Engels desarrolla la noción de esa «fuerza» a que se da el nombre de Estado, fuerza que brota de la sociedad, pero que se sitúa por encima de ella y que se divorcia cada vez más de ella. ¿En qué consiste, fundamentalmente, esta fuerza? En destacamentos especiales de hombres armados, que tienen a su disposición cárceles y otros elementos.

Tenemos derecho a hablar de destacamentos especiales de hombres armados, pues el Poder público propio de todo Estado «no coincide directamente» con la población armada, con su «organización armada espontánea».

Como todos los grandes pensadores revolucionarios, Engels se esfuerza en dirigir la atención de los obreros conscientes precisamente hacia aquello que el filisteísmo dominante considera como lo menos digno de atención, como lo más habitual, santificado por prejuicios no ya sólidos, sino podríamos decir que petrificados.

El
ejército permanente y la policía son los instrumentos fundamentales de la fuerza del
Poder del Estado. Pero ¿puede acaso ser de otro modo?

Desde el punto de vista de la inmensa mayoría de los europeos de fines del siglo
XIX, a quienes se dirigía Engels y que no habían vivido ni visto de cerca ninguna
gran revolución, esto no podía ser de otro modo. Para ellos, era completamente
incomprensible esto de una «organización armada espontanea de la población». A la
pregunta de por qué ha surgido la necesidad de destacamentos especiales de hombres
armados (policía y ejército permanente) situados por encima de la sociedad y
divorciados de ella, el filisteo del Occidente de Europa y el filisteo ruso se inclinaban
a contestar con un par de frases tomadas de prestado de Spencer o de Mijailovski,
remitiéndose a la complejidad de la vida social, a la diferenciación de funciones, etc.

Estas referencias parecen «científicas» y adormecen magníficamente al filisteo,
velando lo principal y fundamental: la división de la sociedad en clases enemigas
irreconciliables.

Si no existiese esa división, la «organización armada espontánea de la población»
se diferenciaría por su complejidad, por su elevada técnica, etc., de la organización
primitiva de la manada de monos que manejan el palo, o de la del hombre
prehistórico, o de la organización de los hombres agrupados en la sociedad del clan;
pero semejante organización sería posible.

Si es imposible, es porque la sociedad civilizada se halla dividida en clases
enemigas, y además irreconciliablemente enemigas, cuyo armamento «espontáneo»
conduciría a la lucha armada entre ellas. Se forma el Estado, se crea una fuerza
especial, destacamentos especiales de hombres armados, y cada revolución, al
destruir el aparato del Estado, nos indica bien visiblemente cómo la clase dominante
se esfuerza por restaurar los destacamentos especiales de hombres armados a su
servicio, cómo la clase oprimida se esfuerza en crear una nueva organización de este
tipo, que sea capaz de servir no a los explotadores, sino a los explotados.

Tomado de “El Estado y la Revolución”