
Se trata de algo más que del Gobierno de una nación. No importa el apellido con que se le designe. Sea monarquía o república, sea dictadura o democracia, el Estado es una compleja Institución enraizada en la vida de una nación, que tiene puesta la garra sobre todas las actividades humanas, a fin de hacer creer que nada puede hacerse sin su mediación. Tiene una Constitución en la que todos los derechos ciudadanos están condicionados y al arbitrio del que manda. Unos Códigos que tienen una pena para cada clase de extralimitación individual, que castiga todo cuanto puede mermar las atribuciones
del Poder. Una magistratura encargada de administrar esa farsa de Justicia. Unas cárceles para encerrar en ellas a los que osen obrar por cuenta
propia, o rebelarse contra lo estatuido. Una policía,
unos cuerpos
armados, pistoleros y fusileros a sueldo que, como los verdugos,
matan y maltratan cuando se lo ordenan. Y por último, un ejército
que labora por la paz preparándose para la guerra, y que es escuela
de
embrutecimiento para todos los ciudadanos útiles.
El ciudadano ha de evitar hacer
todo lo
que el Estado prohíba, y
cumplir todo lo que el Estado manda. En
esto consiste el orden. No hay
actividad que no esté catalogada y
cuadriculada. Todos sus derechos están
escritos con esta coletilla
«salvo en el caso que la autoridad lo considere…», lo que
equivale no a afirmar y garantir un derecho, sino a negarlo.
El
individuo es esclavo de este armazón. Dentro de él queda sin
iniciativa, sin libertad, sin voz y sin razón. El Estado le ampara
cuando
quiere resignarse a pasar hambre, y cuando quiera explotar
legalmente a
gente necesitada.
Para cebarle en el
juego y acomodarlo a su tiranía, le ofrece de vez en
cuando, la
Ilusión de elegir a los gobernantes, a los árbitros de esta
Institución. Todo ciudadano puede hacerse rico, si le toca la
lotería.
Todos pueden ser poderosos, si logran ser elegidos para el
mando. En
esto consiste la democracia. Durante muchos años, los
descontentos y
desheredados pusieron su ilusión en mejorar de
condición cambiando
de Gobierno. La maldad del Estado no depende
de los individuos que lo rigen, ni la
maldad del dinero de los hombres que lo poseen. En el
Poder, todos
los hombres son igualmente odiosos y despóticos. En la
posesión de
las riquezas, todos son voraces e insaciables, todos olvidan
los
sufrimientos del hambriento.
Tan solo la
supresión del Estado puede emancipar y liberar a los esclavos y
explotados por el Capital.
Isaac Puente.
Extracto del texto “La sociedad del Porvenir. El comunismo
anárquico”. (1933).