Los desmanes de las guerras, las mediáticas y las invisibilizadas, siguen causando sus estragos entre las víctimas directas de aquellas, principalmente la población más vulnerable, mujeres, niños y ancianos, que en realidad son quien llevan la peor parte, y en el resto de los sitios ante la preocupación emocional y el temor a que nos salpique la guerra que vemos desde lejos.

Parece que la propaganda con que nos asaltan a todas horas, por fin, ha hecho que la posición de nuestra sociedad gire, entre el estupor y el miedo al contagio, hacia las justificaciones militaristas de siempre. Lo dice la Cadena Ser: gracias al nuevo clima, casi la mitad de la población está a favor de aumentar el gasto militar y de la mayor implicación bélica de España (lo que de paso quiere decir que más de la mitad no está de acuerdo con tales desatinos, aspecto que se obvia en la sesgada noticia para mantener contra viento y marea la vuelta de tuerca militarista impuesta por la élite de nuestro nuevo-viejo despotismo “hilustrado” de toda la vida y contra el sentir de la gente).

Así y todo, sigue habiendo una gran parte de la gente del común que repudia la guerra y aspira a otra paz menos sospechosa, gente que no se resigna a tragar las píldoras de adoctrinamiento militarista con las que nos quieren confundir.
Pero si a la causa de la paz por la que apostamos y cuyo favor nos visibilizamos en público le sobran razones tanto éticas como políticas o del mero sentido común para oponerse sin paliativos a la guerra (a cualquier guerra y a cualquier ejército, incluido el propio) sin embargo nos falta dibujar un horizonte alternativo de paz; es decir, qué otra paz y cómo alcanzarla.

Es así como junto con el no a la guerra no se reivindica en nuestro panorama (y hasta donde yo sé y a salvo de la honrosa excepción del posicionamiento de los insumisos e insumisas firmantes del manifiesto “insumisión a todas las guerras” y del sector más antimilitarista del feminismo) ni una metodología de eficaz lucha por la paz desde abajo, ni una propuesta para la “desinvención” de la guerra. Menos aún una alternativa “de contraste” que confrontar con la apuesta militarista vigente.

Muchas veces nos hemos preguntado: pero entonces, esa izquierda alternativa que aspira a transformar las sociedades, ¿qué modelo de seguridad o de defensa plantea? ¿el mismo modelo militar, pero con retoques para evitar sus más indeseable y agresivos perfiles? Cuando dice no a la guerra, ¿propone una alternativa diferente al militarismo? ¿tiene un modelo alternativo a la defensa militar para construir la paz? ¿propone un itinerario para dotarse de dicha alternativa y quitar poder al modelo militar? ¿aspira sólo a una paz armada, a una paz armada menos beligerante? ¿considera que serán los ejércitos aliados naturales, en un momento dado, de la transformación radical que requiere nuestro desquiciado mundo?

Puede que sí y que yo no me haya enterado, pero a juzgar por lo que trasciende al común de los mortales, entre los que modestamente me incluyo, de su empeño e incluso de su reivindicación y agenda de prioridades no parece (no me lo parece a mí al menos) que tengan mucho relevante que decir y, menos aún, que proponer más allá de las buenas intenciones de que haya paz, algo que como deseo compartimos casi todo el género humano.

Tampoco parece que el tema del militarismo y de la agenda antimilitarista con contenidos, fuera de la comprensible simpatía, forme parte de las prioridades de gran parte de los movimientos sociales de mayor empuje ni que se apresten a introducir entre sus propias agendas la lucha por desinventar la guerra y desmilitarizar las sociedades.

Y si ese es el panorama en esas esferas transformadoras, ni que decir tiene que ni siquiera es una idea suelta en la imaginación de las otras entidades de la sociedad civil, sea ésta lo que sea.

Daría la impresión de que la lucha por la paz con contenidos no constituye un fin en sí y no se abre paso en el griterío actual. Y, por si fuera poco, nuestra respuesta, que es todo lo fuerte que puede ser en proporción a las fuerzas con las que contamos, tampoco es lo clarividente que el momento requiere y sigue manteniendo viejas aspiraciones bien gastadas y hoy tan poco operativas, pero sin ofrecer un horizonte alternativo al abrumador militarismo que afirma la necesidad de ejércitos y aparatos de administración de la violencia institucional para garantizar la “defensa” frente a los “enemigos” de la sociedad.

Lucha por la paz. A la búsqueda de una agenda

La lucha por la paz exige hoy no dejarse hurtar el término ni sus contenidos por los que quieren decir guerra o paz armada y proclaman en su no a la guerra el sí a los ejércitos, al gasto militar, a la venta de armas y otras lindezas.

Conviene, al respecto, incorporar a la paz nuestros propios contenidos. Yo propongo que enriquezcamos la idea armónica e ideal de la paz con otra perspectiva algo diferente y, desde luego, más operativa para hacer de la paz un campo de lucha transformadora y no un mero sentimiento maleable y angélico tantas veces al servicio de la quietud y la resignación, porque la paz, para serlo, es ruidosa e inoportuna, sobre todo para los que la asimilan con la falta de conflicto:

1) Lo contrario a la paz no es la guerra, sino la violencia rectora que domina nuestro paradigma global de dominación-violencia.

2) La lucha por la paz es la lucha antes, durante y después contra la violencia rectora y contra las violencias directa, estructural, cultural y sinérgica aquí y en cualquier lugar y exige contraponer a éstas estrategias de reconstrucción, resolución de conflictos, reconciliación e interrelación de forma coordinada y sin relegación en los cuatro planos de la violencia (figura 1)
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3) La política de lucha por la paz exige simultánea y coordinadamente desarrollar tres estrategias: 1) lucha social por la seguridad humana; 2) desmilitarización social y 3) participar de prácticas y experiencias de contraste que anticipen la cooperación-noviolencia.

4) Las estrategias de lucha por la paz implicarán simultáneamente y sin relegación de tres dinámicas conjuntas: a) quitar poder al paradigma violencia-dominación, b) construir y llenar de contenido al paradigma cooperación-noviolencia y c) transferir y transformar recursos y capacidades desde el primero al segundo (si es posible) o eliminarlos por completo si no lo es (figura 2).

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En otra ocasión he propuesto desde este mismo medio agendas de acción que sirven para llevar a cabo esta lucha por la paz y contra la preparación de la guerra, por lo que remito a ello (https://www.grupotortuga.com/Paremos-la-guerra-Una-agenda-de) para no hacer excesivamente largo este texto.

¿Desarme frente a defensa armada?

Entre los lemas cada vez más desdibujados encuentro la reivindicación recurrente al «desarme».

Si me apuran, yo no estoy de acuerdo con el desarme.

No es que no sea bueno quitar del medio cuantas más armas mejor (y ojalá fuéramos capaces de invertir exponencialmente la actual escalada de armamentos de la que se lucran los señores de la guerra y sus cooperadores en los Estados; es que es insuficiente y desenfocado para construir la paz.

El problema de la paz es, perdonen que simplifique un poco, el problema de la violencia rectora en las relaciones sociales y con el resto del planeta.

Lo contrario a la paz no es la guerra, sino la violencia-dominación como paradigma del mundo que hemos construido y las omnipresentes violencias directas, estructurales y sistémicas, culturales y simbólicas, y el modo en que la interrelación de todas ellas construye nuestro mundo.

Si quieren, la guerra actúa como un espejo amplificador de las violencias, como una sinergia de todas ellas, como una locura. Y como una visibilización de las violencias que “en tiempo de paz” permanecen ocultas, por muy operativas que sean.

Si quitamos las armas, pero mantenemos, pongamos por caso, la explotación sobre las personas o la expoliación sobre los recursos, o la violencia sobre el resto de la vida del planeta, o si no transformamos el constructo patriarcal, ni desaprendemos las prácticas sociales de la violencia, no tendremos paz. O no podremos decir que esta paz que designa el poder tenga contenidos más allá de la invisibilización de los conflictos y la vigencia rectora de las violencias y de la injusticia.

Peca el desarme, por tanto, por defecto, pues desarme sin transformación simultánea de ese marco rector equivale a pura retórica.

Aspirar al desarme es aspirar a más de lo mismo; las políticas de desarme o las de diplomacia entre estados (dicho sea de paso, las que se le ocurre al bando oficial cada vez que tiene que proponer una solución a las guerras que se hacen manifiestas) son las políticas que se han venido practicando hasta la fecha sin que las sociedades se hayan transformado de una forma sustancial hacia la paz (al menos si entendemos por esta algo más que la disuasión mutua del terror y la ausencia de guerra) y, si han servid para algo, ha sido para mantener un cierto statu quo inestable y frágil que, como estamos viendo, ha sido incumplido y violentado siempre que los estados concernidos han podido hacerlo sacando de ello ventaja.

Porque la ausencia de guerra, como venimos diciendo, no equivale a la paz.

Yo no veo en qué sentido el desarme es una estrategia suficiente para el pacifismo y me tiro de los pelos cada vez que veo cómo, una y otra vez, los y las pacifistas seguimos reclamando miméticamente el desarme como lema y apuesta. ¿Pide el ecologismo nuclear para acabar con el despropósito ecológico? ¿Piden las feministas políticas meramente de igualdad jurídica para combatir de fondo el patriarcado? ¿Piden los sindicatos precarización del trabajo para luchar contra el paro y la desigualdad estructural? Bueno, pensando en nuestros sindicatos más conocidos puede que no sea un ejemplo afortunado, elimínenlo de la memoria.

El desarme peca, por una parte, por insuficiente: limitar las armas no es construir la paz porque, sin otro tipo de estrategias simultáneas de transformación de las violencias estructurales y culturales y de construcción de estructuras alternativas de cooperación-noviolencia, que desplacen el papel rector de la violencia en nuestras sociedades, en nuestras prácticas, ideas y creencias, el desarme no resuelve el problema de fondo, sino que lo cronifica con paliativos cuando lo que se necesita son remedios curativos más radicales.

Pero es que tampoco el desarme, sin la concurrencia de otras estrategias de transformación, tiene ninguna posibilidad de limitar la eficacia de la guerra y su poder destructivo por un tiempo y, como ha pasado con los grandes acuerdos de desarme, para deshacerse del material más obsoleto y sustituirlo por otro más sofisticado.

Aspirar a la total eliminación de las armas puede ser una idea loable, pero simplista desde el punto de vista de una estrategia de desinvención de la guerra y desarraigo de la violencia rectora.

Y, por si fuera poco, es que la estrategia de desarme puede servir además al juego de intereses de los bandos enfrentados, o de alguno de ellos, pues se puede utilizar para descompensar al otro bando en beneficio del otro con el que compite no sólo en el plano militar, sino también en el tecnológico, financiero, etcétera donde el otro no pueda buscar un equilibrio.

Así se ha propuesto por las principales potencias antagonistas el desarme como parte de una estrategia de acorralamiento al otro bando en innumerables situaciones históricas, sin que dicho desarme haya producido en modo alguno menor circulación de la violencia o reducción de las polarizaciones del conflicto.

El desarme, visto así, sirve para preparar la nueva guerra, habitualmente la prolongación de una anterior.

Debo aclarar, llegado a este punto, que no quiero decir que debamos luchar contra el desarme, sino que éste no es nuestro escenario. Si hay desarme que lo haya. Y que dure. Pero la apuesta alternativa por la paz debe serlo más bien por ir más allá del desarme: por la transformación del paradigma de defensa.

Si a esto lo queremos llamar desmilitarización, o trans (de transformación) arme o con cualquier otro nombre, me da igual, siempre que sepamos que nuestra aspiración (y por ello nuestra agenda de lucha) no se sitúa sólo en quitar poder al militarismo, sino en dotarnos simultáneamente (es decir, a la vez, no después, en un tiempo futuro cuando hayamos alcanzado la santidad o la ataraxia o cualquier otro estado beatífico) de una alternativa al mismo en materia de seguridad humana.

El mito de la defensa militar

La violencia rectora en el mundo edificado por los humanos ha sido en gran parte la causante de la construcción de aparatos de defensa militar vigentes, aparentemente pensados para limitar el efecto perverso que provocaría el derramamiento generalizado de la violencia entre los seres humanos y las sociedades y para defenderse de la posibilidad de un ataque de otros, supuestamente siempre dispuestos a ello.

El mito fundacional de las sociedades es antiguo y proclama alguna suerte de acuerdo de desarme en favor de un ente administrador de la violencia que haciendo uso del poder cedido, evitará la violencia privada. Hipotéticamente (es decir, es una fábula) este acuerdo sucedió in illo tempore entre ancestros proto-políticos que deambulaban libres pero temerosos en una cosa que llaman estado de naturaleza.
Este vaporoso acuerdo fundó la sociedad mediante la entrega de las armas de cada cual y de parte de la libertad originaria a dicho ente, llámese poder, rey, estado o como lo deseemos concebir, con capacidad de limitar, organizar y preparar la violencia legítima y de conjurar la ilegítima a cambio de seguridad para los contratantes de dicho pacto originario de no ser atacados indiscriminadamente por cualquiera.

De ahí nacen los ejércitos, las policías, las fronteras, las leyes, los jueces y los castigos … Y la política, entendida prioritariamente como gestión y regulación de la violencia y creadora de la sociedad.

De ahí al montaje de estructuras de administración de la violencia y a la organización de ejércitos fue todo coser y cantar.

Según este mito, con sus pequeñas variaciones locales, lo que induce a los hombres a unirse es la violencia y la protección contra la misma y el origen de la sociedad no está en lo que el hombre hace y es capaz de construir, sino en lo que padece y en el miedo al otro.

Puede que el mito sea falso, como lo son otras tantas abstracciones que cada cual puede reconocer, pero funcionar, funciona de maravilla (también como éstas y si no, pregúntense por el dinero o por las monsergas que predican ciertos monseñores) y es plenamente operativo.

Los mitos tienen la capacidad de explicar por otros medios un cierto funcionamiento de las cosas y de aclarar por qué estas son como son y antes eran de otro modo. Contienen algo de verdad, mucho de fábula, mucho de resignación y otro mucho de sabiduría fatalista. Cumplen una suerte de capa ideológica de la sociedad de la que es muy difícil desprenderse porque casi nadie se pregunta por ellos ni los cuestiona.
La sociedad, así las cosas, se funda sobre un argumentario de defensa, sobre una práctica de violencia y en una idea de enemigo al que hay que limitar o vencer, tres ideas que no se cuestionan a pesar de su valor puramente especulativo y plagado de prejuicios y manipulación.

Pero el paradigma vigente de defensa tiene su justificación menos mitológica en la vigencia de los objetivos y medios de dominación-violencia en la práctica intersubjetiva, social y cultural y se basa en una errónea definición de bienes merecedores de defensa, que confunde con intereses generalmente relacionados con un statu quo injusto, utilizando metodologías violentas que incluyen los ejércitos y la preparación de la guerra, así como otros medios de imposición violenta no necesariamente militares (ahora se nos habla de guerras híbridas para referirse a esta extensión de la confrontación violenta a otros aspectos no estrictamente militares, como la manipulación de la información, el uso de las migraciones o de otros medios para debilitar al enemigo, etcétera).

El paradigma vigente se basa en los ejércitos, en la acumulación de armamento, en la estrategia y táctica militar y en la preparación de la guerra frente a enemigos irreconciliables ante los que en cualquier momento tendremos que actuar por la fuerza si no se avienen a negociar en las condiciones que consideramos asumibles la confrontación de intereses en juego.

Para ello contamos con un amplio repertorio de modelos de organización militar, que pasan por modelos de defensa organizados en torno a armamentos nucleares, químico o biológico o radiológico (NBQ-R), basados en estrategias «preventivas» (es decir, que presuponen que el otro no estará tan loco como nosotros como para aceptar el uso de estas armas) de «destrucción mutua asegurada» o de «capacidad de primer golpe»; o en ejércitos convencionales más o menos sofisticados y basados en masas de soldados o en el uso de tecnologías bélicas y con estrategias basadas en la «defensa periférica» o de las fronteras o en «defensa en profundidad» o defensa elástica y entrenados para la guerra convencional de toda la vida; o de modelos de utilizan lo que se denomina guerra asimétrica y metodologías militares no convencionales, en los que no existe un frente de guerra al uso y que, ante la respuesta atípica del contendiente, combinan operaciones militares encubiertas, terrorismo de estado y otras muchas metodologías armadas y no armadas para derrotar al enemigo no convencional; o la más reciente metodología de guerras híbridas, que incorpora la guerra por otros medios como la propaganda, los ataques informáticos a estructuras estratégicas, la lucha antiterrorista, el uso de las migraciones o de otros fenómenos para desestabilizar al oponente o los crecientes procesos de securitización; todo ello sin desconocer los modelos armados insurgentes.

Tanta defensa prometida pero hoy nos encontramos con la paradoja de que nuestro férreo orden social basado en la violencia rectora y en los no menos abrumadores y obsesivos sistemas de defensa. lejos de prevenir la violencia o de conjurar la inseguridad y el miedo, provocan el mayor de los miedos y la mayor de las inseguridades y, en vez de defendernos, son el principal motor de la agresión a la seguridad humana y ambiental.

¿Y si no es la defensa militar, qué nos queda?

Frente a las propuestas de defensa militar, e influenciados tanto por la traumática experiencia de las guerras mundiales como de la resistencia noviolenta experimentada en diversos escenarios y conflictos, surgió la idea de apostar por una defensa civil de las sociedades tanto en los casos de conflictos interestatales o intercomunitarios (defensa civil, defensa de base social), como en los de lucha por los derechos y aspiraciones de libertad de los pueblos frente a sus propios demonios o a potencias colonizadoras (resistencias civiles, desobediencia civil).

A decir verdad, los esfuerzos de teóricos de esta metodología desarmada para apartarse de los ejércitos y de las guerras han acabado en callejones sin salida o bien sirviendo como un mero recurso complementario de una defensa militar, ya sea para cuando esta fracasa y no queda más remedio que resistirse de otro modo, o bien como una opción de “desgaste” del enemigo en una conflagración bélica en algunos escenarios en los que no es posible la defensa militar o han sido ocupados.

De este modo, han acabado no siendo tampoco alternativa al modelo de defensa militar, ya sea porque se establecen como un complemento de aquella, ya porque, aún sin pretenderlo, no se separan por completo del mismo modo de entender qué hay que defender y por tanto de salirse del paradigma de violencia rectora como ultima ratio.

Una visión alternativa a la que ofrece el argumentario militarista no puede participar de la creencia en que la violencia y su organización como defensa garantice ningún tipo de paz, ninguna suerte de seguridad humana o planetaria, ni ningún orden de justicia.

Por tanto, debe abominar de la guerra y de su preparación, de la resolución violenta de conflictos sociales o políticos, de la sumisión dócil de la gente a tal estado de cosas, del poder administrador de la violencia de los aparatos destinados a ello y de los sistemas de defensa y de seguridad militaristas que se mantienen en nuestro perjuicio, pero a nuestra costa.

Aspirar a una defensa alternativa no equivale a organizar la violencia de otro modo sino a organizarnos socialmente de forma alternativa, cooperativa y noviolenta.
Desde la noviolencia, por tanto, una alternativa a la defensa militar presupone aspirar no sólo a una metodología de enfrentamiento de los conflictos diferente, sino, también (y sobre todo) a una definición de la propia idea de seguridad alternativa, precisamente enfocada no tanto a la guerra, al enemigo, a las patrias y banderas y demás argumentarios al uso, como a la lucha contra la violencia rectora que se manifiesta tanto en la violencia directa, como en la estructural, cultural y sinérgica y que aspira más que a la “defensa” frente a hipotéticos enemigos mediante la organización de la violencia, el control social y la guerra, a la seguridad humana, la interdependencia y cooperación con todas las formas de vida y la sostenibilidad ambiental.

¿Defensa civil y resistencia como modelo alternativo de defensa?

Como hemos dicho más arriba, no en pocas ocasiones se ha constreñido la noviolencia en materia de seguridad y defensa a proponerla como un modo de defensa no armada para casos extremos de invasiones exteriores (una modalidad por tanto de defensa civil frente a invasiones) o de revolución interna con metodologías pacíficas para oponerse a la violencia interior, golpes de estado o regímenes tiránicos (podemos ver un ejemplo en los múltiples trabajos de Jean Marie Muller, de Andrés Boserup y Andrew Mack, o de Jacques Sémelin, o de Michael Randle al respecto).
A la idea de defensa civil por medios no violentos o de defensa no armada ha servido la práctica de diversos pueblos, como el caso de la descolonización de la India frente al imperio (altamente militar) británico, las luchas noviolentas producidas contra el nazismo durante la segunda guerra mundial o contra el régimen soviético en Checoslovaquia o Hungría, o las revoluciones noviolentas de Birmania, Polonia, y otros ejemplos similares.

La historia ha sido testigo de la eficacia de una lucha no violenta persistente incluso para esos escenarios, pero ¿se agota el modelo noviolento en resistencias frente a tiranías o invasiones por medios pacíficos?¿no es un caso extremo?¿qué diremos de la lucha social por los derechos civiles ejercida en países de democracia formal, como la encabezada por Luther King en EE.UU, o de luchas sindicales como la de César Chaves y los trabajadores pobres frente a las agroindustrias, o la de Rigoberta Menchú por la identidad indígena, o las ocupaciones de tierras de los sin tierra en Brasil, Paraguay y tantas otras regiones del mundo, o de la lucha por la naturaleza emprendida por Berta Cáceres y tantos otros luchadores sociales latinoamericanos? ¿No forman parte de la alternativa de defensa noviolenta?¿No lo hizo la insumisión en pro de la desmilitarización social en España, o la lucha de las plataformas por la hipoteca al interponerse frente a la violencia estructural de los desahucios de las familias más vulnerables, o la lucha social emprendida por las organizaciones de lucha por los derechos de inmigrantes sin papeles, de vulnerables sin derechos ni recursos, o de los pueblos semi olvidados y desechados por la racionalidad economicista frente a macro granjas, explotación de tierras raras y tantas otras agresiones violentas y depredadoras a la seguridad ambiental y humana?¿No lo hace la reivindicación y la militancia feminista?

¿El modelo de defensa civil o defensa no armada es el modelo de seguridad y defensa al que ha de aspirar la noviolencia el de defender los Estados, las instituciones o las sociedades de dictaduras o guerras? ¿No se trataría de una degradación de la apuesta noviolenta a defensa de un cierto statu quo por otros medios, a ser mero complemento o recurso en una dirección de la “defensa” que no se separe definitivamente del paradigma dominación-violencia?

La respuesta es, en mi opinión, que no. O al menos no lo es de la noviolencia como metodología de lucha que aspira a participar en la construcción de una alternativa global al paradigma de dominación-violencia descrito.

Llamamos la atención en que el enfoque de defensa civil o defensa sin armas propone una variación de medios de defensa, pero no de la propia idea de lo que hay que defender y que, a pesar de lo meritorio de su intención, no cumple plenamente con una propuesta noviolenta que rechace también el marco global de violencia rectora y que proponga luchar socialmente y de forma permanente por desaprenderla aquí y en estos tiempos “de paz” frente a las concretas y diarias formas en que somos agredidos por las violencias visibles e ocultas.
Y la suerte es que la experiencia cotidiana nos ofrece constantes ejemplos de esa otra noviolencia que actúa y lucha por un cambio de paradigma. Lo hace en la infinidad de luchas actuales que lo son contra otros aspectos de la violencia tradicionalmente alejados de la preocupación militar de la defensa, como es la lucha por los derechos sociales que el sistema recorta y niega, o contra la violencia que genera el sistema económico en forma de marginación, vulnerabilidad, desigualdad, pobreza o discriminación. O la lucha por la tierra y por el planeta que desencadenan tantos grupos ecologistas o comunidades de pueblo originarios, o la lucha por crear una cultura alternativa y miles de experiencias de creación de alternativas de empoderamiento social y poder popular.

Hacia un modelo alternativo. ¿Y si proponemos construir un modelo de defensa popular noviolenta?

El modelo de defensa alternativa al militarismo debe ser más bien un modelo de promoción y lucha por la seguridad humana y por la vida en el planeta.
Y ello supone trastocarlo todo, como podemos ver en el cuadro 3, elaborado a partir del propuesto por el Colectivo Utopía Contagiosa en su día con ligeras correcciones.

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La propuesta noviolenta, cuando se ha preguntado por la alternativa al modelo de defensa militar, se ha fijado tradicionalmente en tres grupos de preocupaciones que servirían para trazar una estrategia de defensa alternativa:

• Lo que hay que defender; a lo que se ha respondido que lo que es digno de defender no es lo que defiende el paradigma dominación-violencia y se asemeja más a la idea que se va abriendo paso de seguridad humana (como afirma Utopía Contagiosa en Política noviolenta y Lucha Social, editado por Libros en Acción en el año 2012), la igual duelidad y la igualdad radical (como afirma Judith Butler en el reciente libro “La fuerza de la noviolencia” editado por Paidós) y la protección de toda la vida y de todas las vidas como proyecto viable en el planeta (como afirma Yayo Herrero en el también reciente “Los cinco elementos” editado en Arcadia Ediciones).

• Quién debe defender, respondiendo que no la élite, ni los ejércitos, ni especialistas, sino toda la sociedad mediante su autoorganización y lucha,

• De qué manera debe efectuarse la defensa, respondiendo que las metodologías de la defensa deben ser noviolentas y promotoras de la seguridad humana.

Pero, tras estas ideas fuerza, lo cierto es que ha costado mucho más dar concreción a este empeño, tanto por el peso del imaginario militarista que aún nos domina afirma la necesidad de ejércitos y violencia para regular las sociedades de forma pacífica y proclama su famosa “si vis pacem para bellum” (si quieres la paz prepara la guerra).

Es fácil caer en la tentación de pensar en una defensa “territorial” (esta vez territorial, pero por medios noviolentos), o en términos de “enemigos” que nos invaden, o en los de resistencia civil frente a la arbitrariedad de las autoridades o los golpes de estado. ¿Qué pasa entonces con la violencia estructural y sistémica que producen estas autoridades y esta configuración estatal del mundo? ¿Qué pasa con la violencia económica?¿Qué con la imposición de valores individualistas y egoístas que legitiman la dominación? ¿o con la fabricación de estereotipos que “cosifican” y despersonalizan al otro para justificar su exclusión o su eliminación? ¿Qué con la agresión climática que provoca nuestro modelo productivo?

Es fácil asumir el horizonte propio del paradigma dominación violenta y aspirar a defender “lo mismo” por otros medios. Y es fácil caer en la trampa. Pero la defensa popular noviolenta ni organiza la violencia ni la utiliza contra el contrincante, sino que lucha contra la violencia, pretende su deslegitimación como instrumento de lucha social o política y se plantea en términos de lucha social noviolenta para conseguir la seguridad humana. Por ello, se sitúa en un plano diferente a la defensa mediada por la violencia: Ni defiende lo mismo, ni utiliza la misma metodología, ni cuenta con los mismos actores.

Sería un error limitar la defensa noviolenta a una defensa desarmada de lo mismo y conviene aclararlo, ante la confusión que a veces se produce. LA resistencia civil pude formar parte de una defensa alternativa, pero no abarca toda la alternativa de defensa, ni es sinónimo de defensa popular noviolenta.

Podemos observar algunas diferencias en el cuadro siguiente (cuadro 4)

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Cuadro 4. Qué no es un modelo de defensa noviolenta alternativo.

La defensa popular noviolenta asume un paradigma diferente, basado en las ideas rectoras de cooperación y noviolencia, al que intenta aproximarse mediante una práctica de lucha social coordinada y mediante una estrategia de desmilitarización social y transarme.

Asume una idea de seguridad diametralmente opuesta a la del paradigma de defensa militar/violento, como podemos ver en el cuadro siguiente (cuadro 5, sacado del texto citado de Utopía Contagiosa).

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Cuadro 5.

El objeto de la defensa debe ser la seguridad humana, no la seguridad militar.
El PNUD acuñó este concepto como una alternativa conceptual a la idea de defensa militar. Lo hizo en su informe sobre desarrollo humano del año 1994, que entiende esta seguridad humana como un proceso en el que se amplían las oportunidades del ser humano.

Para el PNUD estas oportunidades pueden ser infinitas, pero cambian con el tiempo, siendo las esenciales disfrutar de una vida prolongada y saludable, adquirir conocimientos y tener el acceso a los recursos necesarios para lograr un nivel de vida decente.

La resolución 66/290 de la Asamblea General, entiende que “la seguridad humana es un enfoque que ayuda a los Estados Miembros a determinar y superar las dificultades generalizadas e intersectoriales que afectan a la supervivencia, los medios de subsistencia y la dignidad de sus ciudadanos”. En la resolución se exigen «respuestas centradas en las personas, exhaustivas, adaptadas a cada contexto y orientadas a la prevención que refuercen la protección y el empoderamiento de todas las personas.

Galtung, en un texto no traducido al español que he conseguido traducir gracias a San Google (Transarmament and the Cold War. Essays in Peace Research Volume VI”. Copenhague 1988) ofrecía un enfoque relacionado con las necesidades humanas y proponía un cuadro ilustrativo de aquello que hay que satisfacer, tanto individual como colectivamente, y defender en lo personal, estructural y cultural, que aportamos traducido gracias al traductor de Google (cuadro 6).

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Este listado puede ser modificado con una visión más integral, comunitaria e igualitaria y menos individualista y liberal de la que presenta el autor, pero da una idea amplia del cambio de enfoque de una idea de defensa basada en la seguridad humana y en el respeto a toda la vida y a la naturaleza, respecto de lo que la defensa militar consagra como objetivos propios.

¿Que no es un modelo de DPNV?

Con el propósito divulgativo de este texto proponemos varias aclaraciones que exigirían mucho más espacio pero que nos parecen suficientemente esclarecedoras para abogar por la defensa popular noviolenta:

  • 1.- La Defensa popular noviolenta no es lo mismo que la resistencia civil. La resistencia civil puede tener lugar, y de hecho la tiene, en la caja de herramientas de una concepción global de DPNV, pero no son la misma cosa y la resistencia no puede entenderse como la defensa popular noviolenta ni suplantar a ésta, porque la resistencia civil se dirige en muchos casos a la lucha contra imposiciones políticas tiránicas, una modalidad de violencia política, y la DPNV se propone como una defensa no sólo contra este tipo de imposiciones, sino, sobre todo, contra la violencia rectora que se expresa tanto en la violencia directa, como estructural y cultural en forma de mega violencia y de microviolencia y en regímenes tiránicos o de otro signo.
  • 2.- Se puede usar la resistencia civil en un contexto de defensa “militarista”. De hecho, los múltiples ejemplos históricos de resistencia civil (tanto los conocidos y publicitados como los cotidianos y silenciados desde los intereses del poder) son ejemplos de resistencia que caben dentro de la táctica militar, ya sea como «recurso», «complemento» u «opción» a elegir para defender lo mismo que defiende el militarismo, pero una vez que se ve que el uso de las fuerzas de combate es inoportuno, inadecuado o ineficaz.
    La resistencia civil es una estrategia noviolenta válida, en determinadas circunstancias, frente a intentos de invasión, de ocupación, de asimilación… Pero ¿qué hacer frente a la violencia cultural interna, frente al machismo dominante en la sociedad, frente a la desigual distribución de renta y posibilidades, frente a la oligarquización del poder, frente a la injusticia estructural, frente al abuso de la naturaleza, o frente a las relaciones de dependencia que condenan a otras sociedades a malvivir para garantizar nuestro progreso? ¿qué estrategia es válida para la lucha contra estos «enemigos»?
    En cambio, la DPNV no pretende defender lo mismo que el militarismo, porque quiere rebasar y superar su marco. Es obvio que esto exige cambios y luchas de otra índole y que la resistencia civil no es, en estos casos, la defensa necesaria.
    Es importante, desde nuestro punto de vista, hacer esta aclaración porque, para la pretensión clásica de construir un Estado (por ejemplo, el catalán, o el kurdo), aspirar a un modelo resistencia civil para defenderse de enemigos externos, no es lo mismo que aspirar a un modelo de DPNV para defender la seguridad humana y, dado que la aspiración del antimilitarismo noviolento se enfoca más bien a conseguir lo segundo que lo primero.
  • 3.– La DPNV no es una defensa ideal, arquetípica, para cuando estemos en una sociedad justa ni desarrollada. Es más, la estrategia de la DPNV no está pensada para un mundo imaginario de buenas gentes ni de ángeles, sino para ser operativa aquí y ahora, en un mundo tan contradictorio (y a veces terrible) como el nuestro y es precisamente en nuestro mundo de demonios donde tantos grupos y luchas sociales ya la practican en sus metodologías de defensa “de otra cosa” y con otros medios.
    La práctica cotidiana desde la que partimos muestra que todo ese cúmulo de experiencias y hechos noviolentos, tanto resistencias civiles, como luchas sociales en diversas temáticas, prácticas de abordaje alternativo de los conflictos, etc., no son algo que tendrá que aparecer en el futuro, sino que ya se están dando, día a día, en múltiples escenarios.
    Miles de personas, miles de colectividades, miles de experiencias históricas, demuestran que la defensa «social» de «otras cosas» diferentes al militarismo, ya tiene lugar aquí. Ya se practica. No hay que construirla porque ya está entre nosotros a pesar de las fallas y fragilidades de conocimientos, de preparación, de recursos y un sinfín de otras condiciones deseables.
  • 4.- La estrategia de lucha por la paz de la defensa popular noviolenta no pasa por medidas de desarme de los gobiernos, sino de desmilitarización y de transarme.
    El desarme es una medida de contención mediante acuerdos de limitación de arsenales, de los Estados y ejércitos, pero, lejos de profundizar en la idea de paz, no hace otra cosa que consagrar una idea rectora de defensa militar y de refuerzo del militarismo como metodología.
    De hecho, los múltiples acuerdos de desarme adoptados por las potencias han servido más bien para modernizar sus armas obsoletas y mantener un nivel controlado de las mismas, pero no han evitado ni las confrontaciones militares en el planeta, ni la escalada de armamentos y la ideología de confrontación militar.
    Tampoco han servido para provocar ninguna suerte de dividendo de paz de las supuestas limitaciones de recursos bélicos, ni tampoco una conciencia más pacífica ni un verdadero avance de la idea de paz.
    La verdadera estrategia de defensa alternativa aspira a un cambio moral y social de las conciencias y las prácticas, mediante la desmilitarización y el cambio de estructuras violentas hacia otras pacíficas. No pretende impulsar políticas de desarme sino políticas que lleven aparejado el cambio de mentalidades y la desmilitarización.
  • 5.- La DPNV se plantea como un horizonte alternativo pero que necesita crearse, desarrollarse, procesualmente y en la historia, partiendo de lo que tenemos, pero transitando hacia otra cosa.
    La idea de proceso lento de cambio de paradigma y de sustitución radical del modelo de defensa militar por otra defensa, tiene a su vez mucho que ver con la aspiración hacia cambios globales de nuestra sociedad en otras dimensiones fuera de la militar.
    Desde la DPNV se habla de transarme o de desmilitarización para referirnos a este proceso gradual de quitar poder al modelo militar y empoderar en paralelo (no después) el modelo desmilitarizado de defensa social.
    Este proceso es, por ello, un tema de agenda y una Propuesta política de la DPNV que va más allá del desarme y que apuesta por promover estrategias de cambios en lo realizan, en lo social, en lo cultural, en lo económico, etc. para ir desmilitarizando la sociedad en todas sus dimensiones
    La DPNV, como modelo de defensa alternativo, preconiza la desmilitarización de la defensa y propone doctrinas de lucha social noviolentas como medio.
  • 6.- Para el antimilitarismo y las propuestas noviolentas esta idea de alternativa de defensa conlleva tareas y responsabilidades específicas e indelegables para llevar a la agenda de los movimientos alternativos al convencimiento de que la coordinación de luchas y los objetivos compartidos deben configurarse, también, en términos de alternativa global de defensa y desmilitarización de nuestra sociedad.
    Para ello debemos cada vez más llenar de contenido una idea alternativa de lucha radical contra el militarismo y por la desmilitarización social que contraponer al modelo de defensa vigente.

Discutir, idear, contar y promover un itinerario de desmilitarización capaz de orientar una agenda de lucha política estratégica y de largo plazo, puede ser una herramienta práctica de primer orden para la construcción de la apuesta hoy urgente de reconstruir nuestra oferta global antimilitarista y para convocar un nuevo ciclo de movilización y una renovación y amplificación del activismo antimilitarista. Y ello por varios motivos.

  • • Porque puede ofrecernos concreciones tanto de luchas como de coordinación entre ellas
  • • Porque puede servirnos de punto de diálogo con otros movimientos de lucha global y alternativa
  • • Porque puede servirnos como agenda de reivindicación hacia la política
  • • Porque puede encaminar tanto la labor pedagógica hacia la formación, como el oportuno y necesario debate con ésta
  • • Porque puede aterrizar nuestra visión antimilitarista y servir, instrumentalmente, al cambio hacia el ideal de cambio de paradigma.

La alternativa de defensa se plantea así con un triple escenario: a) como una práctica actual (es decir, que ya está ocurriendo), b) como un horizonte de futuro, o alternativa que nos sirve de referente para las aspiraciones y luchas presentes, y c)como un proceso de cambio y sustitución sincrónico del modelo de defensa militar por otro noviolento. (Cuadro 7)

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La idea del transarme para una agenda de desmilitarización social.

Si los modelos militares, cualesquiera que se usen, no son alternativas para la paz y las propuestas de defensa no armada no tienen por qué serlo tal como hemos dicho, una alternativa de paz exige no sólo un horizonte alternativo y desencadenar múltiples procesos para superar el paradigma dominación-violencia o de violencia rectora que inspira y justifica la defensa armada, sino una dinámica de quitar poder a lo militar (desaprender la guerra, desarmar y desmilitarizar) y simultáneamente empoderar una práctica social de cooperación y noviolencia.

Dijimos que no basta con desarmar. Hay que transformar las relaciones violentas (de violencia directa estructural, cultural y de la sinergia de estas) y el patrón de violencia rectora que las anima.

A esta estrategia, lo hemos dicho ya, la podemos denominar como proceso de desmilitarización si se quiere, o como transarme (de transformación más allá del desarme) o tal vez con otra denominación más afortunada e intuitiva que se le ocurra a otro (yo llevo dándole vueltas bastante tiempo sin éxito).

Acerca del transarme, implica una dinámica de gradual y permanente provocación de múltiples procesos de cambio en los diversos ámbitos sociales y culturales, que vayan quitando poder al modelo de defensa militar (estructuras y logística, recursos humanos y materiales, gasto, estrategias, objetivos, apoyos, instituciones, etc.) hasta su completa desaparición, así como trasvasando la parte de posible uso alternativo a una defensa alternativa noviolenta, a la vez que, simultáneamente, dotando a ésta de músculo y estructuras propias (figura 8).

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El proceso de trasvase se ve muy claro, por ejemplo, en los recursos empleados para la defensa militar. A medida que los suprimimos de ésta y desmantelamos sus estructuras, podemos trasvasar una gran parte de estos (en otras ocasiones no es posible y sólo cabe su eliminación) a la lucha contra las violencias y en pro de la seguridad humana.

Esto se puede hacer efectivo con los recursos económicos y el gasto militar, con la conversión de industrias bélicas a fines socialmente útiles y justos, con el trasvase de infraestructuras de comunicación, logísticas, de espacios naturales destinados al entrenamiento militar, con los recursos de investigación, hospitalarios y sanitarios, con los medios contra catástrofes y tantas otras a fines civiles.

Del mismo modo implica la supresión gradual del armamento y recursos militares y la paralela desmilitarización social y de las estructuras institucionales, políticas, económicas, culturales, y un largo etcétera, y la correlativa lucha por la paz y la solidaridad entre los pueblos, así como la redefinición de los objetivos de la defensa y de las estrategias.

El proceso de transarme implica la suma de múltiples procesos, cada uno con su ritmo propio en función de las oportunidades y posibilidades que la realidad nos brinda (figura 9).

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Exige una serie de tareas que deben ser abordadas también como un objetivo de la propia construcción de la alternativa noviolenta y que obligan a los promotores de la idea de defensa noviolenta a rellenar de contenidos y de acción concreta el trabajo actual por definir esa defensa alternativa.

Se definen en dos planos distintos, el primero, para rellenar de contenido el concepto de defensa alternativa tanto en lo que se refiere a quitar poder al paradigma militar y trasvasarlo al alternativo, como en ir construyendo esa estructura de defensa noviolenta. El segundo, de trabajo interno del movimiento promotor de esta propuesta, para formarse, analizar y promover la acción política para popularizar y empoderar socialmente esta lucha de transarme y este horizonte de defensa alternativa (cuadro 10).

Cuadro 10: Las propuestas de la DPNV

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El transarme, así entendido presupone unos contenidos metodológicos y conceptuales que lo definen como un proceso de cambio gradual indeterminado, que abarca contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales y que exige un planteamiento estratégico y crítico y una agenda de reinvindicación basada en la denuncia del militarismo y la apuesta por la desmilitarización (cuadro 11)

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Nos queda la tarea ingente de llenar de contenido y de prácticas esta defensa alternativa y de compartirla con los otros movimientos sociales transformadores para hacer de la lucha por la paz y de la aspiración de una defensa social alternativa uno de los ejes de trabajo futuro en común.

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