
Al PP y a una parte de la opinión pública le parece mal, muy mal, disparatado incluso, que el Gobierno haya declarado 2006 año de la memoria histórica y se disponga a ofrecer un reconocimiento moral y democrático a los centenares de miles de víctimas que causó la dictadura franquista, ese simple autoritarismo de derechas, que no fascista, en definición de Josep Piqué, un hombre que ahora se dedica a hacer méritos entre los sectores más conservadores de su partido repasando la Enciclopedia Álvarez. Para los populares se trata de un acto insensato que despertará no se sabe bien qué fantasmas del pasado y reabrirá viejas heridas. De paso, se rendirá homenaje a la II República, “un periódico histórico muy lamentable”, dicho sea en palabras del ya citado Piqué.
Cabía pensar que setenta años después del golpe de Estado y casi treinta desde que se recobrara la democracia era el momento adecuado no ya para recuperar la memoria, que nunca se perdió, sino para corregir una de las mayores injusticias cometidas en nombre de esa Transición sobre la que tanto incienso se derrama. La supuesta reconciliación nacional fue en realidad un episodio bastante surrealista por el que los encarcelados por defender esa libertad que tantas bocas llena hoy día, consiguieron el perdón de sus ‘pecados’ con una vergonzosa ley de Amnistía. Los policías que los torturaron, los jueces que los enviaron a la cárcel, los falangistas que los denunciaron y los políticos y periodistas que sostenían aquel Régimen con el brazo en alto y la cara al sol transitaron sin mácula al otro lado para convertirse en los demócratas de toda la vida que hemos conocido. Nadie les pidió cuentas por cuarenta años de atrocidades.
Para reconciliarse, ya en democracia, miles de familias debieron seguir guardando silencio y renunciar a rendir tributo a sus muertos, porque tratar de recuperar sus restos de la cuneta donde los fascistas (autoritarios, según Piqué) les dieron el paseíllo y les metieron un tiro en la nuca hubiera reabierto las heridas de esos mismos fascistas o de quienes aplaudieron sus crímenes o de quienes simplemente los callaron.
Entre tanto, nuestros políticos, los demócratas y los demócratas de toda la vida, elaboraban una Constitución de manera casi clandestina -para no molestar- que aprobaba con nota, pero que dejaba abierto el edificio institucional de par en par, fuente de la mayoría de los problemas actuales. Como se vivía en una democracia vigilada por los espadones de siempre, se hicieron mil piruetas para contentar a unos y a otros, especialmente al Ejército al que se le adjudicó el papel de garante de la unidad de la patria. Como España era frágil y ya se rompía en 1981 tuvimos que asistir a la cirugía invasiva de Tejero, que terminó por convencer a todos de que lo mejor era seguir guardando silencio por eso de no reabrir las dichosas heridas.
Si el trato dado a los perseguidos del franquismo ha sido una vergüenza nacional -sirva como ejemplo que al puñado de militares que el franquismo encarceló por demócratas la democracia no les permitió reingresar al Ejército para no molestar al resto-, lo que produce especial sonrojo es la actitud de una derecha que debe de seguir pensando que si la sociedad vuelve sus ojos al pasado podrá ver la cara de alguno de sus dirigentes con menos arrugas en la cúspide de la dictadura. Porque si ésta no es la razón, sólo cabe entender que sus justificaciones del franquismo, su obstinación en no condenar el sadismo de aquel período nefasto y dar satisfacción a los ancianos que le resistieron, obedece a una simple razón electoral: los nostálgicos de aquel general bajito votan al PP. Lástima que no exista un partido de ultraderecha que les libere de semejante carga.