
Arguye L. Feuerbach que «el secreto de la filosofía especulativa es la teología», verdad tan evidente como decisiva, y que «la lógica hegeliana es la teología vertida a la razón y el presente, la teología hecha lógica», cadena argumental que culmina en esta lúcida advertencia: «quien no abandona la filosofía hegeliana, tampoco abandona la teología».
Teniendo en cuenta que el pensamiento radical y criticón, en todas sus expresiones, no es otra cosa que hegelianismo reelaborado y hermoseado, nos encontramos con que las ideologías del progresismo y de la izquierda en los últimos 150 años son poco más que religiosidad y clericalismo con apariencia de secularidad y laicismo.
En donde se manifiesta más la naturaleza «eclesial» de tal ideario es en su noción de
las metas históricas alcanzables, el socialismo y comunismo (libertario o estatista), que son presentadas
sin ambages como una versión en clave económica del paraíso celestial ofertado por los
credos religiosos, que se realiza en «el final de la historia». La obstinada fe en que el destino de la
humanidad es la dicha ilimitada y perpetua, acaramelada creencia que conforma el núcleo mismo
del pensamiento radical teorético, es mera teología, y está tan arraigada en la mente de la pedantocracia
crítico-utópica que es imposible de erradicar, pues su ansia de felicidad y disfrute, de jolgorio
y goces, resulta ser tan obsesiva y tan ajena a toda consideración racional que queda impedida para
plantear con realismo la naturaleza de la condición humana, sus posibilidades e imposibilidades,
que son las más.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).