Colgado de la Luna


En primer lugar, me gustaría advertiros de que este artículo desvela hechos fundamentales —final incluido— en el relato de la película; sin embargo, el valor de este tesoro de la animación no radica esencialmente en su argumento, sino en su realización, en sus posibles lecturas y en la multitud de pequeños detalles que la pueblan.

Si bien puede que mi advertencia ahuyente a quien tenga interés en verla, espero que el texto que presento a continuación anime a hacerlo a quien no hubiera pensado en disfrutarla.

Hace tiempo que no me sorprendo en un cine. Mis ahorros no me permiten más que asisitir a la mal llamada filmoteca de mi ciudad, y comedietas románticas, móviles que suenan, estrellas de Hollywood y la censura que el mercado impone a directores y guionistas han acabado por expulsarme de un lugar que, para mí, era un templo.

Meses ha tardado la cartelera en volver a llamarme, y ha tenido que ser con una película programada en un ciclo infantil.

Ciertamente, el día acompañaba. Un cielo sombreado a carboncillo, el paso sobre un río algo desbordado y la necesidad de abrigo y chubasquero inducen a buscar refugio y reflexión. Nada mejor que un cuento para hallarlos.

Así es que me he mojado un pelín, he esperado en la cola y me he sentado en mi butaca con el tiempo justo para observar el ambiente de la sala y degustar unos bellísimos créditos de apertura.

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Desde el principio Dumbo sumerge en su mundo. Los créditos ya son una advertencia de lo que vendrá a continuación. Con relativa sencillez formal ya recrean —como el circo y los cuentos— ese mundo de fantasía que sólo engalana, pero nunca sustituye, a ese otro que vivimos o vemos pasar cada día. Y es que, más allá de que las cigüeñas traigan bebés de elefante, todo en Dumbo es muy real.

Dumbo es, en esencia, la historia de quien por ser diferente es despreciado, apartado y utilizado por los demás, por esos mismos que, quizá sin advertirlo, son despreciados, apartados y utilizados por ser iguales al resto. Ahí radica parte del valor de la película, en que cada personaje que cree privar de algo a Dumbo carece de ello por completo. Así, elefantas egoístas y cotillas lo marginan, obreros sin rostro condenados a un ritmo de trabajo fabril encierran a su madre y payasos manejados por su patrón encuentran en él a su nuevo títere. Sólo somos capaces de dar aquello que tenemos, aunque sean nuestras carencias y frustraciones.

El valor de la diferencia es tratado brillantemente. Segundos después de que las enormes orejas de nuestro protagonista lo conviertan en motivo de mofa, su madre las emplea como una mantita improvisada con la que dar al niño el calor necesario para que se duerma. Al final, estas mismas orejas que le hacen tropezarse de manera catastrófica, le sirven para volar. De este modo el diferente consigue aquello que quien no deja de ser parte de la masa ni siquiera sueña. Ahora esas, siempre según la norma, monstruosas orejas devienen bellísimas, como el rostro desfigurado por el fuego de un padre que salva a su hijo de un incendio.

Pero siempre hubo, además de su madre, quien amó a Dumbo más allá de la utilidad que pudieran tener sus pabellones auditivos. Curiosa y precisamente un ratón, eterno enemigo del elefante en toda fábula, comprende y advierte las necesidades de este pequeño gigante. No duda en buscar en todo momento su amistad y le ofrece su apoyo desde su primer encuentro. Sólo él es capaz de ver “grandiosas orejas” donde el resto veía “orejotas”.

También destaca en la película el recurso al contraste en la forma y en el fondo. El uso de colores básicos y llamativos, como si de un cartel de Renau se tratara, refuerza ideas y sensaciones. Esto supone una economía de recursos impresionante y nos permite pasar del día abierto a la noche cerrada en un instante sin que pierda complejidad la historia. Ello tampoco es obstáculo para que cada ambiente albergue tantos matices como sea necesario. Por ejemplo: la noche es a la vez el momento en el que darse al vicio y la evasión; en el que, una vez pasado el ajetreo de la jornada, encontrarnos con nuestros problemas y llorar; el instante en el que las crías se refugian en sus familias.

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Precisamente, la escena en la que todas las familias de animales descansan es una de las más bellas. Sólo Dumbo y mamá están despiertos, ésta saca desde su jaula la trompa para balancear a su hijito, que está fuera. Mientras tanto, el bebé canguro descansa en la bolsa de su madre, mamá e hijo hipopótamo hacen burbujitas al roncar y la camada de tigres encuentra refugio en el regazo de sus padres. La escena es lenta, silenciosa, detallista, contemplativa, algo que nos veda el frenético y ruidoso —por tanto, incompatible con el detalle— ritmo de la vida y el cine actual. Y la película dura solamente una hora. Da que pensar…

El valor de esta escena va más allá de lo sensitivo y lo emocional. Sencillamente es la solución a uno de los contrastes que presenta la obra: el que hay entre la diferencia y la igualdad. Cada especie tiene sus características, pero todos los animales necesitan cariño y apoyo. Sin lugar a dudas tan reivindicable es la originalidad de Dumbo como aquello que tiene en común con el resto de seres.

Sin embargo, frente a esta igualdad positiva, la que nos configura y nos relaciona con los demás, aparece en la imagen y en el relato aquella que nos desdibuja y nos aísla. Llama profundamente la atención que en una película en la que animales e incluso un tren de frías y geométricas formas son antromorfizados, la mayoría de seres humanos carezcan de rasgos faciales propios.

Estremecedora resulta la nocturna escena en la que anónimos obreros, bajo el frío y la lluvia, montan el circo al son de una música casi militar. Incluso los payasos carecen de mayor identidad que la de simples peleles del circo y el público, y solamente se empiezan a adivininar signos de personalidad en ellos cuando acaban su jornada laboral. Dentro de la carpa cada cual recupera su voz y su figura original en lo que para el espectador no deja de ser un simple teatrillo de sombras chinescas. La tragedia del hombre masa no deja de estar presente en Dumbo.

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Y aquí no se acaban los contrastes. Una delirante y genial escena, surrealista y, por ello, casi impensable en una historia infantil sirve como transición entre el opresor mundo del circo y el universo que se abre fuera de él. Éste lo representan los inadaptados, esos cuervos que nada tienen, únicamente el cielo y su cinismo. Sin embargo, capaces de dejarse llevar por las experiencias de la vida, se convierten en determinantes aliados del pequeño elefante.

Y ya llega el final. Y la fama y la acumulación material premian a nuestro amigo. El ratoncito se convierte en su representante. Incluso vemos en pantalla algún detalle militarista.

Al fin y al cabo, Dumbo es una adaptación del libro de Hellen Aberson, rápida y urgente, que pretende sanear a principios de los 40 las arcas de la capitalista factoría Disney. No pretendo ignorar —tal y como hizo la mayor parte de la progresía con Slumdog Millionaire— los negativos valores que arroja este final. Los observo y analizo como pura descripción de una sociedad y una industria determinadas.

Y, sobre todo, comprendo que no siempre una chispa incendia un bosque de virtudes, el de una película que puede ayudar a un niño a escuchar los sonidos del silencio.