Este será el primero de una serie de artículos*, que intentan reflexionar sobre la propuesta de la Cuidadanía, entendiendo por tal la articulación de un discurso y de una práctica anticapitalista, antipatriarcal y antiautoritaria que asume como tarea principal la revalorización y visibilización del trabajo de cuidados, es decir, de todo el conjunto diverso y variable de tareas, labores y relaciones que se orientan a satisfacer las necesidades humanas, a procurar la sostenibilidad de la vida, y a generar relaciones corresponsables entre iguales.

Con el trabajo de cuidados nos referimos por igual a los cuidados que atienden a las necesidades materiales (alimentarse, cobijarse, vestirse, limpiarse…) como a los cuidados que satisfacen necesidades inmateriales (emocionales, relacionales, comunicativas). El trabajo de cuidados es generalmente no remunerado, mayoritariamente desempeñado por las mujeres, casi siempre invisibilizado, cuando no explícitamente infravalorado, y se suele restringir al ámbito doméstico y privado. El término Cuidadanía intenta enfatizar precisamente este ámbito esencial del trabajo humano, resituándolo en el espacio de lo público, y no sólo por su innegable verdad, si no sobre todo por reivindicarse contra el machismo milenario y el capitalismo rampante.

La CUIdadanía se confronta a la ciudadanía. Surge precisamente como crítica feminista y antiautoritaria a la concepción heredada, dominantemente patriarcal y estrecha, de la ciudadanía. Hay que ser rotundos en el uso de los términos: la ciudadanía es siempre restrictiva, machista, jerárquica, elitista, plutocrática, violenta, eminentemente capitalista, depredadora de recursos, explotadora de seres humanos y, ante todo y sobre todo, profundamente asimétrica y desigual. Desigual en primer lugar con las mujeres, con las mujeres trabajadoras que han tenido y siguen teniendo, para vergüenza de los hombres, el peso fundamental en el mantenimiento y en la sostenibilidad de la vida, es decir, en las labores del cuidar, de cuidarse y ser cuidada.

Lo que denominamos tan alegremente como ciudadanía tiene una larga historia “ilustrada”, cuyos orígenes emancipatorios fueron cercenados desde un principio, al atribuir tal calificativo a una sesgada porción de la población: al hombre blanco, aplicado, cultivado, trabajador y típicamente burgués. Ni las mujeres, ni los jóvenes, ni las minorías de ningún tipo ni condición entraban en el adjetivo de “ciudadano”. Más que una asunción popular de la noción de “ciudadanía” lo que surge es una difusa “identidad” occidental, básicamente eurocéntrica, sexista, patriarcal y de raíces cristianas.

El concepto de ciudadanía guarda tan estrecha ligazón con esa “identidad” instituida, con la pertenencia a un sistema de valores y creencias socialmente construidos, que no puede definirse de otro modo que en relación siempre a quien no la posee. Las mujeres, las personas con diversidad funcional – física o mental -, los jóvenes que no asumen su rol impuesto en el mercado, las personas desempleadas, las minorías étnicas o culturales, la población reclusa y el grueso de trabajadorxs extranjeros en general y en especial las personas inmigrantes sin papeles, irregulares o sin estatuto legal. Todos estos colectivos, en mayor o menor grado, con mejores o peores posibilidades, están o han estado o estarán en la no-ciudadanía, o en una ciudadanía transitoria, o en una ciudadanía de segunda o tercera fila. Esto históricamente no es nuevo, lo que es novedoso es su extensión, su dimensión y su generalización. En verdad, cada cual puede perder en cualquier momento su condición privilegiada de “ciudadanx”. El miedo consciente o inconsciente a sufrir personal e intransferiblemente tal pérdida es lo que esencialmente sostiene la injusticia global en la que vivimos.

Con la crisis global de valores que dicen que vivimos, se instaura, pues, la sospecha en todos los intersticios de la «identidad» ciudadanista: ¿qué racionalidad sustenta una «razón» que se autojustifica como dominadora e instrumental, qué valores fundamentan una democracia elitista y mediática, qué necesidades sociales satisface una economía de acumulación capitalista, qué libertad es la que impide que todos los seres humanos puedan ser igualmente libres, qué ciudadanía se instaura cuando el progreso se identifica sólo con la capacidad de producción y consumo de los individuos?

Más allá de la ciudadanía y de su carácter excluyente, están los cuidados que toda sociedad debería priorizar como condición básica para la sostenibilidad de la vida, pues sin sostenibilidad de la vida no hay ni sociedad, ni economía, ni cultura. La Cuidadanía pone sobre el tapete la necesaria visibilización política del derecho a cuidar y a ser cuidado, y el derecho también de las mujeres a no cuidar, a no hacer del cuidado el centro de sus vidas, y de la necesidad que todas y todos tenemos de ser cuidados y de procurar los medios para el autocuidado de cada cual.

* Dedico y debo las ideas principales de este y los próximos artículos sobre Cuidadanía especialmente a Sira del Rio, con la que tuve la oportunidad irrepetible de poder dialogar y debatir hace ya más de diez años -con ella y con más gente- sobre algunos de estos temas. Los siguientes artículos tratarán de: Cuidadanía contra el Capitalismo, Cuidadanía y Autogestión, Cuidadanía y Decrecimiento.

Fuente: http://www.ultimocero.com/blog/chatar%C3%B3n-t%C3%B3xico/cuidadan%C3%ADa-frente-ciudadan%C3%ADa

Más en Tortuga: http://www.nodo50.org/tortuga/Las-contradicciones-del-feminismo

http://www.nodo50.org/tortuga/Dora-Black-Dora-Russell-feminismo