La última -hasta 1987- gran manifestación anarquista en Moscú tuvo lugar durante del entierro de Kropotkin en 1921, al que asistieron más de 100.000 compañeros.

Durante la revolución de 1917 y los años inmediatamente posteriores se dieron en Rusia muchos experimentos e iniciativas sociales basados en premisas de corte anarquista. Sin embargo, también en este caso la historia está escrita por los vencedores y, por lo tanto, los bolcheviques leninistas han ignorado lo que el anarquista Volin llamó «la revolución desconocida», es decir, aquella invocada desde abajo por las acciones del pueblo.

El derrocamiento del zar fue debido a la acción directa de las masas y la revolución se llevó a cabo desde un principio siguiendo esta linea, hasta que el nuevo «estado socialista» fue lo suficientemente fuerte como para detenerla. El fin del zarismo se debió a la colaboración de socialistas y anarquistas de todo el mundo, como representantes del pensamiento progresista internacional enfrentándose a la opresión secular por parte de las clases pudientes. Como tal, esta batalla y esta victoria fue celebrada por todas las izquierdas del mundo entero.
Muy pronto, el pueblo se dio cuenta de que una victoria exclusivamente política sobre el feudalismo y la burguesía no era suficiente, así que , tanto en fábricas como en talleres y el campo, los trabajadores comenzaron a tomar sus puestos de trabajo. A través de toda Rusia el pueblo comenzó a construir sus propias organizaciones autogestionarias :uniones, cooperativas, consejos (o «soviets», en ruso) y a federarlas unas con otras, es decir, un modelo de organización marcadamente anarquista.

Ya al principio de 1918, en cuanto el partido bolchevique se asentó en el poder, comenzó la eliminación física de los anarquistas, quienes, sin embargo, los habían apoyado durante todo el inicial periodo revolucionario. Hasta ese momento, los líderes bolcheviques habían disfrazado su idolatría al Estado tras el apoyo que en un principio mostraron a los soviets, producto genuino de la iniciativa popular.
Este apoyo se fue diluyendo cada vez a mayor velocidad, según los bolcheviques iban acaparando todas las parcelas administrativas y mostrando su verdadero rostro: asegurarse para ellos solos todo el ejercicio del poder, renunciando así a la verdadera revolución, al verdadero socialismo, sustituyendo, por ejemplo, la colectivización de la tierra y de los medios de producción por la apropiación por parte del Estado. O sea, un simple cambio de dueño, de «jefe».

Sistemáticamente, los bolcheviques fueron reduciendo el control de los obreros sobre campos, fábricas y empresas de todo tipo,a pesar de haber demostrado que fueron capaces de elevar la producción cuando, durante la misma revolución, estuvieron enfrentados a circunstancias muy adversas.

Al mismo tiempo que iban eliminando el poder autogestionario de los soviets se fueron encargando también de poner fuera de combate -incluyendo en muchos casos el asesinato- a sus más feroces críticos: los anarquistas, quienes, después de ayudarles en las mismas filas, durante la revolución, fueron considerados como los principales enemigos de los bolcheviques.

Lo cierto es que pocos meses después de nacer, la revolución había muerto, sustituyendo los principios del auténtico socialismo y el funcionamiento libertario de los soviets por el «Capitalismo de Estado».
El brutal aplastamiento de los alzamientos libertarios de Kronstadt y Ucrania fueron las últimas paladas de tierra que sepultaron para siempre una revolución que fue la gran esperanza emancipatoria del mundo obrero.

La última vez que se vio en Moscú un desfile de anarquistas con banderas rojinegras fue durante el entierro del ideólogo anarco-comunista Piotr Kropotkin, en febrero de 1921.

El régimen bolchevique nunca vio un peligro en el ya viejo y enfermo Kropotikin , a quien le permitían vivir en Dimitrov, una localidad cercana a Moscú. Ya fallecido, su cuerpo fue trasladado a la capital para recibir allí sepultura. Sin embargo, la mayoría de los anarquistas estaban ya repartidos por varias prisiones de la recién creada Unión Soviética y, al correr la noticia de la muerte del maestro, el temor a la rebelión y al motín por no poder acudir a su entierro se apoderó de autoridades y vigilantes. Por fin se llegó a un acuerdo y se permitió salir a los ácratas bajo palabra de volver a las celdas voluntariamente una vez terminado el sepelio. Sorprendentemente, así se hizo y ningún anarquista faltó a su palabra. En la manifestación de despedida marcharon alrededor de 100.000 compañeros.

Curiosa y paralelamente al entierro de Kropotkin, comenzaba la revolución anarquista de Kronstadt, en el golfo de Finlandia. Pero, antes de adentrarnos en este hecho histórico, recordemos un poco el pensamiento de este ideólogo a través del siguiente resumen de una de sus principales obras.

EXTRACTO DE «LA MORAL ANARQUISTA». CAPÍTULO 5

… La idea del bien y del mal existe en la humanidad. El hombre, cualquiera que sea el grado de desarrollo intelectual que haya alcanzado, por oscurecidas que estén sus ideas en los prejuicios y el interés personal, considera generalmente como bueno lo que es útil a la sociedad en que vive, y como malo lo que es nocivo.

Mas, ¿de dónde viene esa concepción tan vaga con frecuencia que apenas podríasela distinguir de una aspiración? He ahí millones de seres humanos que nunca han pensado en su especie. La mayor parte no conocen más que el clan o la familia, difícilmente la nación -y aún más raramente, la humanidad-. ¿Cómo se pretende que puedan considerar como bueno lo que es útil a la especie humana, ni aun llegar al sentimiento de solidaridad con su clan, a pesar de sus instintos estrechamente egoístas?

Tal hecho ha preocupado mucho a los pensadores de otros libros sobre este asunto. A nuestra vez vamos a dar tiempos. Continúa intrigándoles, y no pasa año que no escriban nuestra opinión sobre las cosas; pero digamos de paso que si la explicación del hecho puede variar, el hecho mismo no permanece por ello menos incontestable; y aun cuando nuestra explicación no fuera todavía la verdadera, o que no fuera completa, él, con sus lógicas consecuencias para el hombre, siempre persistiría. Podemos no comprender enteramente el origen de los planetas que giran alrededor del sol; los planetas girarán, sin embargo, y uno de ellos nos arrastra consigo en el espacio.
Ya hemos hablado de la explicación religiosa. Si el hombre distingue entre el bien y el mal, dicen los hombres religiosos, es que Dios le ha inspirado esta idea. Útil o nociva, no admite discusión; no hay más sino obedecer a la idea de su creador. No nos detengamos en ella, fruto del terror y de la ignorancia del salvaje. Pasemos.

Otros, como Hobbes, han intentado explicarla por la ley. Sería la ley la que había desarrollado en el hombre el sentimiento de lo justo y de lo injusto, del bien y del mal. Nuestros lectores apreciarán por sí mismos esta explicación.

Saben que la ley ha utilizado sencillamente las aspiraciones sociales del hombre para deslizarle, con preceptos de moral por él aceptados, órdenes útiles a la minoría de los explotadores, a los cuales rechazaba. Ha pervertido el sentimiento de justicia en lugar de desarrollarlo. Prosigamos aún.

No nos detengamos tampoco en la de los utilitarios. Quieren que el hombre obre moralmente por interés personal, y olvide sus sentimientos de solidaridad que existen, cualquiera que sea su origen. Hay algo de verdad en ello, pero no es aún toda la verdad. Sigamos adelante.

Será siempre a los pensadores del siglo XVIII a quienes pertenece la gloria de haber adivinado, en parte por lo menos, el origen del sentimiento moral.

En un libro soberbio, alrededor del cual la clerigalla ha hecho el silencio, y es, en efecto, poco conocido de la mayor parte de los pensadores, hasta de los antirreligiosos, Adam Smith ha puesto el dedo sobre el verdadero origen del sentimiento moral. No va a buscarlo en las ideas religiosas o místicas; lo encuentra en el simple sentimiento de simpatía.
Veis que un hombre pega a un niño; comprendéis que el niño apaleado sufre; vuestra imaginación hace sentir en vosotros el mal que se le inflige, o bien sus lloros, su compungida carita os lo dice; y, si no sois un cobarde, os arrojáis sobre el hombre que pega al niño, se lo arrancáis a la fuerza.

Este ejemplo por sí solo explica casi todos los sentimientos morales. Cuando más poderosa es vuestra imaginación, mejor podéis comprender lo que siente un ser afligido, y más intenso, más delicado será vuestro sentimiento moral, más compelido os veréis a sustituir a ese otro individuo; con mayor agudeza sentiréis el mal que se le haga, la injuria que le ha sido inferida, la injusticia de la cual ha sido víctima; mayor será vuestra inclinación a impedir el mal, la injuria o la injusticia; más habituado estaréis por las circunstancias, por los que os rodean, o por la intensidad de vuestro propio pensamiento y de vuestra propia imaginación a obrar en el sentido en que el pensamiento y la imaginación os empujan. Cuanto mayor sea en vos ese sentimiento moral, mayor predisposición tendrá para constituirse en hábito.
Eso es lo que Adam Smith desarrolla con abundancia de ejemplos. Era joven cuando escribió ese libro, infinitamente superior a su obra senil La economía política. Libre de todo prejuicio religioso, buscó la explicación en un hecho de la naturaleza humana: he ahí porqué durante un siglo la clerigalla con o sin sotana ha hecho el silencio alrededor de este libro.
La única falta de Adam Smith está en no haber comprendido que tal sentimiento de simpatía, convertido en hábito, existe entre los animales al igual que en el hombre.

No desagrada esto a los vulgarizadores de Darwin, ignorando en él todo lo que no había sacado de Malthus; el sentimiento de solidaridad es el rasgo predominante de la existencia de todos los animales que viven en sociedad. El águila devora al gorrión; el lobo, a las marmotas; pero las águilas y los lobos se ayudan entre sí para cazar; y los gorriones y las marmotas se prestan solidaridad también contra los animales de presa, pues sólo los poco diestros se dejan expoliar. En toda agrupación animal la solidaridad es una ley (un hecho general) de la naturaleza, infinitamente más importante que esa lucha por la existencia, cuya virtud nos cantan los burgueses en todos los tonos, a fin de mejor embrutecernos.

Cuando estudiamos el mundo animal y querernos comprender la razón de la lucha por la existencia, sostenida por todos los seres vivientes contra las circunstancias adversas y contra sus enemigos. Cuanto mejor cada miembro de la sociedad comprende la solidaridad para con los demás, mejor se desarrollan en todos esas dos cualidades que son los factores principales de la victoria y del progreso: De una parte, el valor, y la libre iniciativa del individuo, de la otra. Y cuando más, por el contrario, tal colonia o tal grupillo de animales pierde ese sentimiento de solidaridad (lo que sucede a consecuencia de una excepcional miseria o bien de una gran abundancia de alimento) tanto más los otros dos factores del progreso, valor y la iniciativa individual disminuyen, concluyendo por desaparecer, y la sociedad en decadencia sucumbe ante sus enemigos. Sin confianza mutua no hay lucha posible, no hay valor, no hay iniciativa, no hay solidaridad, no hay victoria; es la derrota segura.

Volveremos algún día sobre este asunto, y podremos demostrar, con lujo de pruebas, cómo en el mundo animal y humano la ley del apoyo mutuo es la ley del progreso; y cómo el apoyo mutuo, cual el valor y la iniciativa individual, que de él proviene, aseguran la victoria a la especie que mejor lo sabe practicar. Por el momento nos bastaría hacer constar el hecho. El lector comprenderá por sí mismo toda su importancia en la cuestión que nos ocupa.

Imagínese ahora ese sentimiento de solidaridad obrando a través de los millones de edades que se han sucedido desde que los primeros seres animados han aparecido sobre el globo; imagínese cómo ese sentimiento llegaba a ser costumbre y se transmitía por herencia desde el organismo microscópico más sencillo hasta sus descendientes -los insectos, los reptiles, los mamíferos y el hombre-, y se comprenderá el origen del sentimiento moral, que es una necesidad para el animal, como el alimento o el órgano destinado a digerirlo.

He ahí, sin remontarnos más lejos (pues aquí no sería preciso hablar de los animales complicados, originarios de colonias de pequeños seres extremadamente sencillos) el origen del sentimiento moral. Hemos debido ser en extremo concisos para desarrollar esta gran cuestión en el espacio de algunas páginas; pero eso basta ya para ver en ello que no hay nada de místico ni sentimental. Sin esa solidaridad del individuo con la especie, nunca el mundo animal se hubiera desarrollado ni perfeccionado. El ser más adelantado en la tierra sería aún uno de esos pequeños grumos que flotan en las aguas y que apenas se perciben con el microscopio. Ni aun existirían las primeras agregaciones de células: ¿no son ya un acto de asociación para la lucha?

P. Kropotkin, La Moral Anarquista, capítulo 5

KRONSTADT

En febrero de 1921 los marineros de la fortaleza naval de Kronstadt, en el golfo de Finlandia, comenzaron a manifestar su malestar y ya en marzo se levantaron en auténtica revuelta contra el gobierno bolchevique que ellos mismos habían ayudado a llegar al poder. Al igual que en el resto del país, los comunistas bolcheviques habían neutralizado la independencia de sus soviets y ellos no estaban dispuestos a que fuera así.

Bajo la consigna de «soviets libres» se estableció en Kronstad una comuna revolucionaria que sobrevivió dieciséis días, hasta que se envió un ejército a través de la superficie helada con el fin de aplastarla. Tras una larga y encarnizada lucha, con multitud de bajas por ambas partes, los rebeldes fueron sometidos.

«Kronstadt fue el primer intento totalmente independiente del pueblo de liberarse de todo control y llevar a cabo la revolución social. Este intento se hizo directamente, por la clase obrera, sin pastores políticos, sin líderes, sin tutores» (Volin)

Según los bolcheviques, los marineros de Kronstadt fueron agentes de una conspiración de la Guardia Blanca, pero lo cierto es que se trató de mártires que decidieron defender el auténtico socialismo. De hecho, a partir de estos sucesos, el mito de la Rusia Soviética comenzó a resquebrajarse ante los ojos de las izquierdas europeas.

VOLIN

Vsevolod Mikailovitch Einchenbaun, más conocido como Volin, era un hombre extremadamente culto para aquel momento y aquella Rusia. Su padres eran médicos y el tuvo la suerte de recibir una esmerada educación.

Tras ser encarcelado por sus actividades subversivas durante la Revolución de 1905, se fugó en 1907 y se exilió en París.
Al tener conocimiento de la Revolución de Octubre regresó a Petrogrado en 1917 con el objeto de participar en el proceso. Allí comprobó la debilidad derl movimiento anarquista debido a su falta de organización y se puso a intentar remediar el problema poniendo en contacto a los anarquistas que vivían en Rusia con los que se exiliaron en tiempos del zar y ahora volvían para ayudar en la revolución. De esto surgio la Unión de Propaganda Anarcosindicalista de Petrogrado, que decidió continuar con la publicación de «Golos Truda» («La Voz del Trabajo», periódico anarquista que ya editaban en París los exiliados rusos). Volin fue designado redactor . Tras la victoria de la Revolución, el periódico se hizo diario y se le añadió un comité de redacción de orientación bolchevique que no fue del agrado de Volin, por lo que abandonó el periódico y se trasladó a Brobov, donde trabajó en el soviet de la ciudad encargándose de la educación popular. Más tarde trabajó en el periódico Nabat y redactó su Síntesis Anarquista, en la que cabían las trés corrientes clásicas: sindicalismo, comunismo e individualismo.
En el otoño de 1918, Volin, junto a otros compañeros, crea la Federación Anarquista de Ucrania, organización con gran capacidad de movilización debido a su enorme número de afiliados.

MAKHNÓ

Néstor Ivánovich Makhnó era, al contrario que Volin, hijo de una familia pobre que a los siete años comenzó a trabajar como pastor de ganado, pues, al morir su padre poco después de su nacimiento, tuvo que contribuir al sostenimiento de la economía familiar. Aún así, consiguió una instrucción elemental acudiendo a la escuela local cuando las labores del campo le dejaban algo de tiempo.
A los doce años comenzó a trabajar como peón en granjas de colonos alemanes y, junto a otros compañeros igualmente explotados, desarrolló muy pronto el odio hacia las injusticias sociales de que eran objeto.

Sólo con 16 años participó en los sucesos revolucionarios de 1905 y, tras contactar con diversos grupos de la insurrección, decidió organizarse en el movimiento libertario.

En 1908 fue detenido por asociación anarquista y participación en diversas acciones armadas, por lo que fue condenado a morir en la horca. Le salvó su extrema juventud y se le conmutó la pena por la de cadena perpetua. En la prisión central de Moscú conoció a Archinoff, también condenado a trabajos forzosos y mucho más culto que él. Archinoff le ayuda a instruirse en varias materias y juntos pasan todo el tiempo que les queda libre en la gran biblioteca de la cárcel.

Tras la insurrección del proletariado en Moscú, es liberado en 1917 junto a todos los prisioneros políticos.

Volvió a la aldea ucraniana en que nació, Guláy-Pole, y desempeñó una incansable actividad militante, llegando a ser presidente del soviet local, de la unión regional de campesinos y de la unión de obreros metalúrgicos y carpinteros.

En ese momento, Ucrania estaba prácticamente invadida por alemanes y austriacos y el comité clandestino revolucionario de la zona le encargó la formación de batallones de obreros y campesinos. En 1918 se traslada a Moscú para entrevistarse con teóricos anarquistas que le instruyan sobre métodos de organización, pero los encuentra muy indecisos y pasivos, dudando entre la colaboración o no con los bolcheviques. El único del que recibió consejos estimables fue del ya viejo Piotr Kropotkin. También se entrevistó con el mismo Lenin, pero salió desencantado de la charla y, a partir de ahí, receló de él.
Después de caer preso de nuevo por los austriacos y de obtener la libertad comienza a redactar manifiestos sobre la revolución social, las comunas libres y a organizar partidas de guerrilleros voluntarios que acabarían convirtiéndose en el temerario y temido…

EJÉRCITO NEGRO

El Ejército Revolucionario Insurreccional de Ucrania, más conocido como «Ejército Negro», por el color de sus banderas fue el que llevó a cabo el enfrentamiento abierto contra las fuerzas austroalemanas en Ucrania. Durante un cierto periodo se alió con el Ejército Rojo para combatir al Ejército Blanco de los grupos reaccionarios, pero el entendimiento no duró mucho.

Hasta que no fue literalmente exterminado, El Ejército Negro llevó a cabo la revolución social en Ucrania, conocida también como revolución makhnovista, por ser Nestor Makhno uno de sus principales organizadores.

Allí donde se implantaba el Ejército Negro los obreros y campesinos abolían las estructuras del Estado y el sistema capitalista ,sustituyéndolas por asambleas y federaciones de aldeas, municipios y consejos.

La zona liberada de gobiernos tradicionales pasó a llamarse Territorio Libre. Allí fueron expropiados todos los terratenientes, empresarios e industriales y los trabajadores practicaron la autogestión y una economía basada en el libre intercambio entre las comunidades urbanas y rurales. El Ejército Negro no gobernaba, sino que dejaba en libertad a la población de organizar su forma de vida, limitándose sólo a potenciarla y a defender a la población de otros ejércitos que intentaran volver a crear un Estado.

En 1919, Volin se unió a la revolución makhnovista en la sección de cultura y educación con el objetivo de organizar reuniones, charlas, consejos populares y ediciones de boletines, carteles y todas aquellas publicaciones que fueran reclamadas por los anarquistas ucranios.
EL FIN

Tras la derrota final de los anarquistas rusos y ucranianos, su encarcelamiento y deportación, tanto Makhno, como Volin y Archinoff acabaron exiliados en Paris. Allí, terminaron discutiendo y adoptanto cada uno posturas ideólogicas distintas por su diferente forma de entender el anarquismo. Uno de los principales elementos de disensión fue la creación del grupo Dielo Trouda. Pero eso será materia de otro artículo.

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