
1) Pasiva esclavitud versus cartesiana manera de vivir . Aludía en una columna anterior a esos pozos artesianos que en la región francesa de Artois hacían que el agua brotaba a la superficie con fuerza proporcional al ímpetu con el que se atravesaba la capa impermeable. Señalaba asimismo que en la Recherche de Marcel Proust el pozo artesiano es parábola del esfuerzo del espíritu, cuando efectúa una inmersión en sí mismo, a fin de taladrar las sucesivos estratos, trabados con prejuicios, clichés y construcciones edulcoradas sobre la propia condición o el propio destino…taladrar en definitiva las capas de desidia y resistencia, expulsando los residuos, a fin de dar espacio para la buena semilla de la metáfora o la fórmula.
Defendía la tesis de que esta suerte de purificación redentora es asimismo la condición de una apertura a la alteridad, de una sustitución del ego hermético por el yo transitivo, el yo productivo, intrínsecamente vinculado a los demás, efectivo nudo de relaciones, del que es paradigma el je pense de Descartes. Quisiera hoy centrarme en este punto.
En el momento álgido del Discurso del Método, el Descartes que sólo halla razones para poner en tela de juicio las convicciones más arraigadas, procedan de la moral o de la ciencia, encuentra en el hecho de que hay pensamiento una certeza apodíctica. Es de señalar que la estrategia de la duda barre desde el primer momento la propia realidad fisiológica, es decir lo que podríamos considerar nuestra identidad individual como animales:
«Me consideraré a mí mismo como sin manos, sin ojos, sin sangre y sin sentido alguno y creyendo falsamente que tengo todo eso. Permaneceré obstinadamente en ese pensamiento y si, por dicho medio no me es posible llegar al conocimiento de ninguna verdad, al menos está en mi mano suspender el juicio. Por ello, tendré sumo cuidado en no dar crédito a ninguna falsedad y dispondré tan bien mi espíritu contra las malas artes de ese gran engañador que por muy poderoso y astuto que sea nunca pondrá imponerme nada».
Aparece entonces la célebre frase: «pienso, luego soy». Sin embargo esta primera persona que piensa es inmediatamente presentada como «una cosa que piensa», sugiriendo así que el sujeto del pensar, lejos de identificarse al ego y el cúmulo de sus intereses, es intrínsecamente transitivo tensado, dialéctico y creador:
«¿Qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina y también que siente»
Lo único que en este texto plantea problema es el sentir. En efecto, ¿no habíamos acordado, llegados al paroxismo de la duda, que en lo sucesivo nos consideraríamos sin manos, sin ojos, sin carne, sin sangre, sin sentido alguno? Descartes precisaba sin embargo: «creyendo falsamente que tengo todo eso, aspecto de la cuestión sobe el que retorna: «De todas maneras no es menos cierto que me parece ver, oír, sentir calor, y eso es propiamente lo que en mí se llama sentir, y así precisamente considerado, no es otra cosa que pensar»
¿Qué nos dice, en definitiva el yo pienso cartesiano? Pues que hay una cosa de la que no puedo en modo alguno dudar, a saber, que en todo momento tengo la cabeza llena de ideas, ideas de un tipo u otro pero ideas. Inténtese encontrar la menor razón para dudar e ello y se comprobará inmediatamente que lo único con lo que se tropieza es con ideas, se comprobará que es imposible ver la no visión.
Pero hay ideas e ideas, hay ideas fruto de la tensión y fertilidad del espíritu y que son correlato de ese sujeto relacional al que antes me refería y hay ideas que reflejan más bien la astenia del espíritu, ideas pasivamente asumidas («idées reçues», en la lengua francesa) o que fueron fruto de un juicio que ahora no tensa el espíritu (ideas «rabachées» masticadas hasta la descomposición y que ya no son alimento). Ideas que cierran el paso al yo que activamente piensa, que resiste a los prejuicios establecidos. Y así este último que se había propuesto resistir a la matriz de prejuicios, al Dios que «aplica toda su industria en engañarme» (sustituyan la palabra Dios, por otras como patria, mercado, o familia y se reconocerán de inmediato en la situación) siente que se debilita:
«Pero un designio tal es arduo y penoso, y cierta desidia me arrastra insensiblemente hacia mi manera ordinaria de vivir, y como un esclavo que goza de sueños en sueños en una libertad imaginaria, en cuanto empieza a sospechar que su libertad no es sino un sueño, teme despertar y conspira con esas gratas ilusiones para gozar más largamente de su engaño, así yo recaigo insensiblemente en mis antiguas opiniones y temo salir de mi modorra, por miedo a que las trabajosas vigilias que habían de suceder a la tranquilidad de mi reposo, en vez de procurarme alguna luz para conocer la verdad, no basten a iluminar por entero las tinieblas de las dificultades que acabo de promover»
La pereza, la desidia, cómplices de nuestra «manera ordinaria de vivir», abonan una condición de confortable esclavitud. Y cuando se da un atisbo de lucidez sobre la objetivamente penosa condición, esta misma lucidez hace vislumbrar lo duro y hasta quizás infructuoso que será el esfuerzo por liberarse y entonces la modorra empuja a perdurar en la ciénaga.
En la medida en que lo designado por Descartes como «manera ordinaria de vivir» es identificado a la esclavitud, el yo que se agota en esta ordinaria manera de vivir, es un yo esclavo, y egoístamente consentidor de su situación, pues se trata en definitiva de un yo configurado por la esclavitud misma, configurado a la vez por la jornada agotadora y por las complementarias horas de ocio que alimentan la modorra…polaridad contra la que se revela el yo transitivo al que antes me refería, el yo surgido en el repudio del binomio trabajo-esclavo/evasión contraponiendo al primer polo la tensión del espíritu en el esfuerzo creativo, y al segundo ese reencuentro de la propia humanidad en el otro en el que Kant veía la esencia del juicio compartido ante la obra de arte.
El texto de Descartes es trasparente: perezoso y conservador yo huyendo de la confrontación con la fuente del engaño, frente al sujeto del pensar, que repudia tanto la situación de ser engañado como la sumisión que ello conlleva…(27/06/2011)
2) Pliegues que agotan el cuadro… Obediencias que agotan el yo . Ante El Descendimiento de Roger van der Weyden, percibiendo la constancia en la historia del arte de determinadas singularidades topológicas que toman forma de pliegues, Eduardo Chillida se preguntaba: ¿si le quitas los pliegues al cuadro qué queda del cuadro? Contrapunto sombrío de esta espléndida pregunta sería la siguiente ¿qué queda del yo ordinario si pones entre paréntesis la filiación deportiva, el anclaje familiar, el deseo obediente a estereotipos, la filiación patriótica..?
***
Perezoso y conservador yo huyendo de la confrontación con la fuente del engaño, frente al sujeto del pensar, que se resiste a ser engañado y combate la situación en la que el engaño es elemento engrasador. Así interpretaba en la última columna la polaridad cartesiana entre, por un lado, la estéril actividad del sujeto atado por las circunstancias determinantes de la «ordinaria manera de vivir», sujeto focalizado en sí mismo, en la conciencia de sí, y el sujeto cuya esencia es el pensamiento en acto, sujeto indisociable de las ideas que le ofrecen resistencia, sujeto en conflicto, sujeto transitivo, sujeto intrínsecamente tensado, me atrevería a decir trabajador, si el término trabajo no tuviera las connotaciones de actividad esclava que desgraciadamente tiene y que lo sitúa en las antípodas de la actividad a la que estoy refiriéndome: así el escultor que explora el espacio o el científico que lo archiva en una fórmula piensa de manera intensa, pero apenas tiene conciencia de su universo propio; apenas responde al yo que acompaña las representaciones cotidianas.
El sujeto que ha desalojado en sí mismo las trabas que impiden realizar las potencialidades de su condición, el sujeto que se experimenta como epifanía de un esfuerzo holístico, el sujeto que fertiliza en sí lo que responde al rasgo general de la humanidad, el sujeto motivado por el deseo de pensar, el sujeto en suma que hace inmersión en su interior pozo artesano, se va desprendiendo del lastre que supone un yo anclado a la mera subsistencia y alimentado por la bazofia ideológica que, en la esclavitud real, cimenta el edificio del consuelo imaginario, entre otras cosas por tratarse de una universalidad contradictoria, pues la apuesta por el primado del propio clan, la propia patria, el propio equipo y en definitiva el propio ego, choca con idéntica apuesta en el otro.
Post-scriptum sobre las condiciones sociales Si durante la manifestación que reunió hace unas semanas a decenas de miles de personas en la barcelonesa Via Layetana, alguien hubiera preguntado por las razones subjetivas que habían llevado a acudir a la convocatoria, posiblemente las respuestas serían no sólo muy diversas, sino en ocasiones opuestas y hasta contradictorias. Allí había gente que comulgaba más o menos con un ideario naturalista o animalista y gente que respondía al lema (para algunos periclitado) de la lucha de clases; gente que podía lamentar la ausencia de referencias a la causa del catalanismo y gente que no se sentía en absoluto afectada por este asunto; gente confiada en que alcanzar un mundo más digno es cuestión de acuerdo entre seres de buena voluntad y gente convencida de que todo es asunto de relación de fuerzas…Pues bien: me atrevo a decir que estas diferencias carecían de importancia y ello en razón de que las motivaciones subjetivas eran mera oportunidad para que se manifestara una razón común la cual podía incluso ser contradictoria con lo que cada uno creía que le motivaba. Esto se notaba también al nivel de los discursos, en ocasiones brillantes, en ocasiones indigentes, pero igualmente carentes de peso ante el movimiento holístico en su esencia y portador de un saber asimismo holístico, forjador de un sujeto presente en cada uno pero difícil de reconocer en ese uno. (04-07-2011)
3) Obediencias: la intimidad como reducto Me escribe Felix de Azúa unas líneas relativas a mi evocación de la tesis de Chillida según la cual si le quitas los pliegues y otras singularidades topológicas omnipresentes en cuadros como el descendimiento de Roger van der Weyden, nada queda de los mismos; tesis que yo utilizaba para defender que si se hace abstracción de sistema de obediencias de las que somos sujetos pasivos nada queda de lo que denominamos yo.
Azúa me señala que la importancia de los pliegues residía en que el cuerpo cuyas vestiduras se reducían a pliegues representaba «la institución misma (uno era lo que vestía)». A su juicio en el umbral de la modernidad, con el movimiento romántico, el cuerpo pierde entidad y la representación se focaliza en el paisaje, que sería el mismo puro pliegue. «Un paso más y sobre la tela flotarán unas líneas sinuosas en representación de sí mismas». Y Felix de Azua establecía una analogía con los manifestantes de Barcelona a los que yo me refería en mi columna, «puro estar ahí sin cuerpo», indica.
Sin cuerpo, matizaría por mi parte, que fuera representación de institución partidista, político-administrativa o económica, pero tampoco de la conciencia de intereses familiares o patrióticos, y ni siquiera representación de intereses y deseos vinculados a lo que se considera esfera íntima. En suma: cuerpo que se resiste a representar todo aquello de lo que suele ser espejo el cuerpo. Unos u otros de tales motivos podían estar presentes en cada uno de los individuos, pero simplemente no contaban, no eran el motor de lo que había canalizado hacia la barcelonesa Via Layetana a decenas de miles de personas. No se trataba en suma de una mera superposición de intereses de los cuales cabe legítimamente sospechar que son fruto de obediencias. Se ha señalado en todas partes la importancia de que ningún poder mediático o institucional hubiera convocado a la evocada manifestación. Pues bien: dadas las lamentables circunstancias actuales, dado el divorcio entre las instituciones públicas o privadas y el ideal de ciudadadanía, esa manifestación sin precepto era expresión de un pensamiento irreductible y auténticamente popular, cuyo primer lema es que las condiciones sociales actuales hacen imposible la libertad, que sin libertad no hay vida del espíritu y sin vida del espíritu simplemente no hay humanidad.
Borrosas fronteras de la intimidad. … Basándome en unos párrafos de Descartes me refería en pasadas columnas al perezoso y conservador yo forjado en la huida de la confrontación (en el caso de Descartes confrontación con una todopoderosa voluntad de engañar, un Dios «que dedica toda su industria a engañarme»), frente al sujeto del pensar, que repudia tanto la situación de ser engañado como la sumisión que ello conlleva. Sugería que el yo, que consideramos una suerte de reducto inexpugnable es en realidad un constructo, la expresión quintaesenciada de un conjunto de aspectos que configuran lo que consideramos esfera íntima de nuestra vida. De ahí que la sospecha en relación al yo sería útil que se extendiera al concepto mismo de intimidad. Si el pensamiento fértil tiene como condición necesaria el superar la tiranía del yo, quizás deba con mayor generalidad superar la tiranía de la intimidad.
«Zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de la familia». Así presenta el diccionario de la Academia el término intimidad…en su segunda acepción, pues la primera es la de amistad íntima, dónde el calificativo hace referencia a lo más interior o interno.
Hay como general acuerdo que lo íntimo constituye un ámbito que ha de ser respetado. Pero desde luego hay serias divergencias respeto a las fronteras de la intimidad. Recuerdo que en Francia se consideraba de mal gusto preguntar a alguien por su voto, por considerar que la decisión respecto al mismo habría de ser tomada en meditación consigo mismo, y ello fueran cuales fueran las actitudes políticas de la persona en cuestión, sobre las cuales no existía ningún tabú y hasta era convencional el expresar profusamente.
Obviamente esta polaridad entre las convicciones políticas, que pueden ser exteriorizadas por ser consideradas públicas, y la decisión íntima de tal o tal voto se diluye en ocasiones. En un régimen totalitario se exterioriza una cosa aunque se piense otra…íntimamente.
Cabe incluso que se llegue a invertir la situación: votar lo que todo el mundo sabe que se vota, mientras que lo que realmente se piensa en materia de político es impublicable, reservado para sí o en todo caso expuesto «a vista de pocos, familiar y domésticamente» o sea de manera privada.
La intimidad, aleatoria pues dependiente de normas y relaciones de fuerzas cambiantes se halla en todo caso amenazada, cuando el entramado social tiene fuerza para hurgar en las conciencias, por ejemplo torturando, o mediante instrumentos como la obligatoria confesión. Instrumento este último para abolir las fronteras de la intimidad mucho más eficaz que la fuerza, como bien sabe el poder vaticanista, al menos desde la revolución ignaciana, que marca a hierro las conciencias para que sólo en la desnudez de la confesión quepa la reconciliación con uno mismo.
Si el desvelo de la intimidad ajena ha sido una constante (sea por procedimientos inquisitivos, coercitivos sin tapujos o persuasivos en apariencia), no lo es menos el deseo de tal exteriorización. Complicidad dialéctica bien conocida por los publicistas, paradigma de lo cual es que para determinada casa de prendas de vestir se haya elegido el término intimissimi.
En cualquier caso, más o menos reducida en su espectro, la intimidad del otro es un reducto de la alteridad. Si la intimidad del otro no fuera tabú no habría deseo de franquearla y si la intimidad propia no fuera el ámbito de la identidad no la protegeríamos de la incursión ajena.
Sentimos que la intimidad es nuestro ser, ocultado en ocasiones por la urgencia de adecuarse a circunstancias ajenas, adecuarse al guiñol social determinado por relaciones de fuerza afectivas, económicas, etcétera. Podemos estar reconciliados con este ser íntimo o por el contrario considerarlo vil, cobarde o impostor, mas en todo caso experimentamos que acompaña todas nuestras representaciones del mundo y marca el papel más o menos cambiante que nos asignamos en él.
Todos sospechamos que el impulso que nos lleva a comer un helado es en realidad un acto de mera obediencia. La cosa no es muy diferente tratándose de la degustación de un vino, o de la emoción fetichista provocada por una prenda que luce el eventual partenaire sexual. Nuestra vida es ya como una piel reducida a poros por los que se infiltra esa modalidad del mal que es la reducción de toda cosa a mercancía. Somos lo que deseamos y deseamos lo que está mandado. Y sin embargo…es imposible que siempre haya sido así. La apertura originaria al mundo, el momento en que el in-fante da paso al ser de pensamiento y de lenguaje, no consiste en mediatizar las cosas por el valor sino el mediatizar las cosas por las palabras. De tal apertura queda en cada uno de nosotros necesariamente un rescoldo. Hacer que reviva este rescoldo, restaurar el momento en que la exhaustiva porosidad de nuestra superficie sea infiltración de las palabras, a la vez que apuesta por la dignidad propia (la inmersión redentora expresada en la metáfora del pozo artesiano) es apuesta por la realización colectiva, redención de uno mismo en una práctica modificadora del nudo relacional que es siempre el hombre. Uno en la pólis, es decir, cabalmente ciudadano (11-07-2011).
Fuente de los textos completos y más comentarios: http://www.elboomeran.com/blog/6/blog-de-victor-gomez-pin/

Modernidad y 15 M: los ciudadanos no necesitamos profesores de virtud
Otra entrada relacionada con las anteriores en el blog de Víctor Gómez Pin:
El pensar y la matriz del deseo . Aquello que acompaña en permanencia nuestras representaciones es designado por Kant como el yo, esa dimensión inevitable de nuestro ser que en ocasiones confundimos con la capacidad que el humano tiene de auto-contemplarse, de aprehenderse a sí mismo en un espejo interior, es decir, con la conciencia, que casi es redundancia designar como conciencia de sí, pues cuando no es de sí de lo que se trata, puede haber ciencia (y otras formas de despliegue del espíritu) pero no precisamente conciencia.
De ahí la importancia de las circunstancias en las que en el pensar escaso peso tiene la reflexión de ese yo que acompaña todas nuestras representaciones. Circunstancias que envuelven al filósofo en el momento verídico de su reflexión y al científico en la fragua de una fórmula. Importancia asimismo de las circunstancias en las que este inevitable yo es efectivamente el punto de partida…para una inmersión en la que los intereses inmediatos de ese yo son superados. Una inmersión que permite reencontrar la matriz en la que la condición humana se fraguó en cada uno de nosotros, encontrar la atmósfera prístina en la que emergió no exactamente el yo sino el nudo de relaciones que constituye el sujeto lingüístico.
La tensión del pensar redime, mientras que la ausencia de tal tensión cosifica todos los aspectos de la vida, incluido el deseo, de tal manera que, cabe decir, la presencia del otro para el ser que no acepta el reto del pensar, la presencia del otro para el ser marcado por la abulia, no es promesa de vínculo, sino coartada para perdurar en el solipsismo: falsa alteridad encubriendo real onanismo.
Una vez más resuena la sentencia de Aristóteles: el deseo del hombre es subsumir las cosas bajo conceptos. Y cabe decir que tal deseo marca la sexualidad humana, separándola irreversiblemente de la sexualidad meramente animal y haciendo que, para los individuos de nuestra especie, amar sea indisociable de dirigirse la palabra.
Post-scriptum sobre las condiciones sociales. Un político catalán se lamentaba al parecer de que durante los acontecimientos que tuvieron como una de sus expresiones la ocupación de la plaza de Cataluña, no encontraba interlocutor que pudiera hablar en nombre del colectivo. Posiblemente se estaba quejando asimismo de que los manifestantes y ocupantes de la plaza no parecían-en ocasiones al menos- responder a máximas de comportamiento ético incorporados a partir de un discurso exterior, por así decirlo a nadie obedecían. Y en efecto:
Los ciudadanos no necesitamos profesores de virtud y en consecuencia tampoco necesitamos guías espirituales. La función social del profesor de virtud es más bien la de vehicular normas a través de las cuales se fragua el cotidiano yo, caracterizado por su fidelidad a abstracciones y no precisamente por el esfuerzo en pos de juicio y criterio. Sólo en la medida en que no respondemos a exigencias de reforzar la forma de vida sustentada en tales lazos, fertilizamos la simiente de lo que en nosotros puede aun perdurar de ciudadanos. Por aludir al problema en términos filosóficos: aquello que Kant denomina imperativo categórico es un universal del espíritu humano, aunque efectivamente sea tarea ardua el mostrar que es así. Un filósofo que se ocupa de ética no tiene que predicar el bien, sino inducir a seguir a Kant en los meandros de la Critica de la Razón Práctica, a fin de justificar la sospecha de que el criterio ético se encuentra en todo ser de razón. Otra cosa es que en la práctica el ser de razón responda a tal criterio, asunto en el que pesan las condiciones sociales de posibilidad.
Modernidad y 15 M: los ciudadanos no necesitamos profesores de virtud
Los escritos del señor Gómez Pin me resultan procelosos y elevados en demasía para mi formación y conocimiento. Me cuesta relacionar las ideas que ofrece con sus implicaciones prácticas y no me queda claro que lo consiga de forma cabal. Por ejemplo, aunque se habla de ambas cosas, me resulta muy oscura la relación entre Descartes y el 15M que se pregona en el título. Sería muy de agradecer algún tipo de introducción o comentario posterior al texto que resuma en un lenguaje más asequible cuáles son las tesis o ideas presentadas.
Modernidad y 15 M: los ciudadanos no necesitamos profesores de virtud
Si te sirve de consuelo, a mi pobre cabeza también le supera lo de que sólo un Dios puede salvarnos que se pregona dos artículos más abajo. Debe ser la LOGSE, que dejó idiota a toda una generación.
La relación entre Descartes y el 15 M es evidente por la cabellera y perilla lucidas por el filósofo, que no pueden ser más perroflautescas. Sólo le falta un pirsin.
Modernidad y 15 M: los ciudadanos no necesitamos profesores de virtud
El artículo de dos más abajo precisamente hace una crítica al papel de las religiones, concretamente las monoteístas, y en especial el cristianismo como fomentadoras de valores antiecológicos y destructivos. Dado que pensadores creyentes de diferentes épocas han tomado textos bíblicos para justificar el dominio agresivo de los humanos sobre el medio, Leonardo Boff entra –también- en esa harina para desmentir esa exégesis y denunciarla por absurda y funesta en cuanto a sus resultados.
La cita de Heiddeger a la que te refieres está contextualizada en un párrafo que pretende afirmar la soberbia humana con respecto a la naturaleza comparándola con la paradoja que supone la fragilidad real de nuestra misma especie ante las fuerzas naturalezas desencadenadas que suceden actualmente. Con esa cita no creo que Boff pretenda ninguna homilía religiosa sino establecer una metáfora con respecto a la insuficiencia de la especie para garantizar su misma pervivencia.
Naturalmente Leonardo Boff es un autor con ideas religiosas que no esconde, pero precisamente en la mayor parte de sus artículos, y en este en concreto, no se dedica al proselitismo ni a la propaganda de ese tipo de convicciones sino a la denuncia social, medioambiental y política. Por supuesto se puede estar de acuerdo con él en todo, en parte o en nada.
Y no, no me sirve de consuelo que otras personas tengan dificultades de comprensión con otros textos. Ya dice el refrán que mal de muchos… Lo decía en serio que vendría bien una introducción a este artículo que ayudara a su comprensión por parte de más gente.
Modernidad y 15 M: los ciudadanos no necesitamos profesores de virtud
Pues sigo sin entenderlo.
Modernidad y 15 M: los ciudadanos no necesitamos profesores de virtud
¿Qué es lo que no entiendes?
Modernidad y 15 M: los ciudadanos no necesitamos profesores de virtud
No es que no entienda las palabras, es que no encuentro ningún argumento. No encuentro a qué se refiere con lo de ‘crisis de civilización’ que estaría detrás de la crisis ecológica, no veo ninguna alternativa a la crisis ecológica.
Parece ser que el autor considera falso que la naturaleza en su conjunto, a diferencia de los humanos, «no tiene espíritu ni propósito», aunque no da ninguna prueba de lo contrario. Después, imputa a la creencia de que la naturaleza «no tiene espíritu ni propósito» el haber causado la crisis ecológica; esto, sin más explicación, es como imputar al cristianismo, en general, ser la causa de la Inquisición -esa Inquisición con cuyo aliente en la nuca escribió, por ejemplo, Descartes- o al hecho de ser varón la violencia contra las mujeres. Declaraciones como esas llaman la atención sobre una presunta correlación, pero no explican nada.
Propone que en ciertos relatos mitológicos, y no en la ciencia y en la racionalidad, están las claves para evitar la crisis ecológica. Supongo que propone los relatos por su ejemplaridad moral. A mí me cuesta encontrar ninguna ejemplaridad moral en un texto tan sádico como el relato bíblico del Diluvio Universal, pero quizás sea una incapacidad por mi parte; hice el bachillerato en tiempos de la LOGSE y de las huelgas de estudiantes, y ya se sabe que eso dificulta el pensamiento.
Al hecho de que algunos de los que niegan que la naturaleza tenga espíritu o propósito consideren además que «no hay alternativa» a la crisis ecológica, lo eleva a prueba de que pensar que la naturaleza no tiene espíritu ni propósito condena a la aceptación de la crisis ecológica. Pero si alguien tiene una actitud de desconfinaza racional, la aplicará también a quienes dicen que no hay alternativa a la crisis ecológica, y de hecho hay quien lo hace, y de hecho hay quien encuentra alternativas, sin necesidad de convencerse por el camino de que la naturaleza tiene espíritu y propósito. El 15 M, por ejemplo, es una expresión de que eso existe. En todo caso, no veo por qué la descripción de medidas para conservar los ecosistemas pasa por atribuirles espíritu y propósito.
Tomando la parte por el todo, toma a algunos presuntos racionalistas que afirman que no hay alternativa a la crisis ecológica como prueba de que todos los racionalistas niegan esa alternativa. En vez de demostrar la falsedad de los negacionistas, grita ‘que viene el coco’ y a continuación afirma -citando a un pensador nazi- que no hay alternativa a pensar que sólo un Dios puede salvarnos, es decir, recomienda la pasividad de los humanos. Pablo dice que eso sólo es una metáfora, pero ¿metáfora de qué?
Supongo que también es la LOGSE la que me impide captar que, por el hecho de pensar que la naturaleza no tiene espíritu ni propósito, creo que soy Dios. Sin duda es una contradicción afirmar que la naturaleza no tiene espíritu ni propósito y luego afirmar que Dios existe -es una contradicción de la que se puede acusar a Descartes, aunque no dijo que él o la humanidad fuesen Dios-.
Los textos de Víctor Gómez Pin que encabezan este hilo defienden que en la actitud cartesiana de rechazo de las ideas recibidas y de búsqueda de la verdad sostenida en pruebas se encuentra la clave para la emancipación humana. El primer texto, al presentar la actitud cartesiana, sirve de introducción a los otros, que encuentra en el movimiento del 15 M un equivalente colectivo de la actitud cartesiana: el movimiento se sostiene porque no acepta las justificaciones recibidas del orden existente, y el hecho de que el movimiento mismo no presente alternativa a las ideas recibidas no significa que no exprese una liberación de las ideas recibidas, una demanda de justificación racional de las relaciones sociales. Quienes rechazan el movimiento actúan como quien rechaza la búsqueda racional, según lo expuso Descartes (aprovecho para decir que, como defensor de la tauromaquia, Víctor Gómez Pín haría bien en aplicarse su propia medicina).
Pablo considera rechazable que uno encuentre satisfactoria una situación en la que no entiende las ideas de los otros; ante una situación como esa, el uno en cuestión debe hacer, según Pablo, el esfuerzo de entender a los demás. En esto, Pablo y Víctor Gómez Pin están de acuerdo.
Modernidad y 15 M: los ciudadanos no necesitamos profesores de virtud
Bien, en ese caso no se trataba de no entender, pues, sino de no compartir, lo cual me parece completamente legítimo.
No obstante tengo la sensación de que Crates lee el artículo de Leonardo Boff “El «complejo de Dios» de la modernidad” desde una visión excesivamente crítica y quizá con algún prejuicio debido a la confesionalidad religiosa de Boff y a que la religión está presente en su escrito y entremezclada con sus afirmaciones, o quizá por su visión negativa hacia el cartesianismo. Creo que tampoco llega a captar bien el tono entre documental y literario del escrito puesto que lleva –a mi entender- al plano de la literalidad algunas afirmaciones que pertenecen más bien a formas simbólicas de expresarse. Por ejemplo el mismo título. La idea no creo que sea, como dice Crates “por el hecho de pensar que la naturaleza no tiene espíritu ni propósito, creo que soy Dios”. “Creerse Dios” o “endiosarse” son formas metafóricas de reflejar una actitud no por cierto religiosa que creo que cualquiera maneja y entiende.
Y de hecho, a pesar de la gran presencia de ideas religiosas en el artículo, éste, creo yo, no versa sobre religión. El tema vendría a ser algo así como “relación entre pensamiento de la cultura occidental y crisis ambiental”. Su teoría es que tanto la idea cristiana de que “el hombre es dueño de la naturaleza” como las filosofías racionalistas primero y utilitaristas después han contribuido a la conformación de una cosmovisión según la cual el medio natural tiene un valor relativo y siempre subordinado a las necesidades del “progreso” de la civilización. Lo cual es una de las causas (Boff parece decir que es la principal) de la actual crisis ecológica. Extracto las líneas que creo que muestran dicha tesis:
«La crisis actual no es solo una crisis de escasez creciente de recursos y de servicios naturales. Es fundamentalmente la crisis de un tipo de civilización que ha colocado al ser humano como «señor y dueño» de la naturaleza (Descartes). Ésta, para él, no tiene espíritu ni propósito y por eso puede hacer lo que quiera con ella.
Según el fundador del paradigma moderno de la tecnociencia, Francis Bacon, el ser humano debe torturarla hasta que nos entregue todos sus secretos. De esta actitud se ha derivado una relación de agresión y de verdadera guerra contra la naturaleza salvaje que debía ser dominada y «civilizada».
Surgió así también la proyección arrogante del ser humano como el «Dios» que domina y organiza todo.
Debemos reconocer que el cristianismo ayudó a legitimar y a reforzar esta comprensión. (…)De aquí se generó el antropocentrismo, una de las causas de la crisis ecológica. (…)
La moderna civilización de la tecnociencia ha ocupado todos los espacios con sus aparatos y ha podido penetrar en el corazón de la materia, de la vida y del universo. Todo venía envuelto con el aura del «progreso».
(…)
Bástenos ser simples criaturas con la misión de cuidar y respetar a la Madre Tierra.»
A Crates le resulta poco menos que escandaloso el hecho de que Boff critique la afirmación cartesiana “la naturaleza no tiene espíritu ni propósito”. Esta es justamente –a mi entender- una de esas confusiones entre simbología y literalidad que decía más arriba. Naturalmente un diálogo sobre los conceptos “espíritu” y “propósito” y su posible aplicación al medio natural no nos llevaría demasiado lejos al estarnos moviendo en terrenos sumamente subjetivos, ambiguos en lo terminológico y difícilmente objetivables. La idea negativa que Boff pretende señalar con esta afirmación no se refiere –tampoco esta vez- a una cuestión religioso-espiritual sino a la consideración que la naturaleza ha merecido a las mentes positivistas, desarrollistas, evidentemente influidas por la corriente de pensamiento racionalista (lo cual no quiere decir que el racionalismo sólo pueda abocar a esa conclusión). Para estas mentes pensantes (los desarrollistas que tanto daño han causado al medio ambiente), que la naturaleza no tenga “espíritu ni propósito” viene a significar en la práctica que no se le concede importancia ni significación suficiente para respetarla y conservarla ni se comprende al ser humano como parte de ella.
Crates concluye que Boff sugiere las enseñanzas morales de unos textos mitológicos (se refiere a la Biblia) como solución a la crisis ecológica. Yo no lo veo así. Hay un párrafo de su artículo, el penúltimo (“si partimos de la Biblia…”) en el que no se está dirigiendo a todo el público que lee su artículo, sino a esos cristianos concretos que han utilizado la Biblia para justificar la depredación medioambiental. A estos cristianos, y no a todos los lectores del artículo, les invita a cambiar ese punto de vista y su consecuencia práctica con la lectura de ciertas partes literarias y metafóricas del libro del Génesis las cuales parecen inducir a pensar en una postura de responsabilidad e implicación con la naturaleza, entendida como “Madre”. Con respecto al resto la propuesta de Boff , que no es muy prolija dada la brevedad del texto, va más bien por la propuesta de un cambio de mentalidad personal y social para otorgarle una consideración superior a la actual a la naturaleza de tal modo que de ahí emanen actitudes de responsabilidad y compromiso hacia ella. Naturalmente estas consideraciones se hacen en el plano de la ética, y de la moral si se quiere. Lo cual a mí me parece perfectamente legítimo y además necesario. Esta apelación a lo ético no creo que entre en contradicción en absoluto con medios e intervenciones en defensa de la naturaleza de carácter científico y tecnológico. Son cosas complementarias. Supongo que en este aspecto –el de la complementariedad necesaria de diferentes luchas y los esfuerzos para alcanzar o acercarse a una meta- Crates estará de acuerdo.
Crates acusa a Boff del hecho de meter a todos los racionalistas en el mismo saco, atribuyéndoles además una opción negacionista y/o resignada con respecto a la crisis ecológica. También me resulta una lectura excesiva del texto. La alusión al slogan neoliberal «no hay alternativa, este mundo es definitivo» simplemente está citada como una más de las consecuencias del proceso anterior (que según Boff es tan cristiano como racionalista, no lo olvidemos). Con respecto a la metáfora que se me pregunta, ya contesté antes. Con esas últimas líneas de ese desordenado, poco inteligible y lleno de yuxtaposiciones, párrafo Boff quiere venir a decir –siempre según mi deducción- que por muy chulito que el ser humano se llegue a considerar a la hora de “dominar” la naturaleza, en realidad es muchísimo más frágil y débil de lo que cree y de hecho ni siquiera es capaz de asegurar su propia supervivencia como especie. Es una llamada a la humildad.
Por suerte Crates incluye en su comentario un atinado e ilustrativo resumen de las ideas reflejadas en el artículo de arriba y en su primer post. Creo que es muy clarificador, y si él no se opone se podría incluir como introducción al artículo.
Y en esas estamos, tratando de entender.