
«La industria militar necesita que siga girando la rueda de los beneficios y al final uno nunca sabe si se fabrican armas porque hay guerra o para que la haya.»
Kukutza era un centro social autogestionado que ocupaba un edificio industrial de tres plantas en un recodo del barrio bilbaíno de Rekalde. Todo empezó a finales de los años noventa, gracias a un movimiento asociativo que nunca conoció la apatía ni la resignación. Levantaron un sueño con sus propias manos: teatro, biblioteca, comedor, deportes, clases de informática, un barrio vivo. En 2011 llegó el rumor del desalojo. En cualquier momento, con nocturnidad y sin previo aviso, llegaría la Ertzaintza para vaciar el edificio y abrir paso a la maquinaria de la demolición.
Llegaron de madrugada, en medio de una cacerolada y desfilando en formación militar con las mismas bocachas que unos meses después iban a matar a Iñigo Cabacas. Habíamos visto en muchas ocasiones las furgonetas y los helicópteros pero era la primera vez que veíamos las tanquetas. Eran vehículos aparatosos como elefantes de carga y estaban preparados para embestir las puertas de Kukutza. En apenas unas horas, la grúa articulada redujo a escombros el edificio mientras silbaban las pelotas de goma y el barrio ardía en protestas y detenciones.
Recuerdo haber seguido minuto a minuto los pormenores del debate en Internet. Por aquel entonces, Twitter era apenas un embrión de lo que es ahora pero había comentarios en los blogs y en las noticias de los diarios digitales. Encontré un foro policial donde intercambiaban pareceres, deduzco, ertzainas, mossos, guardias civiles y policías nacionales. Dadle caza a esos ciervos, decía uno -Ciervos, en el argot cuartelario, éramos nosotros, los que protestábamos contra el derribo-. Ya era hora, decía otro, de que sacarais las tanquetas porque estaban muertas de risa en el garaje.
Dice Engels en el Anti-Dühring que el poder no es un mero acto de la voluntad sino que exige herramientas de violencia. En última instancia, quien dispone de más poder económico dispone de mejores armas. Digamos que Cabisa, la constructora que compró el inmueble abandonado de Kukutza, tuvo a su disposición más y mejores armas que el movimiento asociativo de Rekalde. Tanquetas frente a una generación de veinteañeros que expusieron sus cuerpos al capricho de las porras.
Ayer, en una intervención ante los miembros del Parlamento Europeo, Josep Borrell, pidió más armas para Ucrania. Pidió, para ser más exactos, el envío de todos esos “carros de combate modernos y eficaces que están acumulando polvo en sus cuarteles y que no sirven para nada”. Casi sin querer, mi cerebro viajó en el tiempo hasta el rincón más escondido de un comentario perdido en un foro policial. Ya es hora de sacar esos tanques que tenéis muertos de risa en el garaje.
Una guerra y una protesta social se parecen muy poco pero sorprende comprobar cómo operan las mismas lógicas de fondo. La industria militar, como cualquier otro negocio, necesita que siga girando la rueda de los beneficios y al final uno nunca sabe si se fabrican armas porque hay guerra o si se fabrican armas para que la haya.
Fuente: https://www.naciodigital.cat/opinio/25674/desempolvar-armas