
Correo Tortuga – Andrea Ochoa
Por: Gabriel Bustamante Peña
Apenas comenzó su primera candidatura no alcanzaba el 2% en las encuestas, y su propuesta no fue lanzada desde ningún partido tradicional que pudiera vaticinar una posterior fuerza electoral para disputar la presidencia. Sin embargo, su discurso antipolítico y anticorrupción, pero principalmente fuerte contra una guerrilla asesina, terrorista y sin rumbo político, le gestó un impresionante
ascenso de popularidad. Una sociedad cansada de los abusos criminales a los que se había reducido el proyecto beligerante y una asfixia en los intentos de solución política fueron la clave de su arrollador éxito con el que llegó por primera vez a dirigir el destino de la nación.
Realizó su primer gobierno, no sin antes reformar la Constitución para permitir su propia reelección. Y a pesar de no haber cumplido su promesa de acabar el terrorismo en su primer período, sus golpes a la guerrilla fueron tan contundentes que llegó a acorralarlos, a capturar o dar de baja a gran parte de sus cabecillas, disminuyendo de forma
drástica su accionar violento en todo el país.
De la mano con la lucha antiterrorista vino también la recuperación
económica y la inversión extranjera. Fue reelecto por una amplia
ventaja y su imagen favorable llegó a estar cerca al 80% y nunca por
debajo del 70%. Y todo esto, a pesar de los grandes escándalos de
corrupción y de violaciones a los derechos humanos de los que se
acusaba a su gobierno. El efecto teflón que generó, le permitió pasar
incólume por encima de los crímenes de lesa humanidad y los actos
probados de descomposición política que se gestaron en su
administración.
Los escándalos de corrupción comenzaron a cercar sus principales
círculos de poder, llegando a sus principales asesores y al Congreso,
el cual se vio afectado por una de las principales crisis de
ilegitimidad en su historia. Nuevamente, el envilecimiento político
venía desde el Gobierno, pero la gente aislaba la imagen presidencial
de este episodio que hedía como nunca a podredumbre. Y no contento con
una reelección, comenzó a
planear como quedarse en el poder. Pero esta vez, no sólo por gusto
sino por necesidad: el miedo a un futuro juzgamiento lo convirtió en
beneficiario y víctima de su propio trono.
Su discurso, cada vez más agresivo, se enfiló contra la oposición
política y social a la cual estigmatizó y ridiculizó aprovechando los
múltiples espacios oficiales. Generó un ambiente de polarización y
recurrió a investirse como el representante de un patriotismo
indiscutible, de tal forma que, quien estuviera contra él estaba
contra el país y debía ser considerado terrorista.
Mantuvo a los medios de comunicación bajo su poder a través de
concubinatos empresariales o por medio del chantaje que ejercía sobre
ellos y elaboró toda una maquinaria de propaganda oficial para
magnificar su imagen.
Gobernó acaparando todo el poder, a través del desequilibrio
institucional que generó su propia reelección. Permitió que la
corrupción infiltrara al Estado como nunca antes se había dado en el
país y llevó a la moral pública a la más profunda de su crisis. De la
misma forma, captó a las fuerzas militares como su ejército propio,
utilizándolas para sus intereses, no pocas veces contrarios a la
dignidad humana.
Confundió popularidad con legitimidad y por esta vía pasó por encima
de la ley y de la constitución. Atacó al poder judicial con una saña
tal que llegó a acusarlo de ser enemigo de la democracia y se enfrentó
personalmente a la justicia hasta llegar a doblegarla.
Finalmente, tras 11 años en el poder y ya sin el paraguas de la
guerrilla, la lluvia de escándalos le hicieron huir del país y pasó a
ser declarado ‘moralmente insubsistente’ por el Congreso.
Hoy, Alberto Fujimori está preso y enfrenta procesos por crímenes de
lesa humanidad y corrupción. Crímenes que cometió bajo el apoyo ciego
de una sociedad sedienta de venganza y mano dura y en la ausencia de
la sana crítica y la oposición política, que diferencian a las
verdaderas democracias de las dañinas y falaces
tiranías de las mayorías.
Espero que no hayan pensado que el escrito se refería a nuestro
presidente y ‘patrono’ Álvaro Uribe…. porque él y Fujimori no tienen
absolutamente nada en común…
El éxito de un presidente criminal y asesino
Jajajaja, ‘de por dios’ que pensé que se refería a lo lago de todo el artículo específicamente de Uribe. Lo de «una guerrilla asesina, terrorista y sin rumbo político» es pura palabrería de noticiero paramilitar (y tampoco hago alusión a Paracol TV o RadioCasaNarquiño, noo, para nada). Pero en general, el artículo no deja lugar a dudas: el futuro ha sido escrito.
«Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción», vaticinó Bolívar. Y agrego yo que cada pueblo tiene los gobernates que se merece. Solo así se podría justificar a Fernando Vallejo cuando reconoce abiertamente que odia al pueblo…