Un orden social superior al actual, que fuera no su negación absoluta o total (esto no es ni posible ni deseable) sino meramente su negación razonable y suficiente, ha de salir de un pactum societatis entre todos los que deseen, ansíen y escojan una vida razonablemente libre y autogobernada, sin que importen las divergencias que existan entre ellos, siempre que se logre conformidad sobre:

1) que la nueva sociedad ha de ser, ante todo, la realización combatiente de la libertad política, la libertad civil, la libertad de acción y, en primer lugar, la libertad de conciencia;

2) que en ella todas las ideas políticas que aspiren a ser normativas para el conjunto del cuerpo social se han de realizar a través del principio de las mayorías;

3) que la presente sociedad constitucional, parlamentaria y partitocratica es una dictadura 224, lo que demanda definir sus expresiones especificas, para
ser incluidas en el programa de lo que ha de ser demolido y extinguido;

4)
que la sociedad por construir es notablemente imperfecta, si, pero al ser lo
suficientemente libre es perfectible, lo que ahora no sucede;

5) que las instituciones
y procedimientos que degraden al individuo y al cuerpo social
han de ser equiparados a las instituciones y procedimientos liberticidas,
pues degradación es incapacidad, e incapacidad es mengua, pérdida o ausencia
de libertad;

6) que el pactum societatis se propone hacer una revolución
política democrática, que derribará el actual sistema de tiranías para
establecer un régimen de libertad prudente en similar grado para todos;

7) en esa sociedad de la libertad, únicamente serán objeto de constricción,
siempre conforme a las leyes y con respeto a la integridad personal de todos,
los actos de fuerza destinados a resucitar por la violencia armada la
dictadura, como totalidad o en alguna de sus partes fundamentales, pero
no las ideas, sean cuales sean estas;

8) que si por procedimientos indudablemente
democráticos se alcanzase una mayoría partidaria del retorno a
uno u otro tipo de tiranía, ello seria válido y legítimo;

9) que el régimen de
asambleas en retícula abarcante de todo el cuerpo social, con ser imprescindible,
es en si mismo insuficiente para la consecución y la preservación
posterior de la sociedad democrática; además es necesario lo que Salviano
de Marsella llama “una conducta nueva”;

10) que la noción misma de pactum
entre los diferentes expresa la vocación de pluralidad, en el seno de la hermandad y el respeto de unos a otros, que tiene la naciente sociedad,
como realización de la libertad;

11) que la nueva sociedad no puede proceder
de la acción en las instituciones de la dictadura, pues eso equivaldría
a admitir que el actual orden es modificable en un sentido positivo; por
tanto que, hablando en puridad, no es una dictadura, lo que equivale a
declarar innecesaria y, mas aun, ilegítima la gran mutación institucional
que debe ser la primera finalidad de aquel pactum;

12) el meollo doctrinal
de todo ello ha de ser el corte y ruptura con la cosmovisión liberal en la
esfera de lo político, lo axiológico, lo económico y lo filosófico, y la constitución
de un modo de concebir la libertad ajeno al del liberalismo y la
modernidad en todo lo que importa;

13) conviene no olvidar nunca que
la actual dictadura, si llega a verse acosada por las fuerzas de la libertad,
acudirá al uso de la violencia, como hizo en 1936 y como amenaza con
hacer en cuanto se encuentra en una situación un poco embarazosa, por lo
que toda ilusión al respecto seria subjetiva y peligrosa;

14) el único fundamento
doctrinal de la revolución que se espera realizar a través del pactum
societatis han de ser los valores de la civilización, interpretados desde la
libertad de conciencia, y el sano sentido común resultante de la reflexión
sobre la experiencia, pero no ninguna teoría o cuerpo de teorías.

La sociedad así constituida ha de ser una república, no hay duda, pero
no una república parlamentaria, partitocratica, burguesa, dictatorial por
tanto, como lo fueron la I y II repúblicas españolas, y como lo son todas
las que coexisten o pueden coexistir con el artefacto estatal. Una república
fundada en una gran red de asambleas soberanas y sin Estado es una república
popular, un régimen político que no posea ni rey ni artefacto estatal
y que, por ello, sea libre. No obstante, se ha de refrenar el fácil misticismo
que en algunos pueda ocasionar el régimen asambleario considerado en
abstracto. Cualquier asamblea, y el conjunto de ellas, puede adoptar decisiones
equivocadas, o inmorales, o impolíticas, o una suma de todo ello en
los asuntos más decisivos o en los secundarios. Por si misma no garantiza
la verdad, ni el buen gobierno, ni la justicia. La asamblea es posible que
sea manejada por minorías ávidas de mando y tornarse una dictadura con
apariencia de democracia. Puede convertirse en un campo hórrido de rencillas
y disputas, un marco para el vituperio, la vociferación y el odio mutuo, y en tal se convertirá, con probabilidad, si la calidad media de los individuos
que en ella se organizan políticamente es baja, si su vida interior
es raquítica, si cada uno de ellos, o al menos una mayoría, o como poco
una minoría cualificada, no cultiva dentro de si aquellas capacidades que
hacen posible la vida democrática: la pasión por la verdad, el espíritu de
entrega, la vida alerta, el repudio de toda forma de dominio y posesión, el
entusiasmo por el bien público, la vida afectuosa, la paciencia, el respeto,
la devoción indesmayable por la libertad de conciencia igual para todos.

Lo expuesto manifiesta la colosal dificultad que tiene el sistema de gobierno
por juntas populares soberanas, o dicho de otro modo, cómo no
puede darse éste si no va acompañado de una revolución axiológica, en
los estilos de existir y en los modos de ser, en la totalidad del cuerpo social
en el interior de la psique del sujeto medio. Porque la vida democrática es
laboriosa, fatigosa, tensa, agobiante, mientras que a menudo la existencia
bajo una dictadura “benévola” deja mas espacio, sobre todo en sus fases
iniciales, a un vivir relajado, desentendido, irresponsable, acaso “feliz”.
Por lo tanto, democracia y hedonismo son inconciliables. Ello es más cierto
en la medida en que la piedra angular de la democracia es el reflexionar
arduamente sobre los asuntos públicos, lo que equivale a decir que exige
a todos un esfuerzo intelectual notable, mientras que las dictaduras (en
especial la liberal actual) descargan de tan onerosa obligación a la inmensa
mayoría, que queda emancipada del deber de pensar y, al mismo tiempo,
en “libertad” para dedicarse sin trabas a sus asuntos particulares, a menudo
asentados en intereses egoístas.


224. El uso obsesivo que el régimen liberal realiza de la palabra «libertad» recuerda la observación
que Tácito hace sobre los primeros tiempos del principado en Roma. Sostiene que, en los
orígenes de aquel, los emperadores pronunciaban discursos con «palabras de bella apariencia, pero
vacías o engañosas en el contenido; y cuanto mayor era la imagen de libertad que las encubría,
tanto mas funesta iba a ser la esclavitud en que iban a desembocar».


Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).