
“El capitalismo de producción ha incorporado -regularizándolas- nuestras actividades de producción: transformándonos en apéndices de sus máquinas con la Primera Revolución Industrial, y desplazándonos por sus máquinas con la Segunda Revolución Industrial. En esta fase, las actividades de ocio y consumo eran aún relativamente propias: los trabajadores conservaban en sus casas burbujas de espacio y de tiempo que llenar con su actividad. La casa era “su” casa, una casa de su “propiedad”: cercana y propia, un ámbito de intimidad. El capitalismo de consumo nos despoja -regularizándolas- de nuestras actividades de ocio y consumo: crea necesidades que se acoplen a los productos que está interesado en vender, transformando -mediante la pedagogía y la demagogia- nuestras actividades de ocio y consumo para que se acoplen a sus productos.”
“No se sirve lo mismo a Dios que al capital: servir a Dios es servir a alguien, el pecado es la arrogancia o la disidencia; servir al capital es servir para algo, el pecado es la arrogación o la desidia. Dios exige pleitesía, el capital exige plusvalía: su forma de obligarnos es ponernos primero a producir y luego a consumir. En la sociedad de consumo lo que se produce es consumo: cuantos más regalos hagamos, mejor cumpliremos nuestra obligación; lo importante es comprar, da lo mismo para qué y para quién.”
“Los consumidores son enredados por la publicidad en un laberinto sin salida real pero con salida imaginaria. La topología del capitalismo de producción era el panóptico: una columna central y unas alas radiales, para vigilar a los productores (cárcel, escuela, hospital, factoría). La topología del capitalismo de consumo es el laberinto: microsalida a mano sin macrosalida, para que los consumidores circulen sin salir (centro comercial, autopista, red de urbanizaciones para vacaciones semanales en la montaña o anuales en el mar). El laberinto es un rizoma: los caminos interiores son practicables, pero no hay camino al exterior.”
“El capitalismo de consumo es un sistema especializado en la producción de mierda pura. (…) Eso pasa con la información. Circula tanta información y está tan adulterada que, o bien no podemos asimilarla, o bien si la asimilamos nos intoxica. Las diferencias que fundaban los valores han sido abolidas: la diferencia entre lo bello y lo feo por la moda, la diferencia entre verdadero y falso por la publicidad, la diferencia entre lo bueno y lo malo por la política. La televisión y las revistas del corazón son el pasto habitual de la mayoría de nuestros conciudadanos.”
Extraído del libro “Por una sociología de la vida cotidiana”. Siglo XXI, 2012.