Aún me emociona encontrarme con un niño que patea una pelotita, pues para un ser humano jugar no es otra cosa que vivir.

Entiendo que, habiendo colgado ya unos cuantos calendarios, uno no puede recorrer las calles golpeando las latas con el pie; sin embargo, pienso que por el camino he perdido algo importante. Madurar debería suponer superar la infancia, no matarla y olvidar todo lo que había de valioso en ella.

La emoción de ver a un niño pateando una pelotita es, en parte, la esperanza de que el mundo pueda ser distinto del que construimos los adultos; en parte, el miedo a que el mundo sea siempre igual.

Cuenta Jorge Valdano que, tras un entrenamiento con la selección argentina, Diego Armando Maradona le dijo en referencia a unos periodistas que había por allí: «A ninguno le gusta el fútbol». Entonces les lanzó el balón. Uno de ellos lo devolvió con la mano. Diego añadió: «Si yo estoy en casa del presidente de la nación con un smoking y me llega una pelota embarrada, la paro con el pecho y la devuelvo como Dios manda».

Ver a un niño que patea una pelotita y, además, lleva una camiseta de Maradona emociona más aún: la esperanza y el miedo se intensifican.

El día en el que el fútbol abandonó la prisión de los elitistas colegios británicos, esparció sus semillas al viento. De repente las ciudades parecieron campos de trigo y amapolas. Y quienes no tenían voz —tuvieran o no voto— pudieron expresarse con un balón en los pies. Acostumbrados a enfrentar los obstáculos del día a día, los chicos del barrio gambeteaban rivales sin problema, con habilidad e imaginación. Y con alegría, como queriendo decir: «Es acá abajo donde está la vida».

Cuentan que hubo un lugar en el que la pelota, el bandoneón y la guitarra eléctrica pudieron hermanar las almas de todos los desheredados. Allí, Orestes Corbatta, como si chamuyara lunfardo, continuaba gambeteando después de superar al arquero (¡y hasta después de pasar la línea!); el Trinche Carlovich, con un manejo del pincel que solo tenía igual en Marcelo Trobbiani, pintaba dobles caños; y la doce rezaba por que René Houseman no estuviera en forma, pues así inventaba más.

Y entonces llegó Diego, último sello de un arte helenístico, de una cultura que sabía que no existía la poesía neoclásica, que no había amor sin verso suelto.

Algunos de estos futbolistas, sabios como el oso de Moris, siguieron de potreros y rechazaron el éxito; otros no fueron capaces de digerirlo, lo cual no deja de ser un signo de humanidad. Si un rico no padece, aunque sea de manera inconsciente, un conflicto en las entrañas por no convertirse en san Francisco de Asís, es que ya no vive.

Ahora que «los inmorales nos han igualao» en este cambalache que es la vida, ya no hay expresión popular que el ágape cuide, ni diferencia que el mercado y la tolerancia no asesinen.

Pero el señor Burns aún no nos ha robado el sol. Celebremos, mientras tanto, cada rayo que invada la fealdad de los suburbios y gocemos cada brote de bondad y belleza que nazca en una tierra aún pobre por el machismo y la miseria, pues en ningún otro lado podremos cultivar.

De momento llevan el diez en la espalda, sabedores de que en la noche hay más oscuridad que estrellas. Pero quizá un día la Biblia se canse de llorar contra un calefón, y el pueblo madure y supere su cultura, pero no la mate y no olvide lo que había de valioso en ella. Ese día, firmeza y empatía se unirán, las hogueras de las tribus iluminarán de nuevo las canchas y el firmamento, y los desheredados abatirán las puertas de la biblioteca de Alejandría y rechazarán todas nuestras ofertas.

Recemos, ¡oh, burgueses y primermundistas!, por que ese día llegue pronto. Porque ese será el día en el que los miserables, capaces de amar en la imperfección, soplarán y derribarán nuestros muros. Y ese soplo será un soplo de vida. Y, entonces, habremos resucitado.

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One thought on “De momento llevan el diez en la espalda”
  1. De momento llevan el diez en la espalda
    BONITO HOMENAJE AL PELUSA.
    ME HA GUSTADO LA MENCIÓN
    A MARCELO TROBBIANI.

    BRAVO ADRI,

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