Nota: Este artículo resulta controvertido por las afirmaciones que contiene pero aún así es interesante conocer este punto de vista.


Juan Manuel Olarieta

Insurgente

La ecología es una ciencia de la que muy pocos han leído alguna vez algún manual, pero el ecologismo se ha instalado en nuestro subconsciente haciendo de cada uno de nosotros un partisano, un militante en favor de la ecología y de la defensa del medio ambiente. ¿Cómo podemos defender algo que ignoramos? ¿Qué estamos defendiendo exactamente?

Para responder a estas preguntas hay que recorrer los 40 años de ideología ecologista: no de la ciencia de la ecología, que es más antigua, sino del movimiento verde. ¿Por qué nace el ecologismo como movimiento? ¿Quién lo crea?

Siempre ha habido movimientos ecologistas pero antes tenían un alcance local, estaban ligados al paisaje inmediato, al disfrute de las peculiaridades locales, a la defensa de lo autóctono. Sin embargo, hoy el ecologismo es un movimiento marcadamente internacional e internacionalista, que desborda no sólo el ámbito de lo local sino incluso el marco de un Estado concreto. Crear un movimiento con una cierta homogeneidad a escala mundial no es una tarea nada fácil; requiere poderosos medios que sólo están a disposición de los grandes monopolios internacionales. El movimiento ecologista, pues, es una creación del imperialismo en defensa de la hegemonía de las grandes potencias. Más allá de las variaciones peculiares de cada grupo verde en concreto, lo que hoy les identifica es participar de esa ideología difundida por el imperialismo a partir de la década de los setenta del siglo pasado.

En aquellos años el movimiento de descolonización estaba en su apogeo y el imperialismo, después de décadas de guerras infructuosas para impedirlo, tuvo que acabar por resignarse: los pueblos del Tercer Mundo acabarían independizándose. Pero eso no era lo peor: cabía sospechar que, además, esas nuevas naciones querrían desarrollarse, salir del estado de postración en las que el imperialismo las había mantenido. El desarrollo económico era la materia de moda en las facultades de economía hasta aquel momento; hoy es un tema tabú. Ante una pretensión que hoy calificaríamos despectivamente como «desarrollista», las potencias hegemónicas promovieron un movimiento de oposición sobre la base de que en el planeta no hay sitio para que todos los países escapen de la miseria, es decir, para que los países del Tercer Mundo dejen de ser los terceros.

El ecologismo nace, pues, como una ideología que fomenta el subdesarrollo, como un intento de mantener a aquellos países jóvenes como lo que siempre habían sido: reservas de materias primas y de mano de obra barata para las grandes potencias. Había que oficializar la creación de esos parques bajo la forma de lo que se llamó «reservas de la naturaleza» o de la biofera, como ya habían logrado en Estados Unidos con las poblaciones indígenas. Conocidas organizaciones como WWF (World Wildlife Forum) fueron creadas por el imperialismo para convertir a los países del Tercer Mundo en un destino turístico para disfrutar de la vida salvaje en su estado prístino, con sus montañas, sus lagos, sus elefantes y sus inocentes pobladores, que nos llevan las mochilas a cuestas y nos sirven de sherpas en nuestros apasionantes safaris, en los que participamos con la inmensa inocencia de un momento pleno en comunión perfecta con el ambiente local.

El núcleo de la falacia ecologista es que vivimos en un planeta finito y cerrado en el que no hay sitio para todos, sobre todo si «todos» pretenden vivir tan estupendamente como en los países más desarrollados. Según los propagandistas del imperialismo eso es materialmente imposible. A partir de este equívoco que, pese a su falsedad, parece de sentido común, se abren dos líneas divergentes que también están en la esencia de los diversos movimientos ambientalistas. Uno de ellos es la teoría de la explosión demográfica, según la cual hay un exceso absoluto de población en el mundo, pero especialmente en el Tercero, justificando de ese modo las guerras, las esterilizaciones y demás políticas antinatalistas puestas en práctica desde la posguerra que, por lo demás, son las mismas que ya puso en práctica Estados Unidos con su propia población autóctona.

El segundo son las distintas catástrofes planetarias con las que amenazan a la humanidad a cada paso, extraídas del Evangelio de San Mateo: «El sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán» (versículos 24,29). En términos modernistas, el apocalipsis bíblico se ha convertido en esa doble tesis según la cual al mismo tiempo que la población aumenta los recursos se agotan. El panorama es, pues, aún más alarmante, si cabe.

En la economía burguesa esa tesis adopta la forma de ley del decrecimiento y, también ahí la evidencia es tan clara, está tan introducida en nuestro subconsciente, a fuerza de repetición, que es falsa. Por ejemplo, un tópico señala que el consumo de petróleo aumenta cada día pero las reservas de combustible se agotan o se agotarán indudablemente. La culpa es de los países del Tercer Mundo, como India y China, que tienen la absurda pretensión de escapar del destino que le tenían preparado las grandes potencias y en sus faraónicos proyectos de desarrollo industrial demandan demasiados hidrocarburos, lo cual tiene, además, el inconveniente añadido de que el destrozo de la naturaleza crecerá exponencialmente: más desarrollo económico significa más contaminación y más desastres ambientales.

Estamos abducidos por una ideología lineal e inexorable de la decadencia según la cual la naturaleza, como la misma sociedad, marcha hacia una hecatombe segura. La ley del decrecimiento nació a principios del siglo XIX dentro de la economía burguesa pero su éxito lo obtuvo medio siglo después cuando Rudolf Clausius lo incorporó a la física. ¿Cómo podemos poner en duda una ley de la termodinámica? Sólo Engels se atrevió, pero no fue suficiente para que la ideología dominante diera un giro completo a lo que desde la Grecia antigua había sido el hilo conductor del pensamiento occidental, a saber, que el universo marcha del caos al cosmos. Por el contrario, hoy se ha generalizado la absurda teoría de que el universo marcha justamente en la dirección opuesta, hacia el caos, siguendo indudables leyes que son a la vez físicas, ecológicas y económicas.

A través de la teoría del caos, el decrecimiento y las catástrofes de diverso tipo, el imperialismo transmite una concepción lúgubre en la cual la naturaleza es hermosa pero la humanidad es una especie despreciable. El progreso no ha existido ni existirá jamás. Desde su mismo origen la humanidad lo único que ha logrado es destrozar el entorno. Odiemos, pues, al hombre pero respetemos los ecosistemas silvestres. Aunque muera, el ser humano no importa porque hay mucha abundancia y cualquier desaparición de seres humanos es un alivio; lo importante es que se conserven las demás especies tal cual las conocemos ahora. La humanidad ha demostrado una brutalidad ecocida y exterminadora; acabará con la biodiversidad convirtiendo al planeta en un desierto estéril. Es preferible que se acabe el hombre antes que la naturaleza.

Para transmitir su tenebrosa ideología, el imperialismo ha dispuesto de poderosos tentáculos, alguno de los cuales los ha levantado para no dejar rastro de quiénes son los verdaderos autores de esta patraña. Así, a través de una serie de tinglados burocráticos, la ONU se ha convertido en el portavoz más autorizado de los riesgos ambientales que acechan a la humanidad, entre ellas la superpoblación, el calentamiento, la biodiversidad, la polución, etc. Pero quizá nada ha disimulado mejor que la constelación de movimientos verdes la verdadera naturaleza de clase de la ideología ambientalista. Por su permeabilidad intelectual, la pequeña burguesía ha servido de correa de transmisión para que una ideología imperialista arraigue entre las masas explotadas del mundo entero. Sus ademanes alternativos nos han acercado unos mensajes catastrofistas hasta el punto de lograr intimar con ellos, hacerlos nuestros, convertirlos en parte de nuestra protesta. Los rojos nos hemos pintado de verde o, por lo menos, somos rojiverdes. Es la señal de que no nos hemos quedado anclados en una antigüedad remota, en el viejo movimiento obrero del siglo XIX: somos ecosocialistas, no queremos un socialismo con malos humos, como sucedió con los planes desarrollistas de la Unión Soviética.

Eso es lo que creemos de nosotros mismos; quizá seamos ecologistas pero lo cierto es que no defendemos ni el socialismo ni la ecología. Nos hemos convertido en vasallos del imperialismo. También aquí nos han dado gato por liebre, nos han ganado la partida. Lo peor de todo es que eso nos llena de satisfacción: aún podemos ir de safari al Tercer Mundo. El paraíso no está en el socialismo, como habíamos imaginado, sino en el Serengueti.

10 thoughts on “El imperialismo verde”
  1. El imperialismo verde
    Hacía mucho tiempo que no leía una apología del disparate tan acabada (hasta en sus más pequeños matices). Porque la sarta de disparates, incoherencias, sinsentidos y desatinos de este ¿autor? es de tal magnitud, alcanza tal nivel de ignorancia, que es sencillamente imposible igualarla de otro modo.
    Un saludo

    1. El imperialismo verde
      Totalmente de acuerdo. Es lamentable que aún quede gente con esta visión de las cosas.

      1. El imperialismo verde
        Hombre la manera en que ¿contestáis?, más bien os descalifica a vosotros no a él.

  2. El imperialismo verde
    Pues por de pronto, a mí esto no me parece ningún disparate:

    La ecología es una ciencia de la que muy pocos han leído alguna vez algún manual, pero el ecologismo se ha instalado en nuestro subconsciente haciendo de cada uno de nosotros un partisano, un militante en favor de la ecología y de la defensa del medio ambiente. ¿Cómo podemos defender algo que ignoramos? ¿Qué estamos defendiendo exactamente?

    Lástima que, a ratos, el resto del artículo parece demostrar que al autor le pasa lo que crítica, es decir, que no ha leído un manual de ecología en su vida. Siguiendo a su escuela, parte del hecho de que el ecologismo no ha llevado a derrocar el imperialismo para concluir que el ecologismo es un instrumento del imperialismo. Pero el que, por ejemplo, la gente que alerta de los problemas demográficos no sea anti-imperialista no debe conducirnos a pensar que esa denuncia sea signo de una ideología imperialista. Máxime cuando esa denuncia es muy relevante, como queda claro a poco que uno haya leído, etc.

    Y digo lástima porque en el resto del artículo no todo son dislates. ¿Estamos seguros de que la gran difusión del discurso ecologista de los ochenta a esta parte no está relacionada con maniobras de defensa de la hegemonia occidental? Sin ir más lejos, podemos recordar el mercado de emisiones de carbono, etc.

  3. El imperialismo verde
    Llama la atención como una ideoligia que frena el desarrollo de los pueblos condenandolos a morir de hambre en forma segura a fin de evitar un minima probalbilidad de morir por contaminación tenga tantos adeptos,que cuando alguien dice verdades salgan a tildarlos de estupidos, siendo ellos los ciegos idiotizados por una terrible propanda. mis felicitaciones al autor de la nota, y me tomo el permiso de reprocirla a hacerla circular respetando su fuente. gracias ojala podamos quitar las vendas de los ojos a mcuhos

  4. «El imperialismo verde» y/o lo verde está verde.
    En el número más reciente, 114, de la revista de ciencias sociales ‘mientras tanto’ (de venta en librerías) se incluye una carpeta motivada por el aniversario del teórico comunista Manuel Sacristán. La mayor parte de la carpeta está ocupada por la trascripción de la conferencia de 1985 ‘Introducción a un curso sobre los movimientos sociales’, en la que Sacristán, con pajas parecidas a las de texto que inicia estos comentarios, arma un cesto bien distinto, más clarificador que las confusiones y matonismos en que se atasca Olarieta. La conferencia pasa revista a la situación en que ecologismo, pacifismo y feminismo se encontraban en la época, insistiendo tanto en la necesidad de dichos movimientos como en las debilidades y confusiones que les debilitaban. En esta ocasión Sacristán mantiene una postura menos complaciente con los movimientos sociales y sus inercias que en otros textos más difundidos, aunque también concluye en lo deseable y factible que resulta el que levanten el vuelo.

    El análisis es mucho más productivo que el de Olarieta por lo que toca al ecologismo, viendo Sacristán medio llena la botella que el otro autor quiere romper por ver vacía. Es cierto que Sacristán no es bien visto en los ámbitos en que se ha escrito el artículo que da lugar a este hilo, pero ese es problema suyo. Ahora bien, los que nos quedamos con el análisis de Sacristán no deberíamos contentarnos con despreciar peores argumentos, pues estas palabras de Sacristán son interesantes en dos dimensiones: la de su contenido literal, por un lado, y, por el otro, la de su distancia temporal. Y es que hay que tener en cuenta que los problemas que Sacristán diagnóstica en los movimientos sociales en general y el ecologismo en particular –‘lo verde está verde’- fueron diagnosticados hace veinticinco años. Queda por comprobar cuánto ha madurado lo verde desde entonces, o si las advertencias de Sacristán ya han caducado; pues si han caducado poco, tampoco podría decirse que la práctica de los movimientos pueda dejar en evidencia la decepción autosatisfecha de Olarieta y de los que piensan como Olarieta -y, en cualquier caso, tenemos un problema serio-.

    1. «El imperialismo verde» y/o lo verde está verde.
      Muy buen comentario, agudo y muy aclaratorio. Gracias.

    2. «El imperialismo verde» y/o lo verde está verde.
      ¿Cómo algo caduca un poco? ¿si está poco caducado es comestible? Seguro que para algunos sí. Por otro lado demasiada insistencia en el ‘matonismo’ del autor y ‘de los que piensan como el’ para no pensar que nos encontramos ante el argumento de un matón.

  5. El imperialismo verde: ¿co2?
    En la web http://www.crisisenergetica.org el participante ‘APG’ (cuyos escritos están reunidos en el blog http://typvsorbisterrarvm.blogspot.com/) publica la siguiente nota:

    Soy consciente que este no es un sitio dedicado al calentamiento global per se, pero después de leer en una nota difundida aquí que «El CO2 es el principal causante del cambio climático», he decidido compartir mi artículo «Cambio climático: modelo para desarmar» (Energía a Debate).

    No está científicamente comprobado que el CO2 sea «la» causa del calentamiento global, más aún, para algunos científicos lo que viene es un enfriamiento, no un calentamiento. Así como Crisis Energética fue en sus primeros años un sitio disidente (hoy se convierte en vanguardia), hay espacios en internet que difunden información que cuestiona con seriedad la teoría del calentamiento global antropogénico, entre ellos, el NIPCC. ¿Por qué ignorar esas voces? ¿Porque son de «derecha»? Yo no soy de derecha. Vivo en un país cuyo gobierno es de extrema-derecha, el cual es promotor y beneficiario de la teoría del calentamiento global antropogénico…

    ¿Las inundaciones de este año no son una muestra del calentamiento global? Vivo en una ciudad que tuvo que ser fundada dos veces: las fuertes lluvias provocaron el desbordamiento de un río, inundando el asentamiento. Se decidió cambiar el pueblo hacia el lado poniente del río. Esto sucedió en los primeros años de la década de 1530… Estoy hablando de Puebla, en México. ¿Calentamiento global?

    Y otra participante, `marga’ da la siguiente interesante respuesta:

    Yo estoy muy harta de oir de este tema del calentamiento global si, calentamiento global no. Estas discusiones sólo hablan de lo limitada que es nuestra percepción de la realidad. ¿Calentamiento o enfriamiento? qué más da. Lo tratamos todo analizando hasta la saciedad cada una de las hojas sin ver el bosque.

    El bosque es que la atmósfera, como todos los sistemas de la biosfera, es un proceso complejo que mantiene estables unos parámetros de forma increíblemente regulada de forma que al final tenemos estaciones, lluvias regulares, cosechas, vida, en definitiva. ¿Cómo se hace? No lo sabemos, tenemos muchas lagunas, pero lo que está claro es que tiene toda la pinta de ser un sistema realimentado y controlado, como el control de una fábrica automatizada de las que hacemos nosotros. Y cuando se añade un perturbación súbita (como el chute de CO2 actual) a un sistema realimentado y complejo de control lo que sucede es lo que nos está sucediendo actualmente, que ya lo notamos todos científicos y no científicos: tenemos inestabilidades, alteraciones, y…¿cuál va a ser el estado final después de este transitorio? No lo sabemos, probablemente no pueda saberse, pero….¿importa?

    Importa poco, porque lo malo es que estamos oscilando, estamos perdiendo el equilibrio, y no sólo eso, lo más importante es que hay muchas hojas: pesquerias, pérdida de tierras fértiles, petróleo, BIODIVERSIDAD, ciclos del nitrógeno, acuiferos.

    ¿POR QUE DEDICAMOS TANTO TIEMPO AL CO2 Y TAN POCO A TODOS LOS DEMÁS LÍMTES?. Los otros son mucho más predecibles, igual de constatables, las consecuencias son mucho más sencillas de trazar….y es que no hace falta estudiar tanto el CO2, estudiamos el problema global y ya está. Lo que tenemos que hacer es estudiar cómo hacer un nuevo sistema económico y político mundial, en lugar de perder tanto el tiempo estudiando si después del transitorio vamos a tener un aumento de temperatura con el planeta destrozado por los cuatro costados o una disminución de temperatura con el planeta destrozado por los cuatro costados.

    1. El imperialismo verde: ¿co2?
      Si el imperialismo trata de impedir que el tercer mundo cometa los errores de la revolucion industrial, tres hurras para el imperialismo, porque vaya pedazo de mierda de revolución industrial.

      Prácticamente se puede decir que ha sido un autentico «quitate tu pa ponerme yo», en el que los curas dejaron paso a los industriales, la religión al consumismo, la política a la trifulca, y la filosofía a la telebasura.

      Si el tercer mundo debe desarrollarse, por favor que lo haga de otra forma: Del primer mundo hay mucho que aprender, PERO SOBRE QUE ES LO QUE NO HAY QUE HACER.

      Si el primer mundo debe cambiar, por favor que lo haga teniendo en cuenta el aire que respiramos, el agua que bebemos, la tierra que nos alimenta y el sol que nos calienta.

      internete
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      PD: ¡CAGÜENTÓ!

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