidos pero puestos, sin embargo, al servicio del sentido del relato. Di también: no es cierto que la realidad sea una ficción -lo que no existe nos pasa de forma diferente a lo que existe-, pero di, al mismo tiempo, que lo representado tiene consecuencias: dos imposibles distintos desembocan en dos posibles diferentes.

Cuando te pregunten si existe una literatura femenina, una novela femenina, habla de aquello que las preguntas cuentan de quienes las formulan: la tradición en que crecieron, los modelos asumidos, la posiciones ocupadas. Puedes citar además estas palabras de Josefina Ludmer: “No hablaremos de la literatura femenina con rótulos ni generalizaciones universalizantes. Con esto queremos decir que rechazamos lecturas tautológicas: se sabe que en la distribución histórica de afectos, funciones y facultades (transformada en mitología, fijada en la lengua) tocó a la mujer dolor y pasión contra razón, concreto contra abstracto, adentro contra mundo, reproducción contra producción; leer estos atributos en el lenguaje y la literatura de mujeres es meramente leer lo que primero fue y sigue siendo inscripto en un espacio social”. (1)

Si después aun siguen queriendo conocer tu plan, nombra los dos procesos que te has ocupado en subvertir: cómo se lee y cómo se vuelve a la realidad después de haber leído. El lenguaje, recuerda José A. Sánchez, “es una cuestión social, pero tiene lugar en el individuo” (2). La novela es lenguaje prolongado en el tiempo y tiene lugar en las personas tomadas de una en una. Cuando has escrito has querido acercarte a cada cuerpo en un tú a tú que os deje solos tanto como recordar que no, que la lectura no es sólo un cuerpo a cuerpo, una voz en el oído sino un reconocimiento: “Narrar”, ha dicho otro de tus personajes, “para que podamos hablar ahora y en el futuro” (3). Es ese poder hablar colectivo lo que investigas, y utilizas a conciencia la palabra investigar. Pues de entre todos los discursos de ficción acaso la novela posea todavía mayor capacidad de ser laboratorio, espacio en que ensayar no la novela misma sino el qué hacer con las historias para evitar que nos narre y nos escriba lo ya dado, y en cambio poder hablar, es decir, actuar, ahora y en el futuro.

Tampoco cuando escribes dejas al azar de la composición la vuelta a la realidad, el efecto. Dice la retórica hegemónica que el arte y la literatura son hermosamente inútiles, pongamos un cero a la izquierda. Por eso los periodistas seguirán queriendo saber si te mantienes en el error de querer hacer con tus novelas algo a lo que llaman cambiar el mundo. Como no hay acto que no modifique la realidad, supones que se refieren a si piensas que hay vida más allá del gatopardismo literario dominante, si crees que es posible una escritura dirigida a que algo cambie para que no todo siga igual. ¿Las manos cierran el libro, salen a la calle y sucede el incendio o la conspiración? Piensa si quienes te lo preguntan dirían que existen los otros efectos, el que Mamet ha llamado “efecto debilitador acumulativo” (4) que produce cierto tipo de narración romántica, o el efecto, digamos, de docilidad e impotencia propio de los relatos que, deliberadamente o no, hacen aflorar una visión estúpida y sumisa de la naturaleza humana. Las manos cierran el libro y las visiones de lo que quisimos y no quisimos ser, el azar y la furia, orbitan nuestra imaginación, y su fuerza gravitacional provoca cambios.

Cuando te pregunten por tu poética, recuerda que no es tuya, pues la creación, la literatura, la hacen las colectividades a través de determinados individuos y no al revés, como se suele pensar. El filósofo inglés Robin George Collingwood escribió unas líneas que lo expresan bien: “El artista debe profetizar, no en el sentido de que anuncie el porvenir, sino en el sentido de que dice a su público, a riesgo de disgustarle, los secretos que guarda su corazón. Su cometido como artista es hablar alto, volcando al exterior las impurezas del ánimo. Pero no por ello debe expresar, como nos llevaría a creer la teoría individualista del arte, sus propios secretos. Los secretos que debe expresar son los de la comunidad. La razón de que la comunidad le necesite es que ninguna conoce su propio corazón; y al faltarle ese conocimiento, la colectividad se engaña a sí misma en materias cuya ignorancia equivale a la muerte”.

Cuando te pregunten por la poética de tus novelas recuerda siempre lo que Chorderlos de Laclos decía de la guerra y el disimulo, “ante quien tiene el poder y las armas, ¿por qué demostrar lo que se sabe?” (5), interpreta Julio Seoane Pinilla (3). Hay dos astucias, la del ilusionista que desvía la atención del público hacia una de sus manos para que no mire a la otra, y la opuesta del que finge desviar la atención para que todos busquen en la otra mano el truco y no miren en cambio hacia donde señala. Pero hay una tercera, la de quien deja que busquen la carta robada mientras abandona la escena para hacer aquello que en la carta robada se escribía.


(1) Josefina Ludmer, Ensayo publicado en La sartén por el mango, Ediciones El Huracán, Puerto Rico, 1985.

(2) José A. Sánchez: Brecht y el expresionismo: reconstrucción de un diálogo revolucionario, Ed. Universidad de Castilla-La Mancha, p. 132.

(3) Belén Gopegui: Lo real, Barcelona: Anagrama, 2001, p. 17.

(4) David Mamet: Los tres usos del cuchillo (Sobre la naturaleza y la función del drama) (trad. María Faidella), Barcelona: Alba, 2001, p.63.

(5) Chorderlos de Laclos: La educación de las mujeres y otros ensayos (Trad., introd. y notas: Julio Seoane Pinilla), Siglo XXI, 2010, pag. 26.

[Belén Gopegui ha tenido la generosidad de cedernos este artículo, a raíz de la mesa redonda que tuvo lugar en la Universidad Pompeu Fabra el 23 de febrero junto con Ignacio Echevarría, Gonzalo Torné y Pablo Muñoz. La misma B. Gopegui leyó un fragmento de este precioso texto entonces. Este artículo había sido publicado con anterioridad en La Página, número 93/94]

Fuente: www.desaparezcaaqui.com