El Confidencial

Esteban Hernández

La
imagen de altercados callejeros, de manifestaciones, de masas que se
situaban al otro lado de los edificios en los que se celebraban las
cumbres del G 8, de la OMC o del Banco Mundial eran habituales en los
medios de comunicación. Desde hace algún tiempo, han desaparecido de
nuestras pantallas: Seattle, Praga, Barcelona o Génova parecen haber
dejado paso a situaciones diferentes.

Según Nacho Uriarte, presidente de Nuevas
Generaciones del PP, aquel movimiento estuvo compuesto por gente
bastante joven y resultaba heterogéneo en su composición “allí había
anticapitalistas, ecologistas, ongs, anarquistas, sindicatos
antimilitaristas, y todos, por un motivo u otro, estaban enfadados con
el sistema y se oponían a la globalización. Lo paradójico fue que es
globalización que criticaban era lo que permitía poner en marcha un
movimiento de esta clase”.

Juan Carlos Monedero, profesor de ciencia política
de la Universidad Complutense, niega ese carácter de simple oposición.
“Prefiero llamarlo movimiento altermundista porque antiglobalización es un concepto marcado negativamente: estar en contra de algo, lo que no es el caso”. Coincide José Antonio Pérez, miembro fundador de Attac Madrid y autor del Diccionario del paro y otras miserias de la globalización

(ed. Debate): “Desde las protestas de Seattle, lo que se pedía no era
parar el mundo, sino un cambio del modelo socioeconómico. Esa imagen de
antisistema, de globalifóbicos, fue creada deliberadamente por los
medios de desinformación habituales (es decir, casi todos) para
desprestigiar las corrientes de protesta popular”.

Pero, se le denomine antiglobalización, alterglobalización o altermundista,
ese movimiento ya no está en los medios, tampoco tiene mucha presencia
pública y ha sufrido varios cambios en su orientación . El primero de
ellos tuvo que ver con su inserción en las manifestaciones anti-guerra,
que absorbió buena parte de sus esfuerzos. Y donde, sin duda, se
encontraba más cómoda una parte de sus militantes, sobre todo en
España. Aquí había muchos integrantes de grandes y pequeños partidos
políticos de la izquierda, que preferían enfrentarse a una referencia
clara y asimilable como la guerra que a las reivindicaciones de otras
formas organizativas, de democracia interna y de mayor apertura a
nuevas posibilidades teóricas que la anti/alter traía consigo.

Según José Antonio Pérez, “gracias a la dinámica creada por la protesta alterglobalizadora,
la invasión militar de Iraq despertó a la izquierda y suministró
potencia a las grandes manifestaciones contra la guerra. En España, la
derecha cometió un error estratégico al apuntarse al trío de las
Azores, que fue aprovechado por la izquierda establecida, cuyos
militantes y cuadros vinieron a engrosar las manifestaciones”.

En segundo lugar, se dio paso a formas más organizadas de protesta y
de reflexión. Así lo apunta Nacho Uriarte: “Si en sus inicios fue un
movimiento desordenado y radical en algunas de sus formas, todo eso ha
cambiado para bien, poniéndose en marcha foros mucho más organizados.
En Mar del Plata estuvieron las mismas organizaciones, pero más
cohesionadas y estructuradas, lo que ha conseguido hacer todo más
pacífico y con mejores resultados, traduciéndose en propuestas que se
pueden plantear en parlamentos. Por todo eso, ha desaparecido el
movimiento antiglobalización tal como fue conocido. Esa es la causa de
que parezca que ha perdido auge pero lo que ha perdido son las formas
violentas y una manera de pensar político-ideológica”.

Para Juan Carlos Monedero “el movimiento altermundista y el Foro
Social Mundial son responsables de haber puesto en la agenda política
temas que habían desaparecido de la agenda neoliberal. De hecho, esa
agenda repudia la participación, pues la gente consciente reclama al
Estado, lo encara y lo deslegitima, debilitándose las estrategias
privatizadoras que necesitan al Estado como un actor al servicio de
intereses particulares”.

Según Nacho Uriarte, el movimiento ha sido útil en el sentido de que
habría contribuido a promover un debate necesario. “Siempre que los
movimientos defiendan sus ideas desde perspectivas democráticas y que
se relacionen con el mundo desde el respeto, son valorados por el PP,
ya que nos sirve para mejorar nuestras propuestas a la sociedad. En
este caso, se abrió un debate muy grande sobre los beneficios o
desventajas de la globalización que nos fue útil para conformar nuestro
discurso y dar nuestras respuestas al problema”.

Attac, fraude electoral

Aunque más allá de los foros, de los debates y de las propuestas,
todo el mundo se hace una pregunta: ¿cuál va a ser la forma de
participación del movimiento en los asuntos públicos? La respuesta
habría que buscarla en Attac, una de las organizaciones más fuertes en
Francia, donde cuenta con 30.000 afiliados. En España, Attac tiene
delegación en varias comunidades autónomas y una entidad de
coordinación nacional, Attac España, aunque el número de sus miembros
en nuestro país sea mínimo. Entre sus propuestas figuran la Tasa Tobin,
una oposición activa a los paraísos fiscales y la campaña realizada
contra la constitución europea, en la que Attac se mostró
particularmente activa e influyente.

La sucesión de Bernard Cassen al frente de la asociación fue motivo de enfrentamientos oscuros. Jacques Nikonoff,
el sucesor designado por Cassen, motivó antipatías por un par de
razones. En primer lugar, el carácter aparentemente democrático de la
asociación no debería tener nada que ver con promociones sucesorias y
nombramientos decididos. Además, había una lucha política: buena parte
de los departamentos de Attac Francia estaban al mando de la Liga
Comunista Revolucionaria y Nikonoff pertenecía al partido comunista
francés. El final del proceso fue la renuncia de Nikonoff por fraude
electoral: se había alterado el voto en las suficientes papeletas para
que la candidatura oficialista pudiera vencer en las elecciones.

Pero también existían, como telón de fondo, discrepancias sobre la
orientación que debía darse a un movimiento que podía tener alguna
fuerza en la calle y que resultaba influyente en tanto discurso, pero
que quizá necesitase de algo más. En Attac hubo posturas, empezando por
las de su presidente de honor, Bernard Cassen, que hablaban de
convertir la asociación en una entidad que pudiera concurrir
electoralmente.

Los riesgos de politizarse

No parece que ese sea, tras los últimos acontecimientos, el camino
elegido. En todo caso, y en opinión de José Antonio Pérez, resultaría
un error: “Ese paso no debiera darse. Los movimientos civiles y los
partidos tienen distintas reglas de juego, respetables todas, pero
distintas. Sería como pretender jugar simultáneamente a la Oca y al
Parchís, que están en el mismo tablero pero en distintas caras. Si
inicias el juego en una cara y luego das vuelta al tablero para
proseguir en la otra, se caerán las fichas”.

Coincide Juan Carlos Monedero: “No es pensable el cambio que hay en
América Latina sin la experiencia que ha supuesto el movimiento altermundista.
Pero convertirse en partido tiene riesgos, como nos enseñaron los
verdes en Alemania. Son grandes elaboradores de conciencia, pero
parlamentarios… Puede perderse su fuerza que es precisamente no ser
partidos”.

El futuro, según J.A. Pérez, no está dibujado aún. “Toda corriente
tiene flujos y reflujos. Y los movimientos populares, además, acusan un
lógico cansancio. A diferencia de los grandes partidos, los movimientos
auto-organizados no tienen una estructura logística, una maquinaria
inercial que los mantenga en continua acción. Deben descansar, pero
tienen siempre un potencial de volver a ponerse en marcha siguiendo
pautas no previstas por el sistema”.