Hay un asunto más que se necesita enfatizar. El capitalismo, de manera estructural fomenta el triunfo de los peores, a los que concede un poder ilegítimo creciente sobre el cuerpo social y sobre los demás seres humanos, al otorgárseles por ley el dominio omnímodo de las cosas, de los bienes materiales.

En efecto, los que acumulan capital son, por lo general, los sujetos más perversos, aquellos que no se ocupan de otros asuntos que de satisfacer su codicia, privar de libertad a sus semejantes y hacer de todo y de todos su dominio particular. Suelen ser, también, los más incultos, los más brutales, los más dominados por viles apetitos, los más desprovistos de sentido moral, espiritualidad y sensibilidad, aquellos que nada más se
interesan por lo cuantitativo y que se refocilan con los componentes más
viles de la condición humana. Mientras estos sujetos dominen a la humanidad
no podrá salir ésta del lodazal en que hoy esta metida. Derrotar al
capitalismo es, por tanto, derrocar la dictadura de los peores, y desarticular
un sistema que hace que éstos, los peores, medren, prevalezcan y manden
sobre las gentes.

Ahora bien, no son mejores aquellos que, escudándose
en vetustas cantinelas “anticapitalistas”, ordenan sus lamentables vidas en
función de la pereza, lo insignificativo, los placeres, la irresponsabilidad,
el libertinaje y el dar todas las satisfacciones posible a un ego hipertrófico.
Tales son meros parásitos que el sistema capitalista crea y mantiene, a través
de los procedimientos propios del Estado de Bienestar.


Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).