Javier Castañeda

Periodista experto en Sociedad de la Información

No descubro nada nuevo si confirmo que Milán es habitualmente asociada al diseño. La ciudad tiene otras importantes connotaciones de arte clásico, y también futbolísticas, pero la reinante es ésa; máxime si paseamos por la ciudad la semana en la que sus calles albergan el «48º Salón del Mueble». Probablemente influya que la industria facturase en 2008 unos 38 millardos, dato que explicaría las facilidades de la ciudad, a la hora de engrasar una maquinaria que congrega a más de 400 empresas en torno a tan afamada cita anual.

Al ver los números que el negocio genera y recibir súbitamente un chute de diseño, es fácil quedarse un poco perplejo y caer en la cuenta de la importancia del diseño en nuestra existencia. Consciente o inconscientemente, está presente en infinitos aspectos de nuestra vida cotidiana, desde la ropa que vestimos, hasta el salón de nuestra casa, pasando por un sinfín de detalles. Y aunque no siempre resulta fácil adivinar qué nos seduce de una estancia, de un objeto o de una herramienta, probablemente muchos sean capaces de reconocer qué tacto, forma o elegancia de muchas cosas les parece agradable. Pero como para gustos se hicieron los colores, también hay quien piensa que el hecho de vivir una vida diseñada de antemano, deja un parco espacio para la improvisación. Sea como fuere, lo cierto es que cada vez el diseño está más presente todos los ámbitos esenciales del ser, como son el cuerpo, la mente y el espíritu.

En cuanto al cuerpo, cada vez son más los que, bien por iniciativa personal o bien por una invasiva oleada de publicidad, son abducidos por la necesidad –aunque ésto no sea nuevo- de seguir los cánones de belleza o estética de moda. Para ello contratan un P.T., siglas que corresponden a personal training en inglés, que les modele el cuerpo, y en ocasiones hasta la dieta, de cara a lograr las tan deseadas medidas, bíceps o lo que sea. Aunque claro, obviamente hay cosas que no son posibles a base de esfuerzo y es entonces donde se recurre al fascinante –al menos a mí me fascina que se puedan cambiar tantas cosas que antaño eran inmutables- mundo de la cirugía estética; uno de los feudos del diseño por antonomasia.

Por otro lado, si pensamos en esa loca de la azotea que es la mente, dado que hemos creado una sociedad en continua formación, parece que no podrá parar nunca de reciclarse, máxime ahora que planea sobre nuestras cabezas una demora en la edad de jubilación. Y como dicen que el conocimiento va muy ligado a las bondades laborales, cada vez son más los que precisan de un coach o entrenador personal, para que les guíe, oriente y –en definitiva- ayude a diseñar tanto una trayectoria laboral a medida, como los pasos que han de dar hasta llegar a las metas soñadas. En este caso, a diferencia del anterior, no hay lugar para la cirugía; si bien proliferan estrategias encaminadas a conseguir esos objetivos de diseño, o preconcebidos por la psique de cada cual.

Para terminar, entramos en el terreno más abstracto o más difuso de concretar, como es el interior, ese inconcreto espacio gobernado por el alma: la esencia, el espíritu, o como queramos definirlo. Cada vez son más los que deciden acudir a los más diversos tipos de diseñadores humanos; ya que, sobre todo en tiempos de elevada incertidumbre como los actuales, el ser -en ocasiones- parece haber perdido su norte y no sabe volver tras sus pasos para recuperarlo. Difícil tarea esta de encontrarse –o reencontrarse si es que uno ya se conocía y simplemente se había perdido- a sí mismo, para intentar encajar o conciliar si cabe, los anhelos del interior con el destartalado contexto exterior reinante. ¿Será posible vencer las torceduras de alma, al igual que se recompone una nariz o un tobillo, hasta lograr cambiar las inercias?

El diseño, en definitiva, es como el amor: si es bueno, te hace la vida más amable. Pero si no lo es, simplemente se convierte en una melodía de seducción que, al cruzar nuestra estancia, sorprende por la frescura de lo nuevo. Sin embargo, al cabo de un tiempo, probablemente –y sea cual sea la naturaleza del objeto que provoca la sorpresa- será abandonado por algo más práctico, más armonioso o, simplemente, menos pensado. O sencillamente, por un nuevo antojo que empuje al olvido ese sabor de lo ya conquistado. Lo malo es que en una vida de usar y tirar donde la ley del plexiglás impera, cada vez resulta más complicado, tanto sustraerse al atractivo embalaje que envuelve lo nuevo, como conservar la esencia, sea o no, de diseño.

La Vanguardia