Nel Ocejo Durand

Las grandes catástrofes planetarias, desde tiempos bíblicos, han tenido como denominador común el de conmover la conciencia individual, a la vez que el conjunto de la sociedad, en su encadenada relación cotidiana con la inercia que le impide detenerse, sigue las consignas preparadas por sus jefes sin jamás demostrar en su actuación la existencia de una “conciencia colectiva”:
no se detienen, ante el choque emocional que produce la representación imaginaria del desastre natural, ni la industria ni los servicios ni nada; sólo la persona, recluida en su habitat, aislada del resto del aparato colectivo que ha permanecido insensible, ocupado como está en no permitir que cualquier tipo de eveniencia perjudique las ganancias previstas para la jornada, puede meditar sobre el signo de la tragedia. Y esto solamente en el mejor de los casos, en el caso de poseer dicha conciencia, cosa que se ha demostrado en poquísimas ocasiones, si se considera el volumen de la población, aunque se utilice la demagógica medida de adjudicársela a todos por igual con el argumento de la igualdad social que engañosamente se introduce en el discurso.

Parece suficientemente demostrada la inexistencia de una conciencia colectiva, puesto que se considera la conciencia como una prerrogativa del ser individual, el cual debe responder únicamente de sus actos y pensamientos ante sí mismo, ya que, tras la certificación de la inexistencia de un ser superior denominado Dios, la conciencia cristiana que hemos heredado de la cultura occidental se ha quedado huérfana y debe emprender el tortuoso camino de justificar su existencia como un producto más de las leyes de la naturaleza, resultando por ello esclavizada por un materialismo que no deja lugar a las elucubraciones metafísicas de cualquier signo, ya sea de carácter religioso o “laico”. En cualquier caso, la suma de todas las conciencias individuales jamás puede resultar un ente homogéneo al que se pueda adjudicar una conciencia común, ya que la diversidad de cada percepción se lo impide.

Por el mismo razonamiento, no se puede plantear la existencia de una “inconsciencia colectiva”, de jungiana memoria, utilizada por los gurus de las ciencias sociales y los gendarmes de la psique humana – los psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas que han sustituido a los confesores católicos – para justificar un sentimiento, o una dolencia común, supuestamente existente en el cuerpo social. Si no se puede establecer un modelo de comportamiento psíquico homogeneizado, puesto que la conciencia , en el caso de existir en un determinado sujeto, no es más que el producto de la educación y la experiencia de cada uno de nosotros, menos aún se puede sostener la existencia de un comportamiento social uniforme derivado de esa inexistente conciencia común. Teóricamente, nuestras ideas y nuestros actos están dictados por esa realidad interior que vivimos como “conciencia de ser”, la cual dicta sentencia sobre cada cosa que nos atañe, bien sea desde el punto de vista material de nuestro quehacer cotidiano o sea desde el punto de vista espiritual, al interiorizar las emociones que nos produce el roce con nuestros semejantes y el entorno, el propio devenir de nuestra existencia al realizarse junto y contemporáneamente a las otras existencias que nos rodean.

Una vez establecidas las bases del debate surgen las consiguientes objeciones, como es natural en los casos en los que se tratan cuestiones “morales”, tales como la ausencia de una conciencia colectiva o la escasez de la conciencia individual en la mayoría de los sujetos que componen toda sociedad. ¿Cómo interpretar, a la luz de las anteriores aseveraciones, el movimiento de solidaridad universal hacia los dannificados del reciente maremoto acaecido en el Océano Índico? ¿No se trata de una manifestación de la conciencia colectiva de la humanidad que, ante la magnitud del desastre causado por la propia naturaleza de la corteza terrestre, se vuelca en ayuda de los desgraciados habitantes de la región? Y, en el caso de que no se admita la existencia de un ente común a todos los individuos, ya que no son “todos” los que colaboran en la ayuda, ¿no se trata, de todas formas, de la unión espontánea de un gran numero de individuos que comparten una conciencia individual de la tragedia?

Nada más fácil de rebatir: las respuestas a tales objeciones se encuentran en la naturaleza misma del desastre, tanto como en las circunstancias de las que se ha visto acompañado. En primer lugar, hay que considerar que las consecuencias del maremoto no han llegado hasta nosotros, se han limitado dentro de un área ribereña que, si bien es de una enorme amplitud, queda tan lejana de nosotros como para impedirnos de advertir el terrible resultado del fenómeno. Si tenemos conciencia de la magnitud del desastre, esto se debe únicamente a la información que sobre él se ha proporcionado a través de los medios. Incluso se puede añadir que tal magnitud es una variable determinada a cada momento por las noticias, muchas veces contradictorias, especialmente en los primeros días de la catástrofe: de unos pocos centenares de muertos causados por la marea se ha ido escalando, paso a paso, día a día, hasta llegar a la cima monumental de la siniestra hecatombe; pero también, paradójicamente, hasta el punto de no saber con exactitud el número de víctimas “autóctonas”, mientras que, por el contrario, tenemos una estadística más fiable respecto a “nuestros” muertos, los que, por varios motivos, bien sean el “turismo sexual”, turismo familiar o los negocios, se encontraban circunstancialmente en aquellos parajes. Es, pues, evidente que el fenómeno no nos atañe directamente, salvo a los familiares, amigos y parientes de los perecidos en la catástrofe que viven su drama personal de manera individual; también resulta evidente que la conciencia de la tragedia nos ha sido inculcada por los medios de información, sin los cuales no podría existir ni la propia desgracia ni la conciencia que de ella se deriva – el dogma que dicta la inexistencia de todo aquello que no aparece en la pequeña pantalla está ahí para demostrarlo.

Todo apunta a afirmar que nuestra conciencia, individual o colectiva, admitiendo que exista en ambos casos, no es otra cosa que el producto de una información, el resultado de una “construcción” imaginaria, o de una “reconstrucción” de los hechos, realizada por quien detenta el poder de la comunicación, es decir, por el poderoso grupo editorial de turno que manipula a su voluntad nuestras conciencias, imprimiéndonos las imágenes seleccionadas con antelación, “cocinadas” en las redacciones de los servicios informativos según las líneas maestras trazadas por la dirección de acuerdo con la política editorial del clan empresarial o del gobierno de la cosa pública. Como se sabe, tales políticas están encaminadas, por una parte, a mantener los niveles de audiencia y los beneficios económicos que de ello se derivan, tanto como a mantener ocupada la opinión pública alrededor de un caso concreto, con el que rellenar los espacios informativos, no siempre exuberantes de noticias; por otra parte, los medios de información de masas de las autoridades gubernamentales están al servicio de la divulgación de la visión partidista que ocupa en ese momento el poder, alterando datos y proporcionando interpretaciones interesadas en la conformación de una determinada percepción de las noticias por parte, sobre todo, del público menos formado, es decir, más desinformado.

Ejemplos notables de tales manipulaciones en los sucesos acaecidos recientemente, tanto por su esencial gravedad como por su alto contenido de dramatismo, deberían bastar para desdeñar todo debate sobre este punto. Si tales argumentos no bastasen, bastaría sacar a colación las teorías de varios pensadores contemporáneos sobre la comunicación audiovisual, en particular la de Mac Luhan, cuya significación y oportunidad dejamos al lector más avisado. No siendo nuestro propósito el de complicar los argumentos que se debaten, limitándonos a un sencillo razonamiento que parte de una lógica al alcance de cualquier persona interesada en estos problemas, sí se puede añadir el testimonio de algunos testigos de la tragedia, que apunta, según los casos, a disminuir la entidad de los estragos causados por la marea en la isla de Phuket – un bioquímico argentino arrastrado con su vehículo por las olas que ha sido entrevistado por RNE recientemente- o a aumentarla hasta alcanzar dimensiones apocalípticas en la isla de Sumatra – el caso de varios voluntarios de ONGs presentes en la zona. Todo lo cual comporta la existencia de una visión interesada en recaudar la mayor cantidad de dinero posible para invertir en la reconstrucción de los paraísos turísticos y financieros arrasados por el maremoto. Tal interés económico no está exento de una gran dosis de hipocresía: el negocio a la vista para los empresarios se esconde bajo la pancarta de la ayuda humanitaria que a todos nos convence, mientras que los beneficios no tendrán la distribución esperada, quedando siempre en las mismas manos, en las de los poderosos que los obtienen empleando cualquier medio a su alcance con la complicidad de los respectivos gobiernos y sus legiones de votantes. Más que de un caso de “conciencia colectiva”, que reacciona bajo los impulsos de la solidaridad con los dannificados, se trata de un caso de “mala conciencia”, provocada por los abusos del capitalismo salvaje en todos los países empobrecidos por la colonización occidental desde hace siglos, cuyas carencias de todo tipo solamente son imputables a nuestro egoísmo desmedido y a nuestra ambición de acumular riquezas robadas a sus legítimos poseedores: los propios países a los que se destina la ayuda económica, siempre limitada y gestionada por extraños.

De hecho, tales subjetividades en la interpretación del acontecimiento por parte de los media tienen su repercusión sobre la imagen global que de él se crea en nuestras conciencias, tendiendo, como se ha señalado, a dirigirlas hacia una uniformidad que garantice el consenso total hacia las políticas que se llevarán a cabo con posterioridad en cada uno de los países afectados. Como siempre sucede en estos casos, se engrandece la virtud solidaria y se ocultan los fines especulativos: hay algo de retorcido y maquiavélico en los actos y declaraciones de los representantes del poder mundial que nos alerta sobre sus miras e intencionalidades. Las resonancias del estruendo tectónico tienen diferente timbre según los lugares en los que se reproducen: mientras que el secretario general del Fondo Monetario Internacional, el eminente, y prominente (por su poderoso rostro), ex ministro de Hacienda del anterior gobierno postfascista españolista, el señor Rato, redunda en sus declaraciones sobre el hecho de que la magnitud del desastre no implica la condonación de la deuda de los países afectados, el señor Bush, tras unos días de deliberación con sus ayudantes de campo, ha decidido volcarse con armas y bagages en la intervención humanitaria. En especial, se ha servido de las primeras, dejando los segundos en manos de sus fieles aliados, mejor predispuestos para la logística que para el uso de los ejércitos. De este modo, en el río revuelto de Insulindia se ha dedicado a la pesca de “terroristas islamistas” – que hay que mantener la tergiversación del lenguaje para hacer incomprensibles los mensajes. Estos, mejor conocidos por la denominación de “guerrilla musulmana anticapitalista”, proclaman la liberación nacional de la esclavitud imperial estadounidense y están presentes, bajo diferentes siglas, en la mayoría de los países involucrados en la catástrofe, desde Sri Lanka (Ceilán) hasta las Filipinas, además de representar un serio peligro para la estabilidad de los gobiernos proestadounidenses establecidos en cada país afectado, en particular en Indonesia, potencia hegemónica de la región insular más importante del Índico por población y cantidad de recursos naturales, incluido el preciosísimo petróleo.

Hasta allí se ha desplazado la ayuda “humanitaria” estadounidense, llevándose como base de operaciones al portaaviones “Abraham Lincoln” – que todo tiene su importancia, hasta el nombre de los símbolos que se exportan: el “padre” de la libertad americana llega para ayudar a los pobres a encontrar el “buen camino”, es decir, la “democracia” imperial de obligada implantación en todos los rincones del planeta, sin tener en cuenta sus respectivas culturas y civilizaciones, sus condicionamientos económicos y sociales, su propia “indiosincrasia”. ¿Se necesitaba al despiadado cuerpo de “marines” de la NAVY norteamericana, especialmente entrenados en la lucha antiguerrillera, dotados con los más recientes productos de la industria bélica estadounidense (helicópteros de ataque al suelo, detectores de emisiones de calor para descubrir a los insurgentes en la jungla, armas de alta precisión y volumen de fuego, etc.) para repartir paquetes y regalos varios de la beneficencia internacional? La versión de los medios de comunicación, por el contrario, redundan en la generosa aportación de los medios aéreos de la armada yankee, con los cuales se podrán salvar millares de vidas humanas que se encuentran aisladas por las consecuencias del maremoto y corren el riesgo de perecer sin su providencial ayuda.

¿Cuál es la versión que recoge nuestra conciencia? ¿No será, por descontado, la que los medios afines a la estrategia concertada del terror universal se encarga de repetir hasta la saciedad en cada boletín informativo que, unánime y cotidianamente, llega a nuestros hogares?

Siguiendo los dictados de su amo, el “pacifista” Zapatero promete, a su vez, el envío de tropas a la zona, alegando el mismo espíritu solidario y “humanitario” de su maestro en el arte de la engañifa mediática. Los fines no declarados de la operación son, no obstante, evidentes: es un “favor” que concede a su alter ego, al “policía malo” de la película que han puesto en escena tales actores de la mediocridad peninsular que, paradójicamente, se llama “señor Bono”(“bueno”). Careciendo de los medios adecuados para tal misión, de lo que se trata, en realidad, es de mantener el ejército entrenado, de “mostrar músculo” ante las eveniencias que las reivindicaciones separatistas pueden llegar a plantear en breve tiempo: es otra forma de recordar a vascos y catalanes el contenido del artículo octavo de la españolista constitución. Por su parte, el “policía bueno”, el dialogante pleno de talante presidente del gobierno, aconseja a tirios y troyanos la moderación, el bon ton y la concordia necesarias para establecer un diálogo que no conduzca a la negociación de nada que no contemple la manida Constitución. Como se ve claramente sin las gafas oscuras que nos ponen las informaciones tendenciosas, las catástrofes naturales sirven a otros fines que no son estrictamente “humanitarios”; hasta el punto que, si no existiesen, habría que provocarlas, dado el buen fruto que de ellas se obtiene en todos los campos. ¿Forma parte esta esclarecida visión de la conciencia que tenemos de los acontecimientos; qué tipo de conciencia queremos tener de los mismos, la de “too er mundo e güeno” y tales consideraciones son producto del resentimiento de los marginados y excluidos de nuestro ejemplar sistema de economía militarizada? Porque esta es la clave del debate y donde se juegan nuestras esperanzas de futuro, un futuro que será lo que nosotros, cada uno de nosotros, querrá ver realizado. Está en nuestras manos tomar conciencia, una verdadera conciencia de la situación en la que nos encontramos. Somos todos responsables, cada uno en su ámbito y en su esfera de influencia, de lo que nos acadrá.

Y esa toma de conciencia ha de ser lo más lúcida posible dentro de nuestras posibilidades. Lo demás es “mala conciencia” de nuestra impotencia y nuestro engaño, un homenaje a la falsedad individual y colectiva de la que hace alarde nuestro tipo de convivencia en la actual sociedad que padecemos.

Retornando al evento que nos ocupa, otras circunstancias relacionadas con el mismo pueden esclarecer el porqué del vuelco solidario que, al principio de la exposición, se había considerado como revelador de la existencia de una “conciencia colectiva” que reaccionaba prontamente ante la catástrofe humanitaria, dando muestras de una gran sensibilidad e interés por los dannificados del seísmo.

Además de la importancia, ya comentada, de la presencia de varios millares de europeos en la zona en el momento en que se produjo el maremoto, de lo que se puede deducir la implicación directa de varias decenas de miles de personas extrañas al lugar de los hechos en las correspondientes tragedias personales, lo cual aumentaría el número de las conciencias individuales hasta poderlo considerar, en parte, como un “colectivo concienciado” en las consecuencias del acontecimiento, es incontestable la importancia del momento en el que éste se produce: la celebración de la Navidad cristiana. Sin lugar a dudas, un público occidental, en su mayoría, se encontraba particularmente sensibilizado por estas fechas: los sentimientos de “paz”, de fraternidad, de concordia, de amistad…, en fin, es la época de los “buenos sentimientos”, como manda la tradición religiosa y el interés comercial que de ella se nutre y la alimenta para perpetuarla. En este clima emocional y consumista, de regalos y felicitaciones, de fiesta en la mayoría de los países europeos, la noticia del desastre no podía sino causar un impacto emotivo considerable; de ahí que la tremenda conmoción producida en un terreno abonado para las manifestaciones caritativas – “siente un pobre a su mesa por Navidad” y otras delicias que nos depara la falsedad que reina en nuestras sociedades – haya dado como resultado la aparición, y la apariencia, de una “conciencia colectiva”, no obstante se trate, como se ha demostrado, de un simple coincidir de sentimientos estereotipados en circunstancias propicias. Sin negar en ningún momento la existencia real del dolor de los allegados a las víctimas, se puede decir, sin peligro de negar la evidencia, que se trata de una exteriorización colectiva de un determinado tipo de conducta, elegida para estos casos en las particulares circunstancias en las que se desencadena la tragedia, pero, en la misma medida, no se puede afirmar que de ello se deduzca la existencia de tal conciencia, cuanto menos “colectiva”.

Menos aún se ha de considerar tal eveniencia si observamos el proceder de las instituciones respecto a la gestión y administración de las ayudas, recaudadas entre los ingenuos y voluntariosos súbditos, dentro de nuestras fronteras, y entre los ciudadanos etiquetados de “concienciados” y responsables en el resto del continente europeo, el más afectado entre los demás, excluyendo naturalmente el asiático – del que, entre otras cosas, formamos parte, visto que Europa y Asia se encuentran situados en la misma plataforma continental . Todo lo más, a tenor de lo que hasta ahora se ha comentado, se trataría de la puesta en escena de nuestra buena fe, engañada y saqueada por nuestra mala conciencia. Hasta tal punto la manipulación informativa ha dado el resultado apetecido que el ingente botín recaudado desborda las previsiones y la capacidad de los organismos prepuestos para la distribución de la ayuda: un portavoz de “Médicos sin fronteras” ha declarado recientemente (RNE) que la organización no aceptará más dinero de la recaudación global, puesto que disponen de más de lo que son capaces de gestionar para llevar a cabo su tarea. ¿Dónde irá a parar el resto del dinero recaudado gracias a nuestra ingenuidad y buenos propósitos?

La respuesta aún no es posible, pero es previsible: a los bolsillos de los que siempre gestionan el dinero de los demás. Con la excusa de organizar las ayudas, gran parte de los fondos irán a parar a la constitución de otros organismos, con sus respectivas sedes y empleados ignorantes o condescendientes con el extravío de recursos; se construirán edificios para oficinas, repletas de máquinas computadoras y mobiliario vendido por las empresas del sector, se comprarán automóviles de servicio y representación para los altos cargos designados por los respectivos gobiernos; se organizarán congresos y reuniones para coordinar las ayudas y conferencias de donantes y otros estamentos celebrarán grandes comidas para debatir los puntos conflictivos surgidos mientras se encauzan los dineros… y cuando todas las instituciones estén preparadas para realizar su tarea, cuando todos los organismos creados estén capacitados para desenvolver su labor y se haya llegado a un acuerdo unánime sobre cómo emplear el dinero, dónde dirigirlo y cuáles son los objetivos prioritarios, se constatará que el dinero restante, tras el pago de los gastos originados por la organización de las ayudas, no basta para ayudar ni a uno solo de los países afectados y que es necesaria la solicitud de otras ayudas. Es siempre el mismo cuento y ya se sabe el final por las numerosas veces que nos lo han contado: ¿qué ha sido del dinero recaudado por la conferencia de donantes para la reconstrucción de Iraq; y de las ayudas para los dannificados por el huracán Mitch en Centroamérica en 1998, por citar algunos cuentos que nos contaron con el mismo argumento, y de los demás desastres naturales más cercanos a nosotros, como el terremoto de Al Hoceima, donde los miles de dannificados continúan viviendo en tiendas de campaña donadas por la ayuda internacional? El elenco de los desastres y de la gestión interesada de las ayudas puede hacerse interminable.

Pero, irremisiblemente, en el próximo desastre se volverá a repetir la misma escena y nuestra mala conciencia nos impulsará, de nuevo, a donar una cantidad irrisoria de nuestra riqueza para acallar sus dudas y lavar públicamente su imagen: es el resultado de nuestras carencias individuales y colectivas de la conciencia de los hechos que forman parte de nuestra vida al otro lado del planeta, a salvo de toda catástrofe natural…por ahora. Cómodamente estirados en nuestras butacas, contemplaremos las imágenes de otros terremotos, de otros huracanes, de otros maremotos o de otras guerras, que para lo que nos toca es indiferente el origen del desastre… con la calefacción a tope en invierno y el aire acondicionado en verano, con nuestras copas al alcance de la mano y las bolsas de comida precocinada o simples patatas fritas para no tener que levantarnos mientras disfrutamos o nos lamentamos por el espectáculo, haremos los consabidos comentarios sobre la pobreza de esas gentes que mueren en nuestras pantallas: “la culpa la tienen los gobiernos corruptos de los países del Tercer Mundo,¡mira en qué condiciones viven!, si tuvieran una democracia como la nuestra, si hubiesen evolucionado como nosotros, nada de esto les sucedería…¡ y es que hay tanta miseria en el mundo!”.

Y, sin embargo, nuestras conciencias, en el caso de tenerlas, no podrán jamás comprender que los supervivientes a la tragedia quizás envidien a los que, en un momento, perdieron sus vidas arrastrados por la marea destructora, mientras que para ellos las penalidades de una mísera existencia se harán aún más insoportables, condenados por nuestra ambición de lujo y bienestar inagotables a la penuria de por vida de una supervivencia al límite de sus precarios recursos, los escasos bienes necesarios para su desarrollo que les concedemos tras el expolio que les procuramos. El maremoto de Sumatra se ha llevado consigo centenares de miles de vidas humanas, posibles y escasos medios de supervivencia de poblaciones ribereñas agotadas, infraestructuras sin terminar y millones de posibles futuros individuales que no podrán acaecer… y también se ha llevado por delante a nuestras miserables conciencias, más o menos engañadas por los medios de comunicación… pero quizás también haya servido para quitarnos la venda de los ojos de nuestra denostada percepción de las cosas. Esperemos, esperamos, que, al menos, haya sido un maremoto que haya hecho temblar nuestra conciencia, que se haya llevado por delante algunos de nuestros prejuicios y banalidades, que haya sido, en suma, el maremoto de la conciencia.


Nel Ocejo Durand

E-mail: nocejo@hotmail.com