ALBERTO GARCÍA-TERESA

Diagonal

Frente al optimismo en un sistema político, la distopía es la postura amargamente escéptica del oprimido. No tiene respuestas, no presenta una solución que traiga la armonía y la dicha a los hombres. Destroza el ideal al mostrar su lado oscuro, pues advierte de las falsas promesas de las utopías y presenta “un mundo feliz” que en realidad no es tal. Su intención no es predecir, sino advertir; señalar los peligros contemporáneos, exagerándolos, para que el mundo cambie su trayectoria.

La novela seminal es Nosotros, de Evgueni Zamiatin, que contiene todos los elementos del subgénero y que servirá de inspiración a otros libros. Escrita por un bolchevique (a continuación expulsado) en 1920, en ella sobresale la brutalidad del control y del totalitarismo: el individuo queda reducido a un número y vive sometido en edificios transparentes.

Un mundo feliz de Aldous Huxley es la distopía más conocida. Los seres humanos son fabricados atendiendo a la casta a la que van a pertenecer mediante alteraciones genéticas durante su gestación en incubadoras, dentro de una sociedad estratificada y adormecida (entre otras medidas, con el soma, una droga depresora).

1984, de George Orwell, por su parte, incorpora las claves de los procesos políticos que han derivado en la degradación del mundo que retrata. Plantea que la disidencia está permitida y controlada para oxigenar el sistema y, en última instancia, perpetuarlo. A ella pertenecen el omnipresente Gran Hermano, la neolengua (un idioma empobrecido donde la erradicación de conceptos supone su anulación mental), consignas claves como “La guerra es la paz” o la reescritura de la historia para eternizar hechos y valores.

Farenheit 451, de Ray Bradbury, presenta a los bomberos incendiarios, dedicados a quemar libros. El protagonista, esta vez, será uno de ellos, que decide, en una redada, echar un vistazo a uno de esos objetos cuyos poseedores tanto se afanan en salvar.

Mercaderes del espacio, de Pohl y Kornbluth, presenta un trepidante y profundo análisis de las diferencias económicas y sociales a escala planetaria y una denuncia muy explícita del poder de la publicidad y de la sociedad de consumo.

Pocas concesiones tiene Todos sobre Zanzíbar, de John Brunner, una de las novelas más logradas del género. Con una excelente factura experimental, yuxtapone historias y personajes con definiciones de conceptos del mundo o extractos de medios de información. Así se construye una asfixiante sociedad injusta y superpoblada, inquietantemente cercana.

Thomas M. Disch, por otro lado, ha insistido sobre todo en los sistemas represivos y la discriminación social y económica en un medio urbano. Es el caso de 334, que plasma la miserable y representativa vida en un edificio de pisos en alquiler, o de En alas de la canción, inscrita en unos EE UU ultraconservadores donde los prisioneros portan bombas en sus estómagos para evitar las fugas.

Hace unos años apareció Futureland, de Walter Mosley. Este libro retrata la violencia del capitalismo en todas sus vertientes, la brutalidad del sistema penitenciario y, sobre todo, el problema de la desigualdad de la raza negra, un aspecto que no había sido recogido.

Finalmente, no podemos olvidar a Margaret Artwood quien, en El cuento de la criada, aborda la humillación de las mujeres en un futuro próximo, y, en la reciente Oryx y Crake, construye una de las grandes distopías al presentar un poderoso retrato de una sociedad opresiva, alienante y destructivamente individualista.