
Hace unos años la actriz argentina Leticia Brédice confesó en una
entrevista que había tenido sueños eróticos con Reina Reech. Y después
dijo: «pero con animales no ¿eh?». Esta anécdota cobra sentido en
cuanto se miran las fotos de Reina Reech.
Y me viene al pelo para demostrar una verdad importante, que las cosas
más sorprendentes suelen tener las explicaciones más mundanas. Como que
la culpa de que me gusten las mujeres la tiene la política.
Haciendo honor a la verdad, no sé si lo mío vino de fábrica o la
vida me torció a una edad temprana, sólo sé que no estaba sola: las
niñas de mi clase también estaban allí. Y no creo que los generosos
dioses me enviaran a una clase de ninfas especialmente disolutas porque
las de otros cursos se desnudaban y se metían juntas en la ducha de
cinco en cinco. Para echarse unas risas, seguro. Para meterse mano,
también. Era una época de cambios en la que Brooke Shields y Mariel Hemingway se pasaban las fiestas sin soltarse de la mano;
Maria Schneider -la morbosa compañera de reparto de Marlon Brando en
«El último Tango en París»- iba a la cárcel para seguir a su amante que
era una bruja con escoba que encima la chuleaba y una adolescente
mejicana recién aterrizada en España se meaba en la cara de una señora
y era lo más. Pero eso no salía en la bravo y la superpop y los otros
catálogos de pimpollos con el pelo cortado a tazón; salía en las
revistas que compraban nuestros padres por los artículos de política:
Interviu, Playboy y Penthouse. Gracias a ellas -que dios las bendiga-
nos salvamos de ser desvirgadas por un garrulo con cachondina y una
cinta de Rick Ashley. Nosotras nos despertamos a la salud de Fidel
Castro, la mafia rusa y un accidentado camino hacia Madonna, Cicolinna
y la europa común.
Jugar a política. Uno de mis vecinos, padre además de mi
mejor amigo y de su hermana mayor, era muy aficionado a la política,
afición que manifestaba comprando religiosamente la tríada triunfal.
Las tres marías incluían trípticos centrales desplegables de señoritas
discutiendo de leyes, de feminismo y otros asuntos de vital importancia
mientras se quitaban la ropa y se contaban los pelitos como les cuento
yo a las plantas de mis vecinos, con dedicación y profesionalidad y
amor por el trabajo bien hecho. Gracias al activismo de aquel señor, su
hija y yo nos encerrábamos en el baño con dos o tres números e
interpretábamos las escenas que más nos gustaban hasta que nos llamaban
para cenar. Lo llamábamos «jugar a política». Ahora que soy más mayor y
más sabia sé que se llamaba «softcore».
Aquellas maravillas nuestras no eran el saco de huesos y silicona
que caracteriza hoy el sector, eran verdaderas bellezas de piel
perfecta y pechos delicados que cabrían en copas de champán envueltas
unas con otras en abrazos lujuriosos y manchadas de carmín ajeno en la
cara interna de los muslos. Y, en muchos casos, estrellas del cine y la
canción. No había hombres: estuvieron vetados por ley, tanto en las
revistas de política como en nuestros cuartos de baño hasta los años
noventa. ¿Quién los necesitaba? Era un reino perfecto en el que todo
era posible. Y los chicos daban patadas y olían mal la mayor parte del
tiempo.
Recuerdos satinados. En una salía Pia Zadora -que entonces andaba
con Germaine Jackson – cubierta tan sólo (y a ratos) por unos
calentadores y una bufanda. En otra, Morgan Fairchild y Terri Nunn.
Hasta Deborah Harry se descalzó para Penthouse, con lo que era entonces
Deborah Harry. El arcón secreto de la política se convirtió en nuestro
árbol de la ciencia particular: descubrimos la verdad sobre nuestros
ídolos y las imitamos como haría cualquier otra adolescente. ¿Que
fueron un mal ejemplo? No sabría decirlo. Otros aún igual de famosos se
dieron al alcohol y las drogas. Entre el amor y las drogas, nosotras
elegimos el amor.
Hubo
un número -que sostuvieron mis manitas temblorosas al menos una vez-
que dio la vuelta al mundo varias veces por escándalo doble. Penthouse,
septiembre de 1984, algunos de ustedes habrán oído hablar de él. En la
portada, que fue la segunda más vendida de la historia del papel cuché,
salía la mujer más bella de América, Vanessa Williams, como dios la
trajo al mundo y una jovencita de belleza angelical como «mascota del
mes». La primera le costó a Williams la corona; el jurado de Miss
América tuvo la generosidad de darle el palito a una negra pero se
quedó de piedra tras comprobar que, efectivamente, tenía vagina. Y
parecía un acabarse el mundo hasta que una diosa del inframundo con mas veneno que los cuatro jinetes del apocalipsis juntos
le dió a la industria del porno la ostia más sonada de toda su
historia*. El número vendió casi cinco millones y medio de copias. Para
que se hagan una idea rápido, Cat Power ha vendido, en toda su vida y
en todo el mundo, más o menos medio millón.
Cuando las revistas de política consiguieron introducir a miembros del otro sexo –so to speak–
en las sesiones fotográficas no es que dejaran de gustarme, pero algo
cambió. Mi vecina y yo acabamos peleando porque las dos queríamos ser
Racquel Darrian y dejamos de hablarnos cuando sus padres se mudaron a
un barrio de las afueras. Me quedaron para la nostalgia las estrellas
de cine, las revistas «para ellos» y, mucho más tarde, la Red. Se me
olvidó que había jacuzzis donde solo existían sirenas y que los chicos
daban patadas y olían mal, pero por poco tiempo. Cualquier persona que
pasa tanto tiempo como yo delante del ordenador lo sabe: antes o
después acabas en una fiesta pijama de muchachas besándose unas a otras
mientras se quitan el sujetador y juegan con el cepillo de dientes
eléctrico de su padre. Dicen que las señoras consumen tanto o más
pornografía que los hombres en Internet. Cuando no hay que bajar al
kiosco a decirle al Paco «tienes esa en la que sale Angelina con el
culo en pompa sujetando una recortada» las señoras se desinhiben mucho.
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había nacido Nora Louise Kuzma algo más tarde de lo que establecía su
documentación, que incluía un pasaporte y un carnet de conducir. La
noticia de que sóloi tenía 15 años cuando posó para Penthouse se hizo
pública pocos días después de su 18 cumpleaños y fue un bombazo de tal
calibre que la casa blanca convirtió su batalla contra la obscenidad en
América en una guerra contra la pornografía infantil, arrasanto todo a
su paso. Todas las cintas en las que salía Traci fueron retiradas y
destruídas menos una. Las pérdidas fueron de millones de dólares y
afectaron a VCA, CBI, Caballero, Western Visuals y Paradise, las cinco
distribuidoras más grandes de la época. Cuatro hombres fueron a la
cárcel y hubo multas de más de cuatro ceros, pero Traci quedó libre de
todo mal. Ella era la víctima.
Fue un golpe de puro genio. En el momento más grande de su vida,
cuando su nombre se repetía en todos los telediarios y no quedaba un
diputado en América que no se supiera sus diálogos de memoria, Traci
consiguó que la única película suya que se podía comprar en la tierra
fuera Traci, I love you, dirigida por su novio Steward Dell y
producida y distribuída por TLC (Traci Lords Company), su propia
compañía. Cuando los abogados llamaron a Ginger Lynn para que
testificara en favor de Traci, ella se negó. Pero Andrea Dworkin y
Catherine McKinnon acudieron en sus escobas en menos de lo que se tarda
en decir castración universal.
Más sobre este bonito asunto en la biblioteca del crimen.
NOTA. Diario de una heterosexual a la que le gustan las mujeres fue el título que le dió mi jefe Pedro Bravo a mi columna para Maxim. Sí, el mismo jefe.
Ha sido uno de los encargos más divertidos de mi vida, además del
comienzo de una gran amistad. Iré publicando los trozos poco a poco,
hasta que ya no queden y, entonces, ya veremos a dónde nos lleva.
Mañana me cojo un tren a Bruselas. Deséenme suerte porque la voy a necesitar.